maximo tell

Reglas del juego

In Exclusivos, Malas Viejas on 18 noviembre, 2010 at 8:41 AM

Por Marcelo Franchetti

Escenario banal, cotidiano. Un almuerzo solitario de lunes en la arbolada peatonal de Mendoza. Un ánimo algo tenebroso que aflora la sensibilidad al máximo.

Aparece una perrita callejera con evidentes signos de haber dado a luz recientemente. Las tetas hinchadas y manchas de sangre. Olfatea entre las mesas en busca de alguna miguita o resto de comida que le aporte aunque sea el más mínimo nutriente a su leche de progenitora. Se desenvuelve como un animal tranquilo, apacible, afable.

Mi natural afinidad por los animales, y la especie canina en particular, contribuye a la generación de cierta empatía. Observo mientras la pareja de la mesa de al lado le ofrece parte de su comida. Repentinamente aparece un nuevo perrito (o perrita, no alcancé a distinguir). Cachorrón, de unos tres o cuatro meses.

Con inocente naturalidad repite la misma rutina de supervivencia que el otro animal. Hasta que la recién parida advierte la intromisión en lo que seguramente su instinto ya había codificado como su legítimo “territorio de caza”. La misma criatura que hace segundos me conmovía con su actitud sumisa y situación de fragilidad reaccionó con una furia que jamás hubiera imaginado. Con agresiva agilidad la perra atacó sin dubitación alguna al cachorro que la doblaba en tamaño. La contienda, claramente despareja, duró unos cuantos segundos.

La atacante no se conformó con clavarle varias dentelladas que el atacado respondía con dolientes alaridos, sino que además se aseguró de alejarlo una decena de metros de su área persiguiéndolo al ritmo de mordiscones de nada sutil advertencia. Como cerrando un lapsus de la variable tiempo, la perrita retomó a su tarea de recolección de sustento, con la misma parsimoniosa conducta del principio.

La situación me disparó una aguda reflexión sobre las reglas de juego que imperan en la biología de la cual formamos parte. El instinto de supervivencia, seguramente potenciado por el de perpetuación de la especie, transmitió a la perrita la orden incontestable de alienarse en una nueva criatura furiosa, iracunda, dispuesta provocar todo el daño posible con tal de defender su causa, inclusive en actitud temeraria.

Los seres humanos no somos diferentes y nos regimos por exactamente la misma regla, por momentos tal vez disimulada en sus formas por una supuesta ¿civilidad? Pero la regla está ahí, tallada en el mármol sobre el que se erige nuestra Sociedad. Difícil, sino imposible, eludirla. La disfrazamos, ocultamos, negamos, pero está siempre ahí, vigente.

Podemos comprar millones de racionalizaciones disponibles: convivencia civilizada, trabajo en equipo, comunitarismo, comunismo, colectivismo, sinergia, y miles de etcéteras más. Dictamos leyes y más reglas. Pero es inevitable, tarde o temprano se nos presenta la circunstancia en que poseer o acceder a algo, es solamente posible quitándoselo o privando a otro. Y ahí sólo podemos ser perrita o cachorro, atacantes o atacados, vencedores o vencidos, nada más.

Algunos vienen con mayores condiciones para acatar y hasta sacarle el jugo a esta regla. Otros, no tanto. Algunos eligen el velo de la sutileza, la picardía o simplemente la pasividad para que el juego lo jueguen otros y los beneficios los reciban ellos. Pero finalmente ahí están, aceptando y obedeciendo la inefable regla.

Me pregunto si algún día lograremos despegarnos de esta trampa de la biología.

Como la perrita, acepto volver al status-quo de calma. La perdono, casi por solidaridad conmigo mismo y le regalo mis papas fritas. Me levanto y me voy.

> Fotos de Jose Bahamonde


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