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“En voz alta”, nueva propuesta en el mercado del audiolibro

In Paladar mostaza on 6 noviembre, 2010 at 10:42 AM

Con textos originales y exclusivos para este formato, Héctor Yudchak convoca a Eduardo Battaglia como narrador y al pianista Diego Mano para presentar un cd que reúne relatos y buena música. En la placa se suma al trío la cancherísima locutora Nora Perlé y aquí, el autor opina sobre la actualidad de esta veta poco explotada.

Un audiolibro generalmente es la grabación de los contenidos de un libro leídos en voz alta. Un libro hablado. Aprovechando las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías en el campo de la información y la difusión de contenidos, ha aumentado su difusión.

“Relatos para disfrutar con los ojos cerrados”, dice el subtítulo de En voz alta, primer audiolibro con el que el periodista Héctor Yudchak pone un pie en las librerías para ofrecer este tipo de alternativa literaria que en nuestro idioma no ha alcanzado aún el vuelo que se le augura.

Lo de “con los ojos cerrados” es algo que cualquier lector de Ñ digital puede cotejar con el análisis “Desculando un audiolibro” publicado por el antropólogo e iconoclasta Marcelo Pisarro en su blog Nerds All Star. La justificación del subtítulo de En voz baja la da el propio Yudchak (ver videos 1 y 2) al distinguir su trabajo reciente de la mayoría de los audiolibros, que son la versión leída de un texto ya publicado, generalmente clásico. No ocurrió eso con su obra, que tiene a un cd rom como soporte exclusivo. Queda por parte del público elegir cómo la consume y qué hace con los párpados, pero a la literatura oral de esta placa no hay otra forma que oírla.

Narrados por el locutor Eduardo Battaglia, los relatos se escuchan sobre una base musical a cargo de Diego Mano en piano acústico. Cada uno está separado del siguiente también por temas de Mano, a los que se suma el standard Bésame muchoen clave de latin jazz, la que viene cultivando desde hace tiempo el intérprete y ahora compositor. Hacia el final del disco y con toda la cancha a que nos tiene acostumbrados, quien lee e interpreta el último cuento de Yudchak es Nora Perlé, quien según el autor se invitó ella misma a participar, entusiasmada con el proyecto.

La pista 13 contiene el único poema del conjunto “Quiero los viernes”, que aquí se puede escuchar al comienzo del primer video. En el segundo, Héctor Yudchak, de amplia experiencia en talleres de radio y autor de los libros El diario y la radio van a la escuela (Con Daniel Míguez) y Hacer Radio, guía integral: cómo se hace un programa de radio, paso por paso (con Mario Portugal) describe su percepción del mercado del audiolibro en la actualidad.

El desarrollo del audiolibro a nivel mundial incluye hitos como la aparición de la novela de Stephen King Riding the Bullet, que en 48 hs superó el medio millón de ejemplares vendidos (descargados de internet, en este caso). Otros extranjeros que motivan muchas descargas son J.K. Rowling, Stieg Larsson, Dan Brown, Edgard Allan Poe, Ken Follet, Isaac Asimov y Jules Verne. Entre los escritos en nuestra lengua sobresalen (en cantidad de títulos en la red) obras de Isabel Allende, Arturo Pérez-Reverte, Jorge Bucay y Paulo Coelho (bilingüe).

El texto más descargado en español en forma de audiolibro es El Quijote y, además del mencionado King, Mario Benedetti, Jorge Luis Borges, Camilo José Cela, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y David Sánchez Juliao han grabado en algún momento con su propia voz escritos que les pertenecen.

Como corresponde a todo libro reconocido como tal, sea ‘audio’ o no, En voz alta – Relatos para disfrutar con los ojos cerrados tiene su ISBN. Es el 978-987-05-8203-8.

Fuente: Ñ

 

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Culpables

In Baca, Exclusivos on 25 junio, 2010 at 5:35 PM

Por Flavia Baca

Él luce pálido, pero no con esa blancura inmaculada que caracterizaba su tersa piel, sino con el manto mortecino que presenta un cuerpo que ya no respira. Él está callado, pero no con sus silencios habituales que se dejaban pasar por ser prudente y maduro. Él mantiene los ojos cerrados, y las orbes marrones tan intensas ya no volverán a ver nunca más. Él ya no respira… él ya no siente, él ya no vive. Él está muerto.

Cuando la muerte llega a un miembro de la familia, todos buscan refugio en las personas, en la religión… en lo que se pueda; pero más que nada, se buscan explicaciones y razones. Cuando un accidente es responsable de la desgracia, no hay mucho que se pueda hacer. Cuando es la enfermedad la que reclama la vida, quizás se responsabilice a los médicos, pero en el fondo y traspasando el enojo todos saben que tampoco estaba en manos de nadie revertir la situación. Sin embargo, cuando la muerte llega por mano propia… las preguntas surgen con más bronca que nunca.

Él está muerto, pero algo podría haberse hecho para que no sucediera.

No dejó nota de despedida, no hubo ninguna carta de suicidio que explicara por qué se marchó… por qué dejó a su familia, a sus amigos… por qué dejó el mundo teniendo veintidós años recién cumplidos. Y así todos opinan y buscan una razón para hundirse más en la depresión de no haber podido evitar la tragedia cuando tuvieron oportunidad.

La gente es ciega porque quiere serlo; y sólo ella, su madre, está llorando abrazada al féretro… destrozada, pidiendo perdón y deshaciéndose en sollozos que resuenan en la sala velatoria.

Ella sabe por qué sucedió esto, ella sabe que debió hacer algo, ella sabe bien quiénes son los responsables de la muerte de su hijo… pero más que nada, sabe que ella es más culpable que nadie por no haber estado para él.

Él tuvo el valor, la predisposición y el amor hacia su familia como para plantarse a mi lado, tomados de la mano, y decirles que me amaba, que esa era su elección y que era muy feliz con ello… tuvo el valor de decirlo, de abrir el corazón y ser tolerante para responder preguntas. Él dejó en claro que era feliz a mi lado y que deseaba compartir esa felicidad con su familia.

Ellos fueron crueles, ellos fueron ciegos, ellos fueron ignorantes. Sentados en la comodidad de su odio e ignorancia, le rechazaron, le dijeron que era un enfermo, lo trataron de anormal y movieron contactos para enviarlo a un pastor, a un sicólogo y demás personas que -según ellos- podían ayudarlo.

Él sufrió.

Él era feliz hasta entonces, podía ignorar el odio ciego de la sociedad en tanto yo estuviera a su lado y su familia le apoyara. Pero cuando su familia dejó de sonreírle y empezó a despreciarle sin ninguna razón válida… el peso del mundo le cayó encima, la sociedad se volvió demasiado real, las palabras fueron hirientes, las cruces se alzaron en su contra y los espacios se redujeron hasta que no hubo lugar para los dos. Hasta que no me quiso más a su lado porque no deseaba hacerme mal… hasta que no hubo ni espacio para él.

Entonces desapareció por una semana.

Entonces lo encontraron en un motel, colgando de una bufanda trabada en la puerta del baño.

Entonces estaba muerto.

Entonces algunos entendieron… pero ya era demasiado tarde.

Él luce tan pálido… está muerto y siento que yo estoy muriendo por dentro. Me sostiene el instinto de permanecer de pie. Él está muerto porque su familia y la sociedad lo arrinconaron, porque lo empujaron a dejar de vivir… porque no podía dejar de ser quien era, no estaba en su poder semejante cambio. Y ahora yo quiero seguirlo, quiero colgarme de una puerta con lo primero que encuentre… pero no puedo, porque debo luchar por lo que teníamos, porque tengo que hacer justicia.

Me acerco al cajón que está abierto, acaricio sus cabellos perfectamente peinados para la ocasión y me inclino a besarle en los fríos labios amoratados. No es un “adiós”, porque nos veremos pronto, nos veremos siempre…

Su madre alza la mirada y con ojos enrojecidos me mira, o al menos eso intenta.

–¿Sos… el novio… de…?

–Si.

–Lo si-si-siento tanto…

–Un poco tarde.

Soy frío y no me importa, la persona que amo está muerta por el desprecio de su propia familia, porque no fueron capaces de aceptar que él amara a alguien del mismo sexo… él era normal, tan normal como cualquiera de ellos, ¡no!

Él era mejor, porque nunca pensó en odiar a nadie por elegir con quién compartir la almohada.

Aprieto las manos y lo miro nuevamente. Lo amo, lo amo y lo extraño tanto… odio a todos por habérmelo robado, detesto al mundo que alimenta con oxígeno a todas esas personas que nos odian sin que les hayamos hecho algo.

Pero entonces, mientras le veo, recuerdo cuánto nos amábamos, cuánto le amo… y por ello no puedo permitir que la ignorancia de los demás me quite lo que viví y lo que podría llegar a seguir viviendo. Por él. Por él tengo que hacer una diferencia.

Así  que me giro a ver a su destrozada madre, me inclino frente a ella para verla a la cara y le aprieto un hombro con confianza.

–Yo también lo siento –le digo.

Es un comienzo. Es la madre de él, su culpabilidad puede purgarse creando un cambio… creando conciencia en otros padres que no tienen excusas para hacerle ESO a sus hijos. Porque en este tema, un tema tan simple que ni siquiera debería discutirse, o somos todos culpables o somos todos cómplices.

–¿Quiere que le cuente de él… para que lo conozca de verdad?

–Por favor…

Yo no seré culpable.

Ojos cerrados de Eduardo Alvarado

Este autor es Columnista permanente de este Blog

La soledad espera

In Baca, Exclusivos, Pasiones on 13 junio, 2010 at 2:00 PM

Por Flavia Baca

Ella lo miraba desde la cama con cierta sensación de alivio, que el chico se afeitara le decía que al menos no era tan loca como pensaba. “Si la gente supiera” era su pensamiento favorito desde que aquello comenzó. Ella aún era joven y tenía sus urgencias, mientras que él… ¿para qué preocuparse?

Mientras miraba al chico afeitarse los insignificantes rastros de vello facial que intentaban salir a la luz, Isabela se preguntaba cómo es que seguían en eso. Desgraciadamente, la respuesta era obvia: “es un vicio”. Cuando una actividad pasa de ser tal cosa y se convierte en el centro de tu vida, es porque ya es un vicio.

Las charlas con amigas en el pub de moda, las constantes tardes en la peluquería, las visitas ocasionales a la oficina de su marido, ese proyecto de sacar su propia línea de ropa… todo, todo había quedado olvidado en un cajón de segunda mano que Isabela visitaba cuando estaba muy aburrida, por ejemplo: cuando el chico estaba en clases por la mañana.

Aunque ella se las ingeniaba para dormir hasta tarde, almorzar tarde y relajarse en un prolongado baño hasta el momento en que escuchaba la puerta del departamento abrirse. Sintió el corazón en la boca, pero sabía que no estaba enamorada… y eso era lo importante.

Ni siquiera su marido tenía llave de ese departamento, era tan bueno (o tonto) como para respetar lo que ella le había pedido meses atrás: quería su propio espacio para diseñar esa bendita línea de ropa. Él la entendió, le compró el departamento y le juró que no tendría copia de la llave, y hasta el momento había cumplido.

Nunca lo amó… nunca.

Se casaron cuando ella tenía veinte años y él rondaba los treinta y algo. Él ya era un médico exitoso, un caballero y un hombre perfecto perseguido por toda clase de mujeres,  pero que sólo tenía ojos para ella, para una Isabela de veinte años que sólo quería acostarse con el buen doctor y seguir de fiesta… después de todo, era joven. Pero entonces sucedió “el accidente” (como lo llamaría desde entonces y hasta al final de sus días): su primer y único (gracias a todos los santos) hijo, su accidente fatal de los veinte años.

Sus padres le dieron la espalda, pero el buen doc la ayudó… y sentirse protegida fue algo que la dejó tan borracha de cariño que aceptó casarse con él antes de que la panza fuera notoria. Y el niño era idéntico a él, quizás por eso no le gustaba tenerlo mucho en brazos, pobre mocoso; todos decían que su aprehensión por los niños pasaría en cuanto tuviera uno propio… pero ni eso.

Su hijo se crió entre dos niñeras ni bien ella pudo volver a la universidad, sumamente feliz de volver a encaminar su vida. Pero ya nada era igual, porque estaba casada… y por mucho que se esforzara por ignorarlo tenía que pasar tiempo con los dos únicos hombres que ocuparían su vida en mucho tiempo: su esposo y su hijo.

Isabela sonrió mientras se sentaba en la cama, pensando que, nunca le gustaron los niños. Pero ahora se acostaba con uno que había pasado a ser su vicio. Y estaba tan mal todo eso, que el sabor de lo incorrecto estaba en su infiel lengua a diario… y era dulce y adictivo. Sentía que su vida tenía energía nuevamente, porque cada encuentro estaba cargado de ardorosa adrenalina: la espera, la llegada, la estadía y la partida… nos vemos mañana y como le digas a alguien, te mato.

Desde el momento en que tuvo a Tomás, su hijo, sintió que la vida se le caía a pedazos. No lo había planeado y lo último en su lista de vida era ser madre. Seguro, tuvo una oleada de ternura cuando lo sostuvo en sus brazos por primera vez, pero también tuvo un maremoto de realidad: su vida se había terminado. Ella tenía planes, sueños y proyectos, tenía tanto por hacer… pero todo se vio reducido por y para esa persona en miniatura que sólo sabía llorar, dormir, cagar y comer todo el día.

Isabela tenía dos amigas que un año antes habían sido madres, pero ellas eran felices y juraban sobre el sol y la luna que si pudieran retroceder el tiempo harían lo mismo de sus vidas… porque sus hijos eran lo mejor que les había pasado. Isabela siempre las miraba horrorizada, y ante la mínima oportunidad huía despavorida. Nunca sentía culpa al pensar que si pudiera retroceder el tiempo cambiaría drásticamente el rumbo.

-¡Arg!-se escuchó desde el baño-. Hija de puta…

Isabela sonrió, de alguna morbosa forma había estado esperando a que el chico se cortara al afeitarse. No era para menos, después de todo no tenía un padre decente que le enseñara a afeitarse apropiadamente.

Aryan tenía quince años. Era un bebé, pero un bebé demasiado sensual para su edad. Era rubio, alto, delgado, labios carnosos, ojos afilados de un lindo color celeste y el comportamiento de un niño/hombre. Por momentos era inmaduro, caprichoso y hormonal, pero también era serio, protector y se pasaba horas cumpliendo los caprichos de ella, que variaban desde conversar hasta hacer el amor. Lo que ella necesitaba.

Para Aryan fue más sencillo que para ella el meterse de lleno en esa relación. Tenía un padrastro al cual odiaba, y parecía que el sentimiento era correspondido; su madre estaba empeñada en gastar el dinero de su nuevo marido, y el hermano mayor había aprovechado la universidad para huir de casa y de esa familia. Aryan estaba literalmente solo en esa casa. Era un chico raro, porque no bebía alcohol, no fumaba, no era de salir a las discos y no veía la forma de comprar marihuana; se pasaba los días leyendo, escuchando música y haciendo deporte, por lo tanto no tenía nada en común con sus amigos del colegio. A ella le encantó que fuera así.

Isabela entró al baño y sujetó por el mentón al muchacho, miró  la pequeña herida sobre la nuez de Adán y sonrió.

-A ver, te enseño.

-¿Y cómo es que sabes de esto?-protestó él, empeñado en aprender por su cuenta… claro estigma que le había dejado estar solo en casa.

Ella no le contestó, le colocó papel higiénico en el corte y volvió a embadurnarle la mandíbula y parte de la garganta con crema de afeitar. Y él se dejaba.

Isabela sabía que entre ellos había algo más que sexo, pero menos que amor. Se acompañaban, algo que nadie de su entorno les concedía. Ella sentía que había quedado recluida desde su veinte años, dejando de lado la vida que quería para cuidar de un esposo y un hijo… a quienes no amaba, y no tenía culpa de pensarlo. Estaba sola desde hace tantos años, pues para sus amigas era un sueño tener la casa, los hijos, el marido y el perro. Estaba sola, porque era la única inconforme con su vida donde tenía las casas, el marido, el hijo y los perros… no le gustaban los perros, pero el doc los amaba, y sus amigas decían que en un matrimonio había que ceder. Isabela sentía que venía cediendo hace años.

Estaban juntos porque eran compañeros. Lo ilegal, inmoral e incorrecto de su relación les permitía hablar de todo aquello que ante otras personas estaba censurado. Eran compañeros y el sexo sólo era una excusa para seguir así. Dos islas que por milagro y quizás turbulencias, el mar había unido.

Una vez, mientras se encremaba el cuerpo, escuchó a Aryan cantando en la ducha al ritmo de la música del celular: “Por la noche la soledad desespera…”, y luego decía algo que la había hecho estremecer: “Espera por mi, por él, espera por ti, también por aquel…”

Nunca terminó de escuchar la letra, pero sí se dijo que después de todo, la música de la juventud tenía mucha filosofía. Sin embargo, tenía que disentir en algo: La soledad no desespera, no, cuando es verdadera soledad es paciente y espera… espera por alguien que acabe con ella, que la ahorque y la deje morir lento… que le permita saborear cómo poco a poco desaparece. Y por eso, contradictoriamente, espera… años inclusive, alimentándose de desconfianzas, resentimientos y autocompasión.

Se hace fuerte con los años, especialmente por las noches, como si fuera un monstruo que vive bajo la cama… y no verlo empeora el miedo y la desesperación. Y espera, espera para hacerse invencible y seguir así por siempre, tanto que aún estar rodeado de personas sólo la hace más real. Porque, ¿qué mejor concepto de “soledad” que sentirse solo al estar rodeado de gente? Y peor aún… de gente que deberían significar algo.

La soledad espera, si, pero cuando llega su igual… muere en un segundo de placer masoquista. Aryan estaba igual o más solo, porque a esa edad… es letal estar solo dentro de la propia familia.

Aryan la besó y ella se rió dentro del beso pues le estaba llenando de espuma la cara. Hacía veinte años que no se reía tanto, hacía veinte años que no disfrutaba tanto del sexo y hacía veinte años que algo tan incorrecto no se sentía tan pero tan bien. Y aunque sabía que cualquier día de esos podía entrar su esposo con un arma en la mano… no le importaba, la soledad del doc podía esperar un poco más.

Este autor es Columnista permanente de este Blog

Mi muerte es el destierro

In Baca, Exclusivos, Pasiones on 30 mayo, 2010 at 12:00 PM

Por Flavia Baca

Los condenados no necesitamos la última palabra del juez para saber que el final está pactado, sencillamente no hace falta escuchar el veredicto corrupto para saber que la hora está cerca. Basta con ver a los demás caer, basta con ver a nuestros pares agonizar en la estrepitosa pero lenta caída al abismo sin vida… basta con verse a uno mismo solo otra vez…

A mis largos años me considero un ser sabio que asume que el tiempo ha sido misericordioso con mi cuerpo, pero no con mi alma. La corteza siempre es fuerte en los viejos como yo, somos altos titanes del tiempo destinados a contemplar los brotes de vida, el desarrollo de los jóvenes y la expansión de nuestro imperio. Pero todo tiene su precio y éste es el que ha ido desgastando mi alma. El precio por mi larga vida siempre recae en los jóvenes que me rodean admirados por mi sabiduría… el mazo del tiempo siempre cayó sobre ellos, cortándoles las extremidades en un principio, luego los sueños y finalmente robándoles sus hogares, privándolos del deseo de seguir creciendo. Y a los viejos nos dejan, nos torturan con el privilegio de seguir viviendo sanos y salvos para luego exhibirnos como campeones de los años pasados, para que nuestros propios enemigos se fascinen con nuestras marcadas arrugas delatoras de la edad, para que aplaudan nuestro imponente y conservado porte y así… sacrifiquen más jóvenes para dejarnos vivir y una vez más… gozan nuestra pagada longevidad.

Aunque no me haya encorvado ni resquebrajado han empezado a verme como un estorbo, la gloria que alguna vez esbocé y que tantos defendieron ya es obsoleta. Ya no importa cuántas civilizaciones vi levantarse y desmoronarse. Ya no importa mi fiel testimonio de quién cargó la cruz y por qué… ya no importa a pesar de que nadie se molestó en preguntar.

Solía ser un trofeo de mis no deseados amos y señores, era un objeto antiguo e histórico, una pieza de colección que apreciaban porque aún respiraba a pesar de la avanzada edad. Pero aún las piezas caducan cuando hay algo mejor para reemplazarlos. Entonces ya no soy un preciado tesoro del tiempo, sino una piedra que ocupa espacio.

Y así escucho al verdugo, no necesito subir al cadalso, no, mi asesino es amablemente morboso al venir hacia mí con su hoja ejecutora ya preparada. Esa arma ha cegado tantas vidas que debería estar mellada, pero como toda injusticia aún brilla filosa y se apoya en mi cuerpo, lista y más que preparada para empezar.

Comienza a cortar… duele, pero lo he visto tantas veces que prácticamente he asimilado el proceso. Seguirá cortando hasta verme tendido en el suelo, hasta verme rodar pesadamente, y aún cuando el último suspiro de vida no haya terminado de abandonarme… el verdugo seguirá, como ahora, sigue con ayuda de sus pares ya que la tarea es complicada, soy duro de roer por lo que inevitablemente tengo a cinco de ellos encima con esas espantosas armas… cortando y arrancando… hasta dejarme desnudo y finalmente muerto.

Desde arriba veo todo, veo todo y no siento nada, ya no importa que mis raíces queden en la tierra, todo mi cuerpo ha sido destrozado…

Y así el bello hogar alguna vez poblado por cientos de titanes del tiempo es ahora un campo de cadáveres decapitados, todos condenados y ejecutados sin crimen alguno… todos muertos, y sobre los restos de nuestros cuerpos no vendrán rituales fúnebres, sino las macizas construcciones de ellos, de los verdugos. Y sólo me llevo a la tumba sin lápida la satisfacción de que ese imperio, como muchos otros… caerá, porque así he visto a muchos hacerlo, como viejo y sabio roble que fui.

Este autor es Columnista permanente de este Blog

“El cuento es un arte experimental”

In Paladar mostaza on 23 abril, 2010 at 1:50 PM

En Remembering Ray , un libro colectivo en homenaje a Raymond Carver, Tobias Wolff (Alabama, 1950) cuenta una anécdota imperdible sobre el autor de Catedral . Durante una conversación en que los dos intercambiaban historias personales, Wolff se sintió obligado a estar a la altura del difícil pasado de su amigo. Casi sin darse cuenta, se descubrió improvisando una vieja y superada adicción a la heroína. Mientras el otro lo interrogaba con interés, recordó hasta qué punto Carver era famoso por sus indiscreciones y le pidió que todo quedara entre los dos. Cuando unos días después, culposo, lo llamó para confesarle el engaño, se encontró con un silencio de piedra. Carver ya había propalado la noticia (entre unos pocos que, según él, no la repetirían) y, como si fuera el protagonista de una de sus historias, durante años Wolff tuvo que tolerar estoicamente que conocidos y desconocidos le transmitieran piadosas palabras de aliento.

“Raymond era una persona muy jovial -recuerda hoy el escritor desde su casa en California, antes de partir raudamente a la Universidad de Stanford, donde enseña Escritura creativa- y fuimos muy buenos amigos. Fue una persona decisiva en mi vida, pero lo central es que su obra no deja de crecer con el paso del tiempo. No quedan dudas de que la suya es una de las voces indiscutibles de la literatura norteamericana.”

La reivindicación puede parecer redundante. No lo es si se piensa en algunas de las críticas que recibió el minimalismo durante su eclosión en los años ochenta, cuando los imitadores genéricos de Carver, Wolff y Richard Ford se desperdigaban como una mancha de petróleo por cada rincón de la literatura estadounidense. Algunos (Paul West, por ejemplo) los acusaban de empobrecer el vocabulario y ser la contraparte literaria de la televisión. Mientras tanto, en Inglaterra, Bill Buford acuñaba en la influyente revista Granta un término descriptivo, “realismo sucio”, que los supuestos cultores del estilo no tardaron en execrar.

Más de dos décadas después, aquietadas las aguas de aquel revival cuentístico, Wolff -que prefiere la conversación telefónica a la respuesta escrita “porque tipea con un solo dedo”- reniega de cualquier fórmula. “Para empezar nunca existió una escuela literaria llamada ´minimalismo´ o ´realismo sucio´. Yo comencé a escribir de esta manera cuando era joven y de buscar antecedentes puedo remontarme a un libro tan lejano como En nuestro tiempo , de Hemingway. Algo similar le pasó a John Barth, William Gaddis, Robert Coover, y hasta cierto punto Pynchon, escritores muy distintos entre sí, a los que siempre se agrupa en una inexistente escuela posmoderna.”

Wolff tiene motivos para trazar diferencias. Aunque sus libros compartan evidentes rasgos temáticos y estilísticos -ambientes de ciudades pequeñas y degradadas, personajes no siempre recomendables, el uso extensivo de la elipsis, las resoluciones epifánicas-, la reciente publicación en la Argentina de Aquí empieza nuestra historia , una amplia antología que reúne una veintena de relatos conocidos más diez inéditos, revela hasta qué punto la suya es una obra personal.

Al escritor le gusta hablar de honestidad en relación con sus personajes. Aunque la clave de bóveda de su oficio parece residir en la resta y no la suma de palabras, sus relatos están lejos de la parquedad. La mayoría ronda las quince páginas y la anécdota que en teoría los guía suele tomar desvíos inesperados, como si la narración consistiera en saber esperar el momento en que se activa la deriva.

Wolff es un escritor renuente a las exigencias de periodicidad que reclama el mercado: en más de tres décadas ha publicado cuatro libros de cuentos, tres novelas (la última,Vieja escuela ) y dos notables memorias novelizadas: Vida de este chico (1989), sobre la errática vida con su madre tras la separación familiar, y En el ejército del faraón(1994), sobre sus experiencias como soldado en Vietnam.

Su narrativa, sin embargo, se apoya principalmente en las formas breves, que ha practicado de manera infatigable durante las últimas tres décadas. “El cuento -explica Wolff cuando se le pregunta por esa predilección- es más exigente, cada palabra debe estar en su lugar, obliga a pensar más y estar más atento, a diferencia de la novela, que necesita un marco de tranquilidad. Hay pocas novelas perfectas, pero sí muchos cuentos perfectos. Lo que encuentro interesante en un relato es que permite al lector olvidarse por momentos de que está leyendo una historia. Y eso me permite como escritor la posibilidad de ensayar muchas más variantes. El cuento es un arte mucho más experimental.”

Uno de los temas que su narrativa visita una y otra vez es la mentira. Sus personajes suelen ser fabuladores de diverso grado (uno de sus cuentos más logrados, que narra las peripecias de un adolescente compulsivo, se llama justamente “El mentiroso”). Podría creerse que escribir es una forma de exorcismo, el modo de confinar las imposturas al terreno de lo escrito. “Siempre hay algo de experiencia personal en lo que se escribe, pero hay algo profundo en la mentira. Es la manera como la gente, y los personajes, lidian con el mundo que tienen enfrente. Al mentir, de pronto se advierte que uno no es siempre el mismo, que se está cambiando permanentemente y que al final de la vida se ha terminado siendo muchas personas.”

En Aquí comienza nuestra historia , la proximidad de antiguos y nuevos cuentos produce una impresión de continuidad. Se diría que, un poco a la manera de Walt Whitman, que iba engrosando periódicamente sus Hojas de hierba, Wolff estuviera escribiendoun único volumen destinado a capturar vidas mínimas. “Me halaga que pueda leerse así. Originalmente sólo iban a publicarse los cuentos nuevos, pero me dio curiosidad ver qué tipo de parábola trazaban al ponerlos lado a lado.”

La literatura estadounidense ha vivido obsesionada por la “gran novela americana”, pero encontró en el cuento una tradición que no se desarrolló de la misma manera en otras latitudes. ¿Es el relato corto el género por excelencia del país del norte, su marca de “excepción”, como el béisbol o el fútbol americano lo son para el deporte? “Yo no le vería desde ese punto de vista. En realidad pueden rastrearse influencias muy diversas en los cuentos que se escriben aquí -dice Wolff-. Es claro el influjo de cierta narrativa irlandesa, por ejemplo, y también, de la narrativa rusa. Baste pensar en la importancia que tuvo Chejov para Carver. Y también, más cerca en el tiempo, el influjo que tuvo en muchos otros escritores un autor como Borges. Yo diría que toda literatura es un tejido de influencias mutuas.”

No es fácil explicar esa tradición idiosincrática, que comienza en Poe y llega hasta la actualidad. “Hace cincuenta años -razona Wolff- había un gran mercado para los relatos cortos y eso fomentó el género. Todas las revistas querían publicar cuentos, que eran una buena fuente de ingresos, como ejemplifica el caso de (Francis Scott) Fitzgerald.” El escritor no añora sin embargo aquella época, cuando se la invoca como una suerte de paraíso perdido. “No todo lo que salía en esas publicaciones valía la pena. Los cuentos de Fitzgerald que resisten mejor, ´Babilonia revisitada´ o ´El diamante grande como el Ritz´, son los textos que publicó en Esquire , una revista que en aquellos tiempos era bastante literaria. Muchos otros son muy poco interesantes.”

En los raros caminos que propone el destino, Wolff tiene un cómplice impensado: Geoffrey, su hermano ocho años mayor, también escritor. La historia es singular: cuando los padres se separaron, Tobias quedó a cargo de la madre, que se mudó al noroeste de los Estados Unidos, donde tuvo una vida conflictiva (los detalles se cuentan en Vida de este chico , de 1989). Geoffrey, por su parte, permaneció con su padre, un estafador consuetudinario obsesionado por la alta sociedad y el lujo (en su libro Duke of Deception , de 1979, se encargó de narrar esa historia). Ambos libros pueden leerse como el magnífico díptico sobre una familia partida en dos, para siempre.

“Es curioso -dice Tobias cuando se le pregunta por su hermano mayor, al que recién reencontró cuando él mismo ya era joven- porque nadie diría que es mi hermano. Al criarnos cada uno por su lado, venimos de culturas distintas, incluso, me animaría a decir, de una clase social distinta.” De esos memorables malentendidos está hecha buena parte de la obra de Wolff y en “El hermano rico”, uno de sus cuentos, puede intuirse cómo la realidad se transmutó en ficción hasta volverse apenas reconocible.

Fuente: Diario La Nación

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El Instituto Cervantes busca la palabra favorita del español

En apenas un mes, la plataforma interactiva que el Instituto Cervantes puso en marcha en Internet por segundo año consecutivo, con motivo de la celebración del Día del Español, tuvo más de 57.100 visitas y 1.995 palabras propuestas. Hasta ayer, arrebañar (juntar y recoger algo sin dejar nada, según la Real Academia Española), gamusino (animal imaginario), y cachivache encabezan la clasificación de palabras favoritas del español.

Leer con miedo y en suspenso

In Paladar mostaza on 4 marzo, 2010 at 5:58 PM

Desde chico me agarraban por las noches de los pies. Me tenían durante las lluvias intensas mirando las sombras. Por culpa de ellos odiaba cuando cerraban la puerta de mi habitación al darme las buenas noches y también por ellos no soporto dormir con alguna puerta del ropero abierta, ni siquiera mal cerrada.

Algunos me aterraban, quizás me impacientaban los latidos y todas me sorprendían. De chico trataba de imaginar a estos tipos escribiendo cada una de estas historias; hombres en una habitación torturando a todos con los chillidos de una maquina de escribir vieja, encerrado en la penumbra de cigarrillos y alcohol. Algo deformes de cara o mente, pensaba; como hacen para conjugar la imaginación con algo que yo temería hasta escribir.

Maestros del suspenso, la ciencia ficción, los policiales y los cuentos de terror. Los sigo admirando. La lista es interminable, siempre en algún viaje vuelvo sobre la lectura de alguno. Sin duda me han marcado, por sus descripciones, por el efecto sorpresa en las narraciones y por las “vueltas de tuerca” de sus desenlaces. Desde los libros de terror infantil de R.L. STINE hasta el gran STEPHEN KING, o los casos de impensada resolución de AGTHA CHRISTIE sumados a los clásicos de EDGAR ALLAN POE y ARTHUR CONAN DOYLE, todos fueron y son un deleite para cualquiera que se inicie en la lectura, un viaje, la escritura o cualquier excusas que puedas inventar para disfrutar de lecturas compactas, contundentes e indescifrables.

En algún momento nos detendremos a compartir fragmentos y recomendaciones de algunos de estos autores.

Yo les dejo algunos ideas, ustedes recomienden mas.
Gracias.

466 páginas de pura acción. Una recopilación del “maestro del misterio”, Lawrence Block excelente. Con cuentos de Joyce Carol Oates, Mary Higgins Clark, Edgar Allan Poe o Robert Louis Stevenson, el lector tiene entre sus manos un conjunto de narraciones clásicas junto a historias contemporáneas de los autores más populares del género. El relato policial alterna con la ficción psicológica, el humor con el drama, el crimen premeditado con el asesinato casual. Una compilación llena de suspenso y buena literatura.

Del último gran maestro del terror, con unas pizcas mas de fantasía tenemos las muy buena MILLA VERDE
que fue llevada al cine, donde también tuvo gran éxito. Igualmente mas allá de esta excepción en sus formas
de KING, sus mejores obras fueron sin duda alguna; IT, el payaso asesino; EL RESPLANDOR; RABIA;
CARRIE, entre muchas otras más. Con gran facilidad para descripciones aterradores, fue quien se animó a
a convertir la figura de un payaso en un sádico perseguidor de niños y de inundar de sangre pasillos enteros
de un hotel.

Y sin duda no podía
faltar, el cuento que
desde muy chico me
recomendaba mi madre.
del enorme POE, el gato como figura
siniestra y un gran relato psicológico, la
definen como una de las mejores obras del autor.

Me van a tener que disculpar

In Paladar mostaza, Pasiones on 3 marzo, 2010 at 1:58 PM

Escucha a Alejandro Apo leer a Sacheri

Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones aceptadas por todos. Seamos más explícitos. Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes, siempre con la misma idéntica vara. No puede hacer excepciones, pues de lo contrario bastardea su juicio ético, su conciencia crítica, su criterio legítimo.

Uno no puede andar por la vida reprobando a sus rivales y disculpando a sus amigos por el solo hecho de serlo. Tampoco soy tan ingenuo como para suponer que uno es capaz de sustraerse a sus afectos y a sus pasiones, que uno tiene la idoneidad como para sacrificarlos en el altar de una imparcialidad impoluta. Digamos que uno va por ahí intentando no apartarse demasiado del camino debido, tratando de que los amores y los odios no le trastoquen irremediablemente la lógica.

Pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y ojo que lo intento. Me digo: no puede haber excepciones, no debe haberlas. Y la disculpa que requiero de ustedes es todavía mayor, porque el tipo del que hablo no es un benefactor de la humanidad, ni un santo varón, ni un valiente guerrero que ha consolidado la integridad de mi patria. No, nada de eso. El tipo tiene una actividad mucho menos importante, mucho menos trascendente, mucho más profana. Les voy adelantando que el tipo es un deportista. Imagínense, señores. Llevo escritas doscientas sesenta y tres palabras hablando del criterio ético y sus limitaciones, y todo por un simple caballero que se gana la vida pateando una pelota.

Ustedes podrán decirme que eso vuelve mi actitud todavía más reprobable. Tal vez tengan razón. Tal vez por eso he iniciado estas líneas disculpándome.

No obstante, y aunque tengo perfectamente claras esas cosas, no puedo cambiar mi actitud. Sigo siendo incapaz de juzgarlo con la misma vara con la que juzgo al resto de los seres humanos. Y ojo que no sólo no es un pobre muchacho saturado de virtudes. Tiene muchos defectos. Tiene tal vez tantos defectos como quien escribe estas líneas, o como el que más. Para el caso es lo mismo. Pese a todo, señores, sigo sintiéndome incapaz de juzgarlo. Mi juicio crítico se detiene ante él, y lo dispensa.

No es un capricho, cuidado. No es un simple antojo. Es algo un poco más profundo, si me permiten calificarlo de ese modo. Seré más explícito. Yo lo disculpo porque siento que le debo algo. Le debo algo y sé que no tengo forma de pagárselo. O tal vez ésta sea la peculiar moneda que he encontrado para pagarle. Digamos que mi deuda halla sosiego en este hábito de evitar siempre cualquier eventual reproche.

El no lo sabe, cuidado. Así que mi pago es absolutamente anónimo. Como anónima es la deuda que con él conservo. Digamos que él no sabe que le debo, e ignora los ingentes esfuerzos que yo hago una vez y otra por pagarle.

Por suerte o por desgracia, la oportunidad de ejercitar este hábito se me presenta a menudo. Es que hablar de él, entre los argentinos, es casi uno de nuestros deportes nacionales. Para ensalzarlo hasta la estratosfera, o para condenarlo a la parrilla perpetua de los infiernos. Los argentinos gustamos, al parecer, de convocar su nombre y su memoria. Ahí es cuando yo trato de ponerme serio y distante, pero no lo logro. El tamaño de mi deuda se me impone.

Y cuando me invitan a hablar prefiero esquivar el bulto, cambiar de tema, ceder mi turno en el ágora del café a la tardecita. No se trata tampoco de que yo me ubique en el bando de sus perpetuos halagadores, nada de eso. Evito tanto los elogios superlativos y rimbombantes como los dardos envenenados y traicioneros. Además con el tiempo he visto a más de uno cambiar del bando de los inquisidores al de los plañideros aplaudidores, y viceversa, sin que se les mueva un pelo. Y ambos bandos me parecen absolutamente detestables, por cierto.

Por eso yo me quedo callado, o cambio de tema. Y cuando a veces alguno de los muchachos no me lo permite, porque me acorrala con una pregunta directa, que cruza el aire llevando específicamente mi nombre, tomo aire, hago como que pienso y digo alguna sandez al estilo de Y, no sé, habría que pensarlo; o tal vez arriesgo un vaya uno a saber, son tantas cosas para tener en cuenta;. Es que tengo demasiado pudor como para explayarme del modo en que aquí lo hago. Y soy incapaz de condenar a mis amigos al tórrido suplicio de escuchar mis argumentos y mis justificaciones para ellos.

Por empezar les tendría que decir que la culpa de todo la tiene el tiempo. Sí, como lo escuchan, el tiempo. El tiempo que se empeña en transcurrir, cuando a veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos. Porque si el tiempo se quedase ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en su punto justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las ínfimas traiciones tan propias de nosotros, los mortales.

Y en realidad es por ese carácter tan defectuoso del tiempo que yo me comporto como la hago. Como un modo de subsanar, en mis modestos alcances esas barbaridades injustas que el tiempo nos hace. En cada ocasión en la que mencionan su nombre, en cada oportunidad en la cual me invitan al festín de adorarlo y denostarlo, yo me sustraigo a este presente absolutamente profano, y con la memoria que el ser humano conserva para los hechos esenciales me remonto a ese día, al día inolvidable en el que me vi obligado a sellar este pacto que, hasta el presente, he mantenido en secreto. Digamos que mi memoria es el salvoconducto para volver el tiempo al lugar cristalino del que no debió moverse, porque era el exacto lugar en que merecía detenerse para siempre, por lo menos para el fútbol, para él y para mí.

Porque la vida es así, a veces se combina para alumbrar momentos como ése. Instantes después de los cuales nada vuelve a ser como era. Porque no puede. Porque todo ha cambiado demasiado. Porque por la piel y por los ojos nos ha entrado algo de lo cual nunca vamos a lograr desprendernos. Esa mañana habrá sido como todas. El mediodía también. Y la tarde arranca, en apariencia, como tantas otras. Una pelota y veintidós tipos. Y otros millones de tipos comiéndose los codos delante de la tele, en los puntos más distantes del planeta.

Pero ojo, que esa tarde es distinta. No es un partido. Mejor dicho: no es sólo un partido. Hay algo más. Hay mucha rabia, y mucho dolor, y mucha frustración acumulada en todos esos tipos que miran la tele. Son emociones que no nacieron por el fútbol. Nacieron en otro lado. En un sitio mucho más terrible, mucho más hostil, mucho más irrevocable. Pero a nosotros, a los de acá, no nos cabe otra que contestar en una cancha, porque no tenemos otro sitio, porque somos pocos, estamos solos, porque somos pobres. Pero ahí está la cancha, el fútbol, y son ellos o nosotros.

Y si somos nosotros el dolor no va a desaparecer, ni la humillación ha de terminarse. Pero si son ellos. Ay, si son ellos. Si son ellos la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa, más intolerable. Vamos a tener que quedarnos mirándonos las caras, diciéndonos en silencio “te das cuenta, ni siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a nosotros”. Así que están ahí los tipos. Los once tuyos y los once de ellos. Es fútbol, pero es mucho más que fútbol. Porque cuatro años es muy poco tiempo como para que te amaine el dolor y se te apacigüe la rabia. Por eso no es sólo fútbol.

Y con semejantes antecedentes de tarde borrascosa, con semejante prólogo de tragedia, va ese tipo y se cuelga para siempre del cielo de los nuestros. Porque se planta enfrente de los contrarios y los humilla. Porque los roba. Porque delante de sus ojos los afana. Y, aunque sea, les devuelve ese afano por el otro, por el más grande, por el infinitamente más enorme y ultrajante. Porque aunque nada cambie allá están ellos, en sus casas y en sus calles, en sus pubs, queriéndose comer las pantallas de pura rabia, de pura impotencia de que el tipo salga corriendo mirando de reojito al árbitro que se compra el paquete y marca el medio.

Hasta ahí, eso sólo ya es historia. Ya parece suficiente. Porque le robaste algo al que te afanó primero. Y aunque lo que él te robó te duele más, vos te regodeás porque sabés que esto, igual, le duele. Pero hay más. Aunque uno desde acá diga “bueno, es suficiente, me doy por hecho”, hay más. Porque el tipo, además de piola es un artista. Es mucho más que los otros.

Arranca desde el medio, desde su campo, para que no queden dudas de que lo que está por hacer no lo ha hecho nadie. Y aunque va de azul, va con la bandera. La lleva en una mano, aunque nadie la vea. Empieza a desparramarlos para siempre. Y los va liquidando uno por uno, moviéndose al calor de una música que ellos, pobres giles, no entienden. No sienten la música, pero van sintiendo un vago escozor, algo que les dice que se les viene la noche. Y el tipo sigue adelante.

Para que empiecen a no poder creerlo.
Para que no se lo olviden nunca.
Para que allá lejos los tipos dejen la cerveza y cualquier otra cosa que tengan en la mano.

Para que se queden con la boca abierta y la expresión de tontos, pensando que no, que no va a suceder, que alguno lo va a parar, que ese morochito vestido de azul y de argentino no va a entrar al área con la bola mansita a su merced, que alguien va a hacer algo antes de que le amague al arquero y lo sortee por afuera, de que algo va a pasar para poner en orden la historia y las cosas sean como Dios y la reina mandan, porque en el fútbol tiene que ser como en la vida, donde los que llevan las de ganar ganan, y los que llevan las de perder pierden.

Se miran entre ellos y le piden al de al lado que los despierte de la pesadilla. Pero no hay caso, porque ni siquiera cuando el tipo les regala una fracción de segundo más, cuando el tipo aminora el vértigo para quedar de nuevo bien parado de zurdo, ni siquiera entonces van a evitar entrar en la historia como los humillados, los once ingleses despatarrados e incrédulos, los millones de ingleses mirando la tele sin querer creer lo que saben que es verdad para siempre, porque ahí va la bola a morirse en la red para toda la eternidad, y el tipo va a abrazarse con todos y a levantar luego los ojos hacia el cielo.

Y hace bien en mirar al cielo, porque no sé si sabe, pero ahí están todos, todos los que no pueden mirarlo por la tele ni comerse los codos.

Porque el afano estaba bien, pero era poco. Porque el afano de ellos era demasiado grande. Así que faltaba humillarlos por las buenas. Inmortalizarlos para cada ocasión en que ese gol volviese a verse una vez y otra vez y para siempre en cada rincón del mundo. Ellos volviendo a verse una y mil veces hasta el cansancio en las repeticiones incrédulas.

Ellos pasmados, ellos llegando tarde al cruce, ellos viéndolo todo desde el piso, ellos hundiéndose definitivamente en la derrota, en la derrota pequeña y futbolera y absoluta y eterna e inolvidable. Así que, señores, lo lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara con la que suponen debo juzgar a los demás mortales. Porque yo le debo esos dos goles a Inglaterra. Y el único modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en paz con sus cosas.

Porque, ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir transcurriendo, ya que optó por acumular un montón de presentes vulgares encima de ese presente perfecto, al menos yo debo tener la honestidad de recordarlo para toda la vida, yo conservo el deber de la memoria…

Eduardo Sacheri