maximo tell

Quién narra las fisuras de Latinoamérica

In Paladar mostaza on 19 mayo, 2010 at 11:34 AM
Una conversación con Cristian Alarcón apunta a detectar las tendencias vigentes en la narrativa de realidad, un poco “más acá” de María Moreno y Martín Caparrós, donde empiezan a surgir algunas disidencias al modelo del Nuevo Periodismo estadounidense.

Cristian Alarcón piensa en voz alta: “…es imposible borrar mi diferencia, que es demasiado notoria y, por lo tanto, sustancial. Por eso, no voy a tratar de impostar un pibe chorro (en Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, su primer libro) ni un narco chileno-argentino (en Si me querés quereme transa, el que acaba de editar por Norma)”. Ahora, viajemos al pasado, años 90.

Ingresa por primera vez a una villa. Está incómodo: siente que lo van a tomar por un “gay burgués” que está tratando de robarles el secreto de sus vidas (o el alma); vacila sobre si seguir; cree que va a ser imposible evitar ser tomado como un traficante (pero de relatos de desgracias). Con el paso de los años, el territorio se lo certifica: será imposible borrar la diferencia. Querer asimilarse, mimetizarse derivó en fantochadas como las excursiones a la miseria que promovió la TV, excursiones a la villa concebidas como blanqueo de imagen, como acto de demagogia.

“Martín Caparrós no se disfraza de un chico piola cuando va a recorrer el interior de la Argentina. Sigue siendo un porteño que cuando escribe se reinvidica a sí mismo como ‘el cronista’. Quizás, una forma de aterrizar sea hacer un enorme esfuerzo para ponerse en el lugar del otro. También cuesta muchísimo trabajo bajar los niveles de prejuicio.”
Ni domesticación ni experiencia altruista. Ni la estetización del primer nuevo cine argentino (Pizza, birra, faso), ni fascinación, ni regodeo en la sobreexposición del dolor y la rareza. Los relatos sobre la pobreza, en suma, circulan generando todavía –cree Alarcón– una pobreza bastante previsible, por lo tanto aburrida. Gran parte de su mérito consiste en no negarle al miserable ese vitalismo extremo que confirmó estando en la villa. “Cuando lográs bajar los niveles de prejuicio, el otro te quiere como sos. Los pibes chorros me quisieron gay y totalmente alejado de sus discursos.”

La renovación

¿Cómo se explica un panorama renuente, dentro del género, al recambio de estilos, dogmas, tótems y tabúes? Juan Villoro escribió, en su ensayito “La crónica, ornitorrinco de la prosa”, que la prosa hace posible la trama, no a la inversa, y que eso se hace posible a través de un simulacro. Y, por casa, ¿confianza indiscriminada en el estilo o atadura estricta a la “información?” “Que una cosa sea verdad no significa, ni en la vida ni en el arte, que sea convincente” (Truman Capote, sobre Plegarias atendidas).
“Traté de llevar al extremo cierta experimentación con el género No ficción, hasta donde las esferas entre ficción y realidad son más densas, complejas, zonas neblinosas en donde los pactos con el lector no están basados en los viejos acuerdos del periodista escribiendo libros y el lector que quiere leer lo real y probado”, dice Alarcón.

Solamente teniendo en cuenta la condición subjetiva de quien narra, la discrecionalidad del foco, el oído, el criterio de selección en la descripción ya hay reelaboración ficcional de lo real. No se trata de liberarse de los hechos, escribió Villoro, sino de hacerlos verosímiles a través de un simulacro que los recupere como si volvieran a ocurrir con detallada intensidad.
Al estar escribiendo sobre narcotraficantes, y estar poniendo en peligro la vida de un montón de personas y la mía propia, las calles de mi libro se llaman como boxeadores, todos los protagonistas cambiaron de identidad y además, en caso de que fuera necesario, los testimonios de una persona se desdoblaron en varias. La proximidad con mis entrevistados está lejos de ser la recomendada por Columbia o por el periodismo norteamericano, expandido en América Latina, durante los últimos 50 años, como el único modelo a seguir. Yo me permití ser el compadre de una pequeña traficante y el padrino de su niño de entonces 4 años. No sé si era muy consciente de lo que estaba diciendo, cuando lo dije (en el Encuentro Hay Festival, Cartagena 09). Juan Villoro me encontró en un lobby, me dio un abrazo y me dijo: “Bienvenido a la literatura”.

Tal vez sólo cuando baja la intimidación del dato, sea posible la literatura.
Yo no creo que Juan Villoro haga una distinción patriarcal entre sus cuentos y sus crónicas. El, junto con Martín Caparrós, es uno de los nombres que están llevando más arriba el género. Lo está llevando a un nivel que es totalmente literario. La pregunta que debe hacerse un cronista es: ¿Quiero ser autor o no? Porque si lo que quiero es publicar notas, no es tan difícil. Sé pillo con la agenda, tené una cantidad mínima de fuentes que te den información y conocé a dos o tres editores que te publiquen. Ahora, ser autor, ¿qué significa? Encontrar el tema, identificar lo territorial y los personajes pero no porque me parezca canchero meterme en tal o cual sitio, sino porque comprendo que ahí hay algo que puede convertirse en una gran historia. Sólo cuando te podés dar el lujo, y esto sí lo decia Ryszard Kapuscinski, de dejar la mitad o más de material afuera, como en un enorme colchón king size en el que te podés desplazar con la tranquilidad de que los bordes siempre están un poco más allá, le perdés el respeto a lo fáctico.

En base a tu alta rotación por festivales y encuentros internacionales alrededor del género, ¿coincidís en que hay una marca temática argentina, o mejor latinoamericana en torno a la marginalidad y la violencia? ¿Qué pasa con la narración del consumo, el sexo, el amor, el deseo de las clases medias?
Los temas de marginalidad, violencia y narcotráfico tienen una visibilidad más allá de la crónica. Son temas de la agenda política, por lo tanto están puestos una y otra vez sobre la mesa en múltiples géneros y, como productos, en la industria cultural. La deuda es el estilo, podríamos decir. La deuda es el estilo pero también la investigación.

El género de la crónica se debate entre los que acusan la falta de espacios en los medios y los que señalan una sobrevaloración de parte del mercado editorial que explota desde el marketing, incluso en casos de novelas ficcionales, las huellas del “in situ”. ¿Existe el boom?
Están las revistas colombianas Gatopardo y Soho –que el 25 de mayo empieza a editar una versión argentina, a cargo de la periodista Paula Rodríguez–, la venezolana Marcapasos, que ahora volvió a salir en formato digital; The Clinic, en Chile; la propia revista Paula, una revista femenina de Chile; Pie izquierdo, una revista boliviana de aparición reciente; la peruana Etiqueta Negra, las argentinas La mujer de mi vida, Radar y las páginas de No ficción en Ñ. En Perú se da una expansión particular, y vas a encontrar una búsqueda de la historia singular. La clase media culta peruana está mucho más cerca de lo popular que la clase media argentina, que quizás no necesite cruzar la avenida Rivadavia más que para ir a la facultad de Puán (Filosofía y Letras). Pero como escribió Leila Guerriero, el supuesto boom es relativo: tiene más que ver con espacios mediáticos en los que se ha usado el género como una estrategia, como las revistas Soho y Gatopardo, dos íconos, que con una demanda real. El espacio de la crónica de America Latina está más hecho de autores que de lectores.

El panorama 2010 de No ficción editada más vendida parece apuntalar un retorno a los libros de investigación periodística sobre temas de coyuntura, desde Gabriela Cerruti a Luis Majul y Ernesto Tenembaum, que pautaron la agenda durante los primeros años de la década de los 90.
Eso no es investigación. Las editoriales necesitan instant books a cargo de periodistas entrenados para poder generar y procesar una enorme cantidad de información en muy poco tiempo. Así, en muy pocos meses se puede publicar un libro que venda mucho. Eso es tremendamente rentable. Pero están en la mesa de saldos el año próximo.

Ya hablamos de cuestionar, al menos relativizar, el valor supremo de la experiencia en el cronista. ¿Cómo ves la posibilidad de un cronista indoor, plenamente mediatizado, uno cuyo vínculo con lo real se base solamente en el contacto a través de Internet, por ejemplo?

Tuve una alumna que llegó al taller y dijo: “Yo quiero escribir una crónica sin salir de mi casa porque soy fóbica y no soporto a la gente”. Escribió un gran texto sobre las repercusiones de la gripe H1N1 en México. Logró tensión dramática en la reconstrucción de escenas sólo entrevistándose por mail y skype, buscando el detalle que persigue todo cronista. Le pregunté: de dónde sacaste todo eso. Había hecho ampliación de imagen en fotos encontradas en Internet. Es en el verosímil donde se prueba la efectividad de un texto.

Antes mencionamos temas que quedaban afuera del mapa de la crónica latinoamericana contemporánea, como el shopping, el sexo, el lujo. ¿Qué otros están vacantes en la narrativa de realidad argentina, específicamente?
Los nuevos ricos y sus multiples manifestaciones, y las operaciones estéticas. Mundos de difícil acceso. Transformaciones corporales. Mercado. Belleza corporal. Todo lo que tenga que ver con “lo esnob”. La búsqueda de una experiencia de radicalidad a partir del esnobismo.

No hay relevos en la crónica de frivolidad y sociales; lo que fue Laura Ramos a la cultura joven de los 80, lo que fue Sylvina Walger a la política menemista….
Los medios no quieren hablar de los ricos: quieren hablarles a los ricos para venderles cosas. Para venderles countries pero no para contar sus realidades.

Nuestros “no lugares” devaluados (cadenas Farmacity, el hipermercado, el locutorio, el pizza café) tampoco obtienen mucha prosa narrativa. Además de no alterar negocios, ¿no percibís un terror en los propios autores a ser tomados por frívolos y/o superficiales, confundiendo el tema con el punto de vista?
En las sociedades mexicana y chilena hay otro tipo de circulación del estatus. Cuando querés narrar el lujo en la Argentina, el primer problema con el que te encontrás es el de las identidades. Nadie quiere mostrar porque mostrar está mal visto, aun en los nuevos ricos.

Tampoco hay relato de vida cotidiana, aguafuertes urbanas, en la nueva crónica editada en la Argentina.
¿No será aburrida? ¿No seremos todos de clase media? Nos aburre mucho hablar de nosotros mismos.

¿Qué incidencia tienen los blogs y las redes sociales en la crónica que hoy circula?
Ayuda a que todo el que escriba pueda publicar. El aporte tiene que ver con lo instantáneo, y con la posibilidad de una escritura colectiva. Pero no hay un trabajo de lenguaje. No se ve.

La crónica no se lleva bien con las redacciones: no encuentra su espacio, su tiempo, sus recursos, ¿qué estrategias te preservaron de 15 años de oficio (en los diarios Página/12 y Crítica)?
Escribir de mañana. Hacerme de rituales de escritura. Aislarme del ruido, del teléfono. Alquilar una casa en el Tigre: encontrar un retiro necesario. Básicamente, negociar dinero por tiempo. Trabajar de más para producir lo suficiente, para tomarme períodos de 15 días, un mes, dos meses, a veces tres (como mucho), dedicados solamente a escribir y leer. Un cronista entrenado, como en cualquier otro oficio, sabe cómo esconderse, cómo desaparecer de la escena, como hace Leila Guerriero, que se convierte en una mariposa nocturna parada en el cancel de una puerta sin que nadie la vea y logra ser testigo de las epifanías que luego escribe en sus crónicas. Cada uno tiene su método: el método hace al estilo.

Fuente: Revista Ñ

+ Alarcón en 2006 por Página/12

+ Alarcón en 2003 por Página/12

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