maximo tell

“A la naturaleza se la domina obedeciéndola”

In Derecho a Replica on 22 abril, 2010 at 8:57 AM

Entrevista con el biólogo, ecologista y profesor universitario Raúl Montenegro.


-¿Inventaste la ecología?

-No. Siempre hay alguien antes. En mi caso, Ricardo Luti, profesor de ecología en el Monserrat en la década de 1960 y en la Facultad, en 1970.

-¿Cuál era tu inclinación?

-La ecología de hormigas.

-¿No te sentías un personaje aislado?

-Para mí era divertido. Tenía una gran comprensión de mis padres.

-Era como un juego…

-Si, pero enseguida se convirtió en algo serio. Fui investigador asistente en la Facultad cuando todavía no había terminado el secundario.

-¿Qué significa y qué implica la ecología?

-La primera definición es de Ernst Haeckel: relación entre los organismos y su ambiente. Pero creo que desde el comienzo ya había una noción que iba más allá, considerándola la ciencia de los ecosistemas.

-¿Qué sería un ecosistema?

-No sólo la relación entre un organismo y el ambiente, sino una cierta ilación. Un ecosistema puede ser un bosque serrano, un cultivo de soja transgénica o una ciudad. No hay una ecología de ambientes prístinos, con pajaritos cantando. Se ven las personas, la violencia, la patología social, la pobreza, la lujuria, la riqueza.

-¿Cómo siguió tu evolución?

-Todo fue muy claro. No fue reemplazar hormigas por otra cosa sino comprender que son un pedazo de un sistema más complicado.

-Es decir que haber empezado con hormigas estuvo bien.

-Sí, uno se pregunta cómo funciona una ciudad, bueno yo conocí cómo funciona un hogar de la naturaleza.

-Las hormigas, en realidad, son bastante molestas.

-Cuando uno está en esto comprende que cada cosa tiene su lugar. Cuando veo una cucaracha o una hormiga, me da bronca pensar que nos van a sobrevivir. Me irrita saber que un bichito de seis patas tiene más capacidad de supervivencia que nosotros.

-Carlos Marx decía que la historia del hombre es la historia de su relación con la naturaleza y que, para progresar, debía dominarla.

-Creo que eso es muy intelectual. Modelándolo de otra forma, yo diría que a la naturaleza se la domina obedeciéndola.

-Eras muy joven cuando recibiste tu primer premio…

-En 1971, todavía era estudiante. Fue un premio a la investigación científica que me dio la UBA. Una medalla de oro y un viaje.

-Confirma que inventaste la ecología en Córdoba…

-Como tema de congreso (risas). Tenía que elegir un lugar donde ir y elegí el nordeste de Brasil.

-¿Por qué?

-Por las películas de Glauber Rocha: Dios y el diablo en la tierra del sol , Vidas secas (que en realidad es de Nelson Pereira Dos Santos) Antonio das mortes . Esa era y es una de las zonas más pobres de América latina y una de las más secas de Brasil.

-El famoso sermón

-El sermón, muy parecido a la zona serrana nuestra, con un verde muy fugaz y mucho tiempo seco.

-Esa experiencia te marcó…

-Fui como ecólogo y volví activista, me explotó otra realidad. Estuve donde surgieron los primeros movimientos de resistencia social en Brasil, las Ligas Camponesas. Esa gente peleaba por tener derecho, no a la tierra propia, sino a una tumba.

-Después de eso surge la Funam…

-Claro, para canalizar esos aprendizajes, el activismo. Yo seguía en la Facultad pero no me sentía cómodo en los lugares disponibles. Entonces, armé un instituto de ecología que en 1982 se transformó en la Fundación para la Defensa del Ambiente.

-¿Cómo era?

-Desde el primer momento fue una mezcla. No era algo para ver un pedazo de un ecosistema natural y protegerlo de males, sino una combinación entre una aproximación técnica muy estricta y el trabajo con la gente, en el mundo real, ya sea de bosques nativos con un campesino o en una ciudad con gente de barrio.

-Y eso ¿sigue así?

-Hasta el día de hoy. Por ejemplo en Bouwer. Uno es una herramienta, tiene los elementos técnicos pero sólo puede hacer cosas si logra interactuar con los actores sociales.

-¿Cuál es el papel de los medios de comunicación?

-Fundamental. Yo hice mi primer artículo para La Voz del Interior cuando tenía 16 años y Luis Remonda era jefe de Redacción.

Me parece que hay tres componentes básicos: la parte técnica, la gente afectada y los medios. Un conflicto que no es conocido no existe y eso es una tragedia.

-Hay un protagonismo tuyo, a veces incluso un poco agresivo.

-Lo asumo y, de hecho, en muchos conflictos me imagino los problemas con cierta agresividad. Me pasa como a los hombres azules de Marruecos que, de tanto andar con sus vestimentas, la tinta se les pasa a la piel.

-Parece haber como demonios antiecológicos: las minas a cielo abierto, la energía nuclear, los cultivos de soja.

-¿Viste la obra de teatro de (Henrik) Ibsen, Un enemigo del pueblo ? Muchas veces te transformás en enemigo del pueblo. No todo lo que uno hace puede resultar simpático.

-¿Qué hacer, entonces?

-Creo que lo que estamos aprendiendo es que si hay enemigos muy grandes como la megaminería, un programa nuclear irracional como el de Argentina o la soja que compromete a muchas generaciones, no hay que gastar tanto esfuerzo en pelear a Barrick Gold o a Monsanto porque ellos ni siquiera se enteran.

-¿Cuál sería la táctica?

-Volar bajito. Una megaminera sólo se puede instalar si alguien lo permite. Pegar ahí, en los tobillos, donde uno puede pegar.

-¿Hasta dónde valen estos logros si el mundo no se pone de acuerdo sobre el calentamiento global?

-Kioto y Copenhague no me importan mucho. Frente a cosas muy complicadas donde los problemas son de todo tipo, hay que tratar de que estén involucradas las personas afectadas.

-Un trabajo de hormiga…

-Tal cual y ahí va cerrando la charla por donde la empezamos, por las hormigas (risas).

-¿Le das más importancia a eso que a un acuerdo de las potencias más contaminantes?

-Sigo pensando que el cambio climático es uno de los problemas pero no es el peor de los problemas.

-¿Y cuál es el peor?

-Me preocupan muchísimo más el cambio terrestre y el cambio acuático, es decir el cambio de uso de suelo, el hecho de que en Córdoba sólo tengamos un cinco por ciento del bosque nativo.

-¿Qué habría que hacer?

-Hay una convención por la que deberíamos estar peleando todos en este momento que yo llamaría “la convención del estilo de vida”. Si me dicen: vamos a atacar el problema del cambio climático sin modificar parámetros de consumo dentro de los que convive un mbya guaraní de la selva misionera que consume tres mil kilocalorías por persona y por día, con un yanqui de la Quinta Avenida que consume 400 mil, yo digo: eso a mi no me interesa. Es muy fácil luchar contra el cambio climático mientras yo sigo haciendo mi vida de despilfarro.

Fuente: La Voz del Interior

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