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Razones para un mundo mejor.. ¿Con o sin Coca Cola?

In Malas Viejas on 30 mayo, 2011 at 10:00 AM

Millones de personas han publicado en sus muros de Facebook o compartido en Twitter la publicidad de Coca Cola en la que se insiste en que “Hay Razones Para Creer En Un Mundo Mejor“. Es difícil esquivar los virales que se generan en Internet y mucho más aún cuando estás mucho tiempo en las redes sociales. La gente se entusiasma con la canción, quizás realmente cree en el mensaje o simplemente se vincula con una de las marcas más grandes del mundo.

El caso es que cada vez que vi esta publicidad, pensé en cuando llegarían las miradas críticas sobre una marca como Coca Cola que induce a creer en ella como marca sumamente limpia, más allá que no lo diga explícitamente, cuando al menos genera sospechas. No acuso a la marca, porque además conozco ciertas acciones con las que Coke pretende ser más sustentable, solo me refiero acá que no voy a comprar el concepto.

¿El mundo será mejor con Coca Cola o sería mejor si sus industrias no existieran? Ustedes decidan.

Y finalmente una mirada totalmente pesimista (y discutible) que llega desde Colombia.

Vía Danilo Tonti / Nelson Lastiri

La indiferencia como boleto hacia la felicidad

In Exclusivos, Pasiones, Tonti on 22 septiembre, 2010 at 7:16 PM

Por Danilo Tonti

A veces me despierto aunque esté despierto y me veo dormido en una pesadilla disfrazada de sueño. Por momentos abandono lo que soy y segundos de lucidez me regalan lo que quiero ser. Hay instantes en los que vivo,… y años en los que camino sin siquiera ver.

Son momentos especiales. Ráfagas del tiempo que se escapan de la ruta marcada y nos desvía del camino. Nos paran frente al espejo que nos dice quienes somos en función de lo que hacemos y de lo que dejamos de hacer. Llegan con la cordura y evidencian la locura; golpean fuerte y profundo, pero justo donde deben golpear.

Y entonces me pregunto ¿Cómo? ¿Cómo vivo desde el olvido? ¿Cómo sigo sabiendo que tantos caen, que tantos mueren; que tantos esperan, que tantos desesperan; que tantos gritan, que tantos me llaman? Si todo me es indiferente… ¿qué sentido tiene la vida? En esos momentos lo entiendo.

La rutina nos entrena: hay que aprender a no ver. “Si vas a vivir pensando en que lo que tenés o lo que hacés otros no pueden tener ni hacer no vas a vivir nunca”, muchas veces me dijeron. Pero si vamos a vivir sin pensar lo que otros no tienen o no pueden hacer… ¿qué sentido tiene el propósito de estar existiendo?

Por cada segundo que pasa decenas de personas mueren por falta de cosas que otros derrochamos. Por cada día que se escapa cientos de humanos suman una noche más alumbrados por la luna, mientras proliferan las grandes mansiones y los barrios cerrados. Por cada hora del día condenada al olvido, 24 esperanzas mueren en el fracaso de la espera.

Naturalizar los hechos en conflicto conlleva a dejar de mirarlos como tal e incorporarlos como una constante en nuestra vida cotidiana. Asoma como producto la costumbre y -como una suerte de alivio- una resignación diaria que se legitima en la mera repetición en los demás.

Nos acostumbramos a ver personas durmiendo en la calle, villas al costado de la ruta, niños condenados al trabajo. Nos acostumbramos y en la costumbre los condenamos, quizás sin darnos cuenta, a un mañana que se repite sin cambio alguno.

Quizás sea un mecanismo de defensa; no es fácil vivir con el peso de la conciencia. Entonces seguimos. Cada minuto condena al olvido al que pasó y reparte la pauta para esperar el que viene. La fórmula se repite y se repite: el norte es el éxito y en él no hay tiempo para romper la indiferencia.

Y en el consenso más ridículo y falaz que pueda imaginarse, las palabras se unen: “hay que terminar con la pobreza”. Pero un consenso sin compromiso no es más que la gigantografía que disimula la falta de artistas. Todos asentimos, pero pocos asisten.

Cuando la conciencia de nuestra indiferencia genera indiferencia con nuestra conciencia… sobreviene la inconciencia.

El mundo es un puñado de inconcientes admirados de sus racionalidades técnicas, pero indiferentes de sus mediocridades humanas. En la omisión está la acción y la cuota de cómplices con los hechos que se denuncian. En la omisión está la culpa y la contradicción con el discurso. En la omisión está el sujeto, desprotegido de apariencias.

Convertirnos en lo que no queremos ser quizás sea el fracaso más crudo y la decepción más grande que la vida pueda regalarnos. Todos somos tentados, una y otra vez, por la seductora vida del éxito con mirada selectiva. Pero sólo los que hagan de esos instantes de cordura la plenitud y la esencia, jamás volverán a dormirse en la pesadilla,… camuflada de sueño de fantasía.

Este autor es Columnista permanente de este Blog

+ La foto pertenece a Jose Bahamonde

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