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Hillary, como Cristina

In Derecho a Replica, Malas Viejas on 30 abril, 2010 at 4:27 PM

Por Dick Morris


Treinta años después de que los movimientos feministas comenzaron su asalto definitivo del último bastión de la dominación masculina, las mujeres finalmente están compitiendo -y ganando- las presidencias de los países principales. En Alemania, Angela Merkel se ha transformado en canciller, mientras que en Francia Ségolène Royale es la candidata socialista para suceder en la presidencia a Jacques Chirac. En Chile, Michelle Bachelet reina en la cúspide del poder.

Pero mientras las mujeres avanzan, un fenómeno nuevo parece instalarse en algunos países donde las esposas de los presidentes están compitiendo por derecho propio por el más alto puesto. En los Estados Unidos, Hillary Clinton es la principal candidata demócrata y, según creo, la próxima inquilina de la Casa Blanca. En la Argentina, existe una creciente sensación de que Cristina Fernández de Kirchner puede competir por la presidencia para suceder a su marido.

En el pasado, las esposas compitieron frecuentemente por las presidencias o gobernaciones como reemplazantes de maridos que tenían que dar un paso al costado, debido a limitaciones constitucionales en sus reelecciones o que debían abandonar sus cargos por algún tiempo. Los Perón en la Argentina y George Wallace y su esposa Lurleen -los gobernadores racistas de Alabama- en los Estados Unidos jugaron este juego.

Pero la nueva clase de esposas candidatas es algo diferente. Ahora, las señoras que frecuentemente tuvieron papeles clave en los gobiernos de sus maridos se están poniendo en marcha con sus propios caminos, puesto que ocupan cargos públicos por derecho propio. Construyen sus antecedentes por su propia cuenta y compiten por las presidencias independientemente de ellos.

Hillary Clinton y Cristina Kirchner ganaron bancas en el Senado representando a Estados o provincias centrales. Fueron acumulando sus antecedentes de modo independiente. Una vez en el Senado de sus respectivos países, han seguido reuniendo las credenciales suficientes para pelear por las presidencias.

Cuando una mujer compite por un alto cargo político, acarrea un estereotipo que muchas veces amenaza con eclipsar sus propias ideas, personalidad y logros. Tanto los hombres como las mujeres dicen que las dirigentes políticas son más honestas, compasivas y sensibles a los problemas de los pobres, y más partidarias de mejorar los sistemas educativos, que sus colegas varones. Pero también tienden a coincidir en que las mujeres no son lo suficientemente agresivas o fuertes en materia de defensa nacional y de seguridad, y en que no son proclives a reducciones de impuestos y controles del gasto público.

Estos clisés tienden a minar la confianza en la habilidad de una presidenta para sortear el tipo de crisis financieras que la Argentina ha enfrentado en el pasado.

En los casos de Hillary y Cristina, el estereotipo de género está determinado por los preconceptos que surgen de las presidencias de sus maridos. Hillary, por ejemplo, disfruta de una amplia confianza pública en los Estados Unidos, donde se piensa que sería capaz de manejar bien la economía si fuera elegida, no porque tenga experiencia particular en el tema, sino por el excelente desempeño de Bill en ese terreno.

Cristina puede tener una ventaja en la percepción de que podrá lidiar en forma efectiva con las finanzas internacionales gracias al éxito de su marido en reestructurar la deuda argentina y sacar a su país de la lista negra de deudores internacionales.

Pero mientras cada una de estas mujeres puede beneficiarse temporalmente con los estereotipos a los que están atadas, por género y por apellido, ambas necesitan al mismo tiempo escapar de ellos, para que no opaquen sus propios logros y prioridades. No pueden permitir que la mano invisible del prejuicio de género y la memoria de los gobiernos de sus maridos determinen su propio futuro.

Por su parte, Hillary ha apoyado vigorosamente la guerra contra el terrorismo en los Estados Unidos, precisamente para contrarrestar la especulación de que una mujer no es lo adecuado para liderar esa batalla. Ella votó por la guerra en Irak y usualmente ha apoyado la legislación antiterrorista -muchas veces contra la opinión de su propio partido- como forma de fortalecer sus credenciales en lo militar. Ella también eligió ser integrante de la Comisión de los Servicios Armados en el Senado, una elección inusual para una demócrata de tendencia liberal: fue otra forma de responderles a los críticos que dicen que ella no es la persona para conducir a los militares en tiempo de guerra.

Cristina Kirchner tiene una tarea más difícil por delante. Debido a que ha actuado esencialmente como la representante de su marido en el Senado, adoptando como su agenda legislativa el programa de gobierno, su imagen está mucho más entrelazada con la del Presidente que la de Hillary con Bill.

A pesar de su larga carrera pública -ha cumplido varios períodos legislativos desde que fue elegida, por primera vez, diputada provincial en Río Gallegos en 1989, incluso antes que su marido fuera elegido gobernador-, ella es más la sombra de su marido que su contraparte norteamericana.

Mientras que muchas veces la reputación de su esposo puede ser una ventaja, depender sólo de ella es una trampa para una mujer que compite por la presidencia. Aun cuando los números de Néstor Kirchner sean positivos y su administración sea percibida como exitosa, Cristina necesita escapar de su fuerza de gravedad y establecer sus propias propuestas y posiciones.

En algún sentido, tiene que competir para diferenciarse de su marido, más que, simplemente, esconderse en la trayectoria del Presidente.

¿Por qué? Porque si ella sólo defiende la continuación de las políticas de su marido, ¿por qué no elegirlo a él, el candidato real? ¿Por qué votar por su mujer? ¿Por qué aceptar la segunda opción? Pero aun cuando él no pudiera o no quisiera ser candidato, sería políticamente insostenible para Cristina ser vista sólo como un reemplazo de su marido, un expediente legal que sólo sirve para permitirle a él cumplir un segundo mandato gobernando a través de su mujer.

Esa situación sería una rebaja para Cristina y la tornaría vulnerable: sería criticada por debilidad. Después de toda una vida dedicada al servicio público, ella merece un mejor destino.

Por eso el problema de Cristina es cómo escapar de la órbita de su marido y correr por su cuenta. La clave aquí es establecer prioridades que sean diferentes de las del Presidente. Sin criticar sus logros -algo que sería, ciertamente, fatal-, ella debería separar su agenda de la de su marido y articular aquello que sería único en su propia presidencia.

Y es aquí donde el estereotipo de género puede ayudarla. Si el legado de su esposo es lo macro -sacar a la Argentina de la grave crisis económica y financiera que sufrió en 2001/2002-, su enfoque debería estar en lo micro: ayudar a los pobres a tener una vida mejor a través de acciones específicas que resuelvan el hambre y la falta de vivienda y de vestimenta. Si el enfoque de su marido fue estabilizar la moneda del país después de las salvajes fluctuaciones del pasado, el suyo tendría que ser mejorar la educación y preparar a los niños argentinos para la economía global del futuro. Si el presidente Kirchner ha trabajado para eliminar la corrupción en el nivel federal de gobierno, Cristina debería sacar ventaja de la integridad que deviene del estereotipo femenino, para liderar una limpieza de las policías locales y terminar con la corrupción que normalmente se asocia con la inseguridad a lo largo de todo el país.

Pero cualesquiera que fueren sus prioridades, ella tiene que diferenciarse e insistir en estas cuando compita por la presidencia. El apoyarse sólo en los logros de su marido puede volverla débil y vulnerable frente a sus contrincantes. Sólo podrá contribuir a su candidatura si construye sobre esos logros y se proyecta a nuevas áreas, con sus propios objetivos y enfoques.

Como consultor político, Dick Morris asesoró, entre otros, a Bill Clinton, Vicente Fox, Luiz Inácio Lula da Silva y Fernando de la Rúa.

Fuente: LA NACION (02/01/2007)

+ El papel de Dick Morris – Por Rodolfo Terragno (2002)

+ Dick Morris, la clave en el giro de De Narvaez (2009)

+ Artículos críticos con Dick Morris (Mexico)

+ Internet en las campañas políticas – Entrevista con Luis Rosales (representante de Dick Morris en Argentina)

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