maximo tell

Abuso de indiferencia, abuso de impunidad

In Exclusivos, Malas Viejas on 10 agosto, 2010 at 10:22 AM

Por Gaby Socias sobre Abuso sexual en la infancia

De a poco, una a una fue levantando la mano para pedir la palabra. Con la voz resquebrajada de impotencia denunciaban atrocidades y suplicaban justicia. Una vez más ellas: firmes en el frente de batalla. Esta batalla de resistencia agónica que no da lugar a dilucidar vencedores ni vencidos. Quizá  sea la carga simbólica de lucha que llevan a cuestas las abuelas de nuestro país la que da lugar a pensar que mientras ayer reclamaban por la identidad de sus nietos, hoy éstas ansían que no se les ultraje su integridad. Ya que, víctimas de un terrorismo social alimentado de impunidad, los niños son abusados sistemáticamente a la vista y a la indiferencia de todos.

Cada pocos minutos el doctor Jorge Volnovich preguntaba ¿están todos bien?,  y proseguía con su disertación, ya que profundizar, conocer y desmenuzar la problemática del abuso sexual en la infancia no es común.

Hacía mucho que no respiraba una atmósfera así, mi imaginación comenzó a hacer de las suyas mientras se iban relatando casos de abuso y las sensaciones desgarradoras no demoraron en brotar. Igualmente, todos volvimos con mucho más de lo que fueron a buscar a una charla-debate.

No hizo falta que el psicoanalista especializado en niños y adolescentes nacido en Argentina y luego exiliado en Brasil, subiera al escenario para que se colmara la sala y muchos interesados tuvieran que quedarse sin asiento.

Expectativas sobraban, Volnovich es una eminencia en el tema y su experiencia por demás reconocida. Sin embargo, me retumbaba la duda de cómo se podía comenzar a hablar de un tema tan crudo que implicaba semejantes espantos contra seres tan vulnerables.

En la primera diapositiva se iluminó “Implicación de niños/as en actividades sexuales para satisfacer necesidades de personas adultas sean éstas familiares (incesto) y cuidadores, o no”.

“Cualquiera sea la necesidad o el tipo de placer que se busque, no necesariamente tiene que ser erótico”, aclaró el psicoanalista, para hacer compresible su acotación relató que se trataba un caso de abuso el de aquella abuela que, obsesionada por la higiene de su nieta de 3 años, luego de bañarla le introducía los dedos en la cola y en la vagina. Aunque la mujer se negara a asumir que se trataba de abuso sexual, el abuso no se prueba en los abusadores, sino en las víctimas.

Pasaron unos segundos y levantó la mano una mujer adulta desbordada de  ganas de expresarse, dijo que cuarenta años después de haber sido  abusada de niña, tuvo un accidente cerebro vascular. “Las secuelas se pueden tratar, los traumas se pueden atenuar pero nunca desaparecen”,  respondió Volnovich a un público algo conmocionado.

La lógica de la aberración fue el nombre de la charla, si bien en principio parecía estar lo suficientemente claro a qué se refería, a medida en que la disertación y las opiniones iban tomando cuerpo era posible percatarse de que se trataba de una lógica de la aberración que está mucho más presente en lo que se dice, hace o deja de hacer en base al abuso sexual infantil, que en el mismo acto de abuso. Evidencias sobraban.

Un portero con la excusa de mostrarle juguetes a una nena de ocho años la llevó a las cocheras del edificio donde trabajaba y sentándola en el inodoro le ponía el pene en la boca y le decía que adivinara que dedo era. Nadie podía creer la resolución de este caso, porque para sorpresa de muchos de los presentes, en la diapositiva que lo mostraba se leía que nuestra justicia no pudo considerar lo sucedido como abuso sexual con acceso carnal ya que “el hecho se consumó a oscuras, lo que reduce aún más el contenido traumático de la desfavorable vivencia para la menor”.

Volnovich asegura que en Argentina de cien casos de abuso sólo uno, o a lo sumo dos, terminan con condena, y en esos pocos está involucrada gente pobre, de bajos recursos porque “los que tienen plata tienen la posibilidad de taparlo todo”, señaló. Tras ese comentario casi todo el auditorio, con una sonrisa irónica, asintió con la cabeza. Y el médico agregó: “Eso sí,  siempre y cuando que por la cabeza del juez no se le cruce un tal vez no será inocente este abusador porque ahí sí que no hay prueba que valga”.

Si los indicadores físicos se caen es muy difícil comprobar, ya que las huellas psicológicas son comúnmente asociadas a psicosis colectivas o de otra índole, que nada tiene que ver con secuelas de abuso, según los jueces.

Mientras tanto, cada vez más manos pedían la palabra. A medida que nos escuchábamos la confianza iba ganando terreno y la comprensión fluía. Era simple: llegamos a hablar todos en un mismo idioma, la impunidad del abuso sexual en la infancia nos mantenía a todos lúcida la misma preocupación.

Preocupación que va desde nuestra visión de lo instituido: vivimos, según Volnovich, en una sociedad adulto mórfica donde a los niños se les cree cuando hablan y si no hablan no se les cree. No obstante, hay indicadores inespecíficos que demuestran rastros de abuso en cómo actúan, en las cosas que temen, hacen, o en su mismo jugar.

Además, es frecuente que las víctimas se sientan más culpables que sus victimarios y por eso acudan al silencio. Existe un síndrome de acomodación al abuso sexual, que se da cuando niños abusados se “acomodan” a la situación, se callan o lo dicen tarde.

“El trauma no pasa nunca, pero se convierte en menos trauma cuando hay castigo, de lo contrario el niño va a seguir sintiéndose culpable, porque deduce que si él no hubiera tenido la culpa seguramente el abusador hubiese sido castigado. Es cierto, los chicos pueden mentir, pero cuando se trata de abuso en el 90% de los casos dicen la verdad”

Ya era de noche y la disertación, devenida en debate, iba llegando al final. Todos los que llenábamos la sala lo presentimos, no sólo era evidente por el tiempo transcurrido, sino también por el tono que había tomado el diálogo y los comentarios. El doctor disertante recomendó que no era cuestión de psiquiatrizar al fenómeno del abuso, porque así se le saca la responsabilidad a la sociedad.

De a poco, íbamos cayendo en la cuenta de que era hora de rever y poner en crisis reglas de lo instituido, mandatos y construcciones sociales que ofuscan encontrar una salida eficaz; era hora de desnaturalizar lo naturalizado. No era posible seguir aceptando abusos y todo lo que se hace o no se hace en base a él.  Refiriéndose a los jueces, y es válido también para la sociedad toda, Volnovich fue claro: “a la ignorancia la combatís o la educas”.

Cuando parecía que ya todo estaba dicho, que ninguna sensación diferente iba a invadir nuestros cuerpos, comenzaron a hablar ellas.  Sentada en una de las primeras filas tomó el micrófono y, con la mirada entera depositada en el psicoanalista, le hizo esa pregunta de la que está cansada de buscar respuestas: “¿cómo hace para sacar adelante un nene de 8 años abusado por un chofer de 64?”.

Prosiguió otra abuela que demoró en expresarse porque el llanto no la dejaba hablar. Era lógico, sus palabras fueron el resumen de esa lógica de la aberración que recubre los casos de abuso. Su testimonio hizo poner la piel de gallina a los que la escuchamos. Mezcla de dolor, bronca e impotencia sentimos todos cuando esa abuela pidió que alguien le explique la razón por la cual su nietito de cuatro años había sido dado en guarda a su mismo padre abusador.

Ahí despertamos por completo. Comenzó a llover una especie de motivación y ganas de hacer algo. Se intercambiaron opiniones de todo tipo, y era de no creer que en una charla de un día cualquiera un grupo de personas en Córdoba estuviese tan decidido a hacer algo para cambiar la realidad del abuso sexual infantil. “Si los gays pudieron lograr a través de sucesivas marchas el reconocimiento de un derecho, ¿por qué nosotros no?”, se escuchó desde una punta del salón.

“Bueno entonces marchemos”, le contestaron. Y así, varias propuestas, todos querían hacer algo, no sabían qué, ni cómo, pero ya nadie aceptaba seguir así, sin justicia para con la integridad de los niños.

El resultado, sin dudas, fue alentador. Llegamos como simples espectadores y nos fuimos como enteros protagonistas. La charla sirvió para atravesar diferentes estados, que quizá muchas veces son necesarios para comprender y ver cuál es el mejor camino a seguir. Comprometernos y hacernos cargo como sociedad, no nos queda otra.

Volnovich advirtió: “el niño abusado carga con tres infiernos: el de la familia donde sufre el abuso, las instituciones encargadas de protegerlo y la sociedad, que termina por estigmatizarlo”.

Creo comprendimos eso: se trata de un flagelo que nos involucra a todos y que el sufrimiento de unos y la impunidad de otros pueden cesar si dejamos de ser indiferentes.

+ Entrevista al Dr. Volnovich en Cadena 3

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  1. soy una de las abuelas y hoy estamos organizadas.gracias a usted DOCTOR VOLNOVICH.

  2. gracias Doctor Volnovich nos ha devuelto la esperanza y la fuerza para luchar por nuestros nietos.Eternamente agradecidas.

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