maximo tell

Limpiavidrios: los sospechados de siempre

In AguaSuaves, Malas Viejas on 13 abril, 2010 at 12:39 PM

Ya mismo digamos que seguramente los limpiavidrios te caen mal. Digamos que preferirías que no existieran o que al menos fueran como esos extras de la película Ben Hur, grises y circunspectos, de los cuales no recordás a ninguno. Digamos que no es fácil progresar en la vida, que te costó mucho esfuerzo comprarte el auto y que sus vidrios quedan mejor cuando te los lavan en la playa del hipermercado mientras hacés tus compras o incluso cuando los limpias con tu limpiaparabrisas automático, con precisos chorritos de agua desmineralizada incluidos. Digamos también que los limpiavidrios te parecen violentos y maleducados, aunque te digan “madrecita”, aunque te digan “maestro” o “jefe”, no, no, no, incluso, digámoslo, te parece que son delincuentes tomándose un recreo para molestarte.

Digamos, entonces, que, en líneas generales, no quisieras tener cerca a un limpiavidrios y que es un derecho que te has ganado rompiéndote el traste desde niño para tener lo que tenés, incluyendo a tus amigos y que esos seres te parecen invasivos y sucios y que dentro de la probable indefensión que los constituye, está claro que, si pudieran, te arrancarían las orejas para quedarse con tus aros o las manos, para vender a mitad de precio tu reloj. Y ya sabemos: si caen presos, entran por una puerta y salen por la otra y si no salen, comen gratis, no hacen nada y ahí aparecen los “Derechos Humanos”, que son para los delincuentes y no para la gente decente, como vos.

Ojo, ojo, ojo: no es que para vos tooooooodos los pobres sean delincuentes, no, no y no, porque hay algunos pobres que no son delincuentes… Pero, bueno, estos pibes no respetan, no aprendieron. Hay que sacarlos ya mismo de las esquinas: no de las esquinas de los semáforos, sino de todas y cada una de las esquinas de tu vida.

A ver: no, no, no es esto que estaba pensando aquello que quería decir… Perdón, entonces, empecemos de nuevo.

Madrecita

Sí, sí, empecemos de nuevo. Con la intención de ofrecer una mirada diversa a la problemática de los limpiavidrios en las calles, se nos ocurrió salir a la calle, tomar contacto y pedirles que nos dejen trabajar con ellos y aprender de ellos. Intentemos, entonces, conocerlos desde sus puntos de vista y lo que resulte, claro está, correrá por cuenta de nuestra experiencia con ellos.

A un costado de la Costanera, bajo una hermosa mañana de este otoño imposible, no han de pasar muchos minutos para que Kevin (18) y Nahuel (17) nos conviertan en sus colegas. Digamos ya mismo que no es nada fácil el asunto: uno mira hacia el fondo de la Costanera y ve aproximarse a los autos como toros enfurecidos que no quieren ser fastidiados. Hay que esperar que se detengan y encararlos con el limpiador en una mano y la botellita con agua en la otra.

Así es como uno va comprendiendo cómo es la cosa. Y digamos también que no resultan como suponíamos.

Puestos a sintetizar, digamos que: los pibes no son tan malos como uno hubiera pensado, los automovilistas no son tan intoleranes como uno hubiera pensado y las propinas y ganancias no son tan flacas como uno hubiera pensado.

Después de algunos pasados episodios desgraciados entre limpiavidrios y conductores, las cosas están mejor, fundamentalmente por el hecho de que, en general (“en general”, dice ahí, no dice “siempre”, sino “en general” dice) los chicos ya casi no limpian los parabrisas de prepo, más allá de que fueron alejados de la Ciudad.

Naturalmente, esta especie de armonía es una impresión de un automovilista (que además es periodista) y habrá quienes opinan lo contrario y sobrarán ejemplos de discordia y también posibilidades de que nuevos episodios sucedan. No obstante, hoy por hoy está más relajada la relación.

La primera evidencia tiene que ver con el hecho de que no pocos automovilistas, en casi todos los casos en autos de mediano valor para abajo, son los que solicitan que sus vidrios sean limpiados. Esto no debería llamar particularmente la atención, pues, a la sazón, es probable que siempre sean más solidarios los que menos tienen, porque aprendieron a ponerse en el lugar del otro.

Hay, incluso, un trato afectuoso –tierno o gracioso– de los “clientes” que solicitan el servicio para con sus eventuales empleados. La paga es casi siempre en monedas, a veces aparece algún billete de dos mangos. No obstante, si el limpiavidrios es constante y labura de seis a ocho o nueve horas por día, como Kevin, por ejemplo, al final del día se encuentra con una cifra que, a principios de mes especialmente, va de los 50 a los 80 pesos. O sea: unos 1200 mangos al mes, nada mal.

A Kevin, por caso, le alcanza para mantener a su familia, comprar pañales a su beba Estefanía y ayudar a su vieja. Y en buena medida lo logra echando mano de sus estrategias de seducción.

– Una monedita, doña, para el pañal de la nena…

– Pero limpiame bien el vidrio…

– Y sonría, madre, que va a salir en el diario…

– Ay, ¿en serio..?

– Ya está, mire qué lindo le quedó, ¿pueden ser dos pesitos, linda?

– No… no, bueno, no tengo monedas, pero la próxima no te doy…

– No hay problemas, madrecita. Que tenga buen día.

Algo indecible y misterioso

Kevin se levanta todos los días a las 6 de la mañana en su Las Heras; se toma un micro y camina después hasta la esquina de Costanera y  Brasil, más bien, Costanera y Berutti, del lado de Guaymallén. Es una buena esquina, porque el semáforo dura mucho al igual que el semáforo de Morón (¿hace falta explicar este excelente chiste? Ahí va. de Morón = demorón, buenísimo…).

A las 7, Kevin empieza a laburar y sigue hasta las 19. “Al mediodía vamos a una embutidora que hay por acá cerca y nos hacen precio… Comemos sánguches”, suelta el muchacho, mientras nos da cátedra de limpieza veloz, trato adecuado y otras yerbas que volcaremos en un “decálogo del buen limpiavidrios”.

No fuma ni faso ni cigarrillos; no toma alcohol ni toma merca; no tiene antecedentes ni auto ni futuro; no le gusta hablar mucho y, cuando pronuncia el nombre de su beba, se le atraganta algo en la garganta, algo indecible y misterioso para su corto abanico de adjetivos, algo que nosotros, a fuerza de no encontrar mejor recurso, llamaremos amor.

Criollita

Nahuel, en cambio, tiene 17 y la vida todavía no se le cae encima como una gorda en pedo. Nahuel está hoy en la esquina, pero mañana podría no estar. “Le doy un poco de plata a mi vieja y la demás me la gasto yo en huevadas”, dice y se va y cruza la calle y entra al quiosco y se compra unos cigarrillos.

Los toros van y vienen y está claro que no todo es armonía, ya sé, ya sé…

Algunas caras detrás del vidrio dejan absolutamente en claro que no quieren que te acerqués ni a dos metros de sus autos. Si alguna frase cupiera a la situación, diría:

a) “Vaya, vaya, este tipo me mira con un considerable desprecio”. O algo así, más rebuscado:

b) “¿Qué le hice yo en otra vida a este flaco, que me clava en el pecho dos puñales envenenados que se escapan de sus ojos?”. O algo así, más sociológico:

c) “¿Qué le pasa, señora, que le pone precio a mi ropa y a mi color de piel y destila un desagrado más poderoso aún que su silencio?”. O algo así, llegado el caso, muy, muy fuera de lugar:

d) “¿Qué te pasa? ¿Qué me mirás, pelotudo?”.

Mejor será quedarse callado. A ver si todavía terminamos en cana y nos quedamos sin  esquina (aunque a la crónica le vendría bárbaro, claro). (Continuar leyendo la nota)

Cae un pibe, nadie lo conoce, lo arrastró el Cacique Guaymallén desde la nada. Parece que le faltan jugadores o que le sobra viaje; su percepción (digámoslo así) se encuentra claramente acrecentada.

Pregunta dónde queda la calle Aristóbulo del Valle. Le respondemos. Se acerca más, casi con miedo y nos susurra:

– Che, loco, ¿no quieren fumarse un porrito conmigo? Es criollita…

Está claro que el chico, bajo la misma mañana imposible, está más solo en la vida que Kung-Fu. Ofrece su faso en comunión y no todos dirán que no; después, el pibe se irá hacia su calle borrosa  para siempre y el mundo seguirá siendo el mismo hasta que aparezca, enfurecida, la próxima manada de toros.

– ¿Viste cómo es la calle?, dice Nahuel y no le respondemos nada.

Decálogo del buen limpiavidrios

1) Trabajá siempre en la misma esquina, así te ganarás la confianza de los automovilistas y formarás tu clientela.

2) No limpiés el parabrisas a menos que el conductor te lo pida, salvo que lo veas dubitativo. Si no quiere que lo limpiés, pedile una moneda que a lo mejor te la da.

3) Para juntar una platita que justifique el día, hay que estar trabajando más de seis horas diarias.

4) Los autos más baratos son los que dan propina; los autos caros son amarretes y no dejan que te les acerqués.

5) Limpiá un auto por semáforo, así el cliente sabe que lo atendés como corresponde, sin apuros. Limpiá bien los vidrios; algunos los dejan peor de lo que estaban.

6) Si limpiás un coche en conjunto con otro limpiavidrios, la ganancia siempre se reparte 50% para cada uno.

7) Si te peleás con algún automovilista, siempre, el más perjudicado vas a ser vos, así es que evitá los roces y no contestés la mala onda con mala onda.

8) Las mujeres son más generosas y solidarias que los hombres.

9) Cambiá las monedas por billetes en los quioscos, al quiosquero le conviene y a vos la plata te dura más.

10) No te gastés la plata con los vagos. La gran mayoría de la plata, siempre, sí o sí, es para la familia; lo que queda es para vos.

A modo de conclusión

El de limpiavidrios, es un trabajo francamente agotador, sobre todo psíquicamente. Cada tanda de autos promete enfrentarte con la crudeza desnuda de aquello que somos como sociedad; lo mejor y lo peor. Promete y lo hace.

Limpiar un parabrisas te enfrenta y te somete a la condición de mostrarte necesitado de aquello que a los otros pudiera sobrarles.

De esto, a una de las formas preferidas de la humillación, hay poco trecho. Y lo salva la actuación, la cooptación inconciente por parte de limpiavidrios de un personaje que inefablemente terminará pareciéndose a él mismo.

La experiencia demuestra entonces que es mejor ser automovilista que cartonero; es mejor ser médico que changarín; es mejor ser empresario que desocupado; es mejor ser periodista que limpiavidrios.

Luego de compartir una experiencia tan valiosa con estos hermanos en armas, podemos decir, amigos, que en la vida siempre es mejor tener monedas disponibles que verte en la necesidad de buscarlas.

Si efectivamente nos ha tocado en suerte estar del lado de adentro del parabrisas, deberíamos dar gracias por eso.

FUENTE: MDZ Online

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