maximo tell

Periodista pasante en crisis

In Malas Viejas on 3 diciembre, 2010 at 2:28 PM

El periodismo es una profesión de riesgo. El mayor de ellos es el de morirse de hambre. Suele el común general idealizar al periodista como una especie de Superman quijotesco de las libertades, siempre dispuesto a desfacer entuertos, defender al menesteroso frente al potentado, y sacar brillo a la verdad con las teclas de su portátil. Y desconoce que la principal preocupación del periodista moderno es llegar a fin de mes.

Dice Enric González, el mejor columnista de la prensa española, que la creciente precariedad del periodista no es ni más ni menos grave que la de cualquier otro oficio, dígase albañil o corredor de seguros, con la diferencia que solo el informador tiene al alcance papel de prensa u ondas hercianas para contarlo.

No seré yo quien le lleve la contraria al gran Enric. Tan solo haré la salvedad de que el reportero, por razón de su profesión, se codea cotidianamente con jerarcas, sean políticos, jueces o directivos de empresas. ¿Cómo no le va a temblar el pulso al humilde tribulete que lleva una dieta rica en chóped y es incondicional del Lidl y del Ikea al preguntar por sus chanchullos al cacique político de turno o al ejecutivo millonario que le convoca en el Ritz y le agasaja con percebes de Roncudo?

Claro que la crisis golpea por igual a los de abajo, pero el operario de la cadena de montaje no come con el dueño de la General Motors (ahora creo que es Obama) que le cierra la planta. Sufre con los suyos la desgracia y tiene a salvo su identidad de clase.

La dicotomía de saberse generalmente miserable en lo personal mientras a cada rato charla o almuerza con la élite que gobierna el mundo le crea al periodista una zozobra existencial. Ser un pobre diablo y tener la necesidad deontológica de sentirse influyente conduce a una paradoja sobre el poder casi tan irresoluble como a la que llegaron los escolásticos al plantearse la omnipotencia de Dios. Se dijeron que ya que Dios lo podía todo, podría crear una piedra tan grande que ni Él mismo pudiera levantar. Ahora bien, al no poder alzarla dejaría de ser omnipotente.

La justificación del periodismo es ser un contrapoder frente a los que tienen realmente el poder. Pero ¿cómo hacerlo estando en la base de la jerarquía social y laboral, despreciado cuando no vapuleado por la opinión pública por la que se quiere velar?

Con todo, el mileurismo no es la principal singularidad del periodismo moderno. La sustancial es que la mercancía con la que trabaja, la noticia, ha dejado de tener valor y está al alcance de todos. Le llaman periodismo ciudadano. Y consiste en que cualquier hijo de vecino con un móvil con cámara de más de tres megapíxeles puede convertirse en reportero estrella. Graba el vídeo o la foto y lo sube a YouTube. Si encima lotwittea puede aspirar al Pulitzer. De esta forma, se ponen a la misma altura las matanzas de la revuelta iraní y los vídeos de primera de la despedida de soltero del cuñado.

Antes el periodista era celoso de su primicia, su razón de ser. Tal era la ansiedad por alcanzarla que cuando no existía, se la inventaba. El británico Evelyn Waugh escribió en 1938 ¡Noticia bomba!, una deliciosa novela en la que un grupo de periodistas, tan borrachines como escépticos, son enviados a cubrir un conflicto en un país africano y, como allí no pasa nada, se dedican a inventarse noticias sobre una presunta revolución, rivalizando en disparates para ganarse el favor de lectores y editores.

Waugh no podría ya escribir su novela. Primero porque la CNN se haría con la exclusiva. Pero sobre todo porque las grandes noticias ya no se las inventan los periodistas, sino los gobernantes. Que se lo digan si no al trío Bush, Blair y Aznar con aquellas terroríficas armas químicas de destrucción masiva que resultaron ser polvitos de Ariel con Actilift y provocaron la invasión de Irak. Y no digamos de la crisis que nunca existió para Zapatero. O las que están ahora tan de moda: lo peor de la recesión ha pasado ya y los bancos gozan de buena salud.

Menos mal que la profesión es cada vez más saludable. Ya no hay una botella de whisky escondida en el cajón y mucho menos esos purazos de humo pestilente que se fumaban nuestros predecesores para celebrar una buena exclusiva. El nuevo periodista está abonado a la manzana (Apple, en inglés) y al Aquarius. De hecho, yo les llamoperiodistas Aquarius. Son amables con el poder, sus preguntas nunca incomodan y sus crónicas suelen tener la misma fuerza que la bebida isotónica. A veces hasta aplauden al final de las intervenciones.

Hay un escalón por debajo. El del periodista figurante, ese que va a las ruedas de prensa donde no se admiten preguntas. Viéndoles ahí, rodeando el atril desde donde suelta su perorata el político, me recuerdan a esos muñeco-tes de latón que les ponen a los futbolistas en los entrenamientos para ensayar las faltas. ¿Se imaginan que a los abogados se les prohibiera hablar en el juicio en defensa de sus clientes?

Los métodos de trabajo también han cambiado. Decía mi primer redactor jefe que el periodista siempre tiene que tener las dos manos ocupadas. La una en el teléfono, y la otra con el boli (él tenía siempre las suyas en el whisky y en el puro). Al reportero moderno ya solo le hace falta una mano: con la que maneja el ratón o twittea con el móvil. Las primicias no se las aportan las fuentes sino Google (aunque etimológicamente eso sea imposible, puesto que si ya están ahí, son primicias de otros) y las crónicas no se escriben, se twittean. Y es que ya no se buscan lectores sino seguidores.

Ese periodismo epiléptico de corta y pega en 140 caracteres me remite a la reciente declaración de principios de Calamaro acerca de Twitter (la encontrarán aquí). Ahora bien, a diferencia del cantante, que presume de llevar codeándose décadas con la élite del rock, yo no soy más que un periodista del montón y un paseante. Así que me voy con mi crisis a otra parte.

Fuente: El País

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