maximo tell

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Aquellos viejos rincones donde también cortaban el pelo

In Prosas Propias on 23 mayo, 2011 at 11:52 AM

Entonces me vi. Sentado, con una bata de una tela extraña pero muy perfumada de color naranja, con una mujer que masca chicle y conversa cada dos tijeretazos. A los gritos en la sala por la música que hace retumbar los espejos y saltar los secadores. ¿En que tiempo se convirtieron en esto las peluquerías?

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El sábado había amanecido tibio, con sol primaveral y desde temprano buscaba algo para entretenerme. Entonces aparecía Papá diciendo que me aliste “para ir a la peluquería”. En el fondo yo sabía que eso era todo una clave, porque ir a la peluquería un sábado a la mañana, no era solo eso. La salida era diferente. No era acompañarlo a hacer diligencias como alguna vez durante la mañana, ni al ritmo cansino de los domingos.

Salir a pasear el sábado a la mañana era caminar por el centro y cruzar las calles entre los gritos de algunos vendedores que todavía se anuncian en las esquinas. Era llegar a lo del Pepino para cortarse el pelo. Con sus paredes color caqui y ese efecto tan extraño de su vidriera que daba la sensación de un polarizado natural para los que intentaban espiar desde afuera, y gran visión de la esquina para los que estábamos adentro.

Las tiras de plástico que se amoldaban a tu silueta al pasar y la rápida mirada sobre su hombro derecho del hombre de chaquetilla. Las revistas cansadas sobre la mesa y un par de visitantes que no demoraban también en hacerte un guiño o palmada sobre el hombro al pasar y despedirse. La rutina era sabida por ambos. Mi viejo pasaba antes, por una especie de acuerdo tácito que teníamos.

Él tenía que demostrarme que ese hombre con elementos punzantes en la mano no iba a lastimarme. Heroicamente entonces se hacía cortar su peinado para atrás mientras me miraba por el espejo y me salvaba de la batería de preguntas que suelen atacar a los niños a esa edad: ¿Y como te va en el colegio a vos? ¿Ya estás de novio? ¿Estás jugando al fútbol? Entonces con las patillas ya alineadas salía al cruce cerrando los ojos por el rocío de agua; Ohh este es divino, le va bárbaro en la escuela..

La señal para que largue las Condorito era cuando llegaban a su bigote. Ahí la cosa se ponía con tono cirujano. El bigote no era joda, es insignia. Pepino se encorvaba e iba encontrando los ángulos justos para encontrar ese rebelde pelo que había esquivado su tijera brillante. Entonces como una víbora que rodea a su presa llegaba a su cometido y hacía reflejar el sol en su arma logrando encandilarme.

“Vení nomás entonces” y ahí iba yo. Me levantaba despacio de esos sillones petisos de tono tabaco, caminando hacia el espejo. Creo que durante años tuve que soportar la humillación de que alguien me ayude a subir a esos enormes asientos de metal y cuero. Aunque si la memoria no me falla después de un tiempo apareció un cajoncito para subir y también no tener los pies colgando durante el corte.

Yo confirmaba que el viejo no haya faltado al pacto y para cuando agarraba El Gráfico yo ya le había apuntado la mirada y sin perder la charla, él me hacía seña que me cuidaba la retaguardia.

¿Cómo le cortamos? – preguntaba el hombre de lentes mientras frotaba su arma en la chaqueta y las gotas caían exageradamente en mi cara. Acá es donde el tiempo salta un par de escalones hacia los costados, porque con los años los tiempos fueron cambiando. Pero la rutina continuó teniendo la magia del sábado.

Hubo épocas que el nefasto carcelero llamado raya al costado me despojaba de lo divertido y me condenaba a una vida de peine y gel. Después vino la época rebelde del corte comando que nos permitió endurecer la mirada a todos los rivales del recreo y parecernos más a los hombres de casacas de las figuritas que coleccionábamos. Cuando hubo síntomas de espejitis fue cuando tropecé con el peinado para atrás que después del segundo recreo se convertía en una especie de toldo o alerón que me nacía en la cabeza.

Esas épocas íbamos a peluquerías de verdad. Clásicas, con un programa de radio durante la semana a media tarde, algo de música suave y de época los fines de semana. La dupla de padre – hijo haciendo su rutina. Las conversaciones de rigor reflejaban la condición política del país, el estado de nuestros equipos en cada campeonato y los planes. El domingo vendría con asado y cancha, pero el sábado nos tenía reservada una banqueta en la barra de la Pizzería Belgrano para degustar esa porción cortada en dos mitades acompañada por una Crush de Naranja.

Habiendo hecho esa especie de vermú, solo quedaba caminar a casa saludando a los amigos que tomaban café en las mesitas de la peatonal y al llegar, controlar que ninguna miga nos delate, mostrar mucho el corte y en silenciosa complicidad comer poco de lo que haya para cuidarse.

Ir a la peluquería, era paseo, amigos y compartir. Lejos de la mujer silenciosa o la otra que a los gritos amenaza tragarse el chicle. Jamás se aprenderán un nombre o sabrán de que equipo sos. Si te buscás una de varones lo más probable es que caigas en esos antros colorinches con mucho plush y tecno al palo. Nada tienen que ver estos nuevos locales fashions donde sobra Babasónicos y jamás sonará un tango.

Excesos de floreros y hasta un poster de Madonna mientras el interés del estilista es al menos dudoso, no se comparan con ese espejo que tenía pegadas fotos históricas y el recorte de cuando le hicieron una nota por el aniversario en el diario de la ciudad.

No quiero que el tiempo se congele, solo busco una peluquería clásica. Que conserve los valores que convertían esa actividad en una escena amistosa. Hoy pido cortito y desmechado sin drama, aunque siempre despierto los sábados pensando que quizás se anuncie un paseo.

Fotos de Jose Bahamonde

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Día Mundial del Niño con Cáncer: Guzman es uno de ellos y así lo enfrenta

In Jóvenes Sueños, Pasiones on 15 febrero, 2011 at 1:02 PM

Hay blogs luminosos, blogs cuya energía traspasa las barreras de lo digital, blogs que convierten la enfermedad en terapia. Hoy, Día Mundial del Niño con Cáncer, se cumplen 97 días desde que a Guzmán le anunciaran que tenía Leucemia linfoblástica aguda, un tipo de cáncer que afecta a tres de cada 100.000 niños y del que más de un 80% salen adelante.

La noche previa a conocer el diagnóstico final, advertido ya de lo que podía ser, José Carnero, su padre, pasó la noche en vela investigando en internet, buscando casos personales similares. El 13 de noviembre José abría el blog Uno entre cien mil con la idea de convertirlo en una fuente de energía positiva y en un espacio de meditación y terapia personal.

Pensé: lo fácil en este proceso va a ser estar al lado suyo, lo difícil, estar lejos. Me gustaría crear un espacio en el que quien entre vea que esto va siempre bien, vea que va a positivo y que todos lo proyectemos en positivo, y que para mí fuera una deconstrucción del proceso para incluso forzarme a dar una vuelta positiva a cada día, a cada situación.

Como suele ocurrir, nadie esperaba a la enfermedad. Como también suele suceder, llegaron las preguntas sin respuesta “¿Por qué?” o ¿Por qué a mi hijo y no a mí?”

Ese pensamiento surge y es inevitable, la carga cultural católica es esa. Es lógico y se me pasó por la cabeza. Pero me siento afortunado por tener a Guzmán como hijo. No siento rabia de que le haya pasado esto, ni la sentí al primer momento. Sentí que era un drama, una tragedia, lloré un océano y medio, pero me siento afortunado de que Guzmán nos haya elegido a nosotros como familia y que su carga vital traiga esto. Todos podemos sacar algo positivo de esto.

Guzmán está viviendo todo con cierta cotidianidad, para él esto es un proceso normal y sus padres intentan por todos los medios contribuir a ello. Un detalle: José se rapó el pelo a la vez que su hijo. En cualquier caso, el verdadero protagonista de esta historia de vida es él, Guzmán:  “Él es el que nos está guiando, nos está enseñando”, afirma José, “siempre ha estado bien, en todas las situaciones de su vida ha estado bien. Es como un pequeño buda”.

Guzmán tiene ahora tres años y cuatro meses, cuando termine el tratamiento, a los cinco años y medio, será más consciente de todo y José espera que no suponga una trauma en su vida, sino todo lo contrario.

El uno entre cien mil del título también tiene que ver con que va a ser capaz de hacer lo que quiera, lo que no son capaces de hacer 100.000.

Hablar con José Carnero es un gusto, la conversación y las ideas fluyen con una naturalidad y facilidad pasmosa. Supongo que algo influirá que lleva toda su vida dedicado a la publicidad. Ahora dirige la agencia La agencia de publicidad que tiene por nombre Kitchen.

Te mete la vida una hostia como esta y lo primero de todo es que tomas conciencia de la escasa conciencia que tienes. A partir de ahí todo es un progreso.

Si algo he aprendido es a estar un poco más con los pies en el suelo y en lo que quiero para mi hijo, para mi familia.

El blog se ha convertido es un espacio de comunión entre todos los que están o quieren estar cerca de Guzmán.

Cuando empiezas a leer cosas que te explican cómo llevar este tipo de traumas dicen que es fundamental abrirte al entorno y a recibir el amor y cariño de los demás y sentirte arropado. El blog nos hace sentir arropados y conlleva un gran empuje. Es una demostración de amor en todos los sentidos.

El blog como terapia y como medio de comunicación con los familias es algo que ya hemos visto en otros casos, como el de Anna. Tanto José Luis, padre de Anna, como José, comparten un detalle muy relevante: cuidan que cada imagen que vemos de sus hijos rebose luz, vitalidad, optimismo.

Invito a la gente a que entre a soltar pensamientos y energía positiva. Entiendo que cada vez que alguien entra y se emociona, y lee, hay cosas que tiene que llevarse para él. Hay gente que no tiene relación con la enfermedad y me dice que le está ayudando a tomar conciencia.

Y, ¿qué pasará cuando se cure Guzmán? ¿Seguirá el blog?

Si el blog se acaba convirtiendo en algo más, quién sabe. Esto te abre la mente a querer ayudar. Todos nos sentimos mejor personas y más humanos cuando ayudamos.

Es increíble como el simple hecho de abrir un blog puede llegar a ser tan positivo en la vida del que lo hace y de los que le rodean. Esto sí es la Web Social. Suerte y mucho ánimo para Guzmán, José, Eva (la madre de Guzmán) y Martina (la hermana mayor de Guzmán).

Fuente: lainformación.com
Fotos: unoentrecienmil

Reglas del juego

In Exclusivos, Malas Viejas on 18 noviembre, 2010 at 8:41 AM

Por Marcelo Franchetti

Escenario banal, cotidiano. Un almuerzo solitario de lunes en la arbolada peatonal de Mendoza. Un ánimo algo tenebroso que aflora la sensibilidad al máximo.

Aparece una perrita callejera con evidentes signos de haber dado a luz recientemente. Las tetas hinchadas y manchas de sangre. Olfatea entre las mesas en busca de alguna miguita o resto de comida que le aporte aunque sea el más mínimo nutriente a su leche de progenitora. Se desenvuelve como un animal tranquilo, apacible, afable.

Mi natural afinidad por los animales, y la especie canina en particular, contribuye a la generación de cierta empatía. Observo mientras la pareja de la mesa de al lado le ofrece parte de su comida. Repentinamente aparece un nuevo perrito (o perrita, no alcancé a distinguir). Cachorrón, de unos tres o cuatro meses.

Con inocente naturalidad repite la misma rutina de supervivencia que el otro animal. Hasta que la recién parida advierte la intromisión en lo que seguramente su instinto ya había codificado como su legítimo “territorio de caza”. La misma criatura que hace segundos me conmovía con su actitud sumisa y situación de fragilidad reaccionó con una furia que jamás hubiera imaginado. Con agresiva agilidad la perra atacó sin dubitación alguna al cachorro que la doblaba en tamaño. La contienda, claramente despareja, duró unos cuantos segundos.

La atacante no se conformó con clavarle varias dentelladas que el atacado respondía con dolientes alaridos, sino que además se aseguró de alejarlo una decena de metros de su área persiguiéndolo al ritmo de mordiscones de nada sutil advertencia. Como cerrando un lapsus de la variable tiempo, la perrita retomó a su tarea de recolección de sustento, con la misma parsimoniosa conducta del principio.

La situación me disparó una aguda reflexión sobre las reglas de juego que imperan en la biología de la cual formamos parte. El instinto de supervivencia, seguramente potenciado por el de perpetuación de la especie, transmitió a la perrita la orden incontestable de alienarse en una nueva criatura furiosa, iracunda, dispuesta provocar todo el daño posible con tal de defender su causa, inclusive en actitud temeraria.

Los seres humanos no somos diferentes y nos regimos por exactamente la misma regla, por momentos tal vez disimulada en sus formas por una supuesta ¿civilidad? Pero la regla está ahí, tallada en el mármol sobre el que se erige nuestra Sociedad. Difícil, sino imposible, eludirla. La disfrazamos, ocultamos, negamos, pero está siempre ahí, vigente.

Podemos comprar millones de racionalizaciones disponibles: convivencia civilizada, trabajo en equipo, comunitarismo, comunismo, colectivismo, sinergia, y miles de etcéteras más. Dictamos leyes y más reglas. Pero es inevitable, tarde o temprano se nos presenta la circunstancia en que poseer o acceder a algo, es solamente posible quitándoselo o privando a otro. Y ahí sólo podemos ser perrita o cachorro, atacantes o atacados, vencedores o vencidos, nada más.

Algunos vienen con mayores condiciones para acatar y hasta sacarle el jugo a esta regla. Otros, no tanto. Algunos eligen el velo de la sutileza, la picardía o simplemente la pasividad para que el juego lo jueguen otros y los beneficios los reciban ellos. Pero finalmente ahí están, aceptando y obedeciendo la inefable regla.

Me pregunto si algún día lograremos despegarnos de esta trampa de la biología.

Como la perrita, acepto volver al status-quo de calma. La perdono, casi por solidaridad conmigo mismo y le regalo mis papas fritas. Me levanto y me voy.

> Fotos de Jose Bahamonde


Mi Mundial 7: el juego de mis raíces

In Exclusivos, Rudy on 1 julio, 2010 at 8:41 PM

Por Pamela Rudy

Desde Puerto Rico

Continuación de Mi MundialVol. 2Vol. 3, Vol. 4Vol.5, Vol. 6

Mi padre nacio en Entre Rios hace más de sesenta años. Es el menor de 14 hermanos, la mayoria de los cuales ya no están en este mundo. Mi papá es hijo de Alemanes pero su agitada infancia hizo que de alguna forma, revolver su pasado sea, cual daga, lastimoso y carente de sentido para él.

Huérfano a los dos años de padre y madre, fue criado por sus hermanos en los hermosos campos de Concepción del Uruguay. Debia recorrer mas de 10 kilometros diarios para ir a la escuela, a veces a caballo, a veces a pie. Vagos recuerdos le hacen suponer que durante algun tiempo habló alemán en su casa. Cuando escucha el idioma casi por instinto lo entiende y puede hablarlo, milagro que acaba a los pocos segundos cuando decide enterrar los difusos recuerdos y callar.

Asistió al colegio hasta cuarto grado, edad en la que tuvo que cambiar sus libros por herramientas de trabajo. Le decían “el negro” por entre sus hermanos colorados de ojos verdes, el era el mas oscuro de piel, aunque aun asi rubio ceniza con ojos de mar.

La situacion económica de la familia no era (y jamás fue) la mejor. Lo que se producía en el campo escasamente cubría lo necesario para vivir. Mi padre cual hombre maduro, decidió con tan solo 14 años, viajar a buscar su propia vida en Córdoba junto a mejor amigo. El resto de sus hermanos también se dividió. Algunos marcharon hacia Buenos Aires, otros para el sur de Brasil, Misiones o Paraná.

Quién sabe la magnitud del impulso de  mi padre para emprender un nuevo camino a los 14. Comprendo perfectamente cuando se queja de “la juventud de ahora” que a esa edad parece solo pensar en vanalidades de la estetica, la television, internet, si ser flogger o emmo. No soy de las que creen que la juventud está perdida en lo absoluto… sólo digo que entiendo a mi padre y tomo sus quejas.

Él es de los que piensan que en la vida, uno es dueño y señor… y que salir de la pobreza es una cuestion de actitud (un tema demasiado amplio que nos ha hecho discutir a gritos mas de una vez).

Volviendo a la historia, la perlita: viajaron en moto hasta la capital de La Docta, Roberto y Gustavo, dos aventureros con mucho por vivir y contar. Cuando llegaron consiguieron trabajo en una gomería y vivían en una pension en Barrio Talleres, nombre también del equipo de fútbol que adoptaría como propio.

El trabajaba doce horas por día para poder pagar su humilde habitación y aun así, solo le alcanzaba para comer una vez al día. Como no admirarlo. Por cierto, en mi casa la comida jamás se tira: “Eso es desconocer el hambre”. Por aquellos tiempos mi padre era flaco, alto y por demás guapo. Tengo en la cabeza una foto suya al lado de su moto, con una campera de cuero negra y un cielo limpio y estremecedor de fondo.

A la vuelta de aquella pensión vivía una muchacha de pelo negro, delgada, con ojos color chocolate y piel de caramelo. Su padre trabajaba en el ferrocarril y su madre era ama de casa, lo que significó un problema importante a la hora de poder visitar a la joven. El tenía 23 años y ella solo 14. El tiempo haría lo suyo. Mis padres tienen aun mucho que contarme y espero algun día dejen su pudor de lado para deleitar mis oídos y mi corazón.

Gustavo y Roberto recorrieron en país entero con su moto. Iban hasta Brasil a comprar electrodomésticos baratos en la doble frontera o bajaban hasta el sur a visitar la gran pasión del negro: los glaciares. En uno de esos viajes, se dieron cuenta de que la vida en el sur era mejor que en el centro del país: les hacia falta mano de obra para trabajos de oficio y la paga era considerablemente mayor.

Los dos viajeros se despidieron de sus novias y entre llantos viajaron rumbo a Rio Negro. Mi papá siempre se ríe cuando lo comenta:

“Llegamos y nos dimos cuenta que ganabamos más pero alquilar una pensión nos salía tres veces más de lo que cobrabamos asi que trabajamos cagandonos de frio por la ciudad  y volvimos. Si vieras la cara de tu madre cuando me vio venir por la calle al mes de haberme ido!”.

Los hermanos de mi padre fueron muriendo de a poco. Las fotos de mis abuelos se perdieron quién sabe por dónde, tan sólo nadie las tiene. Los rumores dicen que mis abuelos escaparon a comienzos de la Segunda Guerra Mundial y que luego de haber vivido en Rusia por unos años, decidieron ir a las tierras latinoamericanas que prometían sueños y trabajo.

A mi me encanta imaginarme esa historia. Armo y desarmo el guión de mis abuelos, cómo viajaron, cómo vivieron, cómo llegaron a sentirse en tierras tan lejanas a su Alemania natal. Sólo conozco de ellos su valentía, su honra y sus ganas de luchar vida. Sus caras son mi gran intriga.

Es por eso que siento a éste, el partido de mis raíces. Argentina versus Alemania es el crudo enfrentamiento de quien soy contra la parte de mi que aun desconozco. Es la pelea del castellano educado de mi padre contra su más profundo dialecto perdido. La pasión de mi vida contra la frialdad de los recuerdos.

Mezcla de alemanes, gauchos e italianos, ARGENTINA al fin. Y que gane el cielo con el sol asomando a la historia que hoy deslumbro entre mis dedos.

Mi Mundial 6: la pasión es contagiosa

In Exclusivos, Rudy on 28 junio, 2010 at 9:29 AM

Por Pamela Rudy

Desde Puerto Rico

Continuación de Mi MundialVol. 2Vol. 3, Vol. 4 y Vol.5

El partido de Argentina contra México tenía algo especial: al parecer los boricuas no querían ver festejar a los aztecas porque “eso sería algo insoportable” (el comentario general) quizás debido a la cantidad de mexicanos que viven aquí.

El viernes en el gimnasio me di cuenta de que el mundial realmente está comenzando ahora. Gente que jamás fue fanática del fútbol se encontraba sin querer discutiendo si Alemania le ganaría a Inglaterra o si el equipo de Ghana daría el zapataso al equipo americano.

Los atletas estaban a favor de Argentina… todos excepto el haitiano hincha de Brasil que se sigue riendo de mi y comenta cada tanto, sin ningún tipo de respaldo ni justificación, que mi equipo está jugando mal y que Messi es un nadie. Yo lo dejo que hable… pobre.

Este partido fue diferente. Por empezar, no lo vi sola ni en un bar. El sábado por la noche mi compañera de trabajo y amiga, Daniela, me invitó a ver el partido con su grupo de amigos, invitación que no dejé pasar. Nos reunimos en nuestro lugar de trabajo el domingo a las 2 y volando compramos una cervezas y salimos disparando a la casa de Gabriel que por suerte vive bien cerca.

Llegamos al lugar, yo con mi camiseta puesta por supuesto, y al entrar a la casa sentí una emoción enorme y creo que los allí presentes lo notaron porque no pronunciaba palabra y mi timidez momentánea no me dejó siquiera sentarme. Fue una mezcla de nostalgia, emoción y alegría. Dios sabe cuánto yo deseaba compartir ese partido con gente tan hermosa. Al fin estaba con mis nuevos amigos disfrutando de un momento único para mi.

Daniela, una mujer mágica y cálida; Ian, un amigo mitad uruguayo pero gracioso simpatizante argentino; Gabriel, con quien compartí poco pero reí mucho; Valerie, ganadora oficial de billar y mujer con un estilo envidiable; Ileana, una chica tan simple como llena de energía; Eduardo y su mujer argentina con su pequeña hija Abril, que con su vocecita divina y sus pasitos me recordó a mis sobrinas hasta que se me acurrucó el corazón; también estaba el papá de Juan, un hombre rosarino que en esta ocasión me recordó a mi padre, y la mamá de Gabriel, una mujer simpática que se fue temprano para ir a misa (como mamá).

Estábamos todos allí, juntos, compartiendo una pasión contagiosa por la albiceleste. Me senté en el piso frente al televisor y me dediqué a sonreir. Estaba feliz. Creo que lo mencioné antes pero Dios sabe cuánto yo deseaba compartir ese partido con gente tan hermosa.

Cervezas de por medio, los primeros 15 minutos del partido se vieron difíciles y la tensión se vivía entre nosotros. Para colmo de males, los relatores de turno en Univisión eran mejicanos. El primer golaso (adelantado pero “lola” que lo validaron igual) lo gritamos con fuerzas.

Argentina, Tevez y el festejo

Grande Carlitos Tevez, confieso que “el apache” es mi jugador preferido. Segundo de Higuaín, golaso indiscutible. Estabamos todos contentos, más relajados y acompañados de pop corn salado. De todos modos Ian juraba que ganaríamos por cuatro a cero así que vamos Argentina que falta mucho por hacer.

En el estretiempo Eduardo tuvo una brillante idea: gracias a la tecnología, conectó su Iphone con el televisor y fue glorioso: no se de dónde la voz de Macaya Marquez comentaba el entretienpo del partido y todos, respetuosos y en silencio, escuchando atentos cual alumnos frente a u profesor de lección ineludible.

Fui al baño (confieso que hasta eso me da miedo a veces en términos de cábala cuando vamos ganando) y volví a sentarme al mismo lugar que antes para seguir gozando. El tremendo golazo de Tévez nos agarró de inésperado y ahora si Carlitos, qué haríamos sin vos.

El gol de méxico (gracias a la notable inacción de Romero que levantó su manecita como para atajar una pelotita de ping pong) no preocupó a nadie. Sólo sirvió para alimentar la esperanza del pobre relator que no se cansaba de decir que aun estaban a tiempo de cambiar el rumbo del partido. Pero los minutos pasaron y abrazamos la victoria que alimenta el sueño de los argentinos.

Terminó el juego y me llamó mi papá. Salí afuera a hablar con él porque las lágrimas se me caían y por alguna razón no quería que me vean tan emocionada. “Claro que te voy a llamar hija, si ya es nuestra cábala!”. No puedo adorarlo tanto, es algo cruel. Mi familia estaba entre mates post asado en la casa de mi hermano Jorge. Yo estaba feliz de sentirlos cerca en mi corazón y de al fin, no estar tan sola para festejar.

Nos quedamos en casa de Gabriel comentando el partido, jugando al dominó y pasando una tarde cálida y hermosa. Al rato volvimos a agruparnos frente al televisor para escucharlo al Diego en la  conferencia de prensa. Y es verdad, déjennos disfrutar de las victorias una por una.

El mundial se pone salado, los sueños tiernos y el cielo cada vez más celeste. Sábado, espero que me hagas regocijar de alegría como lo hizo tu hermano el domingo. Sigamos humildes argentinos, el oro o el barro estan a la vuelta de la esquina.

La figura y mi jugador favorito