maximo tell

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Culpables

In Baca, Exclusivos on 25 junio, 2010 at 5:35 PM

Por Flavia Baca

Él luce pálido, pero no con esa blancura inmaculada que caracterizaba su tersa piel, sino con el manto mortecino que presenta un cuerpo que ya no respira. Él está callado, pero no con sus silencios habituales que se dejaban pasar por ser prudente y maduro. Él mantiene los ojos cerrados, y las orbes marrones tan intensas ya no volverán a ver nunca más. Él ya no respira… él ya no siente, él ya no vive. Él está muerto.

Cuando la muerte llega a un miembro de la familia, todos buscan refugio en las personas, en la religión… en lo que se pueda; pero más que nada, se buscan explicaciones y razones. Cuando un accidente es responsable de la desgracia, no hay mucho que se pueda hacer. Cuando es la enfermedad la que reclama la vida, quizás se responsabilice a los médicos, pero en el fondo y traspasando el enojo todos saben que tampoco estaba en manos de nadie revertir la situación. Sin embargo, cuando la muerte llega por mano propia… las preguntas surgen con más bronca que nunca.

Él está muerto, pero algo podría haberse hecho para que no sucediera.

No dejó nota de despedida, no hubo ninguna carta de suicidio que explicara por qué se marchó… por qué dejó a su familia, a sus amigos… por qué dejó el mundo teniendo veintidós años recién cumplidos. Y así todos opinan y buscan una razón para hundirse más en la depresión de no haber podido evitar la tragedia cuando tuvieron oportunidad.

La gente es ciega porque quiere serlo; y sólo ella, su madre, está llorando abrazada al féretro… destrozada, pidiendo perdón y deshaciéndose en sollozos que resuenan en la sala velatoria.

Ella sabe por qué sucedió esto, ella sabe que debió hacer algo, ella sabe bien quiénes son los responsables de la muerte de su hijo… pero más que nada, sabe que ella es más culpable que nadie por no haber estado para él.

Él tuvo el valor, la predisposición y el amor hacia su familia como para plantarse a mi lado, tomados de la mano, y decirles que me amaba, que esa era su elección y que era muy feliz con ello… tuvo el valor de decirlo, de abrir el corazón y ser tolerante para responder preguntas. Él dejó en claro que era feliz a mi lado y que deseaba compartir esa felicidad con su familia.

Ellos fueron crueles, ellos fueron ciegos, ellos fueron ignorantes. Sentados en la comodidad de su odio e ignorancia, le rechazaron, le dijeron que era un enfermo, lo trataron de anormal y movieron contactos para enviarlo a un pastor, a un sicólogo y demás personas que -según ellos- podían ayudarlo.

Él sufrió.

Él era feliz hasta entonces, podía ignorar el odio ciego de la sociedad en tanto yo estuviera a su lado y su familia le apoyara. Pero cuando su familia dejó de sonreírle y empezó a despreciarle sin ninguna razón válida… el peso del mundo le cayó encima, la sociedad se volvió demasiado real, las palabras fueron hirientes, las cruces se alzaron en su contra y los espacios se redujeron hasta que no hubo lugar para los dos. Hasta que no me quiso más a su lado porque no deseaba hacerme mal… hasta que no hubo ni espacio para él.

Entonces desapareció por una semana.

Entonces lo encontraron en un motel, colgando de una bufanda trabada en la puerta del baño.

Entonces estaba muerto.

Entonces algunos entendieron… pero ya era demasiado tarde.

Él luce tan pálido… está muerto y siento que yo estoy muriendo por dentro. Me sostiene el instinto de permanecer de pie. Él está muerto porque su familia y la sociedad lo arrinconaron, porque lo empujaron a dejar de vivir… porque no podía dejar de ser quien era, no estaba en su poder semejante cambio. Y ahora yo quiero seguirlo, quiero colgarme de una puerta con lo primero que encuentre… pero no puedo, porque debo luchar por lo que teníamos, porque tengo que hacer justicia.

Me acerco al cajón que está abierto, acaricio sus cabellos perfectamente peinados para la ocasión y me inclino a besarle en los fríos labios amoratados. No es un “adiós”, porque nos veremos pronto, nos veremos siempre…

Su madre alza la mirada y con ojos enrojecidos me mira, o al menos eso intenta.

–¿Sos… el novio… de…?

–Si.

–Lo si-si-siento tanto…

–Un poco tarde.

Soy frío y no me importa, la persona que amo está muerta por el desprecio de su propia familia, porque no fueron capaces de aceptar que él amara a alguien del mismo sexo… él era normal, tan normal como cualquiera de ellos, ¡no!

Él era mejor, porque nunca pensó en odiar a nadie por elegir con quién compartir la almohada.

Aprieto las manos y lo miro nuevamente. Lo amo, lo amo y lo extraño tanto… odio a todos por habérmelo robado, detesto al mundo que alimenta con oxígeno a todas esas personas que nos odian sin que les hayamos hecho algo.

Pero entonces, mientras le veo, recuerdo cuánto nos amábamos, cuánto le amo… y por ello no puedo permitir que la ignorancia de los demás me quite lo que viví y lo que podría llegar a seguir viviendo. Por él. Por él tengo que hacer una diferencia.

Así  que me giro a ver a su destrozada madre, me inclino frente a ella para verla a la cara y le aprieto un hombro con confianza.

–Yo también lo siento –le digo.

Es un comienzo. Es la madre de él, su culpabilidad puede purgarse creando un cambio… creando conciencia en otros padres que no tienen excusas para hacerle ESO a sus hijos. Porque en este tema, un tema tan simple que ni siquiera debería discutirse, o somos todos culpables o somos todos cómplices.

–¿Quiere que le cuente de él… para que lo conozca de verdad?

–Por favor…

Yo no seré culpable.

Ojos cerrados de Eduardo Alvarado

Este autor es Columnista permanente de este Blog

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La soledad espera

In Baca, Exclusivos, Pasiones on 13 junio, 2010 at 2:00 PM

Por Flavia Baca

Ella lo miraba desde la cama con cierta sensación de alivio, que el chico se afeitara le decía que al menos no era tan loca como pensaba. “Si la gente supiera” era su pensamiento favorito desde que aquello comenzó. Ella aún era joven y tenía sus urgencias, mientras que él… ¿para qué preocuparse?

Mientras miraba al chico afeitarse los insignificantes rastros de vello facial que intentaban salir a la luz, Isabela se preguntaba cómo es que seguían en eso. Desgraciadamente, la respuesta era obvia: “es un vicio”. Cuando una actividad pasa de ser tal cosa y se convierte en el centro de tu vida, es porque ya es un vicio.

Las charlas con amigas en el pub de moda, las constantes tardes en la peluquería, las visitas ocasionales a la oficina de su marido, ese proyecto de sacar su propia línea de ropa… todo, todo había quedado olvidado en un cajón de segunda mano que Isabela visitaba cuando estaba muy aburrida, por ejemplo: cuando el chico estaba en clases por la mañana.

Aunque ella se las ingeniaba para dormir hasta tarde, almorzar tarde y relajarse en un prolongado baño hasta el momento en que escuchaba la puerta del departamento abrirse. Sintió el corazón en la boca, pero sabía que no estaba enamorada… y eso era lo importante.

Ni siquiera su marido tenía llave de ese departamento, era tan bueno (o tonto) como para respetar lo que ella le había pedido meses atrás: quería su propio espacio para diseñar esa bendita línea de ropa. Él la entendió, le compró el departamento y le juró que no tendría copia de la llave, y hasta el momento había cumplido.

Nunca lo amó… nunca.

Se casaron cuando ella tenía veinte años y él rondaba los treinta y algo. Él ya era un médico exitoso, un caballero y un hombre perfecto perseguido por toda clase de mujeres,  pero que sólo tenía ojos para ella, para una Isabela de veinte años que sólo quería acostarse con el buen doctor y seguir de fiesta… después de todo, era joven. Pero entonces sucedió “el accidente” (como lo llamaría desde entonces y hasta al final de sus días): su primer y único (gracias a todos los santos) hijo, su accidente fatal de los veinte años.

Sus padres le dieron la espalda, pero el buen doc la ayudó… y sentirse protegida fue algo que la dejó tan borracha de cariño que aceptó casarse con él antes de que la panza fuera notoria. Y el niño era idéntico a él, quizás por eso no le gustaba tenerlo mucho en brazos, pobre mocoso; todos decían que su aprehensión por los niños pasaría en cuanto tuviera uno propio… pero ni eso.

Su hijo se crió entre dos niñeras ni bien ella pudo volver a la universidad, sumamente feliz de volver a encaminar su vida. Pero ya nada era igual, porque estaba casada… y por mucho que se esforzara por ignorarlo tenía que pasar tiempo con los dos únicos hombres que ocuparían su vida en mucho tiempo: su esposo y su hijo.

Isabela sonrió mientras se sentaba en la cama, pensando que, nunca le gustaron los niños. Pero ahora se acostaba con uno que había pasado a ser su vicio. Y estaba tan mal todo eso, que el sabor de lo incorrecto estaba en su infiel lengua a diario… y era dulce y adictivo. Sentía que su vida tenía energía nuevamente, porque cada encuentro estaba cargado de ardorosa adrenalina: la espera, la llegada, la estadía y la partida… nos vemos mañana y como le digas a alguien, te mato.

Desde el momento en que tuvo a Tomás, su hijo, sintió que la vida se le caía a pedazos. No lo había planeado y lo último en su lista de vida era ser madre. Seguro, tuvo una oleada de ternura cuando lo sostuvo en sus brazos por primera vez, pero también tuvo un maremoto de realidad: su vida se había terminado. Ella tenía planes, sueños y proyectos, tenía tanto por hacer… pero todo se vio reducido por y para esa persona en miniatura que sólo sabía llorar, dormir, cagar y comer todo el día.

Isabela tenía dos amigas que un año antes habían sido madres, pero ellas eran felices y juraban sobre el sol y la luna que si pudieran retroceder el tiempo harían lo mismo de sus vidas… porque sus hijos eran lo mejor que les había pasado. Isabela siempre las miraba horrorizada, y ante la mínima oportunidad huía despavorida. Nunca sentía culpa al pensar que si pudiera retroceder el tiempo cambiaría drásticamente el rumbo.

-¡Arg!-se escuchó desde el baño-. Hija de puta…

Isabela sonrió, de alguna morbosa forma había estado esperando a que el chico se cortara al afeitarse. No era para menos, después de todo no tenía un padre decente que le enseñara a afeitarse apropiadamente.

Aryan tenía quince años. Era un bebé, pero un bebé demasiado sensual para su edad. Era rubio, alto, delgado, labios carnosos, ojos afilados de un lindo color celeste y el comportamiento de un niño/hombre. Por momentos era inmaduro, caprichoso y hormonal, pero también era serio, protector y se pasaba horas cumpliendo los caprichos de ella, que variaban desde conversar hasta hacer el amor. Lo que ella necesitaba.

Para Aryan fue más sencillo que para ella el meterse de lleno en esa relación. Tenía un padrastro al cual odiaba, y parecía que el sentimiento era correspondido; su madre estaba empeñada en gastar el dinero de su nuevo marido, y el hermano mayor había aprovechado la universidad para huir de casa y de esa familia. Aryan estaba literalmente solo en esa casa. Era un chico raro, porque no bebía alcohol, no fumaba, no era de salir a las discos y no veía la forma de comprar marihuana; se pasaba los días leyendo, escuchando música y haciendo deporte, por lo tanto no tenía nada en común con sus amigos del colegio. A ella le encantó que fuera así.

Isabela entró al baño y sujetó por el mentón al muchacho, miró  la pequeña herida sobre la nuez de Adán y sonrió.

-A ver, te enseño.

-¿Y cómo es que sabes de esto?-protestó él, empeñado en aprender por su cuenta… claro estigma que le había dejado estar solo en casa.

Ella no le contestó, le colocó papel higiénico en el corte y volvió a embadurnarle la mandíbula y parte de la garganta con crema de afeitar. Y él se dejaba.

Isabela sabía que entre ellos había algo más que sexo, pero menos que amor. Se acompañaban, algo que nadie de su entorno les concedía. Ella sentía que había quedado recluida desde su veinte años, dejando de lado la vida que quería para cuidar de un esposo y un hijo… a quienes no amaba, y no tenía culpa de pensarlo. Estaba sola desde hace tantos años, pues para sus amigas era un sueño tener la casa, los hijos, el marido y el perro. Estaba sola, porque era la única inconforme con su vida donde tenía las casas, el marido, el hijo y los perros… no le gustaban los perros, pero el doc los amaba, y sus amigas decían que en un matrimonio había que ceder. Isabela sentía que venía cediendo hace años.

Estaban juntos porque eran compañeros. Lo ilegal, inmoral e incorrecto de su relación les permitía hablar de todo aquello que ante otras personas estaba censurado. Eran compañeros y el sexo sólo era una excusa para seguir así. Dos islas que por milagro y quizás turbulencias, el mar había unido.

Una vez, mientras se encremaba el cuerpo, escuchó a Aryan cantando en la ducha al ritmo de la música del celular: “Por la noche la soledad desespera…”, y luego decía algo que la había hecho estremecer: “Espera por mi, por él, espera por ti, también por aquel…”

Nunca terminó de escuchar la letra, pero sí se dijo que después de todo, la música de la juventud tenía mucha filosofía. Sin embargo, tenía que disentir en algo: La soledad no desespera, no, cuando es verdadera soledad es paciente y espera… espera por alguien que acabe con ella, que la ahorque y la deje morir lento… que le permita saborear cómo poco a poco desaparece. Y por eso, contradictoriamente, espera… años inclusive, alimentándose de desconfianzas, resentimientos y autocompasión.

Se hace fuerte con los años, especialmente por las noches, como si fuera un monstruo que vive bajo la cama… y no verlo empeora el miedo y la desesperación. Y espera, espera para hacerse invencible y seguir así por siempre, tanto que aún estar rodeado de personas sólo la hace más real. Porque, ¿qué mejor concepto de “soledad” que sentirse solo al estar rodeado de gente? Y peor aún… de gente que deberían significar algo.

La soledad espera, si, pero cuando llega su igual… muere en un segundo de placer masoquista. Aryan estaba igual o más solo, porque a esa edad… es letal estar solo dentro de la propia familia.

Aryan la besó y ella se rió dentro del beso pues le estaba llenando de espuma la cara. Hacía veinte años que no se reía tanto, hacía veinte años que no disfrutaba tanto del sexo y hacía veinte años que algo tan incorrecto no se sentía tan pero tan bien. Y aunque sabía que cualquier día de esos podía entrar su esposo con un arma en la mano… no le importaba, la soledad del doc podía esperar un poco más.

Este autor es Columnista permanente de este Blog

Mi muerte es el destierro

In Baca, Exclusivos, Pasiones on 30 mayo, 2010 at 12:00 PM

Por Flavia Baca

Los condenados no necesitamos la última palabra del juez para saber que el final está pactado, sencillamente no hace falta escuchar el veredicto corrupto para saber que la hora está cerca. Basta con ver a los demás caer, basta con ver a nuestros pares agonizar en la estrepitosa pero lenta caída al abismo sin vida… basta con verse a uno mismo solo otra vez…

A mis largos años me considero un ser sabio que asume que el tiempo ha sido misericordioso con mi cuerpo, pero no con mi alma. La corteza siempre es fuerte en los viejos como yo, somos altos titanes del tiempo destinados a contemplar los brotes de vida, el desarrollo de los jóvenes y la expansión de nuestro imperio. Pero todo tiene su precio y éste es el que ha ido desgastando mi alma. El precio por mi larga vida siempre recae en los jóvenes que me rodean admirados por mi sabiduría… el mazo del tiempo siempre cayó sobre ellos, cortándoles las extremidades en un principio, luego los sueños y finalmente robándoles sus hogares, privándolos del deseo de seguir creciendo. Y a los viejos nos dejan, nos torturan con el privilegio de seguir viviendo sanos y salvos para luego exhibirnos como campeones de los años pasados, para que nuestros propios enemigos se fascinen con nuestras marcadas arrugas delatoras de la edad, para que aplaudan nuestro imponente y conservado porte y así… sacrifiquen más jóvenes para dejarnos vivir y una vez más… gozan nuestra pagada longevidad.

Aunque no me haya encorvado ni resquebrajado han empezado a verme como un estorbo, la gloria que alguna vez esbocé y que tantos defendieron ya es obsoleta. Ya no importa cuántas civilizaciones vi levantarse y desmoronarse. Ya no importa mi fiel testimonio de quién cargó la cruz y por qué… ya no importa a pesar de que nadie se molestó en preguntar.

Solía ser un trofeo de mis no deseados amos y señores, era un objeto antiguo e histórico, una pieza de colección que apreciaban porque aún respiraba a pesar de la avanzada edad. Pero aún las piezas caducan cuando hay algo mejor para reemplazarlos. Entonces ya no soy un preciado tesoro del tiempo, sino una piedra que ocupa espacio.

Y así escucho al verdugo, no necesito subir al cadalso, no, mi asesino es amablemente morboso al venir hacia mí con su hoja ejecutora ya preparada. Esa arma ha cegado tantas vidas que debería estar mellada, pero como toda injusticia aún brilla filosa y se apoya en mi cuerpo, lista y más que preparada para empezar.

Comienza a cortar… duele, pero lo he visto tantas veces que prácticamente he asimilado el proceso. Seguirá cortando hasta verme tendido en el suelo, hasta verme rodar pesadamente, y aún cuando el último suspiro de vida no haya terminado de abandonarme… el verdugo seguirá, como ahora, sigue con ayuda de sus pares ya que la tarea es complicada, soy duro de roer por lo que inevitablemente tengo a cinco de ellos encima con esas espantosas armas… cortando y arrancando… hasta dejarme desnudo y finalmente muerto.

Desde arriba veo todo, veo todo y no siento nada, ya no importa que mis raíces queden en la tierra, todo mi cuerpo ha sido destrozado…

Y así el bello hogar alguna vez poblado por cientos de titanes del tiempo es ahora un campo de cadáveres decapitados, todos condenados y ejecutados sin crimen alguno… todos muertos, y sobre los restos de nuestros cuerpos no vendrán rituales fúnebres, sino las macizas construcciones de ellos, de los verdugos. Y sólo me llevo a la tumba sin lápida la satisfacción de que ese imperio, como muchos otros… caerá, porque así he visto a muchos hacerlo, como viejo y sabio roble que fui.

Este autor es Columnista permanente de este Blog

Encadenados y sin explicaciones

In Prosas Propias on 4 marzo, 2010 at 5:58 PM

La noche. La lluvia. La noche, la lluvia y un charco de agua enorme. Una rueda lo invade y el agua inunda la avenida. Las nubes. La luna. Las nubes y la luna forman en el cielo una extraña escena, generando brillantes masas de humedad en el cielo que son recortadas por los relámpagos.

El asfalto y el silencio de la calle; típicos de un jueves por la noche. La noche que ya es madrugada. La garúa que ya es tormenta. El silencio que ya es suspenso. La farola, el brillo en la calle vacía y una puerta de vidrio. Bar, café, humo y pocas caras. Un cigarrillo a la mitad reposa en un cenicero de lata, un vaso se apoya en la mesa casi sin whisky y un mozo que se acerca. Una cara. Las arrugas, los ojos claros y una mueca como de dolor al dar la última pitada del cigarro.

El mozo junto a la mesa, su camisa blanca, su moño negro y el trapo pasando sobre la mesa. La voz ronca, las yemas apagando el cigarro y confundiendo el negro de las uñas con las cenizas en el cenicero colmado. La cadena gruesa sobre el cuello y el anillo en el índice de una mano algo colorada y exageradamente gorda. La orden en la barra, los hielos, black label y la bandeja.

La puerta de vidrio y los pasos que despiertan al lugar. Todos miran menos él. Los ojos claros sobre los hielos movedizos en el amarillo de la bebida. Sus dedos juegan con el encendedor Zippo y un Camel golpea la mesa. Exhala el humo y da la bienvenida. El chillido de la silla, el sobretodo que cae en el respaldo y el suspiro al sentarse. Miradas fijas, bocas tensas y el humo danza como negociando algo. Pocas palabras, la orden y el pago. Un servicio, averiguar y matar. Matar. Quitar la vida. Pagado. Matar.

La salida. Sobretodo acomodado. Caminata y la bufanda se acomoda. No hay paraguas en la escena, solo lluvia. La noche, la lluvia y el hombre caminando bajo ambas. Los pasos se persiguen. Un perro cruza la calle y no saluda al asesino. Un taxi dobla la esquina y no sospecha, aunque mira mientras pasa. Dos cuadras, edificio y balcón. Nadie mira. Todos duermen. Mira, analiza y calcula. Salto mínimo, pared de apoyo y balcón. La puerta del balcón que nadie cerró.

Ni una luz prendida en el departamento. La alfombra y los pasos parecen desaparecer al pisarlos. No hay huellas, ni nada que alarme a la víctima. Pasa un auto y no habrá testigos. Un sillón, su Tv y una mesa con revistas.Otro ambiente; una mesa, cinco sillas y papeles. Ordenado. Sin vida. Con vida; por ahora. Un cuarto, la puerta entre abierta y alguien duerme. Un ronquido mínimo, un ventilador que hará de cómplice y ya no despertará. La alfombra, la almohada y la sangre que se confunde en el negro de la oscuridad. La garganta, el filo y el brillo de otro anillo. Un sollozo, el silencio y la muerte. Los guantes, la hoja roja y un pañuelo. Lo sádico, el asesino y el pago.

La noche. La lluvia. La noche, la lluvia y un mensaje de texto. El Camel se apaga y la silla se mueve. La puerta de vidrio y el anillo brillan por la luna. La seña y el taxi. Destino y reloj marcador que chilla. El anciano, sus lentes y los ojos en el espejo pequeño. Las preguntas, la molestia y los insultos. La frenada, la discusión y el auto vacío. El rodeo, los puños y los empujones. El forcejeo, el bolsillo y el disparo. Retumbando por toda la calle, se fue el estruendo.

El anciano, los cristales rotos al caer y las ropas rojas. El auto abandonado con las puertas abiertas y otro asesino caminando. Los pasos vacíos, mojados e intranquilos. Los nervios, el sudor y el callejón. El pañuelo, el arma y basural. Las paredes de ladrillos, las pintadas y los cables goteando. El miedo asesino, el miedo por asesinar y el miedo a ser asesinado. La duda, la vuelta y un documento. Correr, alejarse y escapar.

El amanecer, el sol y un llamado. Tres timbrazos, el tanteo y la voz. El informe, la noticia y el tubo cayendo. Las lágrimas, las ropas y el apuro. La noticia, la muerte y el padre. La información, la policía y la salida. Morgue. Verlo y llorar. Padre muerto. Bala encontrada y un nombre. Rencor, bronca y odio. Ojos enrojecidos, la casa y el luto. La bronca, la venganza y el whisky. Los recuerdos, las fotos y mas venganza. El nombre, el asesino y la bala. Pensar. Decidir y esperar. El lugar, la costumbre y la hora.

La noche. La lluvia. La noche, la lluvia y un charco de agua enorme. Bar, café y humo. Whisky y venganza. La voz ronca, la orden y el engaño. El asesino frente a su tocayo y la venganza. El rencor, el plan y el día perfecto. El encargo, el engaño y la venganza. Cobrar, engañar y matar. La calle, el recuerdo del padre y la decisión. El departamento y el asesinato. La venganza, el hijo y su padre de manos gordas sentado en el café. La venganza y la cobranza.