maximo tell

“Pude haber matado a Bin Laden”

In Malas Viejas on 5 mayo, 2010 at 10:03 AM
Nasser al Bahri, apodado ‘Abu Jandal’ (‘El Asesino’), fue guardaespaldas del líder de Al Qaeda durante tres años. Su jefe le tenía encomendada la misión de que le ejecutase antes de ser apresado por los norteamericanos.

Si un día los americanos nos sitian, quiero que me mates con esta arma”. Y Osama Bin Laden sacó de su túnica una pistola que entregó a su guardaespaldas. “Confío en que Alá nunca lo quiera, pero si algún día el enemigo nos rodea y si estamos seguros de que seremos apresados, prefiero que me incrusten dos balas en la cabeza antes que caer preso”. “¡Quiero morir como un mártir y no acabar en la cárcel!”.

Meses antes de los atentados del 11 de septiembre de 2001 que derribaron las Torres Gemelas de Nueva York, el máximo jefe de la organización terrorista Al Qaeda preveía que algún día la CIA o el Pentágono irían a por él en las montañas de Afganistán. El hombre en el que Bin Laden confiaba para que le disparase antes de que cayese preso se llama Nasser al Bahri, apodado Abu Jandal (El Asesino), y fue su guardaespaldas durante tres largos años (1997-2000). Una disputa tras un viaje puso fin, hace ya casi una década, a esa estrecha relación entre ambos saudíes de origen yemení.

Bahri, de 38 años, vive ahora en Sanaa (Yemen), está casado y es padre de cinco hijos. Trabaja en una empresa privada que intenta mejorar la formación de los funcionarios. “Llevo una vida normal, si no fuera porque he recibido amenazas de Al Qaeda en el móvil por haberles traicionado”, explica a EL PAÍS, por teléfono, a través de un intérprete. “Esos avisos me obligan a estar atento”.

El ex guardaespaldas acaba de publicar un libro sobre el terrorista al que protegió. Ha escrito La sombra de Bin Laden (París, editorial Michel Lafon) en colaboración con el periodista Georges Malbrunot, del diario Le Figaro, que en 2004 estuvo secuestrado cuatro meses por Al Qaeda en Irak. “Es el primer testimonio público detallado desde el interior, desde la cúpula de Al Qaeda”, resalta el periodista. Bahri “es más importante que cualquiera de los presos que transferimos a Guantánamo porque tenía un acceso directo a Bin Laden”, declaró, tras dejar el cargo, Michael Scheuer, ex responsable de la Alec Station, la unidad de la CIA encargada de capturar a Bin Laden. Fue desmantelada en 2005.

Bahri era demasiado joven para incorporarse, en los años ochenta, a la lucha en Afganistán contra la URSS, pero en 1993 sí llegó a tiempo para combatir en Bosnia con sus correligionarios musulmanes contra los serbios. “Aquello fue mi breve bautismo de fuego”, explica. Llegó justo antes de que se firmasen los acuerdos de Dayton que pusieron fin a la contienda. “Después me fui a Somalia, a Tayikistán y, en 1996, a Afganistán”.

Conoció al que iba a ser su jefe en la provincia de Kandahar. “En aquel momento tuve la impresión de estar ante un hombre excepcional, con un ideal y principios a los que se atenía”, prosigue Bahri. “Además, incluso en situaciones complicadas o con interlocutores difíciles, no perdía nunca la calma; predicaba la unidad de los musulmanes frente al enemigo común. Me apunté a su causa”.

Para mejorar su formación militar, Bahri fue enviado a un campamento cerca de Khost. Allí era uno más entre los jóvenes árabes que se entrenaban en el manejo de las armas hasta que Bin Laden se fijó en él. “Visitó el lugar”, recuerda. “Hubo un altercado y un hombre se dejó llevar por la ira contra él. Parecía amenazarle. Le desarmé en un pispás”.

El líder de Al Qaeda le reclutó entonces como guardaespaldas. “Cada vez que se desplazaba decía: Abu Jandal debe venir con nosotros”, afirma Bahri. “A partir de entonces no le perdí de vista. Además de mis cualidades como escolta, creo que le gustaba mi personalidad. Decía que era transparente, que no trataba de esconderle nada”. “Es verdad que siempre fui honesto con él”.

Con apenas 25 años, Bahri empezó a codearse con la cúpula de la organización terrorista, en la que no tenía ningún poder. “Carecía de cualquier información sobre las operaciones terroristas”, asegura. “Un comité militar se encargaba de planificarlas”. Un año antes del 11-S, el guardaespaldas coincidió con algunos de los miembros del comando que perpetró el mayor atentado de la historia, pero no supo lo que estaban preparando.

“Les vi jugar pacíficamente a la PlayStation en una casa de huéspedes de Al Qaeda en Pakistán”, recuerda. “Más tarde les reconocí por sus fotos en la prensa”. El 11-S “era un secreto muy bien guardado, pero Bin Laden hacía algunos comentarios que entonces nos intrigaban y que meses después comprendimos. Nos decía que a partir de 1999 se produciría un acontecimiento que nos dejaría a todos atónitos”.

“Mi papel consistía en proteger a Bin Laden, sobre todo cuando se desplazaba”, prosigue Bahri. Y por desempeñar bien esa tarea gozaba del gran aprecio de su jefe. Prueba de ello es que cuando el guardaespaldas fue herido de bala en una pierna en 1998, durante una batalla contra los hombres del comandante Ahmed Shah Massud, fue el propio Bin Laden quien se tomó a veces la molestia de llevarle la comida o cambiarle las vendas. “¡Hasta esparcía miel por la herida para que cicatrizase!”, rememora.

La misión del guardaespaldas abarcaba incluso la vida privada de Bin Laden. “Me encargó en 2000 que viajase a Yemen para pagar la dote a Asmaa, la que iba a ser su cuarta esposa”, asegura Bahri. “Ascendió a 5.000 dólares junto con los billetes de avión para que ella y sus familiares volasen a Afganistán”. Cuando llegó allí, las demás mujeres del jefe terrorista “se molestaron al descubrir que la prometida era una yemení de sólo 17 años”. “Me dijeron que tenía 30”, les respondió su marido.

Antes de que apareciese Asmaa, las mujeres de Bin Laden ya andaban a la greña. La primera, Najwa, una siria atractiva, pero inculta, tenía celos de la segunda, una saudí algo mayor y más erudita con quien su marido solía departir de teología islámica. Todas ellas sabían manejar un fusil de asalto Kálashnikov por si en algún momento se veían obligadas a usarlo.

Najwa, la esposa siria que se casó con 16 años, publicó el año pasado, junto con su hijo Omar, un libro (Creciendo con Bin Laden, editorial Oneworld) en el que narra su vida con el jefe terrorista en Arabia Saudí, Sudán y Afganistán. Lo redactaron con la ayuda de la escritora estadounidense Jean Sasson. Su relato de la intimidad familiar es mucho más demoledor que el del escolta.

Éste recuerda, no obstante, que Bin Laden amenazaba con azotar, por su mal comportamiento, a los nueve hijos que convivían con él, “pero lo hacía en raras ocasiones”. A ojos de su prole, era un avaro. “Mi fortuna no es para vosotros, sino que pertenece al islam”, les contestaba cuando le pedían dinero. “No vais a heredar ni un céntimo”.

El islam o, mejor dicho, su profeta Mahoma eran también invocados cuando los aprendices de terroristas que se entrenaban en los campamentos se quejaban de la mala pitanza. “Bin Laden les exhortaba entonces a seguir el ejemplo de la ascética vida del profeta y de sus seguidores”, asegura su ex guardaespaldas.

De Bin Laden, su ex custodio da la imagen de un “moderado”, si se le compara con su lugarteniente “el integrista Ayman Zawahiri”. Le describe también como un hombre relativamente culto, que cita, por ejemplo, frases de las memorias del mariscal de campo británico Bernard Law Montgomery y del presidente francés Charles de Gaulle. Seguía la actualidad internacional a través de una revista de prensa que le enviaban desde Pakistán con artículos traducidos al árabe. Le apasionan además las carreras de caballos, jugaba al fútbol de delantero centro y también al voleibol. “Es tan alto que no necesitaba saltar para rematar con la pelota”.

Bahri dice que discrepó de su jefe en 1998, tras los atentados contra las embajadas de EE UU en Nairobi y Dar es Salam que causaron 263 muertos, muchos de ellos musulmanes inocentes. Se lo dejó caer. “Me contestó de la siguiente manera: ¿Crees que los americanos tuvieron en consideración los daños colaterales cuando soltaron la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki?”, señala el ex escolta.

Tres años después, cuando se produjeron los atentados de Washington y Nueva York, Bahri ya no estaba en Afganistán. Rompió con su jefe tras un viaje a Somalia. “Bin Laden me mandó allí para averiguar si podíamos utilizar un aeropuerto para enviar a combatientes y reforzar la lucha”, recuerda. “Cuando regresé, me criticó por haber sido poco discreto antes incluso de escuchar mi versión”.

Aun así, Bahri sabe, a través de sus ex compañeros de armas, cómo vivió el jefe terrorista aquella jornada histórica del 11-S: “Unos días antes se puso a salvo, con su familia, en un escondite en la ciudad de Kandahar, según me contaron”. “Cuando llegó el momento, mandó que le instalaran una antena parabólica para ver en directo los atentados por televisión, pero la técnica falló y se quedó con las ganas”.

El ex escolta estaba entonces encarcelado en Yemen y sometido a un severo régimen de aislamiento. Había regresado allí con su esposa yemení en 2000, poco antes de la voladura del buque de guerra estadounidense USS Cole. Cuando intentó salir del país, fue detenido por su posible implicación en ese atentado del puerto de Aden. “No sabía nada del asunto”, repite proclamando su inocencia.

Días después del 11-S recibió en la prisión la visita de agentes del FBI que le interrogaron día y noche. Colaboró. Para el FBI supuso “el hallazgo de un tesoro de información de inteligencia muy valiosa” sobre las redes terroristas de Bin Laden, declaró uno de sus ex agentes, Ali Soufan, ante una comisión del Senado de EE UU.

Después Bahri se sometió a un programa de rehabilitación religiosa dirigido por el magistrado yemení Hamoud al Hitar. “Él dice que cambió nuestra forma de pensar, pero no lo hizo”, asevera. “Yo hice mi propia evolución”. “Ahora sé que puedo vivir mi fe de otra manera”. “Lamento haber pertenecido a Al Qaeda”. “A los jóvenes les digo que no vayan a la yihad”. Su acto de contrición al teléfono no tiene límites: “Pude haber matado en Bin Laden. Pensé en hacerlo en una ocasión. Si lo hubiera hecho, habríamos evitado otros muchos muertos”, afirma.

Pero su arrepentimiento no convence aparentemente del todo. Las autoridades francesas le han denegado el visado para poder presentar su libro en París. “Vamos a intentar que lo pueda hacer en Suiza”, se consuela el periodista Georges Malbrunot.

¿Cree que Bin Laden está vivo? “Sí”, responde Bahri sin titubear. “Si no lo estuviera, las webs yihadistas lo acabarían contando de una manera u otra. No se puede sepultar una noticia así”. “Está protegido por las tribus del Waziristán (noreste de Pakistán). Su sometimiento a Bin Laden obedece, ante todo, a razones religiosas, pero tampoco olvidan las casas y las carreteras que él les construyó hace ya más de veinte años”.

Fuente: Diario El País

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