maximo tell

Aquellos viejos rincones donde también cortaban el pelo

In Prosas Propias on 23 mayo, 2011 at 11:52 AM

Entonces me vi. Sentado, con una bata de una tela extraña pero muy perfumada de color naranja, con una mujer que masca chicle y conversa cada dos tijeretazos. A los gritos en la sala por la música que hace retumbar los espejos y saltar los secadores. ¿En que tiempo se convirtieron en esto las peluquerías?

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El sábado había amanecido tibio, con sol primaveral y desde temprano buscaba algo para entretenerme. Entonces aparecía Papá diciendo que me aliste “para ir a la peluquería”. En el fondo yo sabía que eso era todo una clave, porque ir a la peluquería un sábado a la mañana, no era solo eso. La salida era diferente. No era acompañarlo a hacer diligencias como alguna vez durante la mañana, ni al ritmo cansino de los domingos.

Salir a pasear el sábado a la mañana era caminar por el centro y cruzar las calles entre los gritos de algunos vendedores que todavía se anuncian en las esquinas. Era llegar a lo del Pepino para cortarse el pelo. Con sus paredes color caqui y ese efecto tan extraño de su vidriera que daba la sensación de un polarizado natural para los que intentaban espiar desde afuera, y gran visión de la esquina para los que estábamos adentro.

Las tiras de plástico que se amoldaban a tu silueta al pasar y la rápida mirada sobre su hombro derecho del hombre de chaquetilla. Las revistas cansadas sobre la mesa y un par de visitantes que no demoraban también en hacerte un guiño o palmada sobre el hombro al pasar y despedirse. La rutina era sabida por ambos. Mi viejo pasaba antes, por una especie de acuerdo tácito que teníamos.

Él tenía que demostrarme que ese hombre con elementos punzantes en la mano no iba a lastimarme. Heroicamente entonces se hacía cortar su peinado para atrás mientras me miraba por el espejo y me salvaba de la batería de preguntas que suelen atacar a los niños a esa edad: ¿Y como te va en el colegio a vos? ¿Ya estás de novio? ¿Estás jugando al fútbol? Entonces con las patillas ya alineadas salía al cruce cerrando los ojos por el rocío de agua; Ohh este es divino, le va bárbaro en la escuela..

La señal para que largue las Condorito era cuando llegaban a su bigote. Ahí la cosa se ponía con tono cirujano. El bigote no era joda, es insignia. Pepino se encorvaba e iba encontrando los ángulos justos para encontrar ese rebelde pelo que había esquivado su tijera brillante. Entonces como una víbora que rodea a su presa llegaba a su cometido y hacía reflejar el sol en su arma logrando encandilarme.

“Vení nomás entonces” y ahí iba yo. Me levantaba despacio de esos sillones petisos de tono tabaco, caminando hacia el espejo. Creo que durante años tuve que soportar la humillación de que alguien me ayude a subir a esos enormes asientos de metal y cuero. Aunque si la memoria no me falla después de un tiempo apareció un cajoncito para subir y también no tener los pies colgando durante el corte.

Yo confirmaba que el viejo no haya faltado al pacto y para cuando agarraba El Gráfico yo ya le había apuntado la mirada y sin perder la charla, él me hacía seña que me cuidaba la retaguardia.

¿Cómo le cortamos? – preguntaba el hombre de lentes mientras frotaba su arma en la chaqueta y las gotas caían exageradamente en mi cara. Acá es donde el tiempo salta un par de escalones hacia los costados, porque con los años los tiempos fueron cambiando. Pero la rutina continuó teniendo la magia del sábado.

Hubo épocas que el nefasto carcelero llamado raya al costado me despojaba de lo divertido y me condenaba a una vida de peine y gel. Después vino la época rebelde del corte comando que nos permitió endurecer la mirada a todos los rivales del recreo y parecernos más a los hombres de casacas de las figuritas que coleccionábamos. Cuando hubo síntomas de espejitis fue cuando tropecé con el peinado para atrás que después del segundo recreo se convertía en una especie de toldo o alerón que me nacía en la cabeza.

Esas épocas íbamos a peluquerías de verdad. Clásicas, con un programa de radio durante la semana a media tarde, algo de música suave y de época los fines de semana. La dupla de padre – hijo haciendo su rutina. Las conversaciones de rigor reflejaban la condición política del país, el estado de nuestros equipos en cada campeonato y los planes. El domingo vendría con asado y cancha, pero el sábado nos tenía reservada una banqueta en la barra de la Pizzería Belgrano para degustar esa porción cortada en dos mitades acompañada por una Crush de Naranja.

Habiendo hecho esa especie de vermú, solo quedaba caminar a casa saludando a los amigos que tomaban café en las mesitas de la peatonal y al llegar, controlar que ninguna miga nos delate, mostrar mucho el corte y en silenciosa complicidad comer poco de lo que haya para cuidarse.

Ir a la peluquería, era paseo, amigos y compartir. Lejos de la mujer silenciosa o la otra que a los gritos amenaza tragarse el chicle. Jamás se aprenderán un nombre o sabrán de que equipo sos. Si te buscás una de varones lo más probable es que caigas en esos antros colorinches con mucho plush y tecno al palo. Nada tienen que ver estos nuevos locales fashions donde sobra Babasónicos y jamás sonará un tango.

Excesos de floreros y hasta un poster de Madonna mientras el interés del estilista es al menos dudoso, no se comparan con ese espejo que tenía pegadas fotos históricas y el recorte de cuando le hicieron una nota por el aniversario en el diario de la ciudad.

No quiero que el tiempo se congele, solo busco una peluquería clásica. Que conserve los valores que convertían esa actividad en una escena amistosa. Hoy pido cortito y desmechado sin drama, aunque siempre despierto los sábados pensando que quizás se anuncie un paseo.

Fotos de Jose Bahamonde

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  1. Del todo. Muy buena opinión.

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