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Ser boliviano en Córdoba

In Exclusivos, Malas Viejas on 11 diciembre, 2010 at 10:15 AM

Realizan los trabajos más castigados en la escala laboral. Ganan miserias y desconocen cualquier beneficio social. A pesar de esto, su labor es esencial en la actividad económica de la provincia de Córdoba. Gaby Socias presenta esta nota, en exclusiva, cuando en el país se viven momentos muy particulares entorno a la inmigración, la discriminación y el conflicto social.

“Acostumbrados a vivir con un peso por día”
Cuando ser humano boliviano es ilegal

Son casi las once de la mañana y el sol comienza a sofocar en la sala de espera del Consulado de Bolivia. Las cinco personas que aguardan, tienen algo en común además de ser bolivianos: miran para abajo y no emiten sonido. Que no hablen no significa que no tengan cosas para decir. Tal es el caso de Lidia González:

“Yo en Bolivia, estaba embarazada y me había hecho todos los controles, pero cuando mi bebé estaba por nacer había muchas parturientas en el hospital, los médicos no daban abasto y no me pudieron atender a tiempo. Mi bebé se ahogó con el flujo de la sangre y murió. Luego de eso, decidí tener mi segundo hijo en Argentina”.

Escapar de la pobreza, de la falta de futuro, del hambre o de la pérdida de libertad, no es fácil. Ser inmigrante, indocumentado, “morocho” y pobre, en Argentina, tampoco lo es.

En Córdoba viven unos 18 mil bolivianos, de los cerca de dos millones y medio que están distribuidos por todo el territorio argentino. La mayoría trabaja en el rubro de la construcción, en cortaderos de ladrillos, en huertas y como empleadas domésticas. Para cualquier patrón son el empleado soñado: Trabajan más y cobran menos. Sus  jornadas suelen ir mucho más allá de las ocho horas por un salario menor que el de un argentino.

Pero el saberse explotados no los desalienta.  Lo explicó Enrique Prieto Terán, quién fue presidente del Centro de Residentes Bolivianos en Córdoba: “Muchas de estas personas vienen de los sectores rurales o marginales de Bolivia, donde las condiciones de trabajo son muy precarias y la gente vive con un peso por día, cualquier retribución que acá perciban siempre será superior”.

Lidia sigue contando su historia, una historia que le da la razón a Prieto Terán: “Allá, trabajando como empleada doméstica más de 8 horas diarias, se gana como máximo 600 bolivianos por mes, lo que equivale a 300 pesos de acá. Acá, yo como boliviana, cobro 9 pesos la hora. Una empleada argentina está cobrando entre 12 y 15 pesos”.

Sócrates Condorí, su esposo, interrumpe: “Yo siendo albañil alcanzo a cobrar 60 pesos por día, mientras que un argentino realizando el mismo trabajo cobra 80 pesos”. Walter Pessi, arquitecto de la constructora Roganti y Asociados, explica que la diferencia entre obreros argentinos y bolivianos excede lo económico. “Realizan los trabajos malos, sucios y feos que rechazan los trabajadores locales”.

Dicho de otra manera, no sólo trabajan por lo que sea, sino que además trabajan en lo que sea. El propio Sócrates lo dice: “No tengo para elegir, antes que morirme de hambre prefiero ir a trabajar por lo que sea”.

Lidia y Sócrates son mucho más que dos personas. Son una síntesis que refleja la brecha salarial que existe entre los inmigrantes de países limítrofes y los argentinos. Y ésta es una brecha en la que se apoyan dos rubros fundamentales, al punto que a los cordobeses nos dan techo y comida: La fabricación de ladrillos y la horticultura.

En los 700 cortaderos de ladrillos que hay en la provincia de Córdoba, en temporada alta, trabajan unas 4 mil familias, lo que equivale aproximadamente a unas 12 mil personas. Se calcula que el 80 por ciento de los empleados son bolivianos, peruanos y paraguayos. Al igual que el 60 por ciento de los albañiles que trabajan en las 900 obras en construcción que en promedio hay en Córdoba.

Además, el 60 por ciento de la producción de frutas y verduras, en el cinturón verde de Córdoba, está en manos de bolivianos, según datos del Mercado de Abasto.

Estas cifras ponen en claro que la mano de obra boliviana, mucho más que trabajo barato, es un aporte fundamental a la economía provincial. ¿Qué sucedería si algún día los bolivianos deciden detener sus actividades para reclamar mejores condiciones laborales? ¿Qué sería de Córdoba sin bolivianos?

El tiempo termina vaciando la sala de espera del Consulado, pero nada puede contra una situación de injusticia que no es exclusiva de Córdoba o Argentina. Tampoco lo es de las economías que se nutren de migrantes. Peor que eso, es una diferencia que se da entre ente de un mismo país y  se basa sólo en el tipo de piel o la forma de los ojos. Se basa en racismo.

Según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) los grupos minoritarios de Bolivia, Brasil, Ecuador, Chile, Guatemala, Paraguay y Perú ganan en promedio un salario 38 por ciento menor que la mayoría de la población blanca. Si se contemplan edades, género y niveles de educación la brecha se reduce a un 28 por ciento. Es decir que el no tener el color correcto color pesa más que el no tener estudios. O lo que es peor, aunque se esfuerce, estudie y supere el infortunio de su nacimiento, seguirá macado por su piel.

El argumento que da el BID por no haber incluido a más países en su estudio de brechas salariales por etnicidad, es que no existen demasiados datos disponibles sobre el tema, como es el caso de Argentina. No obstante, hay realidades imposibles de ignorar y ocultar. El ser indocumentado y la vulnerabilidad que conlleva la combinación de ser ilegal, no poseer altos niveles de educación o simplemente el mero hecho de ser boliviano lo convierte en mano de obra barata. Lo obliga a hacer lo que se por lo que sea.

¿Por qué tus raíces sí y las mías no?

Sobreponerse a la adversidad y mejorar su calidad de vida fue el anhelo que los trajo a nuestro país. Acá, fueron recibidos por un discurso dominante que los trasformó en sujetos de segunda: que sobran, que no existen, que molestan. Si alguna vez se les respetaron sus derechos, acá lejos está de suceder.

Ser bolivianos en Córdoba no es lo mejor que a uno le pueda pasar. Está tan naturalizado lo instituido, que hasta suena ilógico o raro replantearnos cuestiones relacionadas a sus derechos, sus condiciones de vida, etc. Claro, es que tenemos en el imaginario colectivo la idea que la Argentina desciende de los barcos; que  somos blancos y educados. Nos atemoriza la idea de pensar en el riesgo que en dos décadas el 20 por ciento de la población pueda llegar a ser de origen boliviano y paraguayo.

Resulta paradójico, tal como dice Alejandro Grimson, doctor en antropología e investigador del Conicet, “Parece que nos olvidamos que la mitad de  los 45 millones que somos, tenemos ascendencia indígena y un 4 por ciento,  ascendencia africana”.
Mientras se derrumban las fronteras para que no pasen mercancías, se levantan otras nuevas para que no pase gente.

La estigmatización de las minorías étnicas, acusadas de quitarles el empleo a los trabajadores locales y de ser los responsables de la inseguridad, es una cuestión que trasciende las justificaciones políticas o económicas de una nación. Diferenciar el salario y las condiciones laborales, según el origen étnico, está enraizado en la médula de la idiosincrasia de la gente. Sin embargo el primer paso para cambiar esto está mucho más cerca de lo pensado: reconociéndolo.

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Conoce además la historia de los ladrilleros en Córdoba. Se cree que hay alrededor de 800 cortaderos de ladrillos en la provincia, y que el 30 por ciento del personal está integrado por bolivianos. Allí viven con sus familias en campamentos sin agua potable, cloacas o a veces energía eléctrica, trabajando de 10 a 14 horas diarias. Luis Dambolena, uno de los inspectores de la obra social de UOLRA agrega que, “si bien se realizan operativos con la Secretaría de Trabajo, “la Afip no va hasta ahí ya que son lugares poco rentables, de donde no puede sacar grandes multas”.

No dejes de ver esta entrevista de Pueblo Mestizo donde se cuenta una experiencia impresionante > Ver Video

Centro de Residentes Bolivianos de Córdoba
Balcarce 292, Córdoba, Argentina
Tel: (0351) 4995279 / 424-2364


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