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Sin él y el reloj

In Exclusivos, Prosas Propias on 9 abril, 2012 at 11:41 PM
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Obra de Jose Bahamonde @ElJosedelaGente

Otro día. Uno menos. El silencio del pasillo, el rugir de los muebles que recuerda el silencio y nos refriega la soledad. Una luz que se apaga, un pensamiento que se vence y otra mentira que se corta con una almohada. El tiempo. Maldito intruso de una historia inconclusa.

Quizás un código, tal vez vergüenza, seguro un desperdicio. Pero solo silencios en el café de los abrazos sin brazos. El salón sin miradas, la playa sin fotos, las poses sin sonrisas. Una rueda sin girar, alguno que no se animó y otro teléfono sin marcar. Las puñaladas de un teléfono timbrando y la sentencia de otra llamada al terminar.

Condenados a tener poco tiempo por esa pasión de ser anfitriones en fiestas ajenas. Sin perder el tiempo durante nuestros días, terminamos agonizando junto a los calendarios mientras el tiempo se perdía. Los ojos pensativos y los pensamientos sin ver. Otro suspiro antes de dormir y una caricia que no se escucha llegar.

En la pieza contigua alguien llora. Será la edad, quizás los cumpleaños, tal vez una fiesta con su ausencia subiendo al escenario y haciéndome olvidar el libreto. El maquillaje que los años nos proponen no es mas que una pintura ahora quebrada por las lagrimas internas. Nadie derrama nada en esta pieza, está impecable, solo se escucha el sollozo del vecino.

El dolor ajeno, el espejo y las luces de la noche. Los arboles despertarán sin vos, la desilusión me servirá el desayuno y volveré a maldecir la ansiedad que antes me arropaba. Cuando llueve nadie canta, cuando se canta nos olvidamos de llorar. La lluvia nos vuelve a hacer el favor y empapa la ciudad para que no tengamos la responsabilidad. Hay fiesta de nostalgia, hay furor de recuerdos.

El dolor será galante y el mas aplaudido será un eco que reprime la superación del lamento. Otra mesa vacía y otro vaso abarrotado de soles. Amanecer nunca ha costado tanto como cuando no se escucha que alguien vuelva. La mesa de luz, firme a mis ojos es la enfermera, la puerta un suicidio y los pasos una obscenidad. Mejor dormir, porque no callar.

El tiempo nos dará la razón o nos dejará muertos en otro reproche. El reloj sin él, las horas y los minutos que ya no pasarán son aquellos que preferimos dejar escapar en vez de aprender a abrazar. Un lamento, solo un lamento sin voz, mudo por las agujas que se clavan en la pared indicando otra despedida.

Un nuevo hola y otro adiós. El tiempo que no pasa, las cosas que no llegan. Las cosas que pasan sin esperar que nuestro tiempo llegue. Otro adiós y un nuevo hola. Ahora años que después serán solo fotos.

Aquellos viejos rincones donde también cortaban el pelo

In Prosas Propias on 23 mayo, 2011 at 11:52 AM

Entonces me vi. Sentado, con una bata de una tela extraña pero muy perfumada de color naranja, con una mujer que masca chicle y conversa cada dos tijeretazos. A los gritos en la sala por la música que hace retumbar los espejos y saltar los secadores. ¿En que tiempo se convirtieron en esto las peluquerías?

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El sábado había amanecido tibio, con sol primaveral y desde temprano buscaba algo para entretenerme. Entonces aparecía Papá diciendo que me aliste “para ir a la peluquería”. En el fondo yo sabía que eso era todo una clave, porque ir a la peluquería un sábado a la mañana, no era solo eso. La salida era diferente. No era acompañarlo a hacer diligencias como alguna vez durante la mañana, ni al ritmo cansino de los domingos.

Salir a pasear el sábado a la mañana era caminar por el centro y cruzar las calles entre los gritos de algunos vendedores que todavía se anuncian en las esquinas. Era llegar a lo del Pepino para cortarse el pelo. Con sus paredes color caqui y ese efecto tan extraño de su vidriera que daba la sensación de un polarizado natural para los que intentaban espiar desde afuera, y gran visión de la esquina para los que estábamos adentro.

Las tiras de plástico que se amoldaban a tu silueta al pasar y la rápida mirada sobre su hombro derecho del hombre de chaquetilla. Las revistas cansadas sobre la mesa y un par de visitantes que no demoraban también en hacerte un guiño o palmada sobre el hombro al pasar y despedirse. La rutina era sabida por ambos. Mi viejo pasaba antes, por una especie de acuerdo tácito que teníamos.

Él tenía que demostrarme que ese hombre con elementos punzantes en la mano no iba a lastimarme. Heroicamente entonces se hacía cortar su peinado para atrás mientras me miraba por el espejo y me salvaba de la batería de preguntas que suelen atacar a los niños a esa edad: ¿Y como te va en el colegio a vos? ¿Ya estás de novio? ¿Estás jugando al fútbol? Entonces con las patillas ya alineadas salía al cruce cerrando los ojos por el rocío de agua; Ohh este es divino, le va bárbaro en la escuela..

La señal para que largue las Condorito era cuando llegaban a su bigote. Ahí la cosa se ponía con tono cirujano. El bigote no era joda, es insignia. Pepino se encorvaba e iba encontrando los ángulos justos para encontrar ese rebelde pelo que había esquivado su tijera brillante. Entonces como una víbora que rodea a su presa llegaba a su cometido y hacía reflejar el sol en su arma logrando encandilarme.

“Vení nomás entonces” y ahí iba yo. Me levantaba despacio de esos sillones petisos de tono tabaco, caminando hacia el espejo. Creo que durante años tuve que soportar la humillación de que alguien me ayude a subir a esos enormes asientos de metal y cuero. Aunque si la memoria no me falla después de un tiempo apareció un cajoncito para subir y también no tener los pies colgando durante el corte.

Yo confirmaba que el viejo no haya faltado al pacto y para cuando agarraba El Gráfico yo ya le había apuntado la mirada y sin perder la charla, él me hacía seña que me cuidaba la retaguardia.

- ¿Cómo le cortamos? – preguntaba el hombre de lentes mientras frotaba su arma en la chaqueta y las gotas caían exageradamente en mi cara. Acá es donde el tiempo salta un par de escalones hacia los costados, porque con los años los tiempos fueron cambiando. Pero la rutina continuó teniendo la magia del sábado.

Hubo épocas que el nefasto carcelero llamado raya al costado me despojaba de lo divertido y me condenaba a una vida de peine y gel. Después vino la época rebelde del corte comando que nos permitió endurecer la mirada a todos los rivales del recreo y parecernos más a los hombres de casacas de las figuritas que coleccionábamos. Cuando hubo síntomas de espejitis fue cuando tropecé con el peinado para atrás que después del segundo recreo se convertía en una especie de toldo o alerón que me nacía en la cabeza.

Esas épocas íbamos a peluquerías de verdad. Clásicas, con un programa de radio durante la semana a media tarde, algo de música suave y de época los fines de semana. La dupla de padre – hijo haciendo su rutina. Las conversaciones de rigor reflejaban la condición política del país, el estado de nuestros equipos en cada campeonato y los planes. El domingo vendría con asado y cancha, pero el sábado nos tenía reservada una banqueta en la barra de la Pizzería Belgrano para degustar esa porción cortada en dos mitades acompañada por una Crush de Naranja.

Habiendo hecho esa especie de vermú, solo quedaba caminar a casa saludando a los amigos que tomaban café en las mesitas de la peatonal y al llegar, controlar que ninguna miga nos delate, mostrar mucho el corte y en silenciosa complicidad comer poco de lo que haya para cuidarse.

Ir a la peluquería, era paseo, amigos y compartir. Lejos de la mujer silenciosa o la otra que a los gritos amenaza tragarse el chicle. Jamás se aprenderán un nombre o sabrán de que equipo sos. Si te buscás una de varones lo más probable es que caigas en esos antros colorinches con mucho plush y tecno al palo. Nada tienen que ver estos nuevos locales fashions donde sobra Babasónicos y jamás sonará un tango.

Excesos de floreros y hasta un poster de Madonna mientras el interés del estilista es al menos dudoso, no se comparan con ese espejo que tenía pegadas fotos históricas y el recorte de cuando le hicieron una nota por el aniversario en el diario de la ciudad.

No quiero que el tiempo se congele, solo busco una peluquería clásica. Que conserve los valores que convertían esa actividad en una escena amistosa. Hoy pido cortito y desmechado sin drama, aunque siempre despierto los sábados pensando que quizás se anuncie un paseo.

Fotos de Jose Bahamonde

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Pausa

In Prosas Propias on 17 marzo, 2010 at 11:26 AM

Hoy solo quisiera que el tiempo se detenga.
Hoy solo pido que alguien pulse Pausa y me deje suspendido en un momento, en un lugar y a cualquier hora.

Basta de segundos, minutos y horas diluyéndose casi sin sentido.
Llego, me siento en el sillón y veo pasar a otra hora que camina despacio y se arroja por el balcón. Por suerte cae encima de un colchón formado por minutos y segundos, y se salva.

Que alguien ponga Pausa y permita quedarme. Que todo se congele, que nadie se mueva.
Simplemente todo se vuelva un abrazo, nada mas.

Encima el silencio. El silencio y su tortura que no compagina con el sol. Los gritos de la calle suben y se sientan a mi lado llorando las agujas desechas. El balcón fue el asesino.

Parece que me voy a perder en la nube gris que es techo de la tarde. Pero tampoco eso, ni siquiera eso. Que alguien me escuche y ponga Pausa.

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