maximo tell

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El Arco de Piedras

In Baca on 9 octubre, 2010 at 11:11 AM

Por Flavia Baca

“El río de sangre, el remolino de gritos, el mar de lágrimas…
en realidad no está destinado a detenerse”

Año 1868 – Comienzos de la Era Meiji

Donde había sangre que pudiera manchar una katana, ahí estaban los samuráis… donde había familias a quienes descuartizar, ahí estaban también… donde la revolución contra el gobierno los llevara a matar ahí estaban los samuráis, listos para hacer correr la sangre, profanar los cuerpos y destrozar vidas para hacer estallar las revueltas en la Era Meiji.

Dicha desgracia dio sus inicios en el año 1868 en la cuidad de Kyoto (Japón).

Es típico en la naturaleza humana el corromper todo lo que empieza siendo puro y armonioso. La estabilidad se pierde y el camino a recuperarla tiene más piedras que el lecho de un río. En el caso del pueblo de Japón, tuvieron que crearse senderos de sangre y caminos que los muertos cerraron con sus huesos.

Todo tuvo que tener su lugar en donde al gobierno más le doliera, la ciudad más productiva y poblada de aquella época, en Kyoto, la revolución por la libertad, la igualdad, los derechos y tantos privilegios con los que las personas se supone deben nacer… una revolución de muertes. Si personajes importantes e influyentes caían, también sus decretos y leyes absurdas. Por lo tanto, el manto de la muerte se tiñó de sangre disfrazándose bajo el honor de los samuráis.

La ciudad era un campo de artimañas y engaños de asesinos que rondaban por doquier; dar la espalda a una sombra significaba terminar en el piso sobre una mancha de sangre propia. Mirar dos veces hacia el mismo lugar nunca estaba de más, y mantener la fé casi resultaba imposible cuando hasta los más protegidos y menos pensados morían a manos de quienes se suponía estaban para servir y proteger.

Muchas veces no eran aquellos cercanos al Emperador las víctimas, sino simples ciudadanos que en sus vidas habían visto algo tan monstruoso como una espada lisa, brillante y curva en la punta, agitándose con maestría para terminar con la velocidad de un rayo en sus cuerpos indefensos.

Cuando atacas a la nobleza, son los siervos los que sufren… aquel que se sienta en el trono del mando y la soberanía siempre es ciego a lo obvio. No hay peor ciego que aquel que no quiere ver, pero hay algo aun más horrible, aquel que se ciega a sí mismo por orgullo. El emperador prefería ver morir a su gente antes que dar el brazo a torcer ante las demandas de los samuráis.

Sin embargo, al amparo de la naturaleza algunos podían estar a salvo. Las afueras de Kyoto sólo eran habitadas por pobres y humildes campesinos que se dedicaban con discreción a sobrevivir a escondidas del Imperio. Los caminos de tierra no eran muy visitados, las cercas apenas un poco altas sólo detenían al ganado, los sembradíos eran su principal fuente de alimentación, los árboles eran sus guardianes y el río su juglar. Desgraciadamente, el murmullo de las aguas tenía que traer canciones agitadas por las noticias de la ciudad de Kyoto. En forma de cadáveres, en forma de espadas rotas, en forma de sangre que teñía el agua… de modo que siempre les dejaba bien en claro cómo iba la revolución.

La familia Yai era una de las pocas que habían huido a los lindes del bosque de Suzuka para mantenerse a salvo de los asesinatos en serie. Una vieja pareja con sus cinco hijos vivían ahora en paz y tranquilidad frente al denso bosque que tenían como vecino. Les había costado, pero finalmente se habían adaptado a la vida de campo. Sólo arar el campo, cosechar, cuidar a los animales y demás se había convertido en su nuevo estilo de vida.

Abandonar la ciudad había sido duro para todos, espacialmente para los más jóvenes. Habían dejado sus amistades, el colegio, los lujos y demás. Sin embargo, valía la pena sacrificar todo eso por mantenerse vivos. El padre, según creían ellos, era alguien muy cercano e importante en la corte del Emperador, por lo que su vida hubiera corrido un gran riesgo al permanecer por más tiempo en Kyoto.

—¿Qué miras? —preguntó un muchacho alto y de cabellos negros. Tenía sólo 18 años. Aoi era el hijo mayor de los Yai. Se encontraba algo acalorado por haber recorrido el bosque en todas sus dimensiones buscando a la pequeña niña de 10 años que ahora miraba en la alta rama de un árbol— ¡¡Aika!!

—¿Ah? —vestida con un kimono rosado lleno de detalles blancos, aunque ahora algo arrugado y sucio. La pequeña Aika lo miró desde lo alto de la rama con una sonrisa— ¡Hola Aoi!

—Hola, ahora ¡baja de ahí que es peligroso! —exclamó él.

—¡Un minuto mas!

—¿Se puede saber qué tanto miras desde ahí todos los días?

—El cielo.

—¿El cielo?

—Si. Míralo, Aoi, míralo.

—Lo miro, ¡ahora baja! Aika, lo ¡digo en serio! ¡Puedes hacerte daño! Además, el cielo no se moverá de ahí Puedes verlo desde aquí abajo.

—Aoi, ¿siempre será así?

—¿Qué cosa? —preguntó resignado apoyándose contra el tronco.

—El cielo.

—¿Por qué lo preguntas? ¿En qué puede cambiar?

—Hay veces que sueño que se vuelve rojo.

—Será cuando se esconde el sol, tontita —rió levantando la cabeza y mirándola. Pero la pequeña Aika no se reía como siempre. Por el contrario, lo miraba preocupada y a la vez triste— ¿Cómo lo sueñas?

—¿Has visto cuando el agua del río empieza a ponerse roja de a poco? ¿Cuándo aparecen pequeños hilos rojos que la tiñen de a poco?

—S… si.

—Así lo sueño. Oye, Aoi, ¿significa que algún día el cielo se manchará con sangre?

—¡Claro que no! ¡Baja ahora mismo del estúpido árbol!

Algo asustada por la reacción de su hermano, Aika se deslizó por el tronco. Una vez en el piso, Aoi le tomó la mano y se encaminó directo a la casa. ¿Qué tonterías andaba diciendo esa niña?

Esa noche, todos se encontraban cenando. Los otros tres hermanos de Aika hacían el mismo revuelo de siempre, peleando por la comida o discutiendo por cualquier tontería de adolescentes. Yoh tenía 15, Seiya tenía 13 y Yaten tenia 12. Los tres eran casi idénticos, de no ser por la estatura de cada uno, claro, sin embargo se notaba perfectamente que eran hermanos.

—¿No te gusto la comida, Aoi? —preguntó su madre retirando prácticamente la cena entera del muchacho.

—No. No es eso, mamá, perdóname. No tenía hambre, eso es todo.

—Haz estado raro, ¿qué te pasa?

—Nada, solo pensaba…

—En el cielo —dijo Aika

—¿El cielo? —rió su padre bebiendo un poco de sake.

—Si, el cielo, papi. Le decía a Aoi esta mañana que lo mirara con mas atención. Porque es muy hermoso.

—Solo es algo totalmente celeste sobre nosotros, Aika, no tiene nada de alucinante.

—Pero, es que nunca he visto nada tan perfecto como lo es el cielo. Míralo, papá, es graaande y vasto… ojalá que nunca cambie de color…

Septiembre 18 – Asesinato del Primer Ministro Mitsumasa Yai –

—¡Escóndete aquí! —exclamó Aoi—. No hagas ningún ruido, y ¡ni se te ocurra salir!

Había metido a su hermanita debajo de la cama, y la ocultaba detrás de varias almohadas y colchas gruesas. De pronto, por la puerta de la habitación entraron los demás hermanos y sus padres, los siguieron un grupo de samuráis… Aika no pudo ver lo que ocurría, sólo escuchó cómo comenzaban a matar a sus hermanos… uno por uno, tomaban a su madre y la subían a la cama mientras ella gritaba y lloraba, vio cómo caía tanta pero tanta sangre…

Es rojo.. .todo se hace rojo… primero en hilos.. .y de a poco se tiñe de rojo… —pensó con lágrimas en los ojos.

Trató de no emitir un sólo sonido. Se tapó los oídos. Las katanas cantaban al derramar sangre en el piso, los gritos, los forcejeos, la cama que se agitaba sobre ella.

—Por favor basta… basta.. .todo saldrá bien… ya se van… todo saldrá bien… pronto se irán… y nos dejarán tranquilos… ya no habrá más rojo… se hará celeste de nuevo…

—¡¡Cerdos!! ¡¡¡Suéltenla!!! —escuchó cómo Aoi gritaba furioso.

Aika reconoció los temblorosos pies descalzos de su hermano mayor acercándose a la cama, trastabillando mientras hilos de sangre se escurrían por la blanca piel. Escuchó risas, la cama dejó de moverse encima suyo… una espada era liberada de la prisión de su funda.

—Sujétenlo —dijo una voz tan fría que Aika sintió deseos de salir al rescate de su hermano.

—¡¡Asesinos!! ¿Y se hacen llamar Samuráis? —exclamó Aoi, forcejeando.

—La Era del Samurai está terminando, mocoso… nuestra era empieza…

La espada traspasó algo de carne, el grito ahogado de su hermano la hizo temblar y aferrarse a las almohadas que la cubrían… un golpe sordo, risas y más risas. Aika abrió temblorosa los ojos y deseó estar ciega en ese momento… ahí estaba, Aoi la miraba fijamente con los ojos nublados en sangre. Se tapó la boca llorando como nunca lo había hecho, intentó desviar la mirada del cadáver de su hermano… pero no podía, no podía dejar de mirar aquellos ojos muertos mientras que los sonidos de la matanza continuaban…

Con los rayos oscilantes del amanecer, Aika miraba desde su cama a toda su familia muerta. Para aquellos ojos de diez años, el mundo había terminado. Su padre estaba de pie contra la pared con una katana atravesada en la frente, sus hermanos eran irreconocibles, no podía saberse de quién era el brazo, la pierna o el ojo que estaba regados por todo el piso. Su madre, estaba tirada en la cama, con los ojos en blanco y con un pedazo enorme de tela metido en el fondo de su garganta. Y allí se encontraba ella, abrazando el cuerpo de Aoi en el piso.

—Por favor, Aoi, despierta… despierta… no me dejes sola… no me dejes sola… —lloraba desconsoladamente—. Abre los ojos, ábrelos, Aoi… por favor… basta, ¡¡basta, no me hagan esto!! ¡¡¡Despierta!!!

No podía creer lo que había sucedido, no era posible, ¿por qué a ellos? No era justo, no lo era. Toda su familia asesinada de esa forma tan cruel. Tenía demasiado vivo el recuerdo de la última mirada de su hermano mayor como para poder vivir en paz… y así se vio en la horrible responsabilidad de meter los cuerpos en bolsas que se usaban para cargar trigo, algo recordaba bien de las enseñanzas de su hermano, los muertos no descansan en paz hasta que sus restos son enterrados y se les dedican rezos. Lo último que quería era que su pobre familia no consiguiera el descanso eterno, no, merecían estar bajo tierra, bajo la tierra que tanto amaron y cuidaron con fervor.

Se manchó las manos con sangre y lastimó sus rodillas con fieros raspones al cargar los pesados cadáveres. Con un paso lento y penoso llevó cuerpo por cuerpo al interior del oscuro bosque. No podía más, le dolía todo y no paraba de llorar.

Sin saber qué más hacer, caminó hasta el río y llevó las piedras más grandes que pudo. En cada trayecto se clavaba las pequeñas piedritas en los pies descalzos, insectos y las mismas piedras pesadas se le incrustaban en las pequeñas manos, mientras que la tristeza y la enfermedad le hacían más pesado el camino. Junto mas de treinta piedras de todos los tamaños, con algunas de ellas construyó dos pequeñas torres… por esa noche descansó.

Y con la mañana pensó que la muerte estaba a punto de izar su bandera en su cuerpo, ya que las torres de piedra que había construido se habían inclinado, mientras que las que habían sobrado habían terminado de formar un enorme arco. Exhausta, Aika cavó un profundo pozo debajo del Arco de Piedras, allí enterró todos los cuerpos de su familia. Miró entonces con cuidado la maravillosa construcción que quién sabe cómo se había fabricado por la noche. Era perfectamente estable, un arco perfecto hecho de piedras del río… ¿acaso estaría loca?

—¿Por qué? —lloró mirando el arco que atravesaba el cielo— ¿Por qué tienen que odiar? ¿Por qué tienen que matar? Desearía que no lo hagan mas… que ya no peleen… –de repente todo lo vio rojo, el cielo, todo, se volvió de color rojo, se sintió desmayar, entrar en un transe, ya no tenía dominio de su cuerpo—. El río de sangre, el remolino de gritos, el mar de lágrimas… en realidad no está destinado a detenerse.

El último suspiro de vida que le quedaba en el cuerpo se extinguió con sus ultimas palabras.

Enero 18 – Rebeldes rezagados huyen de la policía del Gobierno –

—¡El bosque! —gritó el jefe señalando el monstruo acorazado de hojas—. Allí nos esconderemos.

Una cuadrilla de samuráis habían estado huyendo de la policía hacía más de dos semanas, tanto habían huido que llegaron a las afueras de Kyoto. El bosque les serviría por el momento como un escondite.

—Oye, Himura, ¡te quiero ver reconociendo el terreno y haciendo la primera guardia! —ordenó el capitán.

—¡A la orden, señor! —contestó uno de los jóvenes rebeldes adentrándose en el bosque.

Se decía que aquel misterioso bosque estaba encantado, hacía meses que se rumoreaba que el espíritu de una linda niña bailaba y se reía angelical entre los árboles, solía guiar a todo aquel que la viera al interior de la maleza verde, y allí…

Al adentrarse en la oscuridad de los árboles encontró algo muy curioso y extraño: un enorme Arco de Piedras. Pensó que era brujería, ya que no tenía idea de cómo se sostenía. Sin embargo, por pura curiosidad pasó por debajo de él.

—¡Himura! —replicó el capitán—, ya me tenias preocupado, mocoso del demonio, ¿qué te pasó?

—No lo sé… —contestó confundido mirándose las manos.

—Yo sé lo que te pasa… ay Himura. Sé que te prometí esa pelea hace tiempo, pero bueno, si tanto te molesta pues terminemos ahora.

—¿Qué cosa?

—¡La pelea! ¿Qué mas? Anda, en guardia —lo miró irritado al ver que el otro no se movía- ¡¿Qué esperas?! ¡Desenvaina!.

—No quiero… no quiero pelear.

—¡¡SEÑOR!! ¡¡DEBE VER ESTO!! —gritó otro joven desde lo lejos con otro de sus compañeros a su lado.

A punto de experimentar por primera vez el miedo, el capitán Katsumoto observó boquiabierto el Arco de Piedras… ¿qué demonios era eso? Nadie, jamás habían visto algo así ¿Cómo se sostenía? No tenía nada que perder, ni mucho menos nada que temer, de modo que aun algo dudoso, pasó por debajo del Arco de Piedras…

Mayo 18 de 1912 – Fines de la Era Meiji –

—Se lo aseguro, Shogun —exclamaba el Primer Ministro—. Ese Arco de Piedras quita el deseo de violencia de todo el que pasa debajo de él. ¿Por qué cree que esta era sangrienta está llegando a su fin? Todo samurai a pasado por ese Arco, y todos y cada uno de ellos ya no desea matar jamás.

Una formación rocosa que exorcizaba todo recuerdo y deseo de violencia. Todo el mundo estaba enterado de semejante suceso. En Japón se daba la orden de que todo habitante debía recorrer las distancias que fueran necesarias para pasar por debajo de aquel arco. Sólo pensarlo producía deseo de llorar de felicidad, no más muertes, no más guerras, no más violencia, no más odio, todo sería paz… el deseo de tantos niños cuyas familias habían muerto frente a sus inocentes ojos se haría realidad.

Septiembre 18 del 2009 – Colapso del planeta –

No había persona que no hubiera sido purgada de todo lo que implicaba la violencia, el mundo entero vivía en paz.

Sin embargo, todo el que desea el poder sólo debe domar a la bestia. El Gobierno de EE.UU., ordenó a sus ciudadanos que no se atrevieran a pasar por el Arco de Piedras, mientras su presidente anunciaba que dos aviones fantasma F-4 se dirigían a Kyoto.

—Halcón 1 reportándose, tengo el objetivo en la mira… señor, ¿está seguro de hacer esto? —pregunto el piloto apuntando con cuidado.

—Disparen.

Si el resto del mudo era tan manso como una yegua vieja, ¿qué les impedía tomar el control de todo? Nadie opondría resistencia, y para asegurar el éxito sólo tendrían que destruir al único enemigo de su éxito.

El misil fue lanzado, una gran nube de humo se elevó negra y amenazante. El bosque se quemó por completo, y la magnifica edificación de piedras se convirtió en polvo y cenizas… sin embargo… todo empezó a temblar, todo vibraba… todo se estremecía. Una columna de luz negra se elevó entonces desde los escombros del Arco de Piedras… una pared impenetrable que unía el cielo con la tierra.

Una lluvia de estrellas negras bañó al mundo ese día, cada luz se metió en el cuerpo de cada persona. Confundidos en un principio permanecieron inmóviles, hasta que sucedió… una ira nunca antes experimentada los inundó, todo se volvió rojo… sólo había una idea en la mente de cada asesino en potencia: MATAR. Cual volcán del inframundo, el arco expulsó todas aquellas terribles emociones y espantosos sentimientos que por siglos había purgado de cuanta persona pasara bajo sus piedras.

Cada persona desató el infierno… la lluvia de estrellas terminó, la lluvia de sangre inició. Y con lo que fuera la gente se mataba, con lo que fuera la gente destruía… Al destruir el Arco de Piedras, habían destruido el único sello que mantenía sujeto el odio de toda la humanidad bajo llave, y ahora todo ese rencor, todo ese odio, toda esa violencia se esparcían a cada hombre, a cada mujer… a cada niño.

El planeta entero quedó en ruinas, nadie podía caminar con vida o en una sola pieza. El río de sangre, el remolino de gritos, el mar de lágrimas… en realidad no está destinado a detenerse.

Este autor es Columnista permanente de este Blog

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Culpables

In Baca, Exclusivos on 25 junio, 2010 at 5:35 PM

Por Flavia Baca

Él luce pálido, pero no con esa blancura inmaculada que caracterizaba su tersa piel, sino con el manto mortecino que presenta un cuerpo que ya no respira. Él está callado, pero no con sus silencios habituales que se dejaban pasar por ser prudente y maduro. Él mantiene los ojos cerrados, y las orbes marrones tan intensas ya no volverán a ver nunca más. Él ya no respira… él ya no siente, él ya no vive. Él está muerto.

Cuando la muerte llega a un miembro de la familia, todos buscan refugio en las personas, en la religión… en lo que se pueda; pero más que nada, se buscan explicaciones y razones. Cuando un accidente es responsable de la desgracia, no hay mucho que se pueda hacer. Cuando es la enfermedad la que reclama la vida, quizás se responsabilice a los médicos, pero en el fondo y traspasando el enojo todos saben que tampoco estaba en manos de nadie revertir la situación. Sin embargo, cuando la muerte llega por mano propia… las preguntas surgen con más bronca que nunca.

Él está muerto, pero algo podría haberse hecho para que no sucediera.

No dejó nota de despedida, no hubo ninguna carta de suicidio que explicara por qué se marchó… por qué dejó a su familia, a sus amigos… por qué dejó el mundo teniendo veintidós años recién cumplidos. Y así todos opinan y buscan una razón para hundirse más en la depresión de no haber podido evitar la tragedia cuando tuvieron oportunidad.

La gente es ciega porque quiere serlo; y sólo ella, su madre, está llorando abrazada al féretro… destrozada, pidiendo perdón y deshaciéndose en sollozos que resuenan en la sala velatoria.

Ella sabe por qué sucedió esto, ella sabe que debió hacer algo, ella sabe bien quiénes son los responsables de la muerte de su hijo… pero más que nada, sabe que ella es más culpable que nadie por no haber estado para él.

Él tuvo el valor, la predisposición y el amor hacia su familia como para plantarse a mi lado, tomados de la mano, y decirles que me amaba, que esa era su elección y que era muy feliz con ello… tuvo el valor de decirlo, de abrir el corazón y ser tolerante para responder preguntas. Él dejó en claro que era feliz a mi lado y que deseaba compartir esa felicidad con su familia.

Ellos fueron crueles, ellos fueron ciegos, ellos fueron ignorantes. Sentados en la comodidad de su odio e ignorancia, le rechazaron, le dijeron que era un enfermo, lo trataron de anormal y movieron contactos para enviarlo a un pastor, a un sicólogo y demás personas que -según ellos- podían ayudarlo.

Él sufrió.

Él era feliz hasta entonces, podía ignorar el odio ciego de la sociedad en tanto yo estuviera a su lado y su familia le apoyara. Pero cuando su familia dejó de sonreírle y empezó a despreciarle sin ninguna razón válida… el peso del mundo le cayó encima, la sociedad se volvió demasiado real, las palabras fueron hirientes, las cruces se alzaron en su contra y los espacios se redujeron hasta que no hubo lugar para los dos. Hasta que no me quiso más a su lado porque no deseaba hacerme mal… hasta que no hubo ni espacio para él.

Entonces desapareció por una semana.

Entonces lo encontraron en un motel, colgando de una bufanda trabada en la puerta del baño.

Entonces estaba muerto.

Entonces algunos entendieron… pero ya era demasiado tarde.

Él luce tan pálido… está muerto y siento que yo estoy muriendo por dentro. Me sostiene el instinto de permanecer de pie. Él está muerto porque su familia y la sociedad lo arrinconaron, porque lo empujaron a dejar de vivir… porque no podía dejar de ser quien era, no estaba en su poder semejante cambio. Y ahora yo quiero seguirlo, quiero colgarme de una puerta con lo primero que encuentre… pero no puedo, porque debo luchar por lo que teníamos, porque tengo que hacer justicia.

Me acerco al cajón que está abierto, acaricio sus cabellos perfectamente peinados para la ocasión y me inclino a besarle en los fríos labios amoratados. No es un “adiós”, porque nos veremos pronto, nos veremos siempre…

Su madre alza la mirada y con ojos enrojecidos me mira, o al menos eso intenta.

–¿Sos… el novio… de…?

–Si.

–Lo si-si-siento tanto…

–Un poco tarde.

Soy frío y no me importa, la persona que amo está muerta por el desprecio de su propia familia, porque no fueron capaces de aceptar que él amara a alguien del mismo sexo… él era normal, tan normal como cualquiera de ellos, ¡no!

Él era mejor, porque nunca pensó en odiar a nadie por elegir con quién compartir la almohada.

Aprieto las manos y lo miro nuevamente. Lo amo, lo amo y lo extraño tanto… odio a todos por habérmelo robado, detesto al mundo que alimenta con oxígeno a todas esas personas que nos odian sin que les hayamos hecho algo.

Pero entonces, mientras le veo, recuerdo cuánto nos amábamos, cuánto le amo… y por ello no puedo permitir que la ignorancia de los demás me quite lo que viví y lo que podría llegar a seguir viviendo. Por él. Por él tengo que hacer una diferencia.

Así  que me giro a ver a su destrozada madre, me inclino frente a ella para verla a la cara y le aprieto un hombro con confianza.

–Yo también lo siento –le digo.

Es un comienzo. Es la madre de él, su culpabilidad puede purgarse creando un cambio… creando conciencia en otros padres que no tienen excusas para hacerle ESO a sus hijos. Porque en este tema, un tema tan simple que ni siquiera debería discutirse, o somos todos culpables o somos todos cómplices.

–¿Quiere que le cuente de él… para que lo conozca de verdad?

–Por favor…

Yo no seré culpable.

Ojos cerrados de Eduardo Alvarado

Este autor es Columnista permanente de este Blog

La soledad espera

In Baca, Exclusivos, Pasiones on 13 junio, 2010 at 2:00 PM

Por Flavia Baca

Ella lo miraba desde la cama con cierta sensación de alivio, que el chico se afeitara le decía que al menos no era tan loca como pensaba. “Si la gente supiera” era su pensamiento favorito desde que aquello comenzó. Ella aún era joven y tenía sus urgencias, mientras que él… ¿para qué preocuparse?

Mientras miraba al chico afeitarse los insignificantes rastros de vello facial que intentaban salir a la luz, Isabela se preguntaba cómo es que seguían en eso. Desgraciadamente, la respuesta era obvia: “es un vicio”. Cuando una actividad pasa de ser tal cosa y se convierte en el centro de tu vida, es porque ya es un vicio.

Las charlas con amigas en el pub de moda, las constantes tardes en la peluquería, las visitas ocasionales a la oficina de su marido, ese proyecto de sacar su propia línea de ropa… todo, todo había quedado olvidado en un cajón de segunda mano que Isabela visitaba cuando estaba muy aburrida, por ejemplo: cuando el chico estaba en clases por la mañana.

Aunque ella se las ingeniaba para dormir hasta tarde, almorzar tarde y relajarse en un prolongado baño hasta el momento en que escuchaba la puerta del departamento abrirse. Sintió el corazón en la boca, pero sabía que no estaba enamorada… y eso era lo importante.

Ni siquiera su marido tenía llave de ese departamento, era tan bueno (o tonto) como para respetar lo que ella le había pedido meses atrás: quería su propio espacio para diseñar esa bendita línea de ropa. Él la entendió, le compró el departamento y le juró que no tendría copia de la llave, y hasta el momento había cumplido.

Nunca lo amó… nunca.

Se casaron cuando ella tenía veinte años y él rondaba los treinta y algo. Él ya era un médico exitoso, un caballero y un hombre perfecto perseguido por toda clase de mujeres,  pero que sólo tenía ojos para ella, para una Isabela de veinte años que sólo quería acostarse con el buen doctor y seguir de fiesta… después de todo, era joven. Pero entonces sucedió “el accidente” (como lo llamaría desde entonces y hasta al final de sus días): su primer y único (gracias a todos los santos) hijo, su accidente fatal de los veinte años.

Sus padres le dieron la espalda, pero el buen doc la ayudó… y sentirse protegida fue algo que la dejó tan borracha de cariño que aceptó casarse con él antes de que la panza fuera notoria. Y el niño era idéntico a él, quizás por eso no le gustaba tenerlo mucho en brazos, pobre mocoso; todos decían que su aprehensión por los niños pasaría en cuanto tuviera uno propio… pero ni eso.

Su hijo se crió entre dos niñeras ni bien ella pudo volver a la universidad, sumamente feliz de volver a encaminar su vida. Pero ya nada era igual, porque estaba casada… y por mucho que se esforzara por ignorarlo tenía que pasar tiempo con los dos únicos hombres que ocuparían su vida en mucho tiempo: su esposo y su hijo.

Isabela sonrió mientras se sentaba en la cama, pensando que, nunca le gustaron los niños. Pero ahora se acostaba con uno que había pasado a ser su vicio. Y estaba tan mal todo eso, que el sabor de lo incorrecto estaba en su infiel lengua a diario… y era dulce y adictivo. Sentía que su vida tenía energía nuevamente, porque cada encuentro estaba cargado de ardorosa adrenalina: la espera, la llegada, la estadía y la partida… nos vemos mañana y como le digas a alguien, te mato.

Desde el momento en que tuvo a Tomás, su hijo, sintió que la vida se le caía a pedazos. No lo había planeado y lo último en su lista de vida era ser madre. Seguro, tuvo una oleada de ternura cuando lo sostuvo en sus brazos por primera vez, pero también tuvo un maremoto de realidad: su vida se había terminado. Ella tenía planes, sueños y proyectos, tenía tanto por hacer… pero todo se vio reducido por y para esa persona en miniatura que sólo sabía llorar, dormir, cagar y comer todo el día.

Isabela tenía dos amigas que un año antes habían sido madres, pero ellas eran felices y juraban sobre el sol y la luna que si pudieran retroceder el tiempo harían lo mismo de sus vidas… porque sus hijos eran lo mejor que les había pasado. Isabela siempre las miraba horrorizada, y ante la mínima oportunidad huía despavorida. Nunca sentía culpa al pensar que si pudiera retroceder el tiempo cambiaría drásticamente el rumbo.

-¡Arg!-se escuchó desde el baño-. Hija de puta…

Isabela sonrió, de alguna morbosa forma había estado esperando a que el chico se cortara al afeitarse. No era para menos, después de todo no tenía un padre decente que le enseñara a afeitarse apropiadamente.

Aryan tenía quince años. Era un bebé, pero un bebé demasiado sensual para su edad. Era rubio, alto, delgado, labios carnosos, ojos afilados de un lindo color celeste y el comportamiento de un niño/hombre. Por momentos era inmaduro, caprichoso y hormonal, pero también era serio, protector y se pasaba horas cumpliendo los caprichos de ella, que variaban desde conversar hasta hacer el amor. Lo que ella necesitaba.

Para Aryan fue más sencillo que para ella el meterse de lleno en esa relación. Tenía un padrastro al cual odiaba, y parecía que el sentimiento era correspondido; su madre estaba empeñada en gastar el dinero de su nuevo marido, y el hermano mayor había aprovechado la universidad para huir de casa y de esa familia. Aryan estaba literalmente solo en esa casa. Era un chico raro, porque no bebía alcohol, no fumaba, no era de salir a las discos y no veía la forma de comprar marihuana; se pasaba los días leyendo, escuchando música y haciendo deporte, por lo tanto no tenía nada en común con sus amigos del colegio. A ella le encantó que fuera así.

Isabela entró al baño y sujetó por el mentón al muchacho, miró  la pequeña herida sobre la nuez de Adán y sonrió.

-A ver, te enseño.

-¿Y cómo es que sabes de esto?-protestó él, empeñado en aprender por su cuenta… claro estigma que le había dejado estar solo en casa.

Ella no le contestó, le colocó papel higiénico en el corte y volvió a embadurnarle la mandíbula y parte de la garganta con crema de afeitar. Y él se dejaba.

Isabela sabía que entre ellos había algo más que sexo, pero menos que amor. Se acompañaban, algo que nadie de su entorno les concedía. Ella sentía que había quedado recluida desde su veinte años, dejando de lado la vida que quería para cuidar de un esposo y un hijo… a quienes no amaba, y no tenía culpa de pensarlo. Estaba sola desde hace tantos años, pues para sus amigas era un sueño tener la casa, los hijos, el marido y el perro. Estaba sola, porque era la única inconforme con su vida donde tenía las casas, el marido, el hijo y los perros… no le gustaban los perros, pero el doc los amaba, y sus amigas decían que en un matrimonio había que ceder. Isabela sentía que venía cediendo hace años.

Estaban juntos porque eran compañeros. Lo ilegal, inmoral e incorrecto de su relación les permitía hablar de todo aquello que ante otras personas estaba censurado. Eran compañeros y el sexo sólo era una excusa para seguir así. Dos islas que por milagro y quizás turbulencias, el mar había unido.

Una vez, mientras se encremaba el cuerpo, escuchó a Aryan cantando en la ducha al ritmo de la música del celular: “Por la noche la soledad desespera…”, y luego decía algo que la había hecho estremecer: “Espera por mi, por él, espera por ti, también por aquel…”

Nunca terminó de escuchar la letra, pero sí se dijo que después de todo, la música de la juventud tenía mucha filosofía. Sin embargo, tenía que disentir en algo: La soledad no desespera, no, cuando es verdadera soledad es paciente y espera… espera por alguien que acabe con ella, que la ahorque y la deje morir lento… que le permita saborear cómo poco a poco desaparece. Y por eso, contradictoriamente, espera… años inclusive, alimentándose de desconfianzas, resentimientos y autocompasión.

Se hace fuerte con los años, especialmente por las noches, como si fuera un monstruo que vive bajo la cama… y no verlo empeora el miedo y la desesperación. Y espera, espera para hacerse invencible y seguir así por siempre, tanto que aún estar rodeado de personas sólo la hace más real. Porque, ¿qué mejor concepto de “soledad” que sentirse solo al estar rodeado de gente? Y peor aún… de gente que deberían significar algo.

La soledad espera, si, pero cuando llega su igual… muere en un segundo de placer masoquista. Aryan estaba igual o más solo, porque a esa edad… es letal estar solo dentro de la propia familia.

Aryan la besó y ella se rió dentro del beso pues le estaba llenando de espuma la cara. Hacía veinte años que no se reía tanto, hacía veinte años que no disfrutaba tanto del sexo y hacía veinte años que algo tan incorrecto no se sentía tan pero tan bien. Y aunque sabía que cualquier día de esos podía entrar su esposo con un arma en la mano… no le importaba, la soledad del doc podía esperar un poco más.

Este autor es Columnista permanente de este Blog

Mi muerte es el destierro

In Baca, Exclusivos, Pasiones on 30 mayo, 2010 at 12:00 PM

Por Flavia Baca

Los condenados no necesitamos la última palabra del juez para saber que el final está pactado, sencillamente no hace falta escuchar el veredicto corrupto para saber que la hora está cerca. Basta con ver a los demás caer, basta con ver a nuestros pares agonizar en la estrepitosa pero lenta caída al abismo sin vida… basta con verse a uno mismo solo otra vez…

A mis largos años me considero un ser sabio que asume que el tiempo ha sido misericordioso con mi cuerpo, pero no con mi alma. La corteza siempre es fuerte en los viejos como yo, somos altos titanes del tiempo destinados a contemplar los brotes de vida, el desarrollo de los jóvenes y la expansión de nuestro imperio. Pero todo tiene su precio y éste es el que ha ido desgastando mi alma. El precio por mi larga vida siempre recae en los jóvenes que me rodean admirados por mi sabiduría… el mazo del tiempo siempre cayó sobre ellos, cortándoles las extremidades en un principio, luego los sueños y finalmente robándoles sus hogares, privándolos del deseo de seguir creciendo. Y a los viejos nos dejan, nos torturan con el privilegio de seguir viviendo sanos y salvos para luego exhibirnos como campeones de los años pasados, para que nuestros propios enemigos se fascinen con nuestras marcadas arrugas delatoras de la edad, para que aplaudan nuestro imponente y conservado porte y así… sacrifiquen más jóvenes para dejarnos vivir y una vez más… gozan nuestra pagada longevidad.

Aunque no me haya encorvado ni resquebrajado han empezado a verme como un estorbo, la gloria que alguna vez esbocé y que tantos defendieron ya es obsoleta. Ya no importa cuántas civilizaciones vi levantarse y desmoronarse. Ya no importa mi fiel testimonio de quién cargó la cruz y por qué… ya no importa a pesar de que nadie se molestó en preguntar.

Solía ser un trofeo de mis no deseados amos y señores, era un objeto antiguo e histórico, una pieza de colección que apreciaban porque aún respiraba a pesar de la avanzada edad. Pero aún las piezas caducan cuando hay algo mejor para reemplazarlos. Entonces ya no soy un preciado tesoro del tiempo, sino una piedra que ocupa espacio.

Y así escucho al verdugo, no necesito subir al cadalso, no, mi asesino es amablemente morboso al venir hacia mí con su hoja ejecutora ya preparada. Esa arma ha cegado tantas vidas que debería estar mellada, pero como toda injusticia aún brilla filosa y se apoya en mi cuerpo, lista y más que preparada para empezar.

Comienza a cortar… duele, pero lo he visto tantas veces que prácticamente he asimilado el proceso. Seguirá cortando hasta verme tendido en el suelo, hasta verme rodar pesadamente, y aún cuando el último suspiro de vida no haya terminado de abandonarme… el verdugo seguirá, como ahora, sigue con ayuda de sus pares ya que la tarea es complicada, soy duro de roer por lo que inevitablemente tengo a cinco de ellos encima con esas espantosas armas… cortando y arrancando… hasta dejarme desnudo y finalmente muerto.

Desde arriba veo todo, veo todo y no siento nada, ya no importa que mis raíces queden en la tierra, todo mi cuerpo ha sido destrozado…

Y así el bello hogar alguna vez poblado por cientos de titanes del tiempo es ahora un campo de cadáveres decapitados, todos condenados y ejecutados sin crimen alguno… todos muertos, y sobre los restos de nuestros cuerpos no vendrán rituales fúnebres, sino las macizas construcciones de ellos, de los verdugos. Y sólo me llevo a la tumba sin lápida la satisfacción de que ese imperio, como muchos otros… caerá, porque así he visto a muchos hacerlo, como viejo y sabio roble que fui.

Este autor es Columnista permanente de este Blog