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Sudáfrica, terror para las lesbianas

In Malas Viejas on 28 enero, 2011 at 12:32 PM

La violación correctiva se ha vuelto sistemática y extendida en Sudáfrica, en particular contra la comunidad lésbica, con más de diez nuevos casos de violación correctiva denunciados cada semana, sólo en Ciudad del Cabo.

Eudy Simelane, era considerada una de las más destacadas deportistas de Sudáfrica. Fue una de las primeras mujeres en declarar abiertamente su homosexualidad. - Agencias Agencia

Eudy Simelane era una de las estrellas del equipo nacional femenino de fútbol de Sudáfrica. También era lesbiana y fue una de las primeras mujeres en declarar abiertamente su orientación sexual, convirtiéndose en activista por los derechos de los homosexuales. En 2008, Simelane fue violada de forma tumultuaria (por un grupo), golpeada y apuñalada 25 veces. Su muerte hizo más público aún un crimen que se comete a diario contra las lesbianas en Sudáfrica y en otros países de Africa.

Estas mujeres están siendo víctimas de violaciones, generalmente en grupo, con la intención de “curarlas” de su “enfermedad”. Es así que a la semana, la policía sudafricana recibe por lo menos 10 denuncias de violaciones correctivas. Los violadores son generalmente liberados luego de pagar fianzas de apenas 10 dólares. La comunidad de lesbianas, los gays, los bisexuales y las personas transgénero (GBLT) vive aterrorizada en esta tierra llena de paradojas.

Reino del terror

Luleki Sizwe es una organización benéfica de Sudáfrica que trabaja para rescatar, apoyar, alimentar y cuidar la salud a las sobrevivientes de la violación correctiva. Fue fundada por Ndumie Funda en 2007, luego de que su pareja fuera víctima de una violación correctiva.

Esta fundación reporta que cada semana más de 10 lesbianas son violadas o ultrajadas por pandillas sólo en la localidad de Ciudad del Cabo. 150 mujeres son violadas cada día en Sudáfrica y en la última década 31 lesbianas han sido asesinadas a causa de su sexualidad. Cada año, aproximadamente 500 mujeres denuncian que han sido víctimas de violación correctiva.

Muy pocos casos son resueltos y castigados. Muchas de estas mujeres violadas han sido infectadas con VIH y/o han quedado embarazadas.

El sistema de justicia sudafricano es acusado de fallar a las víctimas al dejar libres a los autores con fianzas ridículamente bajas. Un ejemplo es lo sucedido cuando las autoridades sudafricanas liberaron a Andile Ngcoza, un hombre que violó, golpeó y estranguló a Millicent Gaika durante cinco horas para ‘hacerla heterosexual’.

Ngcoza fue puesto en libertad con una fianza de 60 rands, el equivalente a menos de 10 dólares.

Eso llevó a Ndumie Funda, quien había ayudado a Millicent Gaika a recuperarse de la violación y abogar por su caso, a pasar a la clandestinidad. Sin embargo, poco tiempo después, Millicent Gaika enfrentó a su violador en tribunales, en un acto de mucha valentía.

Lamentablemente, los violadores y las mujeres victimizadas a menudo se conocen entre sí. Los violadores son raramente castigados y las mujeres deben vivir con la probabilidad de ver cotidianamente a sus violadores o ser burladas y amenazadas por ellos después del ataque. A pesar que Sudáfrica tiene una constitución progresista, el odio y la intolerancia hacia las personas LGBT todavía es muy latente.

Paradoja cruel

Sudáfrica ha sido la primera nación en el mundo en considerar ilegal la discriminación basada en la orientación sexual, ha sido también el primer país africano en legalizar el matrimonio del mismo sexo y la primera república del mundo en garantizar a los ciudadanos de la comunidad GLBT, iguales derechos en todos los aspectos de la vida (incluyendo la adopción y el servicio militar), sin embargo los casos de violación correctiva han ido en aumento.

Y es que en este país, y en otros de este continente, hay una extendida creencia que considera la homosexualidad como algo ajeno a la comunidad africana. La afirmación de la ‘no africaneidad’ esconde un punto de vista moral y cultural que afirma que las sociedades africanas son de alguna manera únicas e inmunes a lo que se percibe como una importación occidental y europea. La denigración sistemática de la homosexualidad por varios dirigentes africanos en los últimos años ha impulsado estas percepciones, que están profundamente arraigadas en la cultura y la tradición.

La violación correctiva se utiliza para brutalizar a las mujeres por miembros del sexo opuesto como un medio para ‘corregir’ su orientación sexual. Esta práctica no sólo viola a las mujeres, sino que también las despoja de sus derechos humanos básicos consagrados en la Carta Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos y otras leyes internacionales, denuncia la fundación Luleki.

Tomar acción

La muerte de Simelane ha levantado protestas en todos los sectores de la sociedad. La condena de 32 años al principal instigador, sin embargo, se sigue considerando leve, pero es un mensaje para aquellos que aún no han sido aprendidos, y para que cesen la violaciones. La sentencia largamente esperada en el juicio por asesinato de la activista lesbiana y ex jugadora del Banyana Banyana, fue muy celebrada.

Khumbulane Magagula, Johannes Mahlangu y Themba Mvubu enfrentaron cargos de robo con circunstancias agravantes, violación y asesinato de Simelane. Thato Mphiti fue declarado culpable de los mismos delitos en febrero de 2009, con 32 años de prisión.

Pero la violación correctiva todavía no se considera un crimen de odio en Sudáfrica.

Actualmente, la organización Change.org reúne firmas para enviar al Ministro Rabede una petición para que la justicia sudafricana endurezca las penas contra los criminales y para exigir una reunión de este funcionario con la fundadora de Luleki Sizwe, Ndumie Funda. Al cierre de este artículo se había reunido más de cien mil firmas, convirtiendo esta petición en una de las más populares desde la creación de Change.org

El año pasado, ActionAid Reino Unido publicó, un análisis del contexto en el que vive la comunidad homosexual en varios países africanos, y en particular en Sudáfrica. (Ver en PDF)

La dramática situación se resume en las palabras de Tshidi, una lesbiana de 31 años, residente de Ciudad del Cabo: “En Sudáfrica los jueces envían a una mujer a la cárcel por robar un pedazo de pan para alimentar a su hijo, pero los hombres que violan a las mujeres, que asesinan a las lesbianas o golpean hasta la muerte a sus esposas, caminan en las calles como hombres libres.”  (Con datos de IPS, www.Change.org)

Fuente: Los Tiempos

Ser Albino en Tanzania y otros paises de África es similar a ser perseguido para morir

In Malas Viejas on 16 diciembre, 2010 at 7:44 AM

Docenas de albinos son asesinados y partes de sus cuerpos acaban en un macabro contrabando alimentado por el fetichismo y la superstición. El estremecedor relato de lo que sucede en Tanzania y los detalles de lo que pasa en otros paises de África donde la persecución roza el exterminio, en este informe publicado en Tejiendo el mundo.

La Asociación de Albinos de Tanzania (TAS), denuncia que su país, seguido por Burundi, es el país más afectado por el recrudecimiento de los crímenes rituales contra los albinos, sobre todo mujeres y niños  cuyas articulaciones y órganos se utilizan en prácticas de brujería para fabricar amuletos de buena suerte para los buscadores de oro.

La falta de pigmentación en la piel que tienen los albinos es un estigma en muchos países de África. Con frecuencia son acusados de brujería y sufren el repudio de sus comunidades y de sus familiares, pero especialmente en Tanzania, donde decenas de albinos, incluidos niños, son asesinados cada año en este país, donde sus extremidades se venden por 3.000 dólares (unos 2.050 euros) en el mercado negro y sirven para elaborar pociones mágicas, según citan fuentes de la ONG “Under The Same Sun”.

Según ciertas supersticiones, las partes de los albinos dan buena suerte a la hora de evitar la muerte. Sus extremidades se venden en el mercado negro por unos 2.050 euros, y se cree que beber su sangre favorece la salud.

Pero en Tanzania no es un problema de sospechas de brujería, sino de algo más tétrico. “Lo que buscan sus asesinos son partes de sus cuerpos”, como dedos, órganos sexuales, lenguas y pelo, sostiene el jefe de la Policía, Said Mwena. Y esto es porque, según ciertas supersticiones, las partes de los albinos dan buena suerte, ya sea para librarse de morir en los yacimientos o para encontrar las mejores vetas.

El presidente de la Asociación de Albinos de Tanzania, Ernest Kimanya, ha pedido dos cosas al Gobierno: parar los brutales asesinatos y elaborar un censo de estas personas. “Somos vulnerables y en extremo carentes de seguridad”, dice Kimanya. La zona donde se han descubierto los últimos casos, en las poblaciones ribereñas del lago Victoria, también es testigo de una larga matanza que se desarrolla desde hace varias décadas y que tiene otras víctimas: ancianas que son sospechosas de brujería.

Se calcula que el promedio anual es de unos cien asesinatos, y hasta ahora las autoridades creen que desde los años setenta han perecido más de tres mil ancianas por estos crímenes a sangre fría, cometidos con lanzas, machetes o hachas.

El perverso ritual incluye quemar las chozas de las víctimas. Los asesinos reciben como recompensa una o dos vacas, que les entregan los líderes comunales por su “buen trabajo”, según las autoridades. En otras ocasiones, la recompensa es dinero, unos 100 dólares.

Estos crímenes se están registrando en comunidades aisladas de la región noroeste del país, situada a unos 1.000 kilómetros de la principal ciudad tanzana, Dar es Salam. Pero, simultáneamente, en el suroeste surgió un comercio macabro de piel humana, ahora prácticamente extinguido, que va más allá de las fronteras nacionales, buscando mercados en Zambia, Malaui o la República Democrática del Congo.

Estos son un par de videos sobre el tema:

El fiscal de Burundi, ciudad fronteriza con Tanzania, que también sufre esta lacra, Nicodeme Gahimbare, reconocía este comercio de personas: “Las articulaciones y los órganos de los albinos se venden en Tanzania. Esa gente dice que ganan 380.000 euros con cada cuerpo de albino”, explicó el magistrado burundés.

Un ejemplo de uno de estos casos donde una niña de 6 años fue asesinada, lo relató el administrador del poblado de Kinyinya, en Burundi,  Rémi Sengiyumva. “Un grupo de bandidos armados con fusiles atacaron la casa de una niña albina de seis años llamada Cizany en Bugongo (a 220 km al este de Buyumbura). La decapitaron antes de cortarle las piernas y los brazos y llevárselos”.

Y es que aparte de las supersticiones, es un comercio muy lucrativo ya que las partes del cuerpo generan una importante cantidad de dinero para gente que vive con menos de 1 dólar   al día, y es que una sola pieza de piel humana puede llegar hasta los 400 dólares. Las autoridades lanzaron una campaña para intentar frenar esta actividad, pero desde el 2005 solo 3 personas están detenidas y los crímenes rituales se siguen cometiendo.

Posteado por Tejiendo el mundo.
Fuentes: 20minutos; vientodelsur; bbc; acpasion

Ser boliviano en Córdoba

In Exclusivos, Malas Viejas on 11 diciembre, 2010 at 10:15 AM

Realizan los trabajos más castigados en la escala laboral. Ganan miserias y desconocen cualquier beneficio social. A pesar de esto, su labor es esencial en la actividad económica de la provincia de Córdoba. Gaby Socias presenta esta nota, en exclusiva, cuando en el país se viven momentos muy particulares entorno a la inmigración, la discriminación y el conflicto social.

“Acostumbrados a vivir con un peso por día”
Cuando ser humano boliviano es ilegal

Son casi las once de la mañana y el sol comienza a sofocar en la sala de espera del Consulado de Bolivia. Las cinco personas que aguardan, tienen algo en común además de ser bolivianos: miran para abajo y no emiten sonido. Que no hablen no significa que no tengan cosas para decir. Tal es el caso de Lidia González:

“Yo en Bolivia, estaba embarazada y me había hecho todos los controles, pero cuando mi bebé estaba por nacer había muchas parturientas en el hospital, los médicos no daban abasto y no me pudieron atender a tiempo. Mi bebé se ahogó con el flujo de la sangre y murió. Luego de eso, decidí tener mi segundo hijo en Argentina”.

Escapar de la pobreza, de la falta de futuro, del hambre o de la pérdida de libertad, no es fácil. Ser inmigrante, indocumentado, “morocho” y pobre, en Argentina, tampoco lo es.

En Córdoba viven unos 18 mil bolivianos, de los cerca de dos millones y medio que están distribuidos por todo el territorio argentino. La mayoría trabaja en el rubro de la construcción, en cortaderos de ladrillos, en huertas y como empleadas domésticas. Para cualquier patrón son el empleado soñado: Trabajan más y cobran menos. Sus  jornadas suelen ir mucho más allá de las ocho horas por un salario menor que el de un argentino.

Pero el saberse explotados no los desalienta.  Lo explicó Enrique Prieto Terán, quién fue presidente del Centro de Residentes Bolivianos en Córdoba: “Muchas de estas personas vienen de los sectores rurales o marginales de Bolivia, donde las condiciones de trabajo son muy precarias y la gente vive con un peso por día, cualquier retribución que acá perciban siempre será superior”.

Lidia sigue contando su historia, una historia que le da la razón a Prieto Terán: “Allá, trabajando como empleada doméstica más de 8 horas diarias, se gana como máximo 600 bolivianos por mes, lo que equivale a 300 pesos de acá. Acá, yo como boliviana, cobro 9 pesos la hora. Una empleada argentina está cobrando entre 12 y 15 pesos”.

Sócrates Condorí, su esposo, interrumpe: “Yo siendo albañil alcanzo a cobrar 60 pesos por día, mientras que un argentino realizando el mismo trabajo cobra 80 pesos”. Walter Pessi, arquitecto de la constructora Roganti y Asociados, explica que la diferencia entre obreros argentinos y bolivianos excede lo económico. “Realizan los trabajos malos, sucios y feos que rechazan los trabajadores locales”.

Dicho de otra manera, no sólo trabajan por lo que sea, sino que además trabajan en lo que sea. El propio Sócrates lo dice: “No tengo para elegir, antes que morirme de hambre prefiero ir a trabajar por lo que sea”.

Lidia y Sócrates son mucho más que dos personas. Son una síntesis que refleja la brecha salarial que existe entre los inmigrantes de países limítrofes y los argentinos. Y ésta es una brecha en la que se apoyan dos rubros fundamentales, al punto que a los cordobeses nos dan techo y comida: La fabricación de ladrillos y la horticultura.

En los 700 cortaderos de ladrillos que hay en la provincia de Córdoba, en temporada alta, trabajan unas 4 mil familias, lo que equivale aproximadamente a unas 12 mil personas. Se calcula que el 80 por ciento de los empleados son bolivianos, peruanos y paraguayos. Al igual que el 60 por ciento de los albañiles que trabajan en las 900 obras en construcción que en promedio hay en Córdoba.

Además, el 60 por ciento de la producción de frutas y verduras, en el cinturón verde de Córdoba, está en manos de bolivianos, según datos del Mercado de Abasto.

Estas cifras ponen en claro que la mano de obra boliviana, mucho más que trabajo barato, es un aporte fundamental a la economía provincial. ¿Qué sucedería si algún día los bolivianos deciden detener sus actividades para reclamar mejores condiciones laborales? ¿Qué sería de Córdoba sin bolivianos?

El tiempo termina vaciando la sala de espera del Consulado, pero nada puede contra una situación de injusticia que no es exclusiva de Córdoba o Argentina. Tampoco lo es de las economías que se nutren de migrantes. Peor que eso, es una diferencia que se da entre ente de un mismo país y  se basa sólo en el tipo de piel o la forma de los ojos. Se basa en racismo.

Según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) los grupos minoritarios de Bolivia, Brasil, Ecuador, Chile, Guatemala, Paraguay y Perú ganan en promedio un salario 38 por ciento menor que la mayoría de la población blanca. Si se contemplan edades, género y niveles de educación la brecha se reduce a un 28 por ciento. Es decir que el no tener el color correcto color pesa más que el no tener estudios. O lo que es peor, aunque se esfuerce, estudie y supere el infortunio de su nacimiento, seguirá macado por su piel.

El argumento que da el BID por no haber incluido a más países en su estudio de brechas salariales por etnicidad, es que no existen demasiados datos disponibles sobre el tema, como es el caso de Argentina. No obstante, hay realidades imposibles de ignorar y ocultar. El ser indocumentado y la vulnerabilidad que conlleva la combinación de ser ilegal, no poseer altos niveles de educación o simplemente el mero hecho de ser boliviano lo convierte en mano de obra barata. Lo obliga a hacer lo que se por lo que sea.

¿Por qué tus raíces sí y las mías no?

Sobreponerse a la adversidad y mejorar su calidad de vida fue el anhelo que los trajo a nuestro país. Acá, fueron recibidos por un discurso dominante que los trasformó en sujetos de segunda: que sobran, que no existen, que molestan. Si alguna vez se les respetaron sus derechos, acá lejos está de suceder.

Ser bolivianos en Córdoba no es lo mejor que a uno le pueda pasar. Está tan naturalizado lo instituido, que hasta suena ilógico o raro replantearnos cuestiones relacionadas a sus derechos, sus condiciones de vida, etc. Claro, es que tenemos en el imaginario colectivo la idea que la Argentina desciende de los barcos; que  somos blancos y educados. Nos atemoriza la idea de pensar en el riesgo que en dos décadas el 20 por ciento de la población pueda llegar a ser de origen boliviano y paraguayo.

Resulta paradójico, tal como dice Alejandro Grimson, doctor en antropología e investigador del Conicet, “Parece que nos olvidamos que la mitad de  los 45 millones que somos, tenemos ascendencia indígena y un 4 por ciento,  ascendencia africana”.
Mientras se derrumban las fronteras para que no pasen mercancías, se levantan otras nuevas para que no pase gente.

La estigmatización de las minorías étnicas, acusadas de quitarles el empleo a los trabajadores locales y de ser los responsables de la inseguridad, es una cuestión que trasciende las justificaciones políticas o económicas de una nación. Diferenciar el salario y las condiciones laborales, según el origen étnico, está enraizado en la médula de la idiosincrasia de la gente. Sin embargo el primer paso para cambiar esto está mucho más cerca de lo pensado: reconociéndolo.

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Conoce además la historia de los ladrilleros en Córdoba. Se cree que hay alrededor de 800 cortaderos de ladrillos en la provincia, y que el 30 por ciento del personal está integrado por bolivianos. Allí viven con sus familias en campamentos sin agua potable, cloacas o a veces energía eléctrica, trabajando de 10 a 14 horas diarias. Luis Dambolena, uno de los inspectores de la obra social de UOLRA agrega que, “si bien se realizan operativos con la Secretaría de Trabajo, “la Afip no va hasta ahí ya que son lugares poco rentables, de donde no puede sacar grandes multas”.

No dejes de ver esta entrevista de Pueblo Mestizo donde se cuenta una experiencia impresionante > Ver Video

Centro de Residentes Bolivianos de Córdoba
Balcarce 292, Córdoba, Argentina
Tel: (0351) 4995279 / 424-2364


Limpiavidrios: los sospechados de siempre

In AguaSuaves, Malas Viejas on 13 abril, 2010 at 12:39 PM

Ya mismo digamos que seguramente los limpiavidrios te caen mal. Digamos que preferirías que no existieran o que al menos fueran como esos extras de la película Ben Hur, grises y circunspectos, de los cuales no recordás a ninguno. Digamos que no es fácil progresar en la vida, que te costó mucho esfuerzo comprarte el auto y que sus vidrios quedan mejor cuando te los lavan en la playa del hipermercado mientras hacés tus compras o incluso cuando los limpias con tu limpiaparabrisas automático, con precisos chorritos de agua desmineralizada incluidos. Digamos también que los limpiavidrios te parecen violentos y maleducados, aunque te digan “madrecita”, aunque te digan “maestro” o “jefe”, no, no, no, incluso, digámoslo, te parece que son delincuentes tomándose un recreo para molestarte.

Digamos, entonces, que, en líneas generales, no quisieras tener cerca a un limpiavidrios y que es un derecho que te has ganado rompiéndote el traste desde niño para tener lo que tenés, incluyendo a tus amigos y que esos seres te parecen invasivos y sucios y que dentro de la probable indefensión que los constituye, está claro que, si pudieran, te arrancarían las orejas para quedarse con tus aros o las manos, para vender a mitad de precio tu reloj. Y ya sabemos: si caen presos, entran por una puerta y salen por la otra y si no salen, comen gratis, no hacen nada y ahí aparecen los “Derechos Humanos”, que son para los delincuentes y no para la gente decente, como vos.

Ojo, ojo, ojo: no es que para vos tooooooodos los pobres sean delincuentes, no, no y no, porque hay algunos pobres que no son delincuentes… Pero, bueno, estos pibes no respetan, no aprendieron. Hay que sacarlos ya mismo de las esquinas: no de las esquinas de los semáforos, sino de todas y cada una de las esquinas de tu vida.

A ver: no, no, no es esto que estaba pensando aquello que quería decir… Perdón, entonces, empecemos de nuevo.

Madrecita

Sí, sí, empecemos de nuevo. Con la intención de ofrecer una mirada diversa a la problemática de los limpiavidrios en las calles, se nos ocurrió salir a la calle, tomar contacto y pedirles que nos dejen trabajar con ellos y aprender de ellos. Intentemos, entonces, conocerlos desde sus puntos de vista y lo que resulte, claro está, correrá por cuenta de nuestra experiencia con ellos.

A un costado de la Costanera, bajo una hermosa mañana de este otoño imposible, no han de pasar muchos minutos para que Kevin (18) y Nahuel (17) nos conviertan en sus colegas. Digamos ya mismo que no es nada fácil el asunto: uno mira hacia el fondo de la Costanera y ve aproximarse a los autos como toros enfurecidos que no quieren ser fastidiados. Hay que esperar que se detengan y encararlos con el limpiador en una mano y la botellita con agua en la otra.

Así es como uno va comprendiendo cómo es la cosa. Y digamos también que no resultan como suponíamos.

Puestos a sintetizar, digamos que: los pibes no son tan malos como uno hubiera pensado, los automovilistas no son tan intoleranes como uno hubiera pensado y las propinas y ganancias no son tan flacas como uno hubiera pensado.

Después de algunos pasados episodios desgraciados entre limpiavidrios y conductores, las cosas están mejor, fundamentalmente por el hecho de que, en general (“en general”, dice ahí, no dice “siempre”, sino “en general” dice) los chicos ya casi no limpian los parabrisas de prepo, más allá de que fueron alejados de la Ciudad.

Naturalmente, esta especie de armonía es una impresión de un automovilista (que además es periodista) y habrá quienes opinan lo contrario y sobrarán ejemplos de discordia y también posibilidades de que nuevos episodios sucedan. No obstante, hoy por hoy está más relajada la relación.

La primera evidencia tiene que ver con el hecho de que no pocos automovilistas, en casi todos los casos en autos de mediano valor para abajo, son los que solicitan que sus vidrios sean limpiados. Esto no debería llamar particularmente la atención, pues, a la sazón, es probable que siempre sean más solidarios los que menos tienen, porque aprendieron a ponerse en el lugar del otro.

Hay, incluso, un trato afectuoso –tierno o gracioso– de los “clientes” que solicitan el servicio para con sus eventuales empleados. La paga es casi siempre en monedas, a veces aparece algún billete de dos mangos. No obstante, si el limpiavidrios es constante y labura de seis a ocho o nueve horas por día, como Kevin, por ejemplo, al final del día se encuentra con una cifra que, a principios de mes especialmente, va de los 50 a los 80 pesos. O sea: unos 1200 mangos al mes, nada mal.

A Kevin, por caso, le alcanza para mantener a su familia, comprar pañales a su beba Estefanía y ayudar a su vieja. Y en buena medida lo logra echando mano de sus estrategias de seducción.

– Una monedita, doña, para el pañal de la nena…

– Pero limpiame bien el vidrio…

– Y sonría, madre, que va a salir en el diario…

– Ay, ¿en serio..?

– Ya está, mire qué lindo le quedó, ¿pueden ser dos pesitos, linda?

– No… no, bueno, no tengo monedas, pero la próxima no te doy…

– No hay problemas, madrecita. Que tenga buen día.

Algo indecible y misterioso

Kevin se levanta todos los días a las 6 de la mañana en su Las Heras; se toma un micro y camina después hasta la esquina de Costanera y  Brasil, más bien, Costanera y Berutti, del lado de Guaymallén. Es una buena esquina, porque el semáforo dura mucho al igual que el semáforo de Morón (¿hace falta explicar este excelente chiste? Ahí va. de Morón = demorón, buenísimo…).

A las 7, Kevin empieza a laburar y sigue hasta las 19. “Al mediodía vamos a una embutidora que hay por acá cerca y nos hacen precio… Comemos sánguches”, suelta el muchacho, mientras nos da cátedra de limpieza veloz, trato adecuado y otras yerbas que volcaremos en un “decálogo del buen limpiavidrios”.

No fuma ni faso ni cigarrillos; no toma alcohol ni toma merca; no tiene antecedentes ni auto ni futuro; no le gusta hablar mucho y, cuando pronuncia el nombre de su beba, se le atraganta algo en la garganta, algo indecible y misterioso para su corto abanico de adjetivos, algo que nosotros, a fuerza de no encontrar mejor recurso, llamaremos amor.

Criollita

Nahuel, en cambio, tiene 17 y la vida todavía no se le cae encima como una gorda en pedo. Nahuel está hoy en la esquina, pero mañana podría no estar. “Le doy un poco de plata a mi vieja y la demás me la gasto yo en huevadas”, dice y se va y cruza la calle y entra al quiosco y se compra unos cigarrillos.

Los toros van y vienen y está claro que no todo es armonía, ya sé, ya sé…

Algunas caras detrás del vidrio dejan absolutamente en claro que no quieren que te acerqués ni a dos metros de sus autos. Si alguna frase cupiera a la situación, diría:

a) “Vaya, vaya, este tipo me mira con un considerable desprecio”. O algo así, más rebuscado:

b) “¿Qué le hice yo en otra vida a este flaco, que me clava en el pecho dos puñales envenenados que se escapan de sus ojos?”. O algo así, más sociológico:

c) “¿Qué le pasa, señora, que le pone precio a mi ropa y a mi color de piel y destila un desagrado más poderoso aún que su silencio?”. O algo así, llegado el caso, muy, muy fuera de lugar:

d) “¿Qué te pasa? ¿Qué me mirás, pelotudo?”.

Mejor será quedarse callado. A ver si todavía terminamos en cana y nos quedamos sin  esquina (aunque a la crónica le vendría bárbaro, claro). (Continuar leyendo la nota)

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