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Historias de viaje: Un nombre simple y natural

In Contreras on 8 septiembre, 2010 at 8:31 AM

Por José Luis Contreras

Parte 2: El Reencuentro

Acá podes leer la Parte 1

En este tiempo, julio del 2010, en el que bajé nuevamente a capital luego de caminar por este querido y revelador norte Jujeño, me encontré nuevamente con esa morocha de ojos café y de belleza tan simple, pero no común. La volví a ver un año y siete meses después, una noche de frío, en una esquina en donde estaba ella “no tan común”.

La abrasé como si la hubiese estado esperando siempre y comenzamos a caminar por las gélidas calles de San Salvador. El frío seria el común denominador climático de las dos semanas, en las que compartimos muchas situaciones y en las cuales me sentí como hace mucho no me sentía. Esa noche no pude dejar de mirarla ni un instante, conversamos de todo, nos reíamos de la nada misma, yo no quería que la noche se terminara, hasta el punto de ser los últimos en abandonar el pub al que habíamos llegado. Antes de irnos uno de los chicos que atendía el lugar le preguntó:

Por que te quedaste hasta tarde?

Y ella respondió mientras me miraba.

-¡El tiene la culpa!

Salimos  y caminamos la desierta calle San Martín, en donde los taxis brillaban por su ausencia, así que nos armamos de valor y recorrimos varias cuadras mientras seguíamos conversando sobre tantas cosas, pasaron los minutos y  al fin conseguimos un taxi.

La acompañe hasta las cercanías de su casa y continúe hablando con ella unos minutos, sin evitar dejar de mirarla a los ojos. Le pregunté cuando podía verla de nuevo y me respondió

-Voy a estar en el lugar de siempre.

Antes de regresar a Córdoba solo quería  volver a ver esos dos ojos color café, así de simple, así de tan humano. Nos despedimos y comencé a caminar de regreso a casa, no pude encontrar ningún taxi en todo el camino, prendí un cigarro y mientras caminaba bajo ese frío nocturno, mi abrigo fue el recuerdo de su mirada y sonrisa, solo eso, nada más.

Llegué a casa y mi madre, como siempre me esperaba intranquila en su habitación, conversé con ella unos instantes y  le dije que había sido una muy linda noche.

Durante los días siguientes compartimos con esta “niña” muchas situaciones, caminamos por infinidad de lugares, nos empezamos a conocer y en cierta forma a reconocer. Nuestros temas eran la política, las letras, la psicología, en fin: el mundo de la vida. Éramos tan espontáneos y ella era tan natural, tan simple. Volví a sentir cosas que no sentía desde hace mucho tiempo, disfrutaba estar con ella y sentía que esa persona la pasaba bien conmigo. Por que era todo tan natural, tan simple.

Una de esas tardes conversamos  en el Parque San Martín, un lugar al estilo del Parque Sarmiento de Córdoba, con mates, palmeritas, y facturas de por medio y al caer la tarde comenzamos a caminar por las calles del centro capitalino jujeño, en donde recorrimos vidrieras tras vidrieras que tenían como protagonistas zapatos, accesorios, blusas, pantalones. Las vidrieras eran su debilidad, cada prenda era un tesoro que deseaba tener en sus manos. Su buen gusto era indiscutible y cada prenda indudablemente en ella quedaría bien, por que  era tan natural y lo complejo ella lo convertía en simple.

Recuerdo un día  en que quedamos en tomar un helado y ese instante sería el inicio de una semana de nieve en el paisaje de Jujuy. Esa noche cambiamos de planes y el café fue la opción elegida. Nuevamente caminamos por las calles del centro, buscando un lugar en el cual sentarnos y utilizar el café como excusa para conversar. Después de desechar algunos lugares llegamos a un resto bar ubicado frente a la Casa de Gobierno,  en la esquina de Sarmiento y San Martín, entramos a ese espacio, que podría definir de una arquitectura y diseño minimalista. Pedimos dos capuchinos y durante una hora fuimos los únicos seres en ese lugar, nadie más estuvo en ese momento, solo ella y yo.

Esa noche ella lucia tan hermosa, tan simple, hablamos de todo, de sus planes, de sus sueños, de mis proyectos, del pasado, presente y futuro de la humanidad.  Yo solo quería disfrutar cada instante.

Aquella noche, como cada momento que nos veíamos, regresamos caminando hacia su casa. El frío  era vencido por el abrigo de su sonrisa y mientras caminábamos, pequeñas gotas de agua nieve caían del cielo anunciando la llegada de una nevada que seria histórica para nuestra provincia. Pero nada importaba, solo el hecho de estar al lado de ella. A la madrugada comenzó a nevar, esos días fueron los más fríos de los últimos años en Jujuy, los cerros que rodean mi provincia fueron un festival blanco que invadió cada rincón de ese maravilloso lugar.

Para ese entonces, los días para emprender el regreso a Córdoba iniciaban una dura cuenta regresiva, el tiempo como nunca se convirtió en el peor de mis enemigos, un verdadero tirano y dictador enemigo. Esos días fueron una mezcla de sensaciones encontradas, cada momento que pasaba con ella lo necesitaba disfrutar, por que debía regresar y los segundos perdían centésimas tras centésimas de una manera descomunal.

El sábado  24 de julio fue el último día en el que la vi.

Un día antes le envié un mensaje de texto, que decía:

Te envié un e-mail. ¿Aceptas mi invitación para mañana? Ya se que no me vas a contestar el mensaje de texto. Beso.

Ese día no recibí contestación alguna.

El sábado, sinceramente me sentí muy triste, desolado, el lunes tenia que volver a esta, por ese entonces, maldita Córdoba. No podría decirle, mirándola a los ojos esas “cosas que me estaban pasando”. La noche ya entraba en madrugada, sabia que no podría verla, sin embargo había decidido que esas horas, me sentaría por algún lugar a fumar unos cigarros, escuchar música y a recordarla en soledad. Hice el último intento y tiré mis últimas fichas a un juego quizás  perdido.

– ¡Hola! ¿Vas a aceptar mi invitación para salir esta noche? ¿Que decís? Bso.

Tampoco recibí contestación.

Así fue que tomé un desgastado saco azul a rayas, ajuste los cordones de mis zapatillas rojas y acomodé desprolijamente  en mi cuello una pequeña bufanda gris y salí a caminar la noche, para luego subirme a un taxi con rumbo desconocido.

De pronto llegó a mi celular un mensaje de texto.

-Estoy aquí en…, vení te espero. ¡Perdón por contestar recién!

No voy a negarlo, mi rostro se iluminó y le dije al chofer que tomaría otro camino, sin haberle dicho a que lugar primero ir. Baje del auto y comencé a buscar ese lugar en el cual ella me esperaba. Demoré unos minutos por que necesitaba comprar unos cigarrillos. Luego de una ardua búsqueda llegué a ese lugar y allí estaba sentada ella, escuchando música y conversando con el barman del pub. Me acerqué, pero quizás nuestros rostros no eran los mismos, nos costó iniciar una charla. Los minutos verdaderamente eran un suplicio por que no sabia como decirle tantas cosas y de que manera. Mientras la miraba me preguntaba muy adentro mío  “por que te presentaste  así en mi vida”.

Nos distendimos de ese primer instante frío y distante y pedimos unos de esos vinos espumantes que de vez en cuando uno puede pedir, brindamos por el encuentro, por ella, por mí, por el regreso y por un próximo reencuentro y por que cada uno pudiera lograr sus sueños.  Luego de unos minutos no pude evitar decir las cosas que sentía por ella y que en un principio eran tan confusas para mí, y que habían  pasado a ser tan claras y por sobre todo singular y esa singularidad era un sentimiento con nombre: el de ella. No dejé de temblar ni un instante, por que era tan fuerte lo que decía que tuve que romper los miedos que siempre me ataron.

Ella me respondió:

-¿Por qué yo? Si soy tan común.

Pero para mí no era común.

-¿Por qué yo? Si fueron solo dos semanas. ¿Como podés decirme eso?

Si podía decírselo;  por que no eran solo esas dos semanas, sino que desde el instante en el cual la conocí, sabía que sentiría algo por ella. Un día, un año y siete meses atrás había sido ese instante.

Por ser tan simple, por ser tan natural, por ser tan ella.

-Ya vas a ver que cuando nos volvamos a ver no voy a ser la misma que esperabas.

-¿Por que yo? Si soy tan común.

Por que para mi no era tan común.

-Déjame ser parte de tú vida y tus problemas. Le dije.

-¿A novecientos kilómetros? Yo ya se lo que es eso y no lo quiero vivir de nuevo. Me respondió.

Por que tanta razón o lo que quizás en cierta medida el sentimiento no posee. Nos quedamos callados y por primera vez no pude mirarla a los ojos, me sentía vencido, no por ella, sino por la misma razón. Terminamos de tomar lo último de ese vino que nos acompañó en la noche, el lugar estaba quedando vacío,  el barman limpiaba una a una  las mesas y acomodaba las sillas una encima de otra. Hicimos un último brindis por nosotros, por el reencuentro, por esas dos semanas. Ella acomodó sus castaños cabellos, acaricie su rostro, la miré nuevamente a los ojos, por que a pesar de la razón sin razón, quería impregnarme de ellos antes de regresar a Córdoba y le dije:

-No sos un momento, sos muy importante para mí para ser solo eso. Te quiero mucho y gracias por quererme como me queres.

Salimos del pub y caminamos unos metros, sin decirnos ni una palabra. Hizo parar un taxi y  llegó la despedida. Acomodé el cuello de mi viejo saco y comencé a cruzar la avenida 19 de Abril rumbo al antiguo puente Lavalle, ese que recorríamos por las noches frías de Jujuy. Encendí el último cigarrillo y emprendí el regreso a casa, caminando y recordando cada instante con ella, con tristeza al principio, luego con nostalgia y al final con una sonrisa.

Segundos habían pasado de haberla visto por última vez, su recuerdo fue el abrigo en la noche, como lo fueron sus ojos y su rostro en esas dos semanas. Esas dos maravillosas semanas, con esa morocha de ojos café, adoradora de las vidrieras, fundamentalista de la buena compañía, coleccionista indiscriminada de zapatos y ropa, la modelo perfecta para cualquier diseñador de ropa y la compañía ideal para sentirse bien.

Así terminó mi recorrido por Jujuy conociendo historias, reconociéndome, codeándome con la realidad, con seres maravillosos, con experiencias imborrables. Hoy escribo desde Córdoba, un lugar que todavía no es mi lugar.

Hoy escribo tratando de buscar un lugar para mi existencia, para mis sueños, para mis sentimientos.  Hoy escribo buscando tantas cosas.

Por estas noches camino por las avenidas del  centro cordobés a más de 900 kilómetros de Jujuy, cruzo La Cañada y el Paseo de los Artesanos del viejo barrio Guemes y recuerdo con una sonrisa aquellos días con ella, cada momento, cada palabra y segundo recorriendo las calles de San Salvador en esos días de frió y nieve.

Mi última historia escrita tiene ojos color café, un bello rostro y un nombre tan simple y natural.

Mi última “Historia de un Viaje”  tiene un nombre y solo se llama: Ana.

Leer las Historias de Viaje anteriores

> Esta autor es Columnista permanente de este Blog

Historias de viaje: Un nombre simple y natural

In Contreras on 1 septiembre, 2010 at 4:29 PM

Por José Luis Contreras

Parte 1: La vuelta a San Salvador

Tres semanas recorriendo una pequeña porción de un quizás estereotipado norte jujeño. El estereotipo de las revistas de turismo, de los programas de TV  de viajes y placeres, ya lo dije anteriormente no tengo nada en contra de esta forma de ver el mundo, pero un poco de ruido me hace.

Por que creo que las historias van mucho más allá de paisajes coloridos, artesanías en serie, gastronomía andina de precio exorbitante, entre otras formas de extrema mercantilización de la cultura norteña. Cultura apropiada nuevamente por las clases dominantes, una historia repetida. ¿No?

Ustedes se preguntaran. ¿Pero este tipo que es lo que fue a hacer? ¿A conocer el norte Jujeño  y a decirnos luego como debemos verlo?


Mi respuesta es simple fui a conocer historias y en consecuencia a conocerme, lo que yo escribo es una visión del mundo, es mi forma de interpretarlo desde una singularidad que es única e irrepetible. Y esta óptica, de un pequeño mundo como lo es el lugar al que fue a conocer, la comparto y a partir de allí quién  lee estas líneas sacará sus propias conclusiones.

No soy partidario de la verticalidad en el saber, no lo guardo temiendo que alguna persona me lo robe, mis escritos son un tesoro  que comparto y por ello  proponen una horizontalización de la experiencia vivida: la historia de mis viejos sobreprotectores, de aquel muchacho que me acompañó en un tramo del viaje y de ese titulo honorario de “Ingeniero” que algunos me dieron en Abra Pampa.

En estas tres historias se sintetizan el amor de los padres a un hijo, la revalorización de la cultura y por último el reclamo por un derecho social que se pide en silencio. Saquen sus conclusiones,  mi experiencia ya es de ustedes. (Ver capítulos anteriores del viaje)

Escribía líneas anteriores que estuve tres semanas por diversos pueblos de la Puna Jujeña y el objetivo era llegar hasta la frontera entre Argentina y Bolivia. No pude llegar a ese lugar, no por que no pudiera, sino por que la “Vida”, en una charla muy informal, me ofreció una oportunidad para nada despreciable, creo que fue simple la propuesta y merecía una respuesta rápida. La vida me dijo ante su propuesta:

– ¡Necesito que me respondas para ayer, no para mañana! ¿Se entiende?

Las respuestas  ante propuestas firmes no deben ser de medias tintas y la respuesta fue rápida, así que armé los bolsos y  subí al primer colectivo que me llevara de nuevo a San Salvador de Jujuy. Se preguntarán cual fue la propuesta, pero si me permiten, ese instante la guardo para mí.

En el tintero quedan las historias vividas en dos pueblos muy pequeños de la Puna: Puesto del Marques y La Intermedia, poblados situados al borde de la Ruta 9, de no más de 300 habitantes, calles desoladas, polvorientas y que solo son recorridas por sus habitantes  en horas tempranas o cuando caen los últimos rayos del sol para dar paso a la noche.

Las historias conocidas en esos lugares ya están  siendo escritas, pero antes les propongo una historia particular, en la cual soy un poco protagonista, ya no de reparto, o pensándolo bien quizás si, por que la protagonista principal es una persona con quien pasé dos semanas inolvidables.

Regresé a la capital exactamente el 1º de julio, mis padres no sabían  de mí vuelta hasta el preciso momento de abrir la puerta de casa, en la cual como siempre se encontraban las princesas más lindas de la tierra: Aylen y Rocío junto al el Rey de casa Elías I “El Moro” quién acomodaba estratégicamente sus pelotas de futbol, básquet, tenis, golf, una tras otra, como soldados dispuestos a la batalla. La casa de mis padres, con estos tres pequeños miembros de la realeza, es una versión en miniatura de la Europa monárquica de siglos pasados.

Por comenzar la casa está absolutamente resguardada por  caballitos de goma, pantuflas en forma de “guau, guau” y un amenazante dinosaurio de color violeta que controla inmutable cada paso en la casa. Hay territorios tomados, auténticos protectorados bajo el poder, defensa y seguridad de mis sobrinos, que se arman en alianza  para protegerlos: los televisores de la casa sintonizados en los canales para niños, el piso del living repleto de juguetes y piezas de rompecabezas.

Al mismo tiempo existe el riesgo latente de una guerra  por avanzar sobre otros territorios, por ejemplo la habitación de mi madre, quizás el lugar más preciado de la casa, pues allí se encuentran trofeos invalorables para estos tres pequeños: las fotos de toda la familia. Para evitar los enfrentamientos armados, mi madre con paciencia saca las viejas cajas de fotos y se las muestra una a una cada vez que este lugar es invadido por la guardia pretoriana de mis sobrinos compuesta por  muñecas, espadas y pelotas.

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También se producen armisticios, se firman tratados de paz y se sella la tranquilidad ante la firme mirada de mis dos hermanas a las que se suman Mickey Mouse y los Imaginadores. En relación a la economía los siervos  debemos rendir tributo en caramelos, galletas y en contarles un cuento antes de que se vayan a dormir a sus aposentos. Tiempo en el cual el reino vuelve a la calma, solo por unas horas.

Entonces, a este “Reino” llegué. Por esos días el clima se presentaba frío por las mañanas pero lentamente el sol calentaba las calles de la ciudad. Grande fue la sorpresa por mi llegada, ya que no me esperaban por esos días, sin embargo así soy de impredecible.

En la estadía por el norte Jujeño, en momentos en que escribía estas experiencias, regresaba a mi mente poder ver a una persona a la que solo había visto un par de veces en la vida, así de simple: un par de veces en mi vida, nada más que eso. Así que envié un email a aquella persona que decía así:

– ¿Hola como estás? yo estoy por el norte de Jujuy, vine hace unas semanas y estoy regresando a capital por estos días. Si queres  te invito a salir a algún lugar cuando regrese… ¿que decís? ¿Podés?

Ella me respondió unos días después:

– ¿Ya estás por acá? ¡Mirá que tenemos que juntarnos un día por lo menos, antes que te vayas, Nene!

Cuando leí su respuesta yo estaba de regreso por la capital, así que solo quedaba poder comunicarme con ella, ya que me había pasado su número de celular. Pero debo admitirlo soy muy reacio al uso de este aparato, además de no tener habilitada mi línea por esos días, así que quedé sujeto a poder encontrarmela a través del Messenger o el tan de moda por estos tiempos Facebook. Los días fueron pasando jugando con mis sobrinas a ser su carruaje humano o protagonizando el rol de mediador en la eterna discusión por el televisor  y la cuestión existencial: Almuerzo-Noticiero local o  los insoportables “Wiggles y Aprende”.

Así llegó un día sábado, la noche ya estaba perdida, terminaba de chequear mis e-mails, de poner pulgarcitos arriba en el “Face”, cuando de pronto ella entró en línea por “Messenger” y empezamos a “conversar” por unos minutos, hasta que le propuse salir esa misma noche a algún lugar. Debo aclarar que soy una persona un poco tímida y varias veces en mi vida por evitar el rechazo femenino, he preferido un silencio de radio, antes que otra cosa. Sin embargo tomé aire y le propuse una salida por la noche de Jujuy.

Cuando leí.

– OK! a las 11 de la noche te espero.

Le respondí:

– ¿Eso que quiere decir?  ¿Que si aceptas mi invitación?

– Si te espero a esa hora. Me respondió.

– ¡OK! ¡Para que me reconozcas voy a estar con un sombrero negro y una rosa roja en la solapa!! Escribí en tono de broma y una sonrisa de oreja a oreja.

Cerré mi cesión y durante un instante me desesperé y pregunté internamente:

– ¿Con que voy? ¿Que me pongo? ¿Me afeito? ¿Zapatillas? ¿Camisa? ¿Remera?!

Voy hacer un flash back, antes de continuar, y a decir de quién les hablo y como la conocí. Hace un año y medio aproximadamente, principios del 2009, fui de visita a un lugar muy importante en mi vida, en donde me encontré con muchos amigos a quienes saludé uno por uno, hasta que en un momento me presentaron a una hermosa morocha de ojos cafés. Ella estaba con un pantalón “capri”, una blusa negra y zapatillas blancas, nos saludamos como a quien presentan a una desconocida y nada más, sin embargo fue tal el impacto en mí al verla a ella que no pude dejar de observarla mientras continuaba con sus cosas. Soy tan olvidadizo que ni su nombre retuve, y mi timidez nuevamente obstaculizaba cualquier intento de volver a preguntárselo.

Por ese entonces siempre al regresar a visitar a mi familia, apenas bajaba del colectivo, los tiempos se aceleraban para regresar nuevamente a Córdoba, es así que pensaba que en nada podía modificar mi vida si conocía o no, a esa morocha de ojos color café. Por esos días continuaba visitando a mis amigos y ella seguía allí tan informal y atractiva al mismo tiempo. Para evitar situaciones incómodas, acudí a la ayuda de uno de los niños del lugar y le pregunté:

-¿Cuál es el nombre de aquella chica?

Me respondió rápidamente y continuó jugando con los otros niños del lugar, no importándole el porque de la pregunta.

Así fueron pasando los días y coincidíamos en algunas actividades y comenzó una relación propia de todo encuentro:

-¡Hola! ¿Cómo estás? ¿Venís por la tarde? ¡Yo tomo el colectivo en tal lado, si vas para el mismo lado te acompaño!

No más que eso, formalismos propios de las situaciones. Un par de veces la debo  haber acompañado por ese entonces, pero nos conocimos un poco, no mucho, Le gustaba el buen vestir, era una adoradora de las vidrieras, una coleccionista indiscriminada de zapatos, una amante de las letras y por sobre todo una fundamentalista de la buena compañía.

En nuestras pocas caminatas por esos tiempos, me comentó que estaba en una relación con un chico con el cual las cosas iban bien. Pero yo no preguntaba más sobre esta cuestión, a razón de no importarme en demasía, por esos momentos. Porque mi vida estaba en Córdoba y en poco tiempo no podía estar en los planes de ella y de nadie.

Ella sin embargo algo había despertado en mí, no sabia que, pero algo se despertó por ese entonces, no quise preguntarme más por que era tiempo de volver a Córdoba.

Eso fue hace un año y siete meses. En nuestras charlas antes de regresar la invité a conocer Córdoba y siempre quedó la propuesta en pie y entre risas nos tomábamos la palabra de algún día nos encontráramos en esta ciudad.

Pasó el tiempo, mucho tiempo…y salvo e-mails reenviados en cadena, nunca más la volví a ver ni siquiera a principio de este año. Nuevamente aplicaba mis conceptos egoístas “lo que no se ve, no se siente y menos algo que no viste demasiado”. Así que la vida corría bajo los parámetros normales de mi concepción existencial.

Muchos dicen que la vida corre, que todo pasa. Y la vida siguió.

Pero una necesidad de contar historias me llevó nuevamente a Jujuy y a una experiencia hecha carne en kilómetros recorridos, historias y  personas conocidas. Y en esta etapa de la vida la volví a encontrar a ella.

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