maximo tell

El Atlántico

In AguaSuaves, Bahamonde on 12 octubre, 2010 at 12:11 PM

Por Jose Bahamonde

Es cerca de la medianoche de un viernes, llego a Lima, bajo cauto del avión porque pisar suelo peruano… por dios, pisar el suelo de este bendito país, siempre ha sido para mí un momento mágico. Quizás por mi veneración a sus antepasados, tal vez por la premonición de que el alma se estremecerá en cada abrazo con su gente.

Los primeros contactos son como siempre, espectaculares, el pisco en el free shop, las sonrisas de sus dignos habitantes, las fotos de su orgullosa gastronomía. Me cuesta encontrar a quien me espera, un collage de carteles abarrotan la salida, entre ellos y luego de tener que concentrarme, mi nombre anotado en unas prolijas letras mayúsculas.

Me recibe un señor de enorme sonrisa, canoso, alto, educadísimo, subimos al auto y buscamos el mítico barrio de Miraflores. En el camino entrelazamos palabras sobre las variedades del pisco, sobre Chabuca, sobre el cebiche y la papa, sobre los incas y los mochis, sobre todo eso que me enamora del Perú. Lo que pasó después es difícil de contar, encuentro con mi gran amigo Fede y con Maxi, un restaurante, algún plato para pasar el rato y un bar y dos muchachas y 3 chilcanos y un cielo brumoso y nostálgico de Lima que se agarraba a trompadas con mi felicidad.

Quedan 6 días contados con minuciosidad japonesa, entonces a disfrutar cada segundo, cada pisada, cada bocado, cada gesto de amistad. Ya es la mañana del sábado, me junto al mediodía con mi hermano peruano Felipe Salas, el abrazo de siempre con el sabor del ahora, está también ese sol omnipresente que es Gianni y Roberto y su sonrisa. Nos vamos con Fede y los chicos al primer encuentro con la gastronomía más feliz de Lima, uno de sus Huariques (podés  leerlo como un dato, una cueva, esos lugares donde lejos del glamour, se encuentran las verdades).

El Atlantico

Llegamos a El Atlántico, un restaurante de barrio, enrejado, con mesas y sillas austerísimas pero cómodas, con servilletas tan de papel como absorbentes, con gente tan común como real. Felipe se siente en su casa, abre una caja con sus copas y otra con sus vinos, un Albariño es enviado sin escalas al freezer y un Pinot reserva de Morandé a la heladera.

Los comensales de las otras mesas sonríen, varios personajes japoneses son felices en El Atlántico, llega a nuestra mesa una chica de claro origen oriental, hermosa, amable. Felipe pide una ráfaga de platos y el albariño con ellos. Hablamos de los encuentros, de la amistad, de nuestro amor por los lugares de todos los días, donde sólo hace falta el pasaporte de una sonrisa y las ganas de comer rico. Llega el primer plato, va al medio, obvio, cebiche de lenguado y pulpo, con su camote, su maíz blanco gigante, sus trozos grandes, su rocoto, el culantro, la maravillosa cebolla morada y el limón tan sutil como peruano.

Las onomatopeyas se entrelazan, incluso alguna puteada tan argenta para elogiar las cosas, impresionan la simpleza y el todo. El Albariño, se agarra de la mano del cebiche y le promete amor eterno, se casan en el altar de mi boca y yo, sin arroz todavía brindo por los novios. Y entonces cuando nada parecía más perfecto, llego la tortilla de hueveras, Fede se lanza, lo sigo, y va Feli con vehemencia y Rober con mesura y la explosión y otro trago de albariño. Y sin pausa un salteado de pescado del día y verduras en una salsa Nikei tremenda, todo al medio, todo de todos, todo de todo. Y llega el Morandé Pinot reserva, impecable, amplio, generoso.

Otro salteado de mariscos al ajo y un lomo saltado con calamares, con cebolla morada, tomate, semillas de ajonjolí (sésamo blanco para los que no saben) y unas papas fritas crocantísimas. No queremos que el Pinot termine, simplemente porque no queremos que el momento termine, pero como dice la canción “todo concluye al fin, nada puede escapar”. Decir adios a un lugar como El Atlántico es como despertarse de noche y con frío para ir a la escuela (Mora sensation).

Antes de salir nos abrazamos al señor japonés Lorenzo Kanashiro ese que lo inicio todo, ese que empuña una cerveza helada y lanza una hermosa carcajada. Llama a sus nietas, aparecen impecables 3 divinas mujeres con rasgos japoneses, 3 cocineras, 3 hermanas, las Kanashiro, que son hermanas nada más que para que cuando cocinen, todos seamos sus hermanos. Hablamos de la historia, del respeto, del pasado y el porvenir, nos abrazamos, salimos emocionados.

Primera emoción gastronómica en Lima, probablemente algún pecado nos espere a la vuelta de la esquina, yo seguramente no me negaré se los prometo…

Este autor es Columnista permanente de este Blog

Fuente: ArgentineWines

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