maximo tell

“Brando” por Daniel Salzano

In Paladar mostaza on 10 noviembre, 2010 at 9:23 AM

En 1965, con la caja chica en menos 10, la Fox decidió combatir la recesión apostando una fortuna a la mano de Morituri, un plomo al que las gacetillas obsecuentes definían como una película de, para, sobre, tras y con Marlon Brando (el mismo tipo de gacetillas que insistía en definir al actor como un comediante radiactivo).

Aprovechó la bolada el radiactivo para demostrar que el profundo desprecio que sentía por Hollywood continuaba intacto. En lugar de colaborar con el lanzamiento del filme enfundándose en un buzo de la Fox y hacer footing jacarandosamente por los jardines del show business, prefirió, a lo bestia, arrojarse de cabeza a la pileta de las excentricidades.

No sólo dio la vuelta al mundo (por cuenta del estudio) soltando eructos y discutiendo con la prensa sobre lo divino y lo humano, sino que comparaba a Morituri con una cáscara de banana olvidada en la puerta de un colegio. De un colegio para ciegos.

Cuando la película inició su andadura comercial, fue recompensada por un inapelable chaparrón de patadas en el trasero. La película naufragó, la Fox tuvo que pedir un préstamo al Fondo Monetario Internacional y Brando dio comienzo a una prolongada etapa de oscurecimiento exiliado en una isla de Tahití, obvia, freudiana, meteorológica y metafóricamente azotada por el viento. A lo largo de una profunda virada psicológica, inició los trámites para cambiar de nombre. Rudyard, eligió. Como Kipling.

En la Muni recibieron la solicitud de Brando y la archivaron sin siquiera detenerse a analizarla. Era habitual que el actor, cada vez que se sentía confundido, buscara solucionar sus cuitas convirtiéndose en otra persona.

¿Fue feliz haciéndose el mono por cuenta de la Fox y boicoteando descaradamente la película? No. Brando no fue feliz nunca. Ni siquiera cuando tendría que haberlo sido. Una constante estremecedora: condenado por misteriosas razones, tuvo que ver a lo largo de su vida cómo todo lo que construía, de inmediato se derrumbaba.

Incluida su propia familia. Comenzaron cediendo sus cinco mujeres y después siguieron sus hijos. Cheyene Brando (25), su hija, siempre pálida, siempre nerviosa, siempre dominada por la gripe, amaneció colgada de una viga en la casa más famosa de la isla. El actor fue el más afectado de toda la tribu. Estaba emocionado, abstraído de golpe y continuamente aterrado.

Los gritos que Brando gritó en Un tranvía llamado deseo no fueron gritos. Las lágrimas que lloró en El padrino no fueron lágrimas. Sólo un entrenamiento intensivo para su pálido final.

Pesaba dos veces más de lo necesario para convertirse en el quesito preferido de su corazón. Ni siquiera podía agacharse para ponerse las medias. Estaba gordo como un animal. ¡Flop!, hizo el corazón de Rudyard, que no se llamaba Rudyard.

Cuando me enteré de su deceso, escribí en una libreta el título de la nota necrológica que con toda seguridad me iban a encargar: “Brando nos da una oportunidad de ganar”.

Después me dio vergüenza y la taché.

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