maximo tell

¿Cuál Bicentenario?

In Derecho a Replica, Malas Viejas on 22 mayo, 2010 at 12:15 PM

Por Julio Saguir

Este año, voces de la opinión pública, variadas y de distinto origen, dan la bienvenida y se disponen a la celebración del Bicentenario. A algunos, particularmente muchos de los que vivimos a kilómetros de la Capital Federal, nos llama la atención la certeza de la proclama y la ausencia de calificativos. Por lo menos nos asalta cierta duda: ¿cuál Bicentenario? ¿El de 1810? ¿Y por qué el Bicentenario de la Nación en 1810? ¿No podría en 1816? ¿O será, entonces, que celebraremos dos bicentenarios, uno en 2010 y otro en 2016? La duda tiene algunos sustentos históricos.

La Revolución de Mayo

Este Bicentenario que ha comenzado a celebrarse refiere a la Revolución acaecida el 25 de mayo de 1810 en la ciudad de Buenos Aires. Ahora bien, esa Revolución no sólo acaeció en aquella ciudad, sino que fue realizada solamente por dirigentes porteños. Fue un movimiento eminentemente local, municipal; la revuelta de líderes de la ciudad de Buenos Aires contra el gobierno colonial de la corona española. No fue un movimiento conjunto, ni del conjunto, de las ciudades del entonces Virreinato del Río de la Plata.

Es verdad que Juan José Paso mencionó el 22 de mayo en el célebre Cabildo Abierto, que hablaba en nombre de las restantes ciudades en su condición de capital del virreinato, o sea, “como hermana mayor en nombre de las menores”. Pero éstas no habían sido siquiera consultadas al respecto. Mucho menos sabían que tales eventos estaban por suceder.

Para tomar un ejemplo histórico de algo similar pero que sucedió de otra manera, consideremos lo acontecido en los Estados Unidos. Allí, la Revolución tuvo su epicentro en el segundo Congreso Continental de las colonias americanas, que ya venían reuniéndose en conjunto desde hacía algún tiempo. En 1776, los eventos que concurrieron en el 4 de julio, sucedieron a partir de los representantes de las colonias reunidos en asamblea. En medio de discusiones y diferencias, aquel Congreso fue determinante en cuanto a dar cierta unidad de motivaciones y objetivos al afán revolucionario.

Más todavía, la Revolución de Mayo no sólo fue una revuelta que tuvo su foco en Buenos Aires, sino que distó de concitar apoyo global e inmediato por el resto de las ciudades del entonces Virreinato. En efecto, toda la intendencia de Paraguay se separó casi inmediatamente de la Revolución porteña a pesar de los esfuerzos de ésta para que no fuera así. Ciudades del Alto Perú tomaron diferentes posiciones, pero las circunstancias de la guerra mostraron en pocos años que la región se había perdido casi definitivamente para lo que fuera antes un mismo territorio, y que Buenos Aires anhelaba mantener. Montevideo se volcó en contra de la Revolución y, en pocos años, José Gervasio de Artigas, que había sido favorable, conformaba la Liga de los Pueblos Libres. Liga que llegó a incluir a Córdoba y a La Rioja como organización alternativa a la gobernada desde la antigua capital del Virreinato. La misma ciudad de Córdoba ofreció resistencia inicial, sofocada con el fusilamiento de Santiago de Liniers. En el resto de lo que luego serían las ciudades históricas de nuestro país, la noticia fue recibida con bastantes dudas; se miraban unas a otras esperando ver qué hacía la vecina antes de actuar. Varios de aquellos amplios territorios en nombre de los que hablaba

Paso el 22 de mayo quedaron, por voluntad propia o por circunstancias históricas, separados de lo que los líderes imaginaban o argumentaban en ese momento.

En este sentido, el proceso iniciado el 25 de mayo fue abierto, contingente. Como tantas veces sucede en la historia, los eventos se sucedieron más por el ir y venir de intereses conflictivos y acciones inmediatas que por algún diseño ideal concebido por los protagonistas. Mucho menos por el cálculo de largo plazo. Los líderes porteños se alzaron contra el virrey y llamaron a las otras ciudades a hacer lo mismo. Algunas dijeron que sí, y otras que no. Algunos territorios se unieron, y otros en cambio se desmembraron; unos de manera temporaria y otros, definitivamente; unos de modo parcial y otros, completamente. Nada de ello “debió” ocurrir. Sencillamente sucedió, y pudo pasar tanto de esa manera como de alguna otra.

En cuanto al conjunto principal de las ciudades –luego provincias– que constituirían lo que hoy conocemos como la Argentina, el gobierno municipal no logró convocarlas a un Congreso por un buen tiempo, si bien algunos de sus líderes hablaron de la relevancia de una asamblea común de las provincias. En realidad, fracasó en dos ocasiones en 1812, y pudo hacerlo recién en 1813. Y, cuando lo hizo, no pudo cumplir con uno de sus principales objetivos a los fines de la anhelada unión: escribir una constitución. Más aún, los proyectos presentados no llegaron ni siquiera a discutirse.

El gobierno municipal nacido el 25 de mayo tampoco logró estabilizar una representación nacional. En realidad, hay dudas sobre si efectivamente lo quisieron. La llamada Primera Junta se amplió al cabo de seis meses, a partir de la invitación realizada a las ciudades del interior para que enviaran a sus representantes a la capital, y así formar gobierno o un congreso, según dos convocatorias presentadas. Pero al cabo de muy poco tiempo las facciones internas y los intereses locales, particularmente los afanes de Buenos Aires de no perder el control del proceso, llevaron a la disolución de aquel gobierno protonacional. A partir de allí se consolidó un gobierno ejecutivo con fuerte, sino única, prevalencia de la voluntad porteña.

La Declaración de la Independencia

El conjunto mayoritario de las provincias logró reunirse en 1816 en Tucumán. En esa asamblea común y conjunta declararon su independencia e iniciaron el camino para diseñar su primera constitución, que se firmaría tres años más tarde. Para ser claro, la convocatoria a un Congreso en Tucumán fue una concesión de la élite porteña a las provincias del interior, agotadas por el monopolio en la toma de decisiones. “¿Y dónde quiere usted que se reúna el Congreso? ¿En Buenos Aires? ¿No sabe usted que todos se excusan de venir a un pueblo a quien miran como opresor de sus derechos y que aspira a subyugarlos?”, decía fray Cayetano Rodríguez, religioso porteño, a un amigo. Tucumán fue el lugar elegido para la estrategia conciliadora, para reunir finalmente a una asamblea de todos, o al menos de una mayoría, y tomar la decisión conjunta de ser libres de manera definitiva.

Y así fue. En su mayoría, las provincias aceptaron participar en el Congreso convocado por el Directorio. Quince ciudades estuvieron presentes: once que hoy forman las cabeceras de actuales provincias, más cuatro de la región del Alto Perú. Las ciudades del Litoral y de la Banda Oriental, en conflicto con Buenos Aires, no participaron. De este Congreso, con fuerte representación de todos los que se habían sumado a la Revolución, nació la Declaración de la Independencia y más tarde la primera Constitución de nuestro país. A diferencia de la Revolución de Mayo en Buenos Aires, la Declaración de la Independencia en Tucumán sí fue una reunión donde estuvieron presentes desde el primer momento las ciudades de la mayor parte del territorio de lo que luego sería la Argentina. Y, ahora sí, la decisión fue común y conjunta: “todas y cada una de ellas así lo publican, declaran y ratifican”, sostenía el Acta de declaración de aquel 9 de julio.

¿Es que entonces la “verdadera” conmemoración es la de Tucumán y no la de Buenos Aires? ¿Es acaso lo “nacional” de la Independencia, y no lo municipal de la Revolución? ¿Es 1816 y no 1810? Tampoco esto sería correcto. Visto desde 1816 y desde Tucumán, como efectivamente lo reflejaron los protagonistas del Congreso, aquel evento tuvo su inicio en la Revolución de Mayo. El hecho de su contingencia no significa que no sucedió, sino que pudo ser de otra manera. Pero tal como sucedió, efectivamente tuvo su origen en Buenos Aires, como evento local y municipal, a través de un gobierno primeramente porteño. Y más allá de las desavenencias, conflictos y antagonismos posteriores, de la que la misma convocatoria al Congreso es parte, llegamos a Tucumán en 1816 luego de hechos que se concatenan a partir de 1810 en Buenos Aires.

El Bicentenario 2010-16

En efecto, por el paso contingente de lo municipal a lo “nacional”, de lo local a lo global, lo que sucedió fue un proceso que, visto ex post, se inició en 1810 en Buenos Aires y “culminó” en 1816. Un proceso que fue de Buenos Aires a Tucumán, pasando por todas las ciudades y provincias que allí finalmente se reunieron; de la Revolución de Mayo a la Declaración de la Independencia. Entonces, lo que estamos por celebrar en 2010, en realidad, es “a partir” de 2010. Celebramos el proceso por el que la “hermana mayor”, la primus inter pares, decidió rebelarse contra la madre patria por su propia cuenta y voluntad, e invitar a “las menores” a hacer lo mismo. Celebramos el proceso por el que, a partir de allí, con dudas, desavenencias y conflictos, algunas de aquellas hermanas de la colonia fueron sumándose hasta reunirse en 1816 como “Provincias Unidas de Sud América”, para dar esta vez un sí conjunto, propio y voluntario al afán de ser “una nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli”. Celebramos el proceso por el que Buenos Aires comienza a poner en común inteligencia, vidas y riquezas a disposición de aquel grito primero de libertad, y las restantes ciudades no escatiman luego sacrificios para lograr hacer común y cierto ese mismo grito y voluntad. Celebramos el proceso que va de un Cabildo municipal al Congreso de las Provincias Unidas; de Juan José Paso defendiendo el derecho de ciudades ausentes a “los representantes de las Provincias Unidas de Sud América, reunidas en el nombre y por la autoridad de los pueblos que representan”; de Cornelio Saavedra, Mariano Moreno y otros líderes porteños, a Francisco de Laprida, Gerónimo Salguero y muchos otros representantes provinciales.

Celebramos el proceso de seis años de gestación de la vida en común: fecundada en Buenos Aires y nacida en Tucumán. Si acordáramos que esto es así y llegáramos a instalarlo, y no como 2010 o 2016 por separado, podríamos también iniciar un proceso de acontecimientos y eventos celebratorios, desde culturales hasta de infraestructura pública, que nos ponga en mejor sintonía con lo acontecido y lo que queremos festejar. Procesos de investigación, estudio, obras y desarrollo que se inicien en 2010 con vistas a culminar en 2016. Porque celebrar el Bicentenario también debería ser un motivo de unión y conciliación, y no de mayor conflicto y desavenencia. Y que sea el Bicentenario 2010-16 es un buen símbolo para ello.

El autor es politólogo y secretario de Planeamiento de la provincia de Tucumán. Autor del libro ¿Unión o Secesión?.

Fuente: Revista Criterio + Imagen: Desmitificador Argentino

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: