maximo tell

La soledad espera

In Baca, Exclusivos, Pasiones on 13 junio, 2010 at 2:00 PM

Por Flavia Baca

Ella lo miraba desde la cama con cierta sensación de alivio, que el chico se afeitara le decía que al menos no era tan loca como pensaba. “Si la gente supiera” era su pensamiento favorito desde que aquello comenzó. Ella aún era joven y tenía sus urgencias, mientras que él… ¿para qué preocuparse?

Mientras miraba al chico afeitarse los insignificantes rastros de vello facial que intentaban salir a la luz, Isabela se preguntaba cómo es que seguían en eso. Desgraciadamente, la respuesta era obvia: “es un vicio”. Cuando una actividad pasa de ser tal cosa y se convierte en el centro de tu vida, es porque ya es un vicio.

Las charlas con amigas en el pub de moda, las constantes tardes en la peluquería, las visitas ocasionales a la oficina de su marido, ese proyecto de sacar su propia línea de ropa… todo, todo había quedado olvidado en un cajón de segunda mano que Isabela visitaba cuando estaba muy aburrida, por ejemplo: cuando el chico estaba en clases por la mañana.

Aunque ella se las ingeniaba para dormir hasta tarde, almorzar tarde y relajarse en un prolongado baño hasta el momento en que escuchaba la puerta del departamento abrirse. Sintió el corazón en la boca, pero sabía que no estaba enamorada… y eso era lo importante.

Ni siquiera su marido tenía llave de ese departamento, era tan bueno (o tonto) como para respetar lo que ella le había pedido meses atrás: quería su propio espacio para diseñar esa bendita línea de ropa. Él la entendió, le compró el departamento y le juró que no tendría copia de la llave, y hasta el momento había cumplido.

Nunca lo amó… nunca.

Se casaron cuando ella tenía veinte años y él rondaba los treinta y algo. Él ya era un médico exitoso, un caballero y un hombre perfecto perseguido por toda clase de mujeres,  pero que sólo tenía ojos para ella, para una Isabela de veinte años que sólo quería acostarse con el buen doctor y seguir de fiesta… después de todo, era joven. Pero entonces sucedió “el accidente” (como lo llamaría desde entonces y hasta al final de sus días): su primer y único (gracias a todos los santos) hijo, su accidente fatal de los veinte años.

Sus padres le dieron la espalda, pero el buen doc la ayudó… y sentirse protegida fue algo que la dejó tan borracha de cariño que aceptó casarse con él antes de que la panza fuera notoria. Y el niño era idéntico a él, quizás por eso no le gustaba tenerlo mucho en brazos, pobre mocoso; todos decían que su aprehensión por los niños pasaría en cuanto tuviera uno propio… pero ni eso.

Su hijo se crió entre dos niñeras ni bien ella pudo volver a la universidad, sumamente feliz de volver a encaminar su vida. Pero ya nada era igual, porque estaba casada… y por mucho que se esforzara por ignorarlo tenía que pasar tiempo con los dos únicos hombres que ocuparían su vida en mucho tiempo: su esposo y su hijo.

Isabela sonrió mientras se sentaba en la cama, pensando que, nunca le gustaron los niños. Pero ahora se acostaba con uno que había pasado a ser su vicio. Y estaba tan mal todo eso, que el sabor de lo incorrecto estaba en su infiel lengua a diario… y era dulce y adictivo. Sentía que su vida tenía energía nuevamente, porque cada encuentro estaba cargado de ardorosa adrenalina: la espera, la llegada, la estadía y la partida… nos vemos mañana y como le digas a alguien, te mato.

Desde el momento en que tuvo a Tomás, su hijo, sintió que la vida se le caía a pedazos. No lo había planeado y lo último en su lista de vida era ser madre. Seguro, tuvo una oleada de ternura cuando lo sostuvo en sus brazos por primera vez, pero también tuvo un maremoto de realidad: su vida se había terminado. Ella tenía planes, sueños y proyectos, tenía tanto por hacer… pero todo se vio reducido por y para esa persona en miniatura que sólo sabía llorar, dormir, cagar y comer todo el día.

Isabela tenía dos amigas que un año antes habían sido madres, pero ellas eran felices y juraban sobre el sol y la luna que si pudieran retroceder el tiempo harían lo mismo de sus vidas… porque sus hijos eran lo mejor que les había pasado. Isabela siempre las miraba horrorizada, y ante la mínima oportunidad huía despavorida. Nunca sentía culpa al pensar que si pudiera retroceder el tiempo cambiaría drásticamente el rumbo.

-¡Arg!-se escuchó desde el baño-. Hija de puta…

Isabela sonrió, de alguna morbosa forma había estado esperando a que el chico se cortara al afeitarse. No era para menos, después de todo no tenía un padre decente que le enseñara a afeitarse apropiadamente.

Aryan tenía quince años. Era un bebé, pero un bebé demasiado sensual para su edad. Era rubio, alto, delgado, labios carnosos, ojos afilados de un lindo color celeste y el comportamiento de un niño/hombre. Por momentos era inmaduro, caprichoso y hormonal, pero también era serio, protector y se pasaba horas cumpliendo los caprichos de ella, que variaban desde conversar hasta hacer el amor. Lo que ella necesitaba.

Para Aryan fue más sencillo que para ella el meterse de lleno en esa relación. Tenía un padrastro al cual odiaba, y parecía que el sentimiento era correspondido; su madre estaba empeñada en gastar el dinero de su nuevo marido, y el hermano mayor había aprovechado la universidad para huir de casa y de esa familia. Aryan estaba literalmente solo en esa casa. Era un chico raro, porque no bebía alcohol, no fumaba, no era de salir a las discos y no veía la forma de comprar marihuana; se pasaba los días leyendo, escuchando música y haciendo deporte, por lo tanto no tenía nada en común con sus amigos del colegio. A ella le encantó que fuera así.

Isabela entró al baño y sujetó por el mentón al muchacho, miró  la pequeña herida sobre la nuez de Adán y sonrió.

-A ver, te enseño.

-¿Y cómo es que sabes de esto?-protestó él, empeñado en aprender por su cuenta… claro estigma que le había dejado estar solo en casa.

Ella no le contestó, le colocó papel higiénico en el corte y volvió a embadurnarle la mandíbula y parte de la garganta con crema de afeitar. Y él se dejaba.

Isabela sabía que entre ellos había algo más que sexo, pero menos que amor. Se acompañaban, algo que nadie de su entorno les concedía. Ella sentía que había quedado recluida desde su veinte años, dejando de lado la vida que quería para cuidar de un esposo y un hijo… a quienes no amaba, y no tenía culpa de pensarlo. Estaba sola desde hace tantos años, pues para sus amigas era un sueño tener la casa, los hijos, el marido y el perro. Estaba sola, porque era la única inconforme con su vida donde tenía las casas, el marido, el hijo y los perros… no le gustaban los perros, pero el doc los amaba, y sus amigas decían que en un matrimonio había que ceder. Isabela sentía que venía cediendo hace años.

Estaban juntos porque eran compañeros. Lo ilegal, inmoral e incorrecto de su relación les permitía hablar de todo aquello que ante otras personas estaba censurado. Eran compañeros y el sexo sólo era una excusa para seguir así. Dos islas que por milagro y quizás turbulencias, el mar había unido.

Una vez, mientras se encremaba el cuerpo, escuchó a Aryan cantando en la ducha al ritmo de la música del celular: “Por la noche la soledad desespera…”, y luego decía algo que la había hecho estremecer: “Espera por mi, por él, espera por ti, también por aquel…”

Nunca terminó de escuchar la letra, pero sí se dijo que después de todo, la música de la juventud tenía mucha filosofía. Sin embargo, tenía que disentir en algo: La soledad no desespera, no, cuando es verdadera soledad es paciente y espera… espera por alguien que acabe con ella, que la ahorque y la deje morir lento… que le permita saborear cómo poco a poco desaparece. Y por eso, contradictoriamente, espera… años inclusive, alimentándose de desconfianzas, resentimientos y autocompasión.

Se hace fuerte con los años, especialmente por las noches, como si fuera un monstruo que vive bajo la cama… y no verlo empeora el miedo y la desesperación. Y espera, espera para hacerse invencible y seguir así por siempre, tanto que aún estar rodeado de personas sólo la hace más real. Porque, ¿qué mejor concepto de “soledad” que sentirse solo al estar rodeado de gente? Y peor aún… de gente que deberían significar algo.

La soledad espera, si, pero cuando llega su igual… muere en un segundo de placer masoquista. Aryan estaba igual o más solo, porque a esa edad… es letal estar solo dentro de la propia familia.

Aryan la besó y ella se rió dentro del beso pues le estaba llenando de espuma la cara. Hacía veinte años que no se reía tanto, hacía veinte años que no disfrutaba tanto del sexo y hacía veinte años que algo tan incorrecto no se sentía tan pero tan bien. Y aunque sabía que cualquier día de esos podía entrar su esposo con un arma en la mano… no le importaba, la soledad del doc podía esperar un poco más.

Este autor es Columnista permanente de este Blog

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  1. INCREIBLE! felicitaciones! Me dio piel de gallina!

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