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Norah Jones tocó en Argentina

In Paladar mostaza on 11 noviembre, 2010 at 8:44 PM

Pocas artistas inmortalizan suspiros con su tranquilidad al sonar. Norah Jones llegó a mi vida con sus discos hace ya varios años y recurro a ella cada domingo que me invita a llorar o esos momentos en los que la ciudad enmudece para escucharla susurrar junto a su piano. Acá les comparto una crónica del show de Diego Fischerman.

Con su voz, siempre un poco neblinosa y distante, y su manera de interpretar con tímido desgano, la exitosa vocalista logró poner un sello propio a un repertorio ecléctico que incluyó aromas de jazz, country sureño y cierto pop indie.

La distancia entre Come Away with Me, su exitosísimo primer disco, y el último, The Fall, que durante todo este año presentó en vivo y como parte de cuya gira actuó en Buenos Aires, podría leerse como el viaje de Norah Jones entre dos ciudades. O, más bien, entre dos mundos estéticos: su Brooklyn natal y los suburbios de Fort Worth, en Texas, donde creció.

Como la travesía desde cierto cosmopolitismo atravesado aunque más no fuera por el aroma a jazz de algunos acompañamientos de piano hasta el country sureño y sus desviaciones hacia cierto pop indie. Las armonías vocales, con la exacta complicidad de Sasha Dobson, la guitarra de Smokey Hormel –que durante años tocó con Johnny Cash– y un repertorio que en más de una ocasión se acerca a las rancheras fronterizas, sitúan el mapa actual, en todo caso, mucho más cerca del Río Grande que del Hudson.

Con flequillo, pelo y vestido cortos y un aire de adolescente de rebelde fragilidad, Jones llegó con una banda impecable –todos sus integrantes tocan en el disco– y lujosa en cuanto a sus recursos tímbricos.

Los cambios de guitarras casi permanentes (ejecutados con precisa y rápida coreografía por asistentes que entraban al escenario como sombras, casi entre tema y tema), un arsenal de teclados que incluyó, además de sintetizador, un armonio manual, piano, piano eléctrico y piano de juguete, un vibráfono que fue utilizado sólo en un tema y una guitarra nacional (con caja metálica) que hizo su entrada para una ronda de bises unplugged, más el contrabajo que en ese mismo set reemplazó al bajo eléctrico, dieron notable variedad al concierto.

Antes de la entrada de Jones, su antiguo colaborador Jesse Harris, compositor de la famosa “Don’t Know Why”, acompañado de un percusionista, actuó durante media hora, en que presentó una serie de canciones demasiado parecidas a las de Paul Simon, aunque cantadas con menos afinación y sentimiento. Después llegó su mentora y, desde el coqueteo con el reggae de “Tell Yer Mama” hasta el aire a Tom Waits (o a Kurt Weill) de “Sinkin’ Soon”, de su disco Not Too Late, o la cercanía con el bluegrass de “Creepin’ In” que había grabado junto a Dolly Parton en su segundo disco, Feels Like Home, pasando por los riffs à la hard rock de canciones como “Chasing Pirates” –que en gran medida recuerda a la estética del grupo Wilco–, mostró la que tal vez sea su mayor virtud: lograr que su voz, siempre un poco neblinosa y distante, y su manera de interpretar con tímido desgano se impongan al eclecticismo y logren poner un sello propio a todo lo que hace.

La guitarra de Hormel, por momentos cercana en el sonido a la Mark Knopfler en el primer Dire Straits, y la batería de Waronker, que tocó con R.E.M, entre otros, tienen una responsabilidad central en el perfil del espectáculo.

Jones gradúa con precisión el paso de las canciones más enérgicas a las más íntimas y sus momentos con la guitarra o con el piano, así como también esos pequeños toques de color dados por el vibráfono o el piano de juguete. El público, que llenó el Luna Park y la trató con devoción, festejó los viejos éxitos, como “Don’t Know Why” o “Come Away With Me”, pero también nuevas canciones como “Young Blood” o la exquisita “December”.

El gesto de reencuentro (o reivindicación) del folk, que tuvo uno de sus momentos de eclosión con “Cry, Cry, Cry”, de Johnny Cash, se explicitó incluso en la actitud y la disposición en el escenario en los bises finales. Allí, como en una antigua audición radial, el grupo entero se situó alrededor de un único micrófono multidereccional, cantando a varias voces con el acompañamiento de guitarra nacional, contrabajo, armonio y cajón. Un viaje en el espacio, hacia las raíces rurales, pero también en el tiempo, recreando con recogimiento un viejo sonido olvidado.

Fuente: Página/12

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