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Conociendo al Pepe Mujica

In Paladar mostaza on 27 mayo, 2010 at 11:40 AM
Por Alejandro Castagno

Viendo la transmisión de la inauguración del Colon (en el marco de los festejos por el Bicentenario) nos encontramos con @maximotell haciendo tweets acerca de las declaraciones del Presidente electo del Uruguay José Mujica alias el Pepe. Este era uno de los invitados de honor al evento y el único presidente de otro país presente.



Algunas de sus frases fueron: “Peleo por una sociedad que se ennoblezca con la cultura “, “El conocimiento sin cultura es un peligro, hay que saber tocar la guitarra y también de matemáticas”, “Es verdad que esto ha sido una vidriera aristocrática, pero no solo.. también hubo de lo otro” y “Yo los quiero a todos los argentinos, pena que ustedes no se quieran entre ustedes”

Hasta el sitio digital del Diario El País Uruguay se hizo eco del furor de Mujica en Twitter, destacando los halagos recibidos, y nombrando también a @maximotell entre otros twitteros. Es así como nos pusimos a conversar acerca de la figura de este ex-tupamaro hoy devenido primer mandatario del Uruguay.

Comenzó nuestro breve intercambio con @maximotell comentando su desconfianza a los políticos en general y que lo ayudaba a Pepe la experiencia de los años. Yo le contesté por mi parte que veía en Mujica algo distinto, que era un personaje muy interesante por conocer y le decía que estaría bueno que leyera algo sobre su vida. Por eso me preguntó si le recomendaba algo para leer sobre Mujica, entonces le comente acerca de un libro que recientemente leí acerca de él y la organización Tupamaros. Así llegamos aquí, debido a la  invitación que me hizo de realizar un post sobre nuestra conversación que vine comentando y él de realizar un pequeña recomendación del libro, que a continuación haré.

Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.El libro en cuestión se llama “Una historia de los tupamaros. De Sendíc a Mujica” de Editorial Fin de Siglo.



Lo compré este verano durante las vacaciones en Uruguay. Vale la aclaración que el libro tal vez pueda ser difícil de conseguir por estos pagos, pero no imposible.  El libro no es una biografía de Pepe Mujica, es una historia de los Tupamaros. Un libro que a través de una investigación muy exhaustiva (entrevistas, documentos, otras investigaciones), pero no por ello pesado, recorre todos los vaivenes de la organización, su surgimiento hasta la victoria de Pepe en las elecciones Presidenciales.

Pero no me equivoco al decir que la vida de los Tupamaros es también la vida del Pepe. No se puede desentender el uno del otro. Los valores que se pregonan, las acciones que se comparten están por igual en los dos. Es por eso que este libro escrito por el sociólogo Alain Labrousse me parece una buena recomendación a realizar para aquel que quiera entender uno de los procesos más importantes del Uruguay y el del cual formó parte José Pepe Mujica, y así lograr también entender y conocer al actual presidente del Uruguay.

Muchas de las cosas que tal vez hoy nos sorprenden ya se pueden descubrir en los años de militancia de Mujica. Tal vez se nos aclare ver como este hombre, ya entrado en la tercera edad, trata de reconciliar su historia pasada, la de aquellos anhelos de una sociedad mas justa, con los tiempos presentes, cuestión nada fácil.

Me parece que esta idea la refleja fielmente una cita que aparece en el final del libro; “Mujica está a caballo entre dos épocas. Es a la vez el ultimo de los grandes caudillos de un país que está desapareciendo, y el primero de una era que empieza a abrirse”.


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+ “Pepe tal cual es”, el blog del Presidente

“Estoy más alineado con Lucifer y el lado oscuro”

In Paladar mostaza on 22 mayo, 2010 at 11:59 AM

Cuando Keith Richards anunció que iba a escribir su autobiografía, hace tres años, la mayoría de la gente no creyó que el guitarrista de Los Rolling Stones pudiera recordar lo suficiente como para justificar el costo del libro.

Sin embargo, aquí está diciéndome que va a ser publicado en octubre. “Estoy esperando que vuelvan las pruebas. Es medio raro leer sobre tu propia vida. ¿Quién puede estar interesado en eso?”, se ríe y suena muy parecido a Jack Sparrow, el personaje de su amigo Johnny Depp en la saga Piratas del Caribe. “Pero entonces me doy cuenta de que hay mucho interés, entonces… hablar con alguna de la gente que estuvo ahí y escuchar su versión de las cosas para intentar hacer un correlato fue muy interesante, una suerte de puñado de experiencias calidoscópicas”, dice. El dejó su casa en Weston, Connecticut, a una hora de Nueva York, algo que a menudo hace con su esposa Patti Hansen, para visitar a sus dos hijas. Ahora está en el Hotel Mercer, un lujoso establecimiento neoyorquino. Nadie pestañea cuando él aparece. El viejo demonio.

De modo ostensible, se supone que esta entrevista es para discutir la versión remasterizada y expandida de la obra maestra de los Stones, Exile on Main St, el álbum cuya génesis en el sótano de Nellcote, la villa que Richards alquiló en Villefranche-sur-Mer, en la Riviera francesa, en 1971, se ha convertido en una piedra angular de la leyenda de Keef. Pero él está feliz recordando los cuatro años en que usó Suiza como base durante los ’70: “Suiza era casi el único país que me aceptaba en ese momento, así que siempre estoy muy agradecido a los suizos. De verdad aprendí a esquiar. ¡Era una vista increíble, créame, ver a Keith Richards esquiar!”. También se entusiasma hablando de Jamaica, donde el grupo grabó Goats Head Soup, el disco que le siguió a Exile. “Tengo muy fuertes raíces en Jamaica. Amo al porro y a la gente, aunque creo que están todos locos. Para muestra sólo hace falta un botón.” Pero no importa la era, y el hecho de que él parece mayor que los 66 que tiene, como si cada surco de su cara pudiera contar una historia, sus recuerdos son agudos y desmienten a los dudosos que dicen que no ha sido el mismo desde abril de 2006, cuando se cayó de un árbol en Fidji y tuvo que someterse a una cirugía en Nueva Zelanda. Ese accidente le agregó un capítulo más al ya considerable libraco de la tradición Stone, al que Richards ha contribuido durante los últimos 45 años, borrando la línea entre realidad y ficción para su propio deleite tanto como para ayudar a cubrir sus huellas. “Alguien me preguntó cómo me las arreglé para limpiarme. Estaba tan harto de contestar a eso que le dije que fui a Suiza y me hice cambiar la sangre. Estaba boludeando, nomás. Eso fue todo, una broma.”

Exile, el álbum Stone esencial y favorito de los más fanáticos de la banda, es tan querido para Richards que no va a mentir sobre él. Entonces, ¿cómo fue que la banda de rock’n’roll más grande del mundo terminó en la Costa Azul en 1971? “Todo el peso del establishment británico se volcó sobre nosotros. Al principio pensaron que podían pescarnos con las redadas por drogas y no funcionó”, asegura Richards. Se refiere cuando en su casa Redlands, en Sussex, en febrero de 1976, la policía encontró mínimas cantidades de resina de cannabis, píldoras energizantes italianas en el saco de Mick Jagger y a Marianne Faithfull desnuda en una alfombra, y a los subsiguientes juicio y sentencia (su condena fue revertida por falta de pruebas). “Entonces nos apretaron por el lado financiero”, continúa, apuntando indirectamente al endeble estado de las finanzas de la banda después de una costosa separación de Allen Klein, su famoso manager norteamericano, y al excesivo rango de impuestos en el que sus altos ingresos la habían colocado. “En el aire había una sensación de que habíamos llegado a un cisma, a un punto de quiebre con cierta gente, Klein incluido. Para mantener viva a la banda, teníamos que irnos de Inglaterra. Hubo mucha determinación en cuanto que podíamos hacer lo que hacemos en cualquier parte. Francia era conveniente”, explica. “Imaginamos que tanto Cannes como Niza o Marsella podríamos encontrar un estudio que nos gustara. Después de que eso se cayó, todos me miraron a mí. Pensé: ‘Sé lo que quieren, quieren mi sótano’. Así es cuando terminé viviendo encima de la fábrica.”

La fábrica, o “el viejo Nellcote”, como lo recuerda cariñosamente el guitarrista, “era un fantástico lugar escaleras arriba”. “El sótano era otra historia. No había sido usado en años. Era feo, oscuro y húmedo. Pero era copado, eso sí”, se ríe. “No creo que nos hayamos molestado en limpiar demasiado. Medio que nos mudamos ahí. Fue un gran lugar para trabajar. Fue todo un poco loco, una especie de experimento, porque antes nunca habíamos grabado fuera de un estudio.” Ellos habían usado el Estudio Móvil Rolling Stones para capturar sus fechas de “adiós al Reino Unido” en marzo de 1971 y para grabar demos en Stargroves, la enorme casa de campo de Jagger en Berkshire, pero realmente demostró su utilidad cuando ellos acamparon en la Riviera francesa. “Tener el camión lo hizo posible. La cosa realmente funcionaba”, afirma Richards. “Estábamos encantados. Era una máquina maravillosa para su época. Hacíamos algunas tomas y después todos subíamos las escaleras corriendo, nos metíamos en el camión y escuchábamos. Fue un modo totalmente único de hacer un disco. Había algo en el sonido de la sección rítmica ahí abajo –quizá fuera el cemento, quizá la mugre–, pero tenía un sonido particular que no se podía replicar. Créame, mucha gente lo ha intentado.”

Un infeccioso pavoneo rítmico se metió en “Tumbling Dice”, el primer single de Exile, y “Happy”, la canción marca registrada de Richards. “A veces te aparece algo que podrías tocar toda la noche. ‘Tumbling Dice’ tenía un groove y una fluidez tan hermosos…”, musita. “Vivir encima de todo eso tenía sus ventajas. ‘Happy’ es el epítome de eso. Una tarde (el productor) Jimmy Miller estaba en la batería y Bobby Keys en el saxo barítono, pero eso era todo. Los muchachos generalmente no arrancaban a trabajar hasta la noche. Dije: ‘Miren, tengo esta idea. ¿Podemos registrarla para más tarde?’ Para el momento en que llegó el resto de la banda, yo había hecho unas cuantas sobregrabaciones y habíamos terminado el nuevo tema. Lo capturé antes de que cualquiera supiera que existía. Toco muy seguido ‘Happy’. No es usualmente mi género. No soy conocido por el material feliz y alegre. Probablemente estoy más alineado con Lucifer y el lado oscuro. Pero fue una tarde jodidamente buena y todavía amo esa canción.”

Sólo hubo una falla en el plan maestro: el flujo de visitantes documentado por el fotógrafo Dominique Tarlé en el libro Exile: The Making of Exile on Main St (un favorito de Richards). “Ah, Dominique, gran tipo. Nos gustaba Dominique porque era el fotógrafo más invisible. Nunca sabías que estaba ahí, se mezcló y se convirtió en parte de la banda. El libro me maravilló. No sabía que había sacado tantas fotos. Mucha gente que uno no tenía la intención de que estuviera allí, como Gram Parsons, terminó en Nellcote, y se quedó durante un mes. Gram está en espíritu en Exile. Los buenos mueren jóvenes.” De todos modos, el guitarrista se mantiene firme en que las actividades extracurriculares no impidieron que el grupo se enfocara en la música. “Sí, podés llamarlo onda: era una muy buena”, dice con una sonrisas. “Por supuesto que había drogas, pero no afectaron el trabajo. ¡Estábamos haciendo un disco, no teníamos tiempo!”

Los meses pasados en Nellcote han sido descriptos como hedonistas, pero él recuerda momentos de comedia. “Había un chef, Big Jacques, que hizo estallar la cocina. Hubo una gran explosión”, gesticula. “Teníamos un par de chicos locales trabajando para nosotros. Sí, ellos nos engancharon a la línea de ferrocarril un par de veces cuando iba el poder. Los gendarmes eran muy razonables en su modo mediterráneo. A veces simplemente querían venir un rato a ver qué pasaba. Uno se para fuera de la puerta delantera con el sargento. ‘Monsieur, excusez-moi.’ Generalmente, las cosas se arreglaban y uno decía: ‘Pase, tómese un cognac’. Sí tuvimos un robo y recuperamos algunas de las guitarras. La justicia prevaleció. Dejémoslo ahí. La señora encargada del lugar era bárbara. Cómo nos acomodó a todos ahí… La sonrisa en su rostro todo el tiempo… No sé bien a qué le sonreía, pero siempre nos manejó correctamente. Tengo entrañables recuerdos de tocar y trabajar ahí. Puede haber lugares mucho peores para hacer un disco.”

Aunque arranca con temas ro-ckeros como “Rocks Off” y “Rip This Joint”, Exile también vio a los Stones explorar una dirección más soulera y con algo de gospel. “De modo extraño, una vez que estuvimos en el medio de Francia empezamos a meternos profundamente con la música norteamericana. Después de todo, básicamente, eso es lo que hacemos”, afirma Richards. “Pero empezamos a sacar otros aspectos distintos, como la música country o el gospel. Quizá como no estábamos en Estados Unidos, extrañábamos el lugar.” De hecho, incluso si Exile es presentado como el disco que los Stones hicieron en su huida, partes de él ya habían sido grabadas en los estudios Olympic de Londres, donde habían hecho sus tres discos anteriores. Exile fue completado en Sunset Sound de Los Angeles, entre noviembre de 1971 y febrero de 1972. “Para poder mezclarlo y hacer ciertas sobregrabaciones, necesitamos equipamiento bastante más sofisticado que el que teníamos en nuestro camión. Esa fue la razón por la que fuimos a Los Angeles: para pulirlo y darle un pequeño toque de Hollywood. Lo grandioso de Los Angeles, especialmente en esos días, era que podíamos llamar por teléfono a las 3 de la mañana y decir: ‘Necesitamos un par de voces’. En media hora teníamos un par de chicas listas, todavía con sus camisones puestos”, agrega con una chispa en sus ojos. “Era así. Tenías una idea y se concretaba, lo cual era muy copado.”

Hoy Exile es considerado lo más alto del canon de la banda, pero no fue así en 1972. “Quizá haya sido porque era un álbum doble. Tuvimos que pelear con la discográfica al respecto. Insistimos en que era un doble”, recuerda Richards sobre Atlantic, que distribuía mundialmente el recientemente lanzado sello de los Rolling Stones. “Sabíamos que iba a haber una reacción al disco, simplemente porque era diferente. No había hits. Era un álbum en sí mismo. Hubo mucha determinación por parte de la banda para sacar los pies del plato y hacer un disco interesante. Nos habían echado de Inglaterra. No- sotros éramos los exiliados. Por eso es que el disco terminó llamándose Exile on Main St. Eramos muy conscientes de que estábamos ahí afuera, con nuestras espaldas contra la pared. Teníamos que improvisar sobre la marcha. No había guión, nadie lo había hecho antes. Estábamos reinventando a los Stones sobre la marcha. Fue un milagro que haya funcionado, honestamente. Los Stones tuvieron una racha de buena suerte o como se quiera llamarlo.”

“En un sentido, estábamos creciendo al mismo tiempo que el público”, dice el guitarrista. “Los tracks que encontramos en el baúl están principalmente como los dejamos hace 39 años. Puedo escuchar cosas y pensar: ‘Oh, mi Dios, ¿de verdad toqué eso?’ A veces simplemente despegás. El espíritu, la sensación que tienen, hacen que bien valga la pena publicarlos, porque es el sabor de la época. Acaricié una guitarra acústica aquí y allá. Mick grabó nuevas voces para ‘Plundered My Soul’ y ‘Following the River’. Tuvimos que marcar una línea en alguna parte. Decidimos que si íbamos a reempaquetar y sacar Exile como box set, debíamos agregar algo del material que habíamos dejado afuera. Cuando hacés discos, estas cosas medio que se desdoblan. Hay material de Sticky Fingers que fue a parar a Exile y, en la otra punta, cosas de Exile que terminaron en Goats Head Soup. Nadie escribe un disco del tema 1 al tema 12 y dice: ‘Ya está’. Es un proceso continuo y con suerte va a continuar.” Los fans de los Stones ya han sido consentidos con la versión expandida de Get Yer Ya-Ya’s Out! y ahora Exile, pero, ¿qué más hay en los planes? “Nadie va a tomar la decisión hasta más entrado este año”, dice Richards. “No hay duda de que los muchachos van a querer hablar sobre si vamos a grabar o a salir de gira en una forma u otra. Quizá vayamos a hablar de hacerlo de otro modo. Va a haber mucho de eso. Lo diría si lo supiera.”

Fuente: Diario Página/12

Un tipo con el rock en las venas

In Paladar mostaza on 4 mayo, 2010 at 12:57 PM

¿Existe un ser humano que encarne el rock’n’roll tanto como Keith Richards?

Si hasta parece que el riff se convirtiera en hueso y el solo de guitarra fuese parte del torrente sanguíneo cuando el violero y alma mater de Los Rolling Stones se planta sobre cualquier escenario del planeta. Esa especie de homeless con pañuelos –y vaya a saber qué más– colgando de sus pelos grises que constituye su imagen de los últimos años deja ver las huellas de una vida intensa, en la que la música siempre estuvo en el centro de la escena.

A los 67, el viejo Keef luce cada arruga con el orgullo que un veterano de guerra se cuelga sus medallas: esos surcos profundos son el recordatorio de que este abuelito las hizo absolutamente todas –legales o no– y construyó descontroladamente un legado imposible de borrar en la cultura occidental. Hoy nadie discute que Richards “es” Los Rolling Stones, muy por encima de un Mick Jagger, a quien se identifica con el costado más empresarial de la banda. Al guitarrista, en cambio, se lo conoce como el motor y el esqueleto, al punto de que el resto del grupo toca siguiéndolo a él y no al ritmo propuesto por Charlie Watts. Y si alguien tiene alguna duda sobre el carácter único de Richards, conviene darle una leída a la Biografía desautorizada (que acaba de importar Océano) escrita por Victor Bockris.

El autor también se ha hecho cargo de trabajos biográficos sobre Andy Warhol, Lou Reed, Patti Smith, Velvet Underground, Muhamad Alí, John Cale (lo ayudó a redactar sus memorias) y la famosa groupie Bebe Buell. El libro sobre Richards fue originalmente publicado en 1992, justo cuando el músico estaba a punto de salir con su segundo álbum junto a los X-Pensive Winos, Main Offender, y puesto al día diez años después. Las diferencias entre un momento y otro son notorias en el estilo de Bockris, que parece no haberse tomado con la misma profundidad la última parte. En el libro original había armado el rompecabezas de la vida de Richards en base a testimonios del propio músico, que en las entrevistas solía ir hasta el hueso, y de personas cercanas como Anita Pallenberg (madre de sus hijos mayores), Marianne Faithfull y Linda Keith, además de material de archivo de todos los músicos de los Stones, amigos, conocidos y hasta algún que otro guardaespaldas.

Bockris nunca le hace asco a cierto tufillo amarillista, como cuando sugiere un vínculo sexual entre Richards y Jagger, por ejemplo. Sin embargo, no precisa recurrir a argucias literarias para que el lector se pregunte cómo es que Richards todavía está vivo. Porque, además del apetito voraz del músico por la heroína y la cocaína, tuvo infinidades de accidentes automovilísticos, de los cuales salió milagrosamente ileso, y caminó por el lado salvaje durante buena parte de su tiempo. En las 500 páginas de Biografía desautorizada aparecen las detenciones por drogas, los juicios, el tendal de muertos entre sus íntimos (el guitarrista stone Brian Jones, el músico y amigo Gram Parsons), las semanas enteras sin dormir, los días completos encerrado en un baño con una guitarra (se inyectaba heroína, que le provocaba diarrea, y se quedaba ahí componiendo los temas de los Stones), la vez que le pidió a su guardaespaldas que matara a unos jamaiquinos que habían violado a Pallenberg, las peleas con Jagger por el control del grupo, los traumáticos cambios de formación y la separación nunca anunciada de los ’80. Pero, claro, también puede leerse acerca de los maravillosos raptos de inspiración (el inmortal riff de “Satisfaction”, por ejemplo) y del progresivo reconocimiento de su valor como músico y como emblema de un estilo de vida rockero. Y sobre su timidez y cómo se las arregló para vencerla, sus conocimientos como productor, su insistencia en el apego a las raíces del rock, sus gustos simples y monolíticos (como el pastel de carne, su alimento por excelencia), su relación de odio pero sobre todo de amor con Jagger (¿con algún escarceo carnal?), y su firme convicción de que el rock’n’roll es la única forma de que su corazón siga latiendo. “Siente que la música es su vida y morirá sobre el escenario. Con eso tiene que vivir”, dice sobre él Pallenberg, una de las personas que más lo conocen.

La “puesta al día” no es tan profunda y el autor recurre más a sus propias opiniones, lo que va en desmedro del relato. Su explicación es que “la cuestión no es tanto lo que hizo Keith Richards durante los ’90 (cuántos conciertos dio, cuántas canciones escribió, etc), sino lo que logró, y cómo lo transformaron estos logros”. Para el resto de los mortales, lo más importante que consiguió el guitarrista fue volver a encender a los Stones, pese a la partida del bajista Bill Wyman y a que Jagger no siempre le dispensa a la banda la atención que ésta merece. “Todos nos vamos haciendo cada vez un poco más mayores, pero nadie siente que ya no nos queda nada adentro –dijo Richards en 2002–. Seguimos esperando a que el grupo se haga mayor. Aunque al final ya sólo quedemos tres. Existe un amor duradero por lo que hacemos. Ese es el ingrediente principal.” La conclusión de Bockris es que, más allá de las opiniones contraculturales de Richards y de su imagen de junkie a tiempo completo, él es y será por siempre “un creador de discos”. Y, como tal, es más que una estrella de rock: “Es un artista genuino cuya música es una de las claves del carácter de la vida moderna, y su obra perdurará mientras hombres y mujeres sean capaces de escuchar, pensar y sentir”.

Fuente: Diario Página/12

La ficción y la verdad periodística

In Derecho a Replica on 3 abril, 2010 at 12:51 PM

La biografía del gran cronista polaco Ryszard Kapuscinski, escrita por Artur Domoslawski, desató una polémica mundial. El reportero de guerra habría acomodado muchas veces datos y situaciones a su arbitrio. Responde Domoslawski. Escriben Timothy Garton, Juan Villoro y Leila Guerriero.

Por: Timothy Garton Ash

Todos los periodistas y aspirantes a autores de reportajes pueden aprender mucho de la controversia sobre Kapuscinski. La “no ficción creativa” es una pendiente peligrosa.
Si hubiera vivido unos años más, Ryszard Kapuscinski quizá habría podido obtener el Premio Nobel de Literatura. Aunque esas cosas se llevan con un secreto digno del Vaticano, estoy seguro de que era uno de los candidatos constantes de la Academia sueca. Entonces, los periodistas de muchos países habrían celebrado su designación por ser el primer escritor de “no ficción” que lo ganara desde Winston Churchill en 1953. Ahora ha estallado una seria polémica en su Polonia natal por un nuevo libro que sugiere que su no ficción no era tan “no ficción”, después de todo. Es una polémica que ya ha dado la vuelta al mundo, porque el nombre de Kapuscinski es sinónimo en todas partes de un cierto tipo de reportaje político-literario.

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