maximo tell

“Cuando sea grande, quiero ser…”

In Exclusivos, Lastiri, Paladar mostaza on 6 octubre, 2010 at 9:52 AM

Por Nelson Lastiri

Fue automático. Apenas leí mentes con visión de futuro volví a pensar en aquellas cosas que arriesgaba a contestar cuando de niño algún tío me preguntaba: “Y vos, ¿qué querés ser cuando seas grande?”.

Luego de esa primer hojeada, el desarrollo del libro me hizo recordar que afortunadamente tuve una familia que no sólo se ocupó por alimentar mis huesos con calcio sino que constantemente fomentaba el desarrollo de mi intelecto. De eso, aunque parezca haber una distancia abismal y sin intenciones de comparaciones simplistas, se trata el libro Funky Business.

Es una radiografía simbólica del cerebro humano que -como obra- se constituye en un llamado de atención sobre los tiempos que corren y las nuevas tendencias del marketing, una guía de consejos intensa y para nada egoísta, el fusilamiento de la mediocridad y un cimbrón a las estructuras.

Además es un producto que cumple con el estilo productivo que plantea: palabras arriesgadas y certeras, muchas frases cortas casi slogans, estilo sencillo y atrevido, ataca a las emociones y nos sacude la cabeza.

Durante todos los párrafos eleva un manifiesto donde el cerebro y su funcionamiento sin riendas estrictas es el capital más valioso y su motor, el vientre de una revolución, la fuente inagotable.

Se trata de una publicación optimista, contestataria, sensacionalista, soñadora y con un protagonista alabado pone a todos los seres humanos en condición de iguales. El aporte motivacional es inagotable, el contenido teórico sobre negocios y nuevas formas de creatividad y competencia es sumamente interesante.

Pese a tener una vinculación publicitaria directa, creo que sus postulados se aplican perfectamente a la jurisdicción periodística: se observa que  actualmente hay una tendencia mundial hacia el periodismo ciudadano y los profesionales de la comunicación están saliendo a las calles, volviendo a ser soldados rasos para conocer las emociones y sentimientos de la gente.

Ya no basta con manejar una noción sobre cómo opera la racionalidad del hombre. De la misma forma en que algunos mercados se han especificado, el periodismo ya no puede hacer embutidos enlatados para conquistar la masificación.

La ciencia de la comunicación se ha estancado como tal, por cooptación ya que talento no falta, y está repleta de respuestas predecibles y prefabricadas para cada acontecimiento. No hay rotación de enfoques ni multiperspectivismo. Es así que en consecuencia nadie busca diferenciarse por temor a perder, postura facilista y mediocre si las hay, un “si perdemos, perdemos todos” que ni siquiera persigue una reformulación visual que explore nuevos cambios.

De todos modos, aunque no se puede detener esta tendencia, es lamentable que su origen haya estado vinculado al agotamiento de un paradigma y no a la intención de construir pilares de experimentación junto a los de normalidad que ya existen.

El legado clave de este libro es claro; la punta de la lanza lleva grabada a fuego la palabra “ideas”, y promete traspasar todos los límites. La sensación final es que no importa la ideología, el lugar geográfico de residencia ni la situación socio-económica: la idea germinará si es funky: única, rebelde y genial. No importa qué quieras ser cuando seas grande, toda respuesta es potencialmente factible de concretarse.

En esa parte del texto me detuve. Algunos minutos pensando con la mirada al techo y continué. Mi posición había cambiado radicalmente. En honor a la verdad debo remarcar los aportes y aspectos positivos que extraje de la lectura del libro y -aunque en un tomo no se puede incluir la totalidad de las aristas- darle luz a esos rincones oscuros que a mi entender quedaron sin iluminarse.

No dejé de ver a Funky Business como un excelente libro sobre creatividad, innovación, emprendimiento, identidad y otras virtudes. Traté de separar el ámbito de referencia del libro de la temática que abarcaba y reservé algunas salvedades para mi reflexión personal.

Este manual atrevido y fundamentado le da lugar e importancia a la trasparencia, al reconocimiento de los trabajadores como portadores de la herramienta por la cual se activó, activa y activará absolutamente todo lo que acontece en el mundo, y habla de equiparar el terreno de juego, de una igualdad.

Y se refiere a una igualdad de potencialidades e igual de derechos que no puedo criticar porque consideró que es así, tal cual. Los manifiestos iniciales de la Antropología Cultural que juraban ante el Rey que había diferencias naturales entre la inteligencia de los hombres quedaron sin efecto.

De todos modos, considero pertinente ser un poco aguafiestas y decir que no es tan sencillo ¡ser funky! en la vida real. Pese a la capacidad indiscutible que todos y cada uno poseen en este planeta, la diferencia pragmática entre la potencialidad y la realidad es tal que -entre casa- uno empieza a decir que no todos tienen los mismos derechos y oportunidades. Afirmación negada absolutamente desde la legalidad, pero que cotidianamente se ratifica por el hecho de que:

  • En esta generation logo, tal como la define el cantautor Kevin Johansen, quien no alcanza a crear una marca que oficie de escudo para sus actividades, tiene serias chances de ser un subordinado.
  • Los trabajadores siempre han sido dueños de la herramienta intelectual, y la pulseada entre cerebros y brazos económicos permanece desde siempre y es una lucha de coerciones para nada justa. Actualmente, los trabajadores gozan de mayores derechos desde la conformación del Estado Social de Derecho, pero aun así la situación está lejos de alcanzar un equilibrio.
  • En la aldea Funky las clases no se eliminan sino que se perpetúa el esquema de aquellos que reinan y aquellos que sobreviven.

En conclusión, agradezco como lector la iniciativa de cada párrafo, pero considero advertir que el mundo necesita decisiones más que emociones. Es como construir una casa sobre la roca o la arena. Muchas veces hay discursos emotivos pero no estructurales: “todo lo puedes, puedes ser lo que quieras en esta vida,…”

Pese a considerarme un soñador y no tener dudas de que el mundo puede cambiar, creo que este libro tiene un fuerte rasgo elitista porque desconoce u omite que hay profesiones que no son funky, y en las que no hay lugar para serlo.

Por caso, hoy está tan sobrevaluada la fama y el reconocimiento mediático que –me pregunto, seré curioso- ¿qué persona que se le dé a elegir entre ser un famoso escritor, periodista, publicista, director de empresa o peón de albañil, recogedor de basura, guardia cárcel y electricista elegiría alguna de las segundas profesiones?

Hoy sólo entregan premios a personas cultas, dotadas de conocimiento específico y posgrados. Antes de predicar que todos podemos ser lo que queramos ser o lo que se nos venga en gana, debemos reconocer lo imprescindible de otros trabajos, felicitarlos, remunerarlos como corresponde y aceptar que la causa está en una desigualdad histórica que alteró los valores de capital, educación y expectativa a favor de unos y en contra de otros.

De lo contrario, caemos en la estupidez de imaginar una sociedad sin albañiles, ni enfermeros, ni maestras, ni colectores de basura. Y el problema no está en las profesiones, sino en la desigualdad y la devaluación. Hay oficios que no me suenan funky, ¿qué hacemos con ellos?

“Como periodista, al menos, Verbitsky, ha recibido la bendición de una incapacidad casi absoluta para ver el lado bueno de cualquier situación”
Alma Guillermopietro; The New Yorker, 15 de julio de 1991.

+ Comprar Funky Bussiness

Este autor es Columnista permanente de este Blog

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