maximo tell

Un tipo con el rock en las venas

In Paladar mostaza on 4 mayo, 2010 at 12:57 PM

¿Existe un ser humano que encarne el rock’n’roll tanto como Keith Richards?

Si hasta parece que el riff se convirtiera en hueso y el solo de guitarra fuese parte del torrente sanguíneo cuando el violero y alma mater de Los Rolling Stones se planta sobre cualquier escenario del planeta. Esa especie de homeless con pañuelos –y vaya a saber qué más– colgando de sus pelos grises que constituye su imagen de los últimos años deja ver las huellas de una vida intensa, en la que la música siempre estuvo en el centro de la escena.

A los 67, el viejo Keef luce cada arruga con el orgullo que un veterano de guerra se cuelga sus medallas: esos surcos profundos son el recordatorio de que este abuelito las hizo absolutamente todas –legales o no– y construyó descontroladamente un legado imposible de borrar en la cultura occidental. Hoy nadie discute que Richards “es” Los Rolling Stones, muy por encima de un Mick Jagger, a quien se identifica con el costado más empresarial de la banda. Al guitarrista, en cambio, se lo conoce como el motor y el esqueleto, al punto de que el resto del grupo toca siguiéndolo a él y no al ritmo propuesto por Charlie Watts. Y si alguien tiene alguna duda sobre el carácter único de Richards, conviene darle una leída a la Biografía desautorizada (que acaba de importar Océano) escrita por Victor Bockris.

El autor también se ha hecho cargo de trabajos biográficos sobre Andy Warhol, Lou Reed, Patti Smith, Velvet Underground, Muhamad Alí, John Cale (lo ayudó a redactar sus memorias) y la famosa groupie Bebe Buell. El libro sobre Richards fue originalmente publicado en 1992, justo cuando el músico estaba a punto de salir con su segundo álbum junto a los X-Pensive Winos, Main Offender, y puesto al día diez años después. Las diferencias entre un momento y otro son notorias en el estilo de Bockris, que parece no haberse tomado con la misma profundidad la última parte. En el libro original había armado el rompecabezas de la vida de Richards en base a testimonios del propio músico, que en las entrevistas solía ir hasta el hueso, y de personas cercanas como Anita Pallenberg (madre de sus hijos mayores), Marianne Faithfull y Linda Keith, además de material de archivo de todos los músicos de los Stones, amigos, conocidos y hasta algún que otro guardaespaldas.

Bockris nunca le hace asco a cierto tufillo amarillista, como cuando sugiere un vínculo sexual entre Richards y Jagger, por ejemplo. Sin embargo, no precisa recurrir a argucias literarias para que el lector se pregunte cómo es que Richards todavía está vivo. Porque, además del apetito voraz del músico por la heroína y la cocaína, tuvo infinidades de accidentes automovilísticos, de los cuales salió milagrosamente ileso, y caminó por el lado salvaje durante buena parte de su tiempo. En las 500 páginas de Biografía desautorizada aparecen las detenciones por drogas, los juicios, el tendal de muertos entre sus íntimos (el guitarrista stone Brian Jones, el músico y amigo Gram Parsons), las semanas enteras sin dormir, los días completos encerrado en un baño con una guitarra (se inyectaba heroína, que le provocaba diarrea, y se quedaba ahí componiendo los temas de los Stones), la vez que le pidió a su guardaespaldas que matara a unos jamaiquinos que habían violado a Pallenberg, las peleas con Jagger por el control del grupo, los traumáticos cambios de formación y la separación nunca anunciada de los ’80. Pero, claro, también puede leerse acerca de los maravillosos raptos de inspiración (el inmortal riff de “Satisfaction”, por ejemplo) y del progresivo reconocimiento de su valor como músico y como emblema de un estilo de vida rockero. Y sobre su timidez y cómo se las arregló para vencerla, sus conocimientos como productor, su insistencia en el apego a las raíces del rock, sus gustos simples y monolíticos (como el pastel de carne, su alimento por excelencia), su relación de odio pero sobre todo de amor con Jagger (¿con algún escarceo carnal?), y su firme convicción de que el rock’n’roll es la única forma de que su corazón siga latiendo. “Siente que la música es su vida y morirá sobre el escenario. Con eso tiene que vivir”, dice sobre él Pallenberg, una de las personas que más lo conocen.

La “puesta al día” no es tan profunda y el autor recurre más a sus propias opiniones, lo que va en desmedro del relato. Su explicación es que “la cuestión no es tanto lo que hizo Keith Richards durante los ’90 (cuántos conciertos dio, cuántas canciones escribió, etc), sino lo que logró, y cómo lo transformaron estos logros”. Para el resto de los mortales, lo más importante que consiguió el guitarrista fue volver a encender a los Stones, pese a la partida del bajista Bill Wyman y a que Jagger no siempre le dispensa a la banda la atención que ésta merece. “Todos nos vamos haciendo cada vez un poco más mayores, pero nadie siente que ya no nos queda nada adentro –dijo Richards en 2002–. Seguimos esperando a que el grupo se haga mayor. Aunque al final ya sólo quedemos tres. Existe un amor duradero por lo que hacemos. Ese es el ingrediente principal.” La conclusión de Bockris es que, más allá de las opiniones contraculturales de Richards y de su imagen de junkie a tiempo completo, él es y será por siempre “un creador de discos”. Y, como tal, es más que una estrella de rock: “Es un artista genuino cuya música es una de las claves del carácter de la vida moderna, y su obra perdurará mientras hombres y mujeres sean capaces de escuchar, pensar y sentir”.

Fuente: Diario Página/12

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