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¿Twitter sirve para conseguir votos?

In Derecho a Replica on 1 enero, 2011 at 12:34 PM

Por Manuel Mora y Araujo

Las prácticas y modalidades de la comunicación política siguen los cambios en la cultura política, y a veces en alguna medida contribuyen a generarlos. En The last hurrah (la película de John Ford filmada en 1958), el político interpretado por Spencer Tracy advertía a su joven discípulo que todo lo que le había enseñado sería inservible porque estaba referido a un modo de hacer política que se terminaba: la política de la comunicación persona a persona empezaba a dar lugar a la política a través de la televisión. Si hoy se hiciese la remake de esa película, el viejo dirigente le diría al joven: “Te enseñé cómo hacer uso de la televisión pero ahora vienen Internet y sus sitios, tendrás que aprender solo”.

La política sostenida en los intercambios personales manejados por un líder local –la que conocía aquel personaje de la película– requiere alguna organización. Moyano no podría haber hecho el acto de River de hace dos meses sin una organización; el acto sirve para demostrar que la tiene. Hoy, esa clase de política sólo subsiste, en alguna medida, en las clases bajas. En la cultura política mediática la mayoría se conecta con la política como espectáculo. Para eso no hace falta organización alguna; alcanza con un televisor o una computadora. La transacción es de la misma naturaleza que la que genera un televidente con Tinelli o con Susana Giménez: “Te doy mi atención, sumo a tu rating, mientras me entretengas”. Allí, las ideas sobran, son innecesarias en ese intercambio. Entretiene el personaje, la pelea, la ocurrencia, el exabrupto, la sátira.

Internet entra en ese espacio con su propia lógica. Como se decía en aquel film de hace cincuenta años, nadie va a enseñarte cómo usarlo porque nadie lo sabe; tendrás que aprenderlo solo. Si Twitter tiene público, allí empiezan a comunicarse mensajes políticos; si no, nada.

En la política de la comunicación persona a persona el ciudadano se acerca a la política, por algún motivo. En la política mediática, la política tiene que ir en busca del ciudadano –algunos dirán que, por eso mismo, éste ya no es tan ciudadano, es un mero consumidor de política–. En la política conversacional, el obstáculo son los adversarios; en la televisión, el obstáculo es el control remoto, con el que el ciudadano hace zapping y sale del vínculo. En Internet empieza a suceder algo equivalente.

Es cierto que en Internet el dirigente y el ciudadano pueden entrar en comunicación sin la mediación de nadie, y eso posiblemente abrirá vías hacia nuevas formas de participación política. Por lo pronto, parece ya que los militantes de organizaciones partidarias han encontrado en Internet un vehículo para aumentar mucho los contactos entre ellos. Eso también producirá un impacto en la vida interna de las organizaciones políticas. Los ciudadanos –además de conectarse a Twitter– podrán establecer vínculos más activos con sus representantes.

En Twitter se potencia la circulación de mensajes y resulta fácil subirse a esas olas. Allí uno puede tener un millón de amigos, pero no son los amigos que lo sacarán de un apuro en alguna dificultad, porque son personas desconocidas y no las une afecto alguno. Alguna gente dice sentirse amiga del Doctor House, pero la realidad es que House no existe y Hugh Laurie no es amigo de ellos.

La práctica que está instalándose es twittear todo el tiempo. En Twitter las reglas son duras: espacio limitadísimo, competencia extrema para captar la atención, mucha simetría entre emisores y receptores. No hay duda de que para generar audiencia eso es efectivo y contribuye a la oferta de entretenimiento disponible para quienes se involucran en ese canal –además de dar material a los diarios para que hablen de eso–. Sabemos que cuando los políticos hablan largo rato y la televisión lo transmite, en muchos casos el público pronto termina aburriéndose. La presidenta, o su jefe de Gabinete, sin duda son muy entretenidos en Twitter.

¿Cuán efectivo es eso como herramienta política? ¿Cuántas personas cambiarán su voto, o sus juicios y valoraciones, por esos mensajes? Probablemente muy pocas.

Realmente no sabemos cuál será el impacto de los nuevos medios sobre la vida política. Tal vez acerquen a la política a personas hoy alejadas de ella. Tal vez alimenten la actual corriente que diluye la especificidad de la política y la asimila a otros planos de la vida. Pero hay dudas sobre su efectividad para influir en el voto.

Fuente: Perfil

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