maximo tell

El próximo muerto, el anterior, todos

In Malas Viejas on 29 marzo, 2010 at 10:43 AM

Por Pablo Alabarces

Hace dos años que publico estas contratapas en Crítica de la Argentina. Cuando comencé, propuse cubrir un abanico de temas: ampliamente, discutir la cultura argentina, con énfasis en la cultura popular y la cultura de masas. Lo que no quería era encasillarme en el deporte, el foco que me había ocupado diez años de trabajo y que ya me tenía bastante harto. Las razones del hartazgo eran el simple aburrimiento, el sopor que me producía el deporte contemporáneo, y que todo lo que habíamos discutido sobre la violencia y las barras y el aguante caía sistemáticamente en saco roto, desplazado por las consabidas invocaciones a los “animales”, las “bestias salvajes”, los “violentos”, esos sujetos malos de toda maldad cuya eliminación concluiría en un fútbol impoluto, llevado a la victoria por la mano firme de Don Julio. En fin: frente a esa maraña de zonceras, no estaba mal aceptar que nuestro trabajo había fracasado, que no habíamos convencido a nadie, y que todo podía seguir igual, sin nuestra investigación y sin nuestra intervención.

Pero a las dos semanas lo mataron a Emanuel Álvarez, (foto) hincha de Vélez, en una caravana rumbo a San Lorenzo, hace de esto dos años. Y entonces publiqué una columna sobre el tema, cosa que reiteré tres veces a lo largo de estos años: la obsesiva, insidiosa presencia de los muertos por la violencia futbolística es un acicate irresistible. Se supone que los cientistas sociales hacemos investigación para cambiar algo de nuestras sociedades –o todo, o lo más que se pueda–: la sola posibilidad de que nuestro trabajo pudiera salvar una sola vida es una tentación poderosa, aunque se revele, cada día, más imposible. Porque seguimos sin salvar a nadie, porque apenas nos queda la posibilidad de denunciar esas muertes, de alertar sobre las próximas. Que se van a producir, indefectible, minuciosa, perseverantemente.

En las últimas semanas las muertes han abandonado las cercanías de los estadios y las batallas por la ostentación del aguante ante las hinchadas contrarias o la policía. Incluso esta última ha privilegiado pegar antes que disparar –además, tiene la cuota cubierta luego del asesinato de Rubén Carballo, el chico al que mató la Federal a la salida del recital de Viejas Locas. Pero las muertes se suceden en los combates por la acumulación de poder en las hinchadas, el poder que habilite el control financiero de los recursos generados y por generar. Hay una crisis de liderazgo, en algunos casos por la salida de escena de líderes fuertes que mantenían un control omnímodo, en otros simplemente porque cualquiera se anima: la receta pasa por acumular aguante –como ya hemos demostrado, un capital simbólico que se verifica en la capacidad para pelearse– y apoyos políticos. Lo cierto es que por estas y otras causas (la cercanía del Mundial, la posible aparición de dineros complejos y seductores) los pibes se están matando de a poquito.

Y esto no preocupa demasiado a nadie, justamente porque se trata de un “entre ellos”; mientras no se les escape un tiro desviado y maten a un “espectador inocente”, a un “hincha verdadero”, el circo debe continuar y el fútbol para todos debe seguir su marcha triunfal rumbo al Mundial. No sea cosa de tener que interrumpir una fecha, suspender el fútbol, tener que pensar en serio qué hacer con todo esto. Por favor: que Grondona y Aníbal Fernández no lo permitan. Esta seguidilla de muertes revela a la vez, una vez más, como siempre hemos dicho, que no se trata de “violentos” sino de una trama absolutamente racional y para colmo legítima: vean, si no, el funeral “popular” de Pimpi Caminos, que exhibe como siempre la enorme legitimidad de la que gozan las hinchadas, encargadas de ejecutar un aguante del que se jacta el resto de los “hinchas verdaderos”. Las hinchadas son condenadas pero a la vez celebradas: porque, cómo dudarlo, el hincha argentino es el mejor del mundo, y ese narcisismo precisa de los muchachos para su exhibición.

Hace dos años mataron a Emanuel Álvarez: en ese momento, la AFA y el Ministerio del Interior salieron rápidamente a decir que se trataba de una muerte debida a la “inseguridad”, que no podía adjudicársele al fútbol. José Luis Meizner, mano derecha de Grondona y hombre de Aníbal Fernández, reclamó que no le tiraran cadáveres a la AFA –me lo dijo en la cara en un programa televisivo–. El jueves pasado un tribunal condenó al asesino de Emanuel: se trató de un hincha de San Lorenzo que disparó contra la caravana irritado por la mera presencia de hinchas adversarios. No lo digo yo, lo dijo un fallo judicial: no fue la “inseguridad”, fueron hinchas contra hinchas, fue una muerte causada por el fútbol; no fueron “barras”, “violentos”, “animales”, sino un hincha que reaccionó como la lógica del aguante se lo exigía: “No me pisen el territorio o el castigo será inolvidable”. Como nada se hizo, salvo negar lo obvio, desde entonces se han acumulado una decena de muertos más. Meizner, Fernández y compañía, mientras tanto, están muy ocupados escuchando a Marcelo Araujo. Enhorabuena.

FUENTE: Diario Critica de la Argentina

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  1. segui alimentando al marce para que hable de violencia.

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