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Crónica de una derrota anunciada

In Malas Viejas on 25 abril, 2010 at 11:07 AM

Por Claudio Fantini

En Las soluciones de Hécate, Paul Watzlawick sostiene que un problema se vuelve irresoluble cuando se le busca una solución extrema. El creador de la “teoría pragmática del conocimiento humano” las llama “soluciones clarifinantes” y considera que aplicarlas, en lugar de resolver problemas, conduce de manera inexorable al caos.

Los asambleístas de Gualeguaychú siguieron a la metafórica Hécate cuando plantearon lo que Watzlawick considera una solución extrema. Desde que Botnia estuvo construida, sobre el lado oriental del río Uruguay, exigir su relocalización implicaba exigir a Uruguay una capitulación humillante; ergo, lo imposible.

El caos correspondiente a esa exigencia fue el corte del puente internacional. Sin embargo, no es de esos ciudadanos indignados la responsabilidad de la derrota y de la situación caótica en la que quedaron atrapados. Resulta comprensible la indignación de una ciudad turística a la que un vecino le dañó torpemente el imprescindible paisaje, instalando una fábrica humeante y maloliente. Si algo reclamaban, no podía ser otra cosa que la restitución del paisaje perdido.

La mayor responsabilidad por el fallo que deja a los asambleístas a la intemperie política es del Gobierno argentino, pero no el de Cristina Fernández sino el de su marido, Néstor Kirchner.

La indignación popular puede ser maximalista, pero no la conducción del Estado. Sin embargo, para tapar la falta de reacción que había tenido al ser informado (aunque no consultado) de los planes uruguayos, se montó de modo demagógico a la indignación popular e hizo suya la exigencia extrema y centró su demanda en la supuesta contaminación, en lugar de apuntar contra el comprobable daño económico de Botnia sobre la actividad económica de Gualeguaychú.

Tarde y mal. La secuencia sería la siguiente: hubo una reunión entre los cancilleres de los presidentes Néstor Kirchner y Jorge Batlle, en la que la parte uruguaya informó sobre la instalación de pasteras en Fray Bentos. No fue una consulta, porque la interpretación uruguaya del acuerdo sobre el río compartido era que, en la certeza de que no habría daños ambientales, no tenía obligación de consultar sino sólo de informar.

Además, aunque jamás lo reconocerá Montevideo, el gobierno uruguayo no quiso consultar porque eso habría acrecentado la posibilidad de reacción de la otra parte. Fue un error, al que añadió otro: no haber firmado con el representante argentino ningún acta sobre esa reunión informativa. Pero como la contraparte no planteó nada en ese momento ni posteriormente, Montevideo descartó futuros reclamos y avanzó con las radicaciones.

El Gobierno argentino debió denunciar el Tratado del Río Uruguay en el momento de enterarse de los planes del vecino, aunque éste no hubiera activado el mecanismo de consulta. Pero recién reaccionó cuando Gualeguaychú puso el grito en el cielo; o sea, demasiado tarde.

De ahí en más, todo lo que se consiguió, que no es poco, fue por las protestas de los asambleístas. Y, en rigor, se había logrado antes del fallo en La Haya. No es poco: la española Ence decidió no instalar su planta junto a la de Botnia (o sea que el estropicio es la mitad de lo que hubiera sido) y Uruguay anunció que en el futuro siempre consultará sobre emprendimientos de magnitud en el río compartido.

Ese punto, ratificado por el tribunal internacional, no es un hecho menor. El proyecto económico uruguayo pasa por la industria papelera, o sea que el proceso no termina en Fray Bentos. Pero eso estaba logrado antes del pronunciamiento en La Haya, por lo que el fallo dejó en Gualeguaychú el sabor de una estrepitosa derrota.

¿Cómo entender que se culpe a Uruguay de incumplir acuerdos sin aplicarle sanción alguna, ya que la fábrica quedó ratificada? Porque la demanda argentina se centraba en un daño ecológico que no fue comprobado, por lo que se consideró que la violación uruguaya no fue en lo sustancial del tratado.

Si la demanda hubiera estado centrada en lo económico, argumentando que Gualeguaychú depende en buena medida de la industria turística, aunque difícilmente el fallo hubiera ordenado reubicar la planta, es muy posible que hubiera impuesto al Uruguay una multa o indemnización en favor de la ciudad dañada. Pero Gualeguaychú se quedó sin nada.

Era difícil que Argentina venciera en el terreno ecológico a una empresa de Finlandia, país que desde hace años encabeza el ranking mundial de responsabilidad ambiental, el mismo en el que Uruguay también figura en las primeras posiciones.

Watzlawick explicó en su libro Lo bueno de lo malo que los poseídos por Hécate encaran las controversias planteándose “es él o yo”. Esto implica no concebir otra solución que no sea aplastar al adversario. Fue lo que intentó Kirchner cuando Tabaré Vázquez, en lugar de cuadrarse ante su exigencia, decidió endurecer su postura y resistir la embestida. Ésa, y no la de los ruralistas por las retenciones a la soja, en la famosa resolución 125, fue la primera rebelión triunfal contra la prepotencia kirchnerista.

La diferencia es que la derrota de esta “solución clarifinante” atrapó a un pueblo en el caos del puente cortado

Fuente: La Voz del Interior

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