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Eduardo Galeano: las revueltas en Oriente Medio son “un fuego hermoso”

In AguaSuaves on 26 febrero, 2011 at 1:09 AM

El escritor uruguayo Eduardo Galeano consideró que las revueltas populares en Oriente Medio son “un fuego hermoso”, y señaló la hipocresía de Occidente hacia los gobernantes derrocados o en caída libre.

“Eran héroes de Occidente hasta que se convirtieron en malditos”, apuntó el autor de “Las venas abiertas de América Latina” en un encuentro con medios en México, previo a recibir una distinción otorgada por las autoridades de la capital del país.

Galeano, quien no quiso hacer profecías sobre lo que ocurrirá en la región tras la “explosión de furia colectiva” que vive, se sorprendió gratamente por la rapidez con la que se ha propagado el incendio revolucionario en la región.

Se alegró también por la caída del líder egipcio Hosni Mubarak, “con toda justicia expulsado por el pueblo”.

Los dictadores árabes llevan años acumulando dinero, “sentados sobre montañas de petróleo”, dijo, e ironizó sobre el dato de cómo mantener a los 5.000 príncipes que tiene Arabia Saudí. “Porque a esos hay que darles de comer en la boca”, remarcó.

Los manifestantes chocan contra “estructuras de poder muy sólidas, alimentadas durante años”, por lo que no lo tendrán fácil, apuntó el escritor, que se define no como un pensador -palabra que le horroriza- sino como “sentipensante”.

Galeano visitó la capital mexicana pare recibir el diploma de honor y la Medalla 1808, otorgada por el Gobierno capitalino en el marco del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución (festejado en el país en 2010). Esta distinción se ha concedido a personalidades como los escritores mexicanos Carlos Fuentes y Carlos Monsiváis, y al historiador Miguel León-Portilla, entre otros.

La Medalla 1808 fue instituida en memoria de quienes, en dicho año, se conjuraron para instalar un Gobierno provisional que restituyera la soberanía al pueblo, tras la abdicación de los reyes de España ante Napoleón.

Escritor, periodista y exiliado en su día de su natal Uruguay, Galeano ha retratado como pocos los procesos políticos, la vida y la exclusión en América Latina, convirtiéndose en un referente para las izquierdas de la región.

Poco antes de recibir la medalla, contempló las independencias americanas con cierto escepticismo, ya que en un principio únicamente liberaron a un pequeño porcentaje de la población, dejando mayorías invisibles que han perdurado en el tiempo.

Por eso, elogió a regímenes como el del boliviano Evo Morales y el del venezolano Hugo Chávez, por ofrece voz y representación a quienes antes no se les reconocía.

“Chavez tendrá mil defectos, pero no es tan terrible”, definió. El escritor calificó al gobernante como un “extraño tirano”, porque “ganó dos elecciones limpias” y convoco un referéndum revocatorio.

Él mismo ejerció de observador electoral en Venezuela, junto al expresidente de EE.UU, Jimmy Carter. “No encontramos ni un pelito en la leche, todo limpio”, recordó.

Naturalmente, en esa labor de Gobierno, en la tarea de llevar a la calle la letra impresa de las Constituciones, “por supuesto se cometen errores”, reconoció.

Al respecto de México, Galeano se congratuló de la batalla ganada por la independencia de los medios, con la restitución de la periodista Carmen Aristegui a su programa de radio tras una polémica que involucró presuntamente presiones del Gobierno.

Fuente: EFE

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Sin futuro, pero con sistema penal propio

In Derecho a Replica, Exclusivos, Tonti on 4 febrero, 2011 at 1:36 PM

Por Danilo Tonti

El miedo es la materia prima de las prósperas industrias de la seguridad privada, y del control social. Una demanda firme sostiene el negocio. La demanda crece tanto o más que los delitos que la generan, y los expertos aseguran que así seguirá siendo. Florecen el mercado de las policías privadas, y las cárceles privadas, mientras todos, quien más, quien menos, nos vamos volviendo vigilantes del prójimo, y prisioneros del miedo“.

La búsqueda del miedo no es ilusoria ni tampoco desprevenida. Es miedo, pero ante todo es búsqueda. “Industria del miedo” en palabras de Galeano. “Ola de inseguridad”, en verborragia de todos.

Para el film hollywoodense es clara la escena, y también la condena: el ejecutivo o la ama de casa, en el trajín de su vida “normal”, y el delincuente (porque antes de ser persona, el sujeto es delincuente) atacando con su desvío social y su anormalidad casi natural, casi heredada. ¿El camino? No hay muchas dudas: cárcel y condena la mayor cantidad de años como fuesen posible, convenciéndose (sin siquiera creerlo) de que el encierro y la desprotección absoluta devendrán en “reinserción”. Pero sucede que aquel delincuente es joven, la secuencia se complica y casi de inmediato olvidamos la verdad que pintorescamente sostenemos: “los jóvenes son el futuro”.

¿Será que no es joven aquel pibe de 15 años que no conoció otro mundo que el robo y el camino de las drogas? ¿Será que no es joven aquel que mordió la bronca del olvido y tragó el resentimiento de la indiferencia? ¿Será que joven no es tanto un término etario como un privilegio y un mérito social? En la locura del prejuicio, los disparates son emblemas.

Lo cierto es que hoy, y con entristecedora liviandad, se discute bajar la edad de imputabilidad de 16 a 14 años. Y me sumo a la pregunta que inteligentemente se realizan los jóvenes de la Cooperativa de Comunicación “La Brújula”: ¿Por qué suponer que desde adentro del  sistema penal se restituirán los derechos vulnerados, que por fuera del mismo no están siendo garantizados? Por motivos que no llego a comprender, para muchos hay lógica y verdad en aquel supuesto.

Los adolescentes que hoy tienen 14 y 15 años nacieron entre 1994 y 1995, en plena  vigencia del gobierno de Carlos Menem, cuyas políticas económicas tuvieron como  resultado la desintegración del tejido social, la marginación de millones de personas. (…) Hoy, esos jóvenes se encuentran en el centro del debate y es el mismo Estado que los dejó fuera del sistema productivo y educativo, quien debe definir qué hacer con ellos ante los crecientes reclamos de la opinión pública“; La Brújula. En todo problema yace una matriz, una causa, y también un efecto, una consecuencia. Ver el efecto y olvidar la causa no sólo evidencia nuestra incapacidad sino que, fundamentalmente, garantiza la continuidad del problema.

A esta altura del partido, hasta resulta hipócrita sostener la cárcel y los institutos de menores como instituciones que garantizan la resocialización del sujeto, reinsertándolo exitosamente en la sociedad. Más bien, parecen sostenerse como la garantía que contrarresta la amenaza; la tranquilidad, naciente del aislamiento, de evitar contacto y encerrar peligros. En este contexto, pensar bajar la edad de imputabilidad no regala otro horizonte que el del aumento de la franja de la desprotección y el olvido, reafirmando la condena y esquivando la inclusión.

La idea de un sistema penal juvenil pareciera responder a la lógica de “aislar y condenar, para curar y reinsertar”. Sin embargo, las políticas en nuestro país a diario reafirman que éste es un camino de ida, en donde el desinterés en verdaderas políticas sociales transforma el camino de regreso en un ideal construido de ilusiones. Podemos cambiar de nombres los sistemas o de títulos los procedimientos, pero mientras la naturaleza sea la misma, la continuidad del “orden” estará garantizada.

Muchos dicen que la cárcel o los institutos son un mientras tanto necesario hasta que se profundicen verdaderas políticas inclusivas. ¿Pero saben cuál es el problema? Que la Argentina es un país del mientras tanto. “Hasta que hagamos lo correcto nos conformemos con lo posible”. Pero sucede que lo correcto nunca llega y lo posible, mediocre y simplista, termina siendo más que el mientras tanto… el horizonte. Bajar la edad de imputabilidad es condenar a esos jóvenes, que no saben nada de la vida más que el mundo que los adultos le entregaron. Condenarlos con la culpa, y soslayando la responsabilidad de un sistema social que no sólo los desprotege sino que, como si fuera poco, los ubica en el ojo de la tormenta.

No hay que olvidarse de algo, muchos de aquellos que roban y que matan en la sociedad fueron, antes que victimarios, víctimas. Y eso es lo que todos pasamos por alto y en lo que nadie se ANIMA a detenerse. Trabajar este tema no requiere sólo nuevas política, requiere nuevas configuraciones de sentido, nuevas concepciones que tienen que ver con la construcción del pobre, del delincuente, de la inseguridad. Pensar que la inseguridad se combate con cámaras de seguridad en las esquinas como convencido sostiene Macri, es evidencia de lo poco que pensamos y de lo mucho que falta.

Ningún chico, en ninguna parte del mundo, nace fumando paco o con un revolver en la mano“, sostiene Alcira Argumedo paraLa Brújula. Es en la construcción social y en la configuración de las oportunidades donde olvidamos el link de la igualdad y damos pie a que, el paco y el revolver, sean las únicas herramientas a la vista.

Pero antes de hablar y de cerrar posiciones es necesario saber de qué estamos hablando y en qué contexto lo hacemos:

“Según una investigación de Unicef, la Subsecretaría de Niñez, Adolescencia y Familia, y la Universidad Nacional de 3 de Febrero, sobre un total de  1800 adolescentes menores de  18 años privados de libertad por causas  penales  en  el país,  el 17 %  (300 adolescentes)  son menores  de 16 años. Los datos indican que un 15 % de estos 1800 adolescentes está imputado de homicidio, lo que equivale a 270 casos. Dentro de este porcentaje, sólo 46 corresponderían a adolescentes de entre 14 y 15 años. Pero esa cifra es aún más baja, si se toma como referencia la cifra del total de homicidios dolosos que se cometen por año en nuestro país, alrededor de  2000 casos. De esa cantidad, en unos  200 participan menores de  18 años.  Y según declaró el director regional  de Unicef para América Latina y el Caribe, Nils Kastberg, en sólo 15 de esos 200 casos participan menores de 16 años”. (Menores en Conflicto con la Ley – ¿Responsabilidad Individual o del Estado?; La Brújula).

En definitiva, este tema amerita los replanteos y la voluntad de dejar de lado la simple comodidad y el interés personal. No están en juegos meras opiniones, sino la vida de cientos y miles de jóvenes que en silenciosos gritos piden ayuda. Porque, como dice Galeano:

En un mundo que prefiere la seguridad a la justicia, hay cada vez más gente que aplaude el sacrificio de la justicia en los altares de la seguridad. En las calles de las ciudades se celebran las ceremonias. Cada vez que un delincuente cae acribillado, la sociedad siente alivio ante la enfermedad que la acosa. El gran negocio del crimen y el miedo, sacrifica la justicia“.

+ Menores en conflicto. ¿Responsabilidad individual o del Estado? PDF de La Brújula Cooperativa de Comunicación

> Este autor es Columnista permanente de este Blog

Eduardo Galeano, alma de arrabales y escritor de galera y bastón

In Exclusivos, Froy, Paladar mostaza on 6 noviembre, 2010 at 12:22 PM

Eduardo Galeano, un cuentacuentos al que le gusta tanto contar cuentos como escucharlos. Un escritor que asegura que aprendió de Onetti que una regla del arte del buen escribir consiste en encontrar palabras mejores que el silencio. Los amigos lo debaten y siempre lo disfrutan.

Los café despiertan en la mesa y su humo caliente se entrelaza con el de los fumadores. Sábado de amigos en la esquina con el sol entibiando la charla y el pasar suave de algunos autos mantiene despierto al sol. El debate surca los caminos acostumbrados aunque los actores vuelven aleatorios los actos de la obra. Entonces sin saber cómo, llegamos al escritor uruguayo. “Para mi es un prócer de la literatura latinoamericana” dice uno en el extremo de la mesa, y tras el silencio de los sorbos los pocillos rozan los platos y el gordo Rogelio alza la voz:

“Lo mejor es que escribe, sabe y gusta del Fútbol”, dijo moviendo la mano para quitar el humo que alguien exhaló, “tiene capacidad para estar en la elite y a mi me gusta particularmente por que tambien sabe llevar su parte popular con soltura. Ahora creo que no sé como explicarlo, creo que mi comparación directa es Borges, él tenía la capacidad intelectual que creo no veremos mas por estos lados, era una persona con la soberbia suficiente y mas que justificada para menospreciar la simpleza de las acciones o lo popular, en cambio Galeano esta a la altura de una charla de cafe con Borges, Marx, Maradona y Gardel, y sabra ampliamente de todos esos temas”.

Los rostros de la mesa buscan otra vez las tazas y antes que alguien agregue el gordo Rogelio me apunta, “l

a nota esa que posteaste vos en tu blog, que le hacen a Galeano antes de que comience el mundial y el dice la frase “cerrado por futbol” ahi te das cuenta de lo que es

(Ver nota). 

No sé si leyeron “El futbol a Sol y Sombra”, pero es un libro que por el título aparecería en cualquier batea “deportes” de una librería, pero el tema está tratado con tal altura, que aprendes muchísimo”.

 

La silla rechina contra el suelo y el gordo se va al baño sin mas explicación. Alguien toma el diario y muestra esta entrevista al gran escritor que es Eduardo Galeano:


¿La veta de narrador le viene de cuna?

Me gusta contar cuentos, pero más me gusta escucharlos. Yo tuve solo siete años de educación formal. De muy temprano tuve una vida independiente: me iba a los cafés, a los 14, 15, 16 años y escuchaba. Los cafés de Montevideo fueron mi universidad. Nunca me voy a olvidar de lo primero que me sacudió, que tocó algo que yo no sabía bien qué era, dentro de mí. En un café de Montevideo que ya no existe, el Boston, un hombre ya viejo contó una historia de la Guerra Civil de 1904. Decía que había visto una batalla, con cuerpos regados por el suelo. Yo sacaba cuentas, y me parecía que, por la edad, no podía haber participado. En esa época, los uruguayos, divididos en blancos y colorados, conservadores y liberales, se distinguían por las vinchas. Y este hombre dijo que estuvo ahí. Con los años, supe que no importaba demasiado si este hombre había estado o no había estado ahí. Lo importante es que cuando él lo contó, todos estuvimos ahí con él. Lograr que algo que ocurrió vuelva a ocurrir cuando uno lo cuenta, eso es lo importante. Había visto un campo regado de cuerpos, y entre ellos, con los brazos en cruz, un ángel, casi niño, un muchacho muy jovencito, con una vincha blanca, roja de sangre; y en la vincha, el agujero de la bala que lo había matado; pero en la vincha él había escrito algo que apenas se alcanzaba a leer: “por la patria y por ella”. Y la bala había entrado en la palabra “Ella”. Ahí me hice cuentacuentos. Contando ese cuento a otra gente es que descubrí como una vocación de contar cuentos, y de tratar de contar el mundo a través de los munditos.

Usted escribió “Las venas abiertas de América latina” en épocas de grandes relatos. Y sus últimos libros son microrrelatos. ¿Es una adecuación a estos tiempos más fragmentarios?

No, cuando escribí “Las venas abiertas de América latina” que fue un libro centrado en la economía política, ahí el microrrelatro no me servía. Y yo ya escribía cuentos, pero todavía no los había conectado con la otra parte de mí que quería ayudar a que las realidad cambiara. Onetti me ayudó mucho. A él no le interesaba aquello de “Las venas….”, pero sí mis relatos. Onetti era muy mentiroso, y me dijo que un proverbio chino decía que las únicas palabras que merecían existir eran aquellas que fueran mejores que el silencio. Creo que no era un proverbio chino, sino de él. Y en ese camino, intentando decir palabras que fueran mejores que el silencio, y reducir las otras, los textos que yo escribía se fueron reduciendo, queriendo ganar en profundidad y reduciéndose en espacio.

Usted dijo que le demanda por lo menos cuatro años escribir un libro..

Escribo y reescribo mucho. Cuando fui a presentar “Espejos”, en un pueblito español, Orense, había al final del público un tipo con cara de campesino gallego muy sufrido, con el ceño muy fruncido; yo creía que él me quería matar. Sin embargo, cuando terminó la presentación, se me acercó, sin dejar su cara de enojado, y me dijo: “qué difícil debe ser escribir tan sencillo”.

¿Cómo hubiera cronicado el rescate de los 33 mineros?

Creo que cruzaría esa historia -que yo seguí deseando con fervor que se salvaran, porque las minas de Chile, como muchas minas, se tragan carne humana- con la de los 34 mapuches que en el mismo país hicieron una huelga de hambre mientras los medios de comunicación no le daban ni la menor pelota.

¿Cómo está viviendo la “etapa Mujica” en el Uruguay?

Bien, en primer lugar, porque tengo con él una relación personal, es un amigo. Además, me parece que es un hombre de una gran calidad humana, y que su principal defecto es su principal virtud: que dice lo que piensa. Lo que en política, a veces, es imperdonable. Pero bueno, eso que en el oficio, en la profesión política, es un defecto, en términos simplemente humanos, es una gran virtud.

En algún momento usted dijoque no volvería a escribir “Las venas abiertas de América latina”, pero dijo asimismo que no le cambiaría ni una coma.

Porque he cambiado mi estilo. “Las venas…” está escrita en los años 70, pero yo creo que la contradicción es el motor de la historia, que no hay noche sin día ni muerte sin vida. Y que lo que la historia enseña, cuando uno más o menos se asoma a los tiempos pasados, es que cuando la historia dice adiós, no dice adiós, sino hasta luego.

Pero no me respondió si cuando usted era chico contaba cuentos …

Durante mucho tiempo pensé que dibujar era lo mío. Después, quería ser jugador de fútbol; y nunca pude, tampoco, porque era muy pata de palo. Y era muy místico. Yo tuve una infancia muy católica, me la pasaba rezando. Una suerte de vocación religiosa, de algún modo, dominó parte de mi vida junto con mi otra pasión, el fútbol. Pero ni en una ni en otra pude funcionar: ni como jugador, por mi pata de palo ni como místico, santo o no sé, por mi tendencia al pecado, que apareció muy temprano. El hecho fue que en algún momento Dios se me cayó por un agujerito del bolsillo. Pero creo que de algún modo he seguido con esa vocación mística, aunque me pasé para el lado de los paganos. Cuando uno ve bellezas como las que acabo de ver en el Norte, en Humahuaca, uno siente que no hay un Dios, que hay muchos dioses.

Fuente: La Gaceta

Eduardo Galeano en Jujuy: La independencia, una tarea pendiente

In Paladar mostaza on 31 octubre, 2010 at 11:30 AM

Eduardo Galeano es sin dudas una espada de caballero de la literatura, con un filo incalculable determina las palabras que saldrán a danzar entre sus oyentes con ritmos nativos, consciencia eterna y visión superadora. Galeano dio una serie de charlas en Jujuy, la primera de ellas en el histórico Teatro Mitre de San Salvador de Jujuy. Acá la crónica de Alejandro Velazquez desde Ñurda.

Muchas, muchas caras veían, embobadas, a Eduardo Galeano que él estaba sentado en el escenario del teatro Mitre… Mitre, justo como el presidente argentino que tuvo obras tan importantes, alguna recordaría luego Galeano: la guerra de la triple alianza.

Casi todos los que miraban embobados, a Eduardo, eran los que el día anterior en 15 minutos agotaron las entradas a esa conferencia que era el inicio de unas jornadas de literatura que organizó la Universidad Nacional de Jujuy. Sin estructuras de prensa, que bombardeen hasta las calles con parlantes, el escritor convocó a tanta gente que llenó el teatro.

Antes de escucharlo tuvo parte la formalidad del momento, con un par de presentadores, muy correctitos ellos. Él (el presentador), impostaba una voz de locutor. Ella, con una seriedad muy prolija leía su discurso escrito en un papel acartonado. Después, de forma decreciente en la formalidad, le dieron paso a una profesora de rulos dorados que con emoción contó como comenzaron las jornadas literarias que estaban a la tercer edición.

Y para que le ponga calidez al evento le dejaron la posta a Flora Guzman, amiga del visitante y esposa del escritor Hector Tizón.

Sentada a la izquierda del uruguayo, lo presentó recordando tiempos de exilio, que compartieron en épocas de dictaduras. La época en que se hicieron amigos. Anécdotas. No se olvido de nombrar al discurso políticamente correcto, el que no practica Galeano. Aplausos.

Y ya Eduardo al micrófono: “¿Hay un cardiólogo por acá? Ay Flora como me has dejado…” Y mientras acomodaba unas hojas a4 sueltas, dijo: “Voy a leer unos textos breves de esos que a mi me gusta escribir…”

Moviéndose en la temática que en el programa figuró como “La independencia, una tarea pendiente” comenzó contando que al día siguiente de la declaración de la indenpendencia en Quito, en una pared alguien escribió: “último día de despotismo y primero de lo mismo”. El monólogo de Eduardo siguió por distintos personajes, desde Mariano Moreno a Sarmiento, iluminando partes de la historia que es mutilada por la historia oficial.

Sacó a luz a personajes como Simón Rodríguez, quien intentó educar de una manera distinta que entre tantas cosas planteaba “enseñar que los niños sean más preguntones” y Robert Carter, que fue unos de los que ayudó a forjar la independencia estadounidense pero que fue olvidado, “el más valioso de todos fue olvidado” diría Galeano.

Recordó, Eduardo, como en 1810 luego de una reunión de “tenderos, contrabandistas, ilustrados doctores y jefes militares” discutían la“independencia”, y no bien la declararon, implantaron el comercio libre y “así el puerto de Buenos Aires asesinó en el huevo a la industria nacional que estaba naciendo… estaba ya naciendo.”

También resaltó, siempre con ese humor (en el que nos terminamos riendo de escenas que no son totalmente humorísticas en el fondo), que en Bolivia se demoró más de 180 años en ver que había alguien de pueblos originarios que pueda ser presidente y en Chile luego de 188 años vieron que las mujeres eran la mayor parte en su población.

Mientras hablaba de como la historia oficial condenaba a la amnesia a ciertas personas pedía: “Mucho cuidado cuando se miden las cosas, las personas por el éxito”. Y en esa confusión entre valor y éxito citó al poeta Antonio Machado:“ahora cualquier necio confunde valor y precio”.

En otra parte de la conferencia Galeano dijo: “La guerra de la triple alianza, que debería llamarse la guerra de la triple infamia…”, mientras recordaba que Sarmiento cuando recibió el parte militar de la victoria en el Paraguay festejó así: “Es providencial que un tirano haya hecho morir a todo ese pueblo guaraní, era preciso purgar la tierra de esa excrecencia humana” y remató  diciendo: “Lo que lo salvaba era que que había fundado la sociedad protectora de animales, lo que indicaba que había un buen corazón latiendo en aquel…”

Sacando a relucir que a pesar de ese exterminio lo que perduró y resistió fue la lengua guaraní, que hoy la usan sobre todo en el “amor y los chistes, lo más importante, el amor y el humor”.

Y así desató una vez más en los espectadores la risa y aplausos que fueron los separadores entre cada relato que profería el escritor. Y dejando a muchos con ganas de escuchar más, en un momento la conferencia terminó. Galeano con brazo en alto despidió a la gente que de pié aplaudía.

La gente no se levantó porque para finalizar sobre el escenario tuvo presencia entre actuación y baile el grupo de baile Juventud prolongada con carnavalito de fondo. Y después de esa actuación si dejaron sus asientos para poder llegar a la puerta antes que el escritor y poder verlo de cerca. Mientras los presentadores formales que abrieron la charla decían que al día siguiente Galeano daría otra conferencia en la Facultad de Humanidades.

Fuente: Ñurda

Eduardo Galeano y el Mundial

In Paladar mostaza on 9 junio, 2010 at 10:09 AM

A partir del sábado que viene y hasta la finalización misma del Mundial Sudáfrica 2010, como viene sucediendo desde hace muchísimo tiempo y cada cuatro años exactos, Eduardo Galeano exhibirá un cartel en la puerta de su casa: “Cerrado por fútbol”.

El gesto, más divertido y diplomático que el “no molestar” de los hoteles (y al que podría acompañar con un “estoy trabajando para ustedes”, ya se verá), de todas maneras parece innecesario:

“Durante los mundiales directamente me voy del Planeta Tierra. Me mudo al Planeta Pelota, igual de redondo pero más chico. Me dedico a ver todos los partidos, o al menos a intentarlo, porque siempre pasa que alguno me pierdo. Pero lo que quiero decir es que me siento con una cervecita bien fría delante de la TV y me meto en una pelota. Y de ahí no salgo hasta que el Mundial se termina. Así de sencillo”.

Pero el Mundial todavía no empezó. Y el escritor uruguayo, antes de perderse en el laberinto de fixtures y horarios, esas coordenadas particulares del Planeta Pelota cuando la escena ocurre lejos, habló de todo.

Habló de Lionel Messi: “Es el mejor del mundo porque sigue jugando como un chiquilín en el barrio”. Habló de Diego Maradona: “Ha sido injustamente atacado, y aunque una cosa es ser jugador y otra técnico, todavía hay que darle tiempo y espacio”. En definitiva, habló de fútbol.

–¿Sigue teniendo con el fútbol la misma relación de siempre?

–Absolutamente. No podría estar alejado del fútbol. Soy fútbol-adicto. Y esto viene de la infancia más remota, porque mi padre me llevaba al estadio cuando yo todavía era un bebé. Y luego, claro, toda mi vida jugué al fútbol.

–¿Jugaba bien?

–No. Mal, muy mal. Era entreala derecho, lo que hoy sería un volante ofensivo, pero siempre fui un chambón, un pata de palo. Así que al final me resigné, acepté mi destino y terminé intentando escribir para ver si podía hacer con la mano lo que con los pies no pude hacer nunca.

–Pero esos intentos fueron apenas eventuales hasta la aparición de El fútbol a sol y sombra.

–Es verdad. Hasta ese libro yo había escrito muy poco de fútbol, pero después me tomé el tema más a pecho. Por fin hice lo que quería: jugar al fútbol con las palabras y a mi manera. A este libro lo voy actualizando luego de cada Mundial, y eso también tiene que ver con aquello de “Cerrado por fútbol”.

–El ejercicio de unir literatura y fútbol, por cierto, parece cada vez más aceptado, o al menos es más practicado.

–Celebro que haya gente que escribe muy bien y que no oculte su pasión futbolera. Cuando tenía 20 años, dirigí en Uruguay un diario independiente de izquierda. Se llamaba Epoca y tenía buena resonancia, con 35 mil ejemplares. Eramos todos muy jóvenes y capaces de esa locura, una experiencia maravillosa en la que nadie cobraba y de la que todos los militantes, unos 5 mil, éramos accionistas. Así que recuerdo muy bien lo que eran las asambleas, con 200 o 300 personas hasta las siete de la mañana, en las que yo tenía que dar la cara y defender las páginas dedicadas al fútbol. Era la pelea más feroz de todas, porque para los militantes de izquierda aquello era dilapidar cinco o seis páginas de un vocero de la clase trabajadora, de un diario antioligárquico, para consagrar al fútbol, el “opio de los pueblos”. Recién ahora la izquierda se está curando de esa enfermedad en la que acusa al fútbol de que la gente no piense. Ahora los intelectuales no tienen vergüenza.

–¿Y qué espera de este Mundial, como hincha y como intelectual?

–Que me ofrezcan una fiesta para los ojos. Ese prodigio de hermosura que el fútbol es. Obviamente que quiero que gane Uruguay, y si no es Uruguay que sean la Argentina o Brasil, los países que siento más próximos. Pero antes que nada soy un fanático del buen fútbol.

–Más allá de los colores…

–Más allá de los colores. De chiquilín era hincha rabioso de Nacional. Iba al talud (la popular), detrás del arco, es decir la tribuna más pobretona y más violenta, porque en aquel tiempo yo también me fajaba como cualquier hijo de vecino. Era bastante peleón. Tenía 11, 12, 13 años. Pero con el paso del tiempo fui descubriendo que lo mío es el fútbol, sobre todo cuando alguien me ofrece esa fiesta, la del fútbol bien jugado. Cuando ocurre ese milagro, lo agradezco sin importarme el equipo o la selección. Y más todavía: incluso en partidos de Nacional, confieso que muchas veces quiero, secretamente, que gane el menos poderoso, el más pequeño. Como me dijo una vez un amigo español: “Estás condenado, porque vas a estar siempre de parte del toro”. Nunca del torero. Por eso me hizo feliz el título de Argentinos Juniors, la posibilidad de que se rompa el monopolio, más allá de que tengo amigos que son hinchas.

–¿Sigue yendo a la cancha?

–Sí, sigo yendo. Es curioso, hasta masoquista diría, porque el fútbol rara vez me devuelve en el estadio algo que se parezca a la expectativa que me lleva. Espero ver un espectáculo bello y muy rara vez ocurre.

–¿Y a qué le atribuye la insistencia?

–Primero, a la diferencia que existe, por ejemplo, entre el cine y el teatro. Una cosa es ver el partido en el estadio, donde se escucha la respiración de los protagonistas, y otra cosa diferente es verlo por televisión. Pero también creo que tiene que ver con algún residuo de mi formación católica.

–¿Cómo es eso?

–Tuve una infancia muy católica. Creía en Dios y creía que Dios creía en mí. Ahora no creo más en el cielo, ni en el dolor, ni en ese elogio del dolor que la Iglesia Católica me metió adentro, pero me debe haber quedado algún efecto residual de aquel aprendizaje: que todo lo que sufras en la Tierra será recompensado en el cielo. ¡Debe ser eso lo que me lleva a la cancha! Pero también me lleva el espectáculo del público, el fervor, esas oleadas de entusiasmo que sentís cuando la gente está a tu lado y no cuando lo ves por televisión o te lo cuentan. ¡Y las ocurrencias de la gente! Recuerdo que había un jugador de Nacional, Escalada, que de 90 veces que pateaba al arco, apenas una era gol. En las restantes le gritaban: “¡Con la herradura no, con la herradura no!”. Eso también es parte de la fiesta del fútbol y es algo que yo, que siempre fui un escuchador, disfruto de manera especial.

–De aquella infancia católica y futbolera, ¿qué cosa recuerda con cariño particular?

–La pared de mi pieza, en la que tenía un crucifijo rodeado de figuritas. Ahí estaban Rinaldo Martino, aquel de San Lorenzo, y tantos otros que jugaron en Nacional. Era toda la pared pegada de figuritas alrededor del crucifijo. Y abajo, como para que no se vieran mucho porque eran “enemigos” de Peñarol, también había pegado a (Juan) Schiaffino o a (Julio) Abbadie. ¡Me gustó tanto verlos jugar! Abbadie era capaz de hacer que la pelota fuera rodando por la línea lateral y con puros amagues, sin tocarla, iba eludiendo a sus rivales. Me gustaría escribir como Abbadie jugaba. Me gusta ese fútbol, el de las orillas, el del wing, que en inglés significa ala. Abbadie era un hombre con alas.

–Como Garrincha.

Galeano fanático del Fútbol

–Exacto. Tuve la suerte de verlo jugar dos veces en Río. Era como ver a Chaplin en la cancha. Garrincha disfrutaba tanto que terminaba una jugada y se sentaba arriba de la pelota, después de dejar a todos sus rivales en el camino, provocando, como diciendo “a ver si me la sacan”. Después algunos lo querían degollar porque a veces ni siquiera hacía el gol.

–¿Messi tiene ese perfil de jugador “orillero”?

–Yo creo que Messi es el mejor del mundo porque no perdió la alegría de jugar por el hecho simple de jugar. En ese sentido no se profesionalizó. Están los que escriben por placer y están los que escriben por cumplir con el contrato o ganar dinero. Messi juega como un chiquilín en su barrio, no por la plata. Cómo se mete, cómo engaña, esa picardía que es tan linda de ver en los potreros. Cuando el fútbol profesional me desengaña demasiado, me voy por la rambla de Montevideo a ver a los chiquilines jugando en los campitos.

–¿Y a Diego? ¿Cómo lo ve en su función de director técnico?

–Creo que ha sido injustamente atacado. Una cosa es ser jugador y otra director técnico, pero hay que darle tiempo y espacio, ver qué pasa. Lo que ocurre es que Maradona tiene que cargar con una cruz muy pesada en la espalda: llamarse Maradona. Es muy difícil ser Dios en este mundo, y más difícil comprobar que a los dioses no se les permite jubilarse, que deben seguir siendo dioses a toda costa. Y el de Maradona es un caso único, el deportista más famoso del mundo, a pesar de que hace años que ya no juega, esa necesidad de protagonismo derivada de la popularidad mundial que tiene.

–En su último libro, Espejos, habla de Diego como un “dios sucio”.

–Pero no en un sentido insultante. Quiero decir que es el más humano de los dioses, porque es como cualquiera de nosotros. Arrogante, mujeriego, débil… ¡Todos somos así! Estamos hechos de barro humano, así que la gente se reconoce en él por eso mismo. No es un dios que desde lo alto del cielo nos muestra su pureza y nos castiga. Entonces, lo menos que se parece a un dios virtuoso es la divinidad pagana que es Maradona. Eso explica su prestigio. Nos reconocemos en él por sus virtudes, pero también por sus defectos.

–¿Usted lo considera capaz de llevar a la Argentina hasta la Copa del Mundo en Sudáfrica?

–La Argentina es uno de los favoritos a ganar la Copa por la riqueza de su plantel, con esto no estoy descubriendo la pólvora. Pero hablar de Maradona en esos términos me parece una desproporción, porque hoy se les da a los técnicos una importancia que para mí no tienen y que termina perjudicándolos: de hecho se los hace casi únicos responsables de una derrota. Es otra de las deformaciones del fútbol: se le da al técnico un aura científica, como si fueran colegas de Einstein. Antes ni se sabía quiénes eran los entrenadores. El mejor que conocí fue un señor que se llamaba Cóppola, que dirigía al equipo de un pueblito muy chiquito de Uruguay, Nico Pérez. Era peluquero, un día se sacó la grande y puso un cartelito en su local: “Cerrado por exceso de capital”. La cosa es que toda la táctica y toda la estrategia de Cóppola se reducía a lo siguiente: acompañaba a sus jugadores a la cancha, los palmeaba en la espalda a medida que iban saliendo y les decía, sencillo: “Muchachos, ¡buena suerte!”.

–Por afuera de lo estrictamente deportivo, ¿podría perjudicar el camino de la Argentina en el Mundial esta presencia tan mediatizada de algunos barras en Sudáfrica?

–Sería una pena, teniendo la Argentina tanta calidad de jugadores, que se embarrara la cancha por un tema así. En principio, el hecho de que viajaran junto con el plantel me generó preocupación. Pero espero que no ocurra ningún desastre, que no empañen lo que creo será un alto lucimiento, que no haya episodios de violencia por estos fanáticos que no aman al fútbol del mismo modo que los borrachos no aman el vino. Entre muchas otras cosas, Da Vinci escribió un libro en el que recogió fábulas de la región toscana de Italia, y ahí hablaba de eso: de la ofensa de una botella de vino por la mala manera en que la tomaba el borracho. Siempre pensé que era una fábula muy justa y es la misma relación entre el fútbol y los fanáticos de la violencia, ese desahogo que hacen de lo peor que el alma humana tiene.

–¿Y a Uruguay? ¿Cómo lo ve?

–Creo que mejoró mucho con relación a tiempos no tan pasados. Lo que ocurre es que Uruguay sigue siendo un país exportador de “pie de obra”. Vendemos mano de obra y, en el caso de los futbolistas, pie de obra. Hay más de doscientos jugadores uruguayos en el exterior. Tener esa cantidad afuera, en un país cuya población entraría en Avellaneda, habla de que estamos muy desangrados. Al período de esplendor de nuestros futbolistas lo vemos por la TV. De todas maneras, en función de esa calidad de jugadores, porque por algo son convocados de las ligas más importantes del mundo, yo tengo la ilusión de que Uruguay juegue lindo, juegue bien. Aunque ya no somos los que éramos.

–¿En qué sentido?

–Hay una parte de la historia que parece inexplicable: cómo un país despoblado y pequeñísimo pudo ganar la medalla de oro en fútbol de los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928, el Mundial de Uruguay de 1930 y pudo vencer en el Maracaná, en el Mundial de Brasil de 1950, contra todo pronóstico. Pero eso tiene explicación: el papel fecundo que tuvo el Estado uruguayo en los albores del siglo XX. Uruguay estuvo en la vanguardia del mundo en educación libre, laica, gratuita y obligatoria, con un papel creativo, y allí estuvo integrada la educación física. Sembró campos de deportes en todo el país. Por no hablar de muchas otras cosas: las ocho horas laborales antes que en los Estados Unidos, el voto femenino antes que en Francia, la ley de divorcio 60 años antes que en España… cosas así. Eso explica cómo un país minúsculo pudo llegar tan alto. Pero el Estado perdió esa energía de cambio, se fue desinflando, y esa falta de continuidad en la vocación creadora del poder público se reflejó en el fútbol. Por eso digo que ya no somos los que éramos.

–El futbolista tampoco es lo que era.

–Eso es verdad. La gente deposita en ellos una carga enorme. Esto engorda el ego de quienes reciben el elogio multitudinario, pero a la vez representa una carga muy pesada. Hay una cosa muy perversa ahí.

–¿Cuál es, puntualmente?

–Fabricar ídolos para después voltearlos. Es un cuchillo de doble filo, en definitiva. La gente se reconoce en la alegría de un jugador, cuando gana o juega bien. Pero también los hace responsables de la desdicha colectiva cuando pierde. Porque allí el alma de mucha gente se de-sinfla.

Fuente: Diario Página/12

La entrevista se realizó en el programa De Puntín, de Ediciones Al Arco, AM 970, radio Génesis, sábados de 13 a 14.

Operación: Plomo impune

In Derecho a Replica, Malas Viejas on 3 junio, 2010 at 9:00 AM

Por Eduardo Galeano

Para justificarse, el terrorismo de Estado fabrica terroristas: siembra odio y cosecha coartadas.

Todo indica que esta carnicería de Gaza, que según sus autores quiere acabar con los terroristas, logrará multiplicarlos. Desde 1948, los palestinos viven condenados a humillación perpetua. No pueden ni respirar sin permiso. Han perdido su patria, sus tierras, su agua, su libertad, su todo. Ni siquiera tienen derecho a elegir sus gobernantes. Cuando votan a quien no deben votar, son castigados.

Gaza está siendo castigada. Se convirtió en una ratonera sin salida, desde que Hamas ganó limpiamente las elecciones, en el año 2006. Algo parecido había ocurrido en 1932, cuando el Partido Comunista triunfó en las elecciones de El Salvador. Bañados en sangre, los salvadoreños expiaron su mala conducta y desde entonces vivieron sometidos a dictaduras militares. La democracia es un lujo que no todos merecen.

Son hijos de la impotencia los cohetes caseros que los militantes de Hamas, acorralados en Gaza, disparan con chambona puntería sobre las tierras que habían sido palestinas y que la ocupación israelita usurpó. Y la desesperación, a la orilla de la locura suicida, es la madre de las bravatas que niegan el derecho a la existencia de Israel, gritos sin ninguna eficacia, mientras la muy eficaz guerra de exterminio está negando, desde hace años, el derecho a la existencia de Palestina.

Ya poca Palestina queda. Paso a paso, Israel la está borrando del mapa.
Los colonos invaden, y tras ellos los soldados van corrigiendo la frontera. Las balas sacralizan el despojo, en legítima defensa.

No hay guerra agresiva que no diga ser guerra defensiva. Hitler invadió Polonia para evitar que Polonia invadiera Alemania. Bush invadió Irak para evitar que Irak invadiera el mundo. En cada una de sus guerras defensivas, Israel se ha tragado otro pedazo de Palestina, y los almuerzos siguen. La devoración se justifica por los títulos de propiedad que la Biblia otorgó, por los dos mil años de persecución que el pueblo judío sufrió, y por el pánico que generan los palestinos al acecho.

Israel es el país que jamás cumple las recomendaciones ni las resoluciones de las Naciones Unidas, el que nunca acata las sentencias de los tribunales internacionales, el que se burla de las leyes internacionales, y es también el único país que ha legalizado la tortura de prisioneros.

¿Quién le regaló el derecho de negar todos los derechos? ¿De dónde viene la impunidad con que Israel está ejecutando la matanza de Gaza? El gobierno español no hubiera podido bombardear impunemente al País Vasco para acabar con eta, ni el gobierno británico hubiera podido arrasar Irlanda para liquidar al ira.

¿Acaso la tragedia del Holocausto implica una póliza de eterna impunidad? ¿O esa luz verde proviene de la potencia mandamás que tiene en Israel al más incondicional de sus vasallos?

El ejército israelí, el más moderno y sofisticado del mundo, sabe a quién mata. No mata por error. Mata por horror. Las víctimas civiles se llaman daños colaterales, según el diccionario de otras guerras imperiales. En Gaza, de cada diez daños colaterales, tres son niños. Y suman miles los mutilados, víctimas de la tecnología del descuartizamiento humano, que la industria militar está ensayando exitosamente en esta operación de limpieza étnica.

Y como siempre, siempre lo mismo: en Gaza, cien a uno. Por cada cien palestinos muertos, un israelí.
Gente peligrosa, advierte el otro bombardeo, a cargo de los medios masivos de manipulación, que nos invitan a creer que una vida israelí vale tanto como cien vidas palestinas. Y esos medios también nos invitan a creer que son humanitarias las doscientas bombas atómicas de Israel, y que una potencia nuclear llamada Irán fue la que aniquiló Hiroshima y Nagasaki.

Bombardeo israelí

La llamada comunidad internacional, ¿existe?
¿Es algo más que un club de mercaderes, banqueros y guerreros? ¿Es algo más que el nombre artístico que Estados Unidos se pone cuando hace teatro?

Ante la tragedia de Gaza, la hipocresía mundial se luce una vez más. Como siempre, la indiferencia, los discursos vacíos, las declaraciones huecas, las declamaciones altisonantes, las posturas ambiguas rinden tributo a la sagrada impunidad.

Ante la tragedia de Gaza, los países árabes se lavan las manos. Como siempre. Y como siempre, los países europeos se frotan las manos.

La vieja Europa, tan capaz de belleza y de perversidad, derrama alguna que otra lágrima, mientras secretamente celebra esta jugada maestra. Porque la cacería de judíos fue siempre una costumbre europea, pero desde hace medio siglo esa deuda histórica está siendo cobrada a los palestinos, que también son semitas y que nunca fueron, ni son, antisemitas. Ellos están pagando, en sangre contante y sonante, una cuenta ajena.

«Este artículo está dedicado a mis amigos judíos asesinados por las dictaduras latinoamericanas que Israel asesoró.

Enero 2009

Fuente: BrechaComUy + Revista La Luciernaga Feb 2009 Num 136