maximo tell

Game Over del Sistema

In Exclusivos, Tonti on 9 junio, 2010 at 9:40 AM

Por Danilo Tonti

Conquistar la vida para condenar a la muerte

Al ser lo que das, si no das, no sos. Pero como no quiero que seas, impido que des. Lo que darías, hago que no valga; lo que vale, jamás podrás darlo.

La conquista de la vejez ha sido tan innovadora como contradictoria: la esperanza de vida ha aumentado, al tiempo que la certeza de un buen vivir se ha vuelto más bien utópica.

Y dicen que el tiempo todo lo cura,… pero para algunos, el tiempo lo destruye todo. Los años son delitos, y en el haber propio de la naturaleza policial, antecedentes oscuros de los convictos de la tercera edad. No hay para ellos esposas, pero sí la fría soledad de un calabozo en penumbras.

No hay sentencia ni dedos pintados, pero sí la condena a una vida tan vacía como inadvertida. Inutilidad culposa que debe pagarse, con el agraviante de “estar”, porque estar es ocupar aquello que otro podría estar ocupando.

La lógica es simple: a sus voces, gritos; a sus pasos, trotes; a sus sueños, ambiciones. La debilidad es su fracaso y el tiempo su enemigo; son todo lo que no hay que ser, antítesis silenciosa del ideal sistémico.

Y en un mundo de carreras sin ventajas, el paso lento pareciera no pisar fuerte. El tiempo es oro, la pausa es pérdida.  Sentados viendo el mundo correr, perdidos de tantas vueltas, aturdidos en tantos gritos. Presos de sus arrugan y sometidos a sus canas. Así son; así están. Retraídos a una existencia estática, inevitables espectadores de una función limitada.

Lejos de ser su pesar la condición física, la significación sociocultural es la herida de la que sangran sus penas. Portadores de una identidad inútil, su única función es despojarse de la ilusión de tener funciones, adoptando el decoro de la permanencia tan desértica como intransigente. Conquistar la vida para condenar a la muerte; dualidad tan propia de nosotros, los que nos llamamos racionales en un mundo en donde la razón es administrar recursos, sobrevalorando los que nos suman, descartando los que nos restan.

Pero como siempre, la exclusión se camufla de inclusiva y encierra en un discurso pintoresco la semilla viva de esta concepción petrificadora. Mientras que jubilarse pareciera la recompensa solidaria de un orden que premia la recorrido, desde la raíz misma del sistema productivo no es más que el ingreso a un camino de silencios, cuyos sostenedores han entrado a la palabra muda, aquella que no es productiva, que no aporta nada cuantificable. No es más que la afirmación, tan silenciada como latente, de la muerte del sujeto activo, despertando sólo por inercia, caminando sólo por costumbre.

Les permitimos estar, aguardar que su momento llegue, pero no más que eso. Atrofiada toda capacidad creativa, se vuelven expertos en culpabilizarse; si están molestan, si no están alivian.

Y allí están quienes ni la familia sostiene sus pesares; quienes sólo ven a aquellos que comparten su mismo lugar, sus mismas dolencias. Asistidores en esa rutina siempre igual a sí misma, los asilos son hoy solución para muchos. Ahí esperan, conformándose con lo que les toca, pues hacerlo es menos doloroso que verse olvidados.

Expertos en perdurar, en matar el tiempo con la mirada perdida bajo la melancolía del recuerdo, sospechándose a sí mismos de ser molestias, carga improductiva en el camino por la conquista. Sentados, sin demasiadas pretensiones, con más lágrimas que sonrisas. El presente es sólo pasado encaprichado en no irse, y a su vez, de las pocas compañías que ayudan a pasar el mal trago de la soledad.

Cantores de un tango que nadie quiere escuchar, enfundan su bandoneón, ahogan sus penas en lágrimas, resignan palabras, respiran profundo y se echan al olvido. La experiencia se desviste, se desnuda a sí misma, y se coloca el manto del atraso.

La palabra que en su cuerpo sostiene la sabiduría, es la única que no muere por las perspicacias del tiempo. Podremos a ellas hacerles oídos sordos, pero lo que en su interior palpita jamás ha de ser dañado. El saber que no siente muere al cabo de un tiempo; pero el que siente lo que sabe y disfruta lo que aprende, vive con la palabra despierta en cada paso que asienta.

Dice Marie Von Eschenbach, “en la juventud aprendemos, en la vejez entendemos”. Qué bueno sería que nos animemos a aprender algo de los que algo han entendido, porque en definitiva sólo al caminar se hace camino, y nadie mejor que quien ha caminado para nutrirnos con sus crónicas de viaje.

Este autor es Columnista permanente de este Blog

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