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Historias de viaje: “El Ingeniero”

In AguaSuaves, Contreras, Exclusivos on 19 julio, 2010 at 4:37 PM

Por José Luis Contreras

Como empezar a escribir de nuevo una historia es difícil, complicado. ¿Pero por qué es difícil?  Es difícil encontrar la historia indicada, ese instante que nos marque para siempre.  Todos los días pasamos por situaciones que consideramos intrascendentes, por que son comunes, rutinarias, repetidas. Y escribir lo repetido, aburre, nos cansa a todos y por eso quizás no escribimos, o nos cuesta escribir a aquellos que hacemos el intento.

Yo soy uno de ellos que hacen el intento de escribir, aunque me cueste, y trato de que mis vivencias no queden guardadas en las carpetas de mi PC. Claro es difícil encontrar la historia indicada y ahí está la complicación de mi tarea.

Crónicas anteriores hicieron referencias a un viaje. Viaje que inicié hace más de un mes a mi provincia natal Jujuy.

Les conté sobre los preparativos para viajar desde San Salvador de Jujuy hacia Abra Pampa un pequeño pueblo de la Puna, historia en la cual los protagonistas fueron mis padres y su frase “abrigate, cuidate, llamanos”. Luego escribí una historia en la cual un “compañero de viaje me traslado al tiempo de los ancestros y sus  “huacas”.

Llegué a Abra Pampa, una localidad en el centro de la inmensidad puneña, a más de 3800 métros sobre el nivel del mar y que me recibió con la imponencia mística de su cerro El Huancar y su ladera de arena, El Huancar del Carnaval y de los misterios, duendes y diablos.

¿Pero que me llevó por este lugar? La respuesta es tan simple: encontrarme con historias y vivirlas. No al estilo de un mochilero de clase acomodada y que inicio un viaje de “bajo presupuesto”, pero que al quedarse sin dinero llama a sus padres para que le depositen dinero en el cajero de un pueblo alejado de Jujuy. Con una paradoja tan fuerte como reflexiva.

El lugareño de esos pueblos espera retirar del cajero  su plan social para sobrevivir. Centro de discusiones y debates en diversos círculos de nuestro país. No es que tenga nada en contra de aquellos jóvenes que románticamente salen a recorrer el país y sus puntos extremos, pero siempre me nace la pregunta al verlos por estos lugares: ¿que te lleva a estar por aquí? ¿Sabes que es lo que se vive por estos lares? Y estas preguntas me llevaron a estar por estos rincones. Porque para preguntar a otros, primero hay que preguntarse uno mismo y luego buscar las respuestas.

En Abra Pampa estuve en el humilde hogar de Doña Dorita Velazquez, quién con sus 70 años, gentilmente me abrió las puertas de su casa de adobe, cocina con piso de tierra y techos de chapa, allí monté mi centro de operaciones, donde todos los días salía  a recorrer el pueblo, con mi cámara  y trípode en mano. Recorrer las calles de este lugar me hizo conocer la realidad que vive mucha gente, su día a día, su cotidiano.

Las calles de este lugar hablan, transmiten, comunican. Son calles de tierra que transportan el viento frío y la tierra, que sin piedad golpea los rostros del abrapampeño. Son calles que preguntan al forastero por la vida misma y que muchas veces no encuentra respuestas en ellos.

Mientras transcurrían los días, muy fríos para la época del año, (llegando hasta los 10 grados bajo cero en los momentos más críticos para mí), me fueron sucediendo situaciones particulares. Ese recorrido cotidiano de calles me llevó por los murmullos de la inquietud y de la ansiedad de los lugareños.

La gente por la calle me saludaba, los autos me tocaban bocinas, las doñas esbozaban sonrisas al pasar por mi lado, los comerciantes de la nada sacaban monedas para los vueltos de mis compras, que no pasaban de un cigarro suelto o de pocos gramos de queso  y pan, mientras yo miraba extrañamente el cartel de las puertas de los negocios que decían: “no hay monedas, pague justo, por favor”.

Por la ruta 9 que atraviesa todo el pueblo, los jóvenes en la esquina de la estación de servicio, me miraban como esperando que yo los llamara, para algo y yo no sabia para que. Todo esto mientras caminaba solo con mi chaleco amarillo, mi pequeña cámara y su trípode. ¿Por qué me saludaran? era mi pregunta, ¿que esperan de mí? Los días trascurrían y la postal era la misma: saludos, bocinas y miradas.

Hasta que un buen momento un hombre en la puerta de su casa y con un cigarro en la mano me dijo:

-¡Ingeniero!

Yo pase, sonreí  y continué camino.

-¡Ingeniero!!!”, sentí de nuevo..

-¡Ingeniero! siento a mis espaldas.

Giro y vuelvo a donde estaba aquel hombre que me confundía con alguien, me acerco extiendo mi mano para saludarlo y me pregunta:

-¿Ingeniero, por acá va a pasar el gasoducto?

Sonrío un instante y le repregunto:

-¿Disculpe como dice?

El me responde

-Le pregunto si por acá va a pasar el gasoducto, como vi que estaba midiendo.

En ese instante, en mi cabeza se produjo un “flash back” de pocos segundos y recordé los saludos, las bocinas, los vueltos de monedas, las miradas esperando un llamado. Recordé una breve charla con un joven mientras almorzábamos al lado de una cocina a leña, que me contaba sobre su situación laboral de desocupación, pero que esperaba ansioso el llamado de “¡la gente del gasoducto, de los ingenieros… para cavar pozos!!!”. Mientras recordaba todo eso y aquel hombre que me llamaba “Ingeniero”, continuaba hablando, comencé a sujetar fuertemente mi cámara y trípode, como si hubiera encontrado la respuesta en estos objetos.

-¿Sabe Ingeniero, como estamos esperando el gas?- me dijo mientras miraba mi trípode con la cámara a cuestas.

En ese instante regrese de mi breve lapsus, en el cual comprendí tantas cosas.

-Mi nombre es José  Luis, y estoy conociendo el Pueblo, ¿me llama Ingeniero por esto? Y le señalaba el trípode con la cámara.

-¿Y que hace por este lugar? Me vuelve a preguntar.

-Vine a conocer historias. Respondo.

Sabe en el pueblo no tenemos gas y esperamos muy impacientes el gasoducto, algunas casas tienen gas en garrafa y otros  tenemos cocina a leña, y aunque estemos acostumbrados al frío, es muy duro. Y en estos días se corre la voz que están por llegar para medir los lugares por donde va a pasar el gas y como lo vi con eso pensaba que por aquí iría a pasar. ¿No es ingeniero usted?

  • ¡Vine a conocer historias! Respondí.

-Estoy tomando imágenes del pueblo, conociendo a la gente, mire: esta es mi cámara, pequeña, ¿no?

El hombre confundía esa pequeña cámara con un taquímetro, aquella herramienta que los topógrafos utilizan para medir las extensiones de un terreno.

Conversé unos minutos con el hombre, mientras su cigarro, cual reloj, iba marcando a la caída de las cenizas, el tiempo del encuentro.  Fueron unos pocos minutos en los que pude conocer sobre la ansiedad de la gente por la llegada del gasoducto y con ello muchas cosas. Con el gasoducto llegaría el trabajo y en consecuencia el pan en la mesa de las casas de muchos abrapampeños,

La tarde caía  con un sol que lentamente se ocultaba en los cerros del pueblo, y mientras las cenizas del cigarro caían al piso, los labios del hombre continuaban transmitiendo la vivencia de todo un pueblo: Gas, trabajo y pan.

El viento comenzaba a ser más frió, la noche se aproximaba, la gente apresuraba sus pasos para llegar a sus casas  y yo sentía que era el momento de despedirme.

Me despedí con un fuerte apretón de manos de aquel hombre con el cual converse unos minutos.

-Voy a estar dando vueltas por el pueblo por estos días, seguramente nos volveremos a ver.

– ¡Nos estaremos viendo entonces, Ingeniero! Disculpe amigo, siga tomando imágenes.

-No hay problemas Maestro. Todo el pueblo cree que soy Ingeniero, por que siempre me ve con mi camarita, ya comprendo. Nos vemos.

El hombre dio la última pitada a su cigarro, lo tiró a la polvorienta calle y entró a su casa, mientras comenzaba nuevamente con mi recorrido.

El frío se estaba sintiendo con más rigor, el sol destellaba sus últimos rayos. Mi cámara registraba las últimas imágenes del día y mi pensamiento reflexionaba.

Los jóvenes en la esquina de la estación de servicio, esperaban a los ingenieros para comenzar a trabajar en el gasoducto, esos jóvenes eran padres de familia desocupados en la espera ansiosa y preocupante por llevar un plato de comida a sus hogares, esos hombres eran jóvenes estudiantes  que sueñan con juntar un poco de dinero para viajar al sur, a la capital, para estudiar  buscando un mejor futuro, esos hombres esperaban.

Abra Pampa es un pequeño pueblo de la Puna Jujeña, en donde el gas es un sueño que muchas veces se convierte en pesadilla, porque la espera es cruel.

Por estos días han llegado los ingenieros, han llegado los taquímetros, han llegado las camionetas 4×4 buscando a los hombres ansiosos por trabajar. El gas bajará del norte, desde Bolivia, atravesará gran parte de la Puna Jujeña, sus pueblos y comunidades. Sin embargo se deberá pensar en garantizar el acceso a este servicio a todo aquel habitante que viva por estos lugares distantes, por que las carencias económicas de muchas familias será un condicionante de exclusión y en consecuencia el gas se convertirá en un privilegio y no en un derecho.

Muchas son las anécdotas  que llegan desde otros lugares que cuentan sobre la paradoja en la cual el gasoducto pasa por las puertas de muchos hogares, pero ninguno puede tenerlo. Ojala que por este lugar no pase lo mismo, el tiempo dirá.

Abra Pampa comienza a compartir la noche con una hermosa luna, con fríos vientos y en su seno se siente la ansiosa espera.

Regreso a casa de doña Dora, quien me espera con un café caliente y su pan casero, un café hecho en su cocina de leña y un pan horneado en su horno de barro. Me siento, miro la cocina y escucho el sonido del carbón consumiéndose. La noche definitivamente va a ser dura, el frío cala los huesos, las chapas del techo crujen. Miro los ojos de Dorita y pienso que en los ojos de ella, en la pregunta de aquel hombre con el cigarro en la mano, se encuentra el pedido de un pueblo por una mejor calidad de vida.

Allí están las respuestas, conociendo a la gente, sus historias, sus vivencias, sus carencias, su día a día aunque sea solo un instante.

Por un momento fui “El Ingeniero”, Un “ingeniero” conociendo y reconociendo el terreno de la vida de ese otro, que no es ni más ni menos, parte de mi existencia

José Luis Contreras
18 de julio del 2010

Jujuy
Argentina

Leer las Historias de Viaje anteriores

> Esta autor es Columnista permanente de este Blog

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  1. […] de mis viejos sobreprotectores, de aquel muchacho que me acompañó en un tramo del viaje y de ese titulo honorario de “Ingeniero” que algunos me dieron en Abra […]

  2. flaco, por donde andas, te paso mi numuero de celu, 3783=672785

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