maximo tell

Posts Tagged ‘Libro’

Soñadora

In Jóvenes Sueños on 11 junio, 2011 at 11:42 AM

Candela Romero, contó en este espacio la experiencia de escribir Cuadernos de jóvenes suicidas (Ver Nota), además tuve la suerte de que me regale esa serie de textos que, la talentosa riojana de 19 años, escribió. El primero fue Textual (Ver) y ahora pueden leer aquí otros bellos párrafos.

En este mundo soy una pseudo mujer que todavía no entendió como vivir. En el mundo de los sueños, soy una anciana que pasó por todas las situaciones de la vida.

En este mundo, soy quién no se permite llorar para que nadie sienta pena por mí. En el mundo de los sueños, soy quien cree que las lágrimas son la lluvia más bella en donde se va cada uno de nosotros.

En este mundo soy quién siente el sol de lejos, lo veo lejano. En el mundo de los sueños, lo toco, y siento la incomparable sensación del calor después de una mañana fría sin abrigo.

En este mundo vivo atada a un reloj que no me deja en paz. En el mundo de los sueños, lo pisoteo y me río de poder burlarme de él sin miedo a que me aplaste y me preocupe.

En este mundo sin querer hiero a mi vieja, la acribillo a preguntas. En el mundo de los sueños sé que no podría ni siquiera soportar su falta.

En este mundo me digo y describo enamorada de un hombre que no sabe mi existencia, o así lo aparenta. En el mundo de los sueños tengo una vida vivida a su lado y me siento una cajita en donde guarda sus secretos más sencillos.

En este mundo cuando el desapareció, lo sentí idiota por no valorar lo que realmente era. En el mundo de los sueños lloré y me pregunté: ¿Qué me faltó? ¿Fui muy poco para él?

En este mundo soy un libro en silencio. En el mundo de los sueños, soy una enciclopedia de 400 hojas.

En este mundo me creo sabionda teniendo en claro que es el amor. En el mundo de los sueños solo se pronunciar la palabra.

En este mundo mi documento es verde, con foto de una gordita con cara de sueño, mi número 36437303, vivo en La Rioja. En el mundo de los sueños mi documento es violeta con detalles en naranja, la de la foto es una diva sexy que derrocha belleza, mi número es 20milsueñños401, vivo en SueñoPuro, en la calle Voladora al 500.

Me declaro soñadorapara siempre.

Anuncios

La sonrisa permanente de Kapuściński

In Paladar mostaza on 12 marzo, 2011 at 5:03 PM

Hasta ahora se había escrito mucho sobre las obras del autor polaco, pero nada sobre él mismo. Un libro escrito por Artur Domoslawski hace un recorrido por la persona, por el Kapuściński real. Eso sí, el documento no está desierto de polémicas. Aquí un análisis publicado en lainformación.com

Hace sólo unos días Ryszard Kapuściński habría cumplido 79 años. Parece que fue ayer cuando nos dejó, pero lo cierto es que hizo tres años el pasado 29 de enero. Artur Domoslawski, antiguo compañero de redacción, se ha sumergido en su vida para sacar ‘Kapuściński non-fiction’.

Ha buscado entre sus fotos, entre sus amigos, entre sus libros y en su estudio para tratar de desvelar al verdadero escritor y periodista. Muchos creen que se ha pasado tras acusarle de colaborar con el régimen comunista polaco y de inventarse hechos y “colorear” la realidad en sus escritos. Lo cierto es que, como bien decía Gabriel García Márquez: “Todas las personas tienen una vida pública, una privada y una secreta”.

Hasta ahora se había escrito mucho sobre las obras del autor polaco, pero nada sobre él mismo. Un hombre que “soportaba mal la crítica” y que los ataques personales lo llevaban casi a la enfermedad. Un hombre que además de dar voz a los pobres y ponerse en su lugar, adoraba también las chismorrerías. Un hombre con pasión. La misma sobre la que hablaba a sus amigos y a jóvenes estudiantes y reporteros: “¡La pasión, pasión, hay que tener pasión”.

¿Por que siempre sonreía?

Domoslawski parte de su sonrisa, esa que ha caracterizado y acompañado durante toda la vida al escritor polaco. Muchos hablan de ella como una máscara, que con el paso del tiempo se convirtió en su naturaleza.

Una de sus amigas se muestra clara con el autor de esta biografía: “Con la sonrisa [Ryszard] desarmaba a todo el mundo que podía herirle” e incluso le insta a que investigue “si no aprendió a sonreír así durante la guerra; si esa sonrisa no le salvó la vida”.

El libro desvela cómo “los que le conocieron salían de cada uno de sus encuentros con la impresión de que habían mantenido una conversación fascinante e inolvidable”. Sin embargo, tal y como cita el autor del libro “ahora se dan cuenta de eran ellos los que hablaban. Él permanecía callado. Y escuchaba”.

Dos en uno: el literario y el real

‘Kapuściński non-fiction’ cuenta poco a poco que comprender al Kapuściński literario lleva al conocimiento del Kapuściński real (aunque no sabemos si este es un intento de Domoslawski por demostrar que fue construyendo y cuidando una imagen de sí mismo). Así, el primero sugiere, por ejemplo, en ‘La guerra del fútbol’, cuando iba a ser fusilado por los belgas en Usumuro, que debemos admirar al Kapuściński real como un intrépido aventurero.

“El Kapuściński real tenía secretos, muchos secretos personales, políticos y profesionales. El Kapuściński literario sólo nos desvela algunos de ellos, a decir verdad no muchos, pero ayuda a conocer un poco el interior del Kapuściński real, en contra del deseo de éste. Ambos son absolutamente auténticos. Y de ahí se resuelve la ecuación: ficción + no ficción = no ficción”, resume Domoslawski.

Fuente: lainformación.com

“Google se creó una imagen intocable”

In Derecho a Replica on 19 enero, 2011 at 8:29 AM

La Unión Europea actualmente investiga si la empresa que gestiona el buscador manipula los resultados de los datos que aparecen en la pantalla. Entrevista de Eduardo Febbro a Renaud Chareye, investigador y autor del libro Google Spleen.

El gran devorador universal de libros e información empieza a tener algunos problemas con la imagen de pertinencia que cifró su éxito. Google es objeto de una investigación abierta por la Unión Europea para establecer si la empresa que gestiona el buscador manipula los resultados de los datos que aparecen en el buscador. La multinacional de las dos “O” procede de una forma que está lejos de coincidir con la honestidad y la transparencia que forjaron su imagen.

Los europeos sospechan desde hace mucho que Google manipula los esquemas de su motor de búsqueda no sólo para favorecerse económicamente, sino también para instaurar una situación de monopolio en el mercado. El gigante de la doble “O” no parece honrar la divisa de la empresa, “No hagas el mal”. Google viene haciendo las cosas muy mal desde hace cierto tiempo. En 2006 preparó una versión autocensurada destinada al mercado chino para ahorrarse una confrontación con el poder comunista de Beijing, luego emprendió una poderosa campaña para digitalizar los libros con intenciones no siempre honradas, más tarde apareció espiando las cuentas de los correos y los accesos, Internet con su sistema Street View, y por último Google fue denunciado innumerables veces por espiar a los usuarios de Internet con el objetivo de establecer un perfil personalizado y adaptar la publicidad según cada persona.

El Departamento de Competencia de la Comisión Europea, a cargo del vicepresidente de la Comisión Europea, Joaquín Almunia, investiga si hoy Google no está violando las reglas del Tratado de la Unión. El año pasado, el portal británico de comparación de precios, Founden, el portal de compras online Ciao! y el buscador jurídico francés ejustice.fr incriminaron a Google por la manera en que el buscador los relega en los últimos puestos de los resultados de las búsquedas. Ciao!, a su vez, cuestionó a Google por las condiciones artificialmente elevadas que fija en las tarifas publicitarias. En ambos casos, es el corazón menos noble de Google que queda al desnudo. Las autoridades de la Unión Europea enviaron a empresas y organizaciones unas cien preguntas para determinar si la empresa californiana manipula o no los resultados.

Renaud Chareyre no tiene ni la más mínima duda sobre esa manipulación. En un libro de perfil riguroso, Google Spleen, este investigador desmenuzó el lado menos brillante de Google, el famoso sistema AdWords mediante el cual Google asocia la publicidad a los resultados de una búsqueda. Y cuando más se paga, más arriba se aparece. Renaud Chareyre demostró que las respuestas que ofrece el buscador están, de hecho, manipuladas, pasadas por el tamiz del provecho. En París, el autor de Google Spleen (www.googlespleen.com) expone las prácticas de una empresa que todo lo que hace apunta a un solo objetivo: hacer más y más dinero con el conocimiento humano.

–Google siempre gozó de una imagen muy positiva. Para la gente el gigante que domina 90 por ciento del mercado de los motores de búsqueda siempre apareció como al anti Microsoft por excelencia. Sin embargo, poco a poco, quien era como una suerte de antídoto del demonio empezó a perder sus atributos de ángel.

–Google es una empresa extremadamente poderosa, tanto en el plano económico como de la imagen. El tema Google es muy complejo, hay muchos parámetros y es extremadamente difícil hacerle ver a la gente la realidad de Google. Con Google tenemos una empresa que supo desarrollar una estrategia de marketing muy eficaz que le sirvió para construirse una imagen casi intocable, que se apoya en gran parte sobre el principio de gratuidad de las soluciones que propone. Pero detrás de esto está el modelo económico que financia las soluciones propuestas por Google. Ese modelo es poco claro. La entidad que financia Google es AdWords. El utilizador no paga cuando lanza una búsqueda. Todo reposa sobre la publicidad de los anunciantes, quienes aportan los presupuestos en el sistema Google. Ahora, se trata de saber cómo se organizan esos anuncios.

–Eso se debe al hecho principal de que la respuesta del buscador depende de lo que pagó o no el anunciante. O sea, si hacemos una búsqueda sobre un objeto la respuesta que aparece primero está regulada según lo que abonó el anunciante. Es, en suma, una respuesta organizada según un criterio comercial.

–Efectivamente, en la lógica del sistema AdWords. Google asegura a los anunciantes que el que pagó el precio más alto aparecerá mejor ubicado en las respuestas. Google estudia también la tasa de clics y modula su respuesta en función de ella. Los mecanismos que intervienen en este proceso son extremadamente complejos. Pero nos damos cuenta de que, al final, es Google quien decide qué lista aparece en la pantalla de los internautas y ello sin que los anunciantes puedan decidir algo. Google también decide la clasificación de los anuncios. Más aún, las respuestas de Google varían de una pantalla a otra. La aparición o no de determinadas publicidades está determinada por Google en función del perfil de A o de B. Un usuario A verá en su pantalla un determinado tipo de anuncios mientras que el B verá otros.

–Ello implica una vigilancia constante.

–Google trabaja con un algoritmo permanente que analiza los resultados de las publicidades a fin de modular la aparición o no de los links subvencionados. El objetivo de todo esto consiste en modelizar de manera permanente la gestión de los afiches publicitarios.

–Google es como Dios: está en todas partes: lo encontramos como motor de búsqueda, como correo electrónico a través de G-mail, también tiene su propio sistema de explotación con Androide, lo tenemos como devorador de libros, en fin, es una máquina con una filosofía expansionista única.

–Google es una empresa que hace dinero con las relaciones cognitivas. Buscará apoderarse de todo lo que puede permitirle a un individuo extender el campo de sus conocimientos para sacar provecho de ello. De allí la lógica que consiste en proponer publicidad según lo que se conoce del internauta, del perfil que se estableció de él, de la tipificación de sus centros de interés. El mismo principio es válido en lo que atañe al proyecto de numerización de los libros. Google quiere ofrecer una apertura a gratuita a la cultura pero, por debajo, este principio le permite a Google seguir a cada internauta según sus intereses. Se pueden saber muchas cosas conociendo los libros que una persona lee. Se pueden conocer sus ideas, sus gustos, etc. El proyecto de digitalización de los libros es un espejo de lo que Google hizo con YouTube. Se ponen libros al alcance de la gente, de allí se establece un perfil de la persona y detrás se sacan beneficios con la publicidad. Google podrá conocer los autores favoritos de cada internauta y, paralelamente, hacer publicidad sobre los libros que vende en su librería en línea.

–Muchos analistas se preguntan hoy si acaso Google no se convirtió en algo demasiado grande que representa un peligro para la democracia, para el principio de elección.

–En cuanto al principio de elección, a partir del momento en que sabemos que Google está en condiciones de regular la información que ofrece al internauta –y todo esto con una imagen de pertinencia– vemos enseguida que hay una amenaza fuerte sobre la libertad de elección del consumidor. Esto nos lleva a interrogarnos si con este modelo aún estamos en la economía de mercado, es decir, en un modelo de libre circulación de la oferta y la demanda. Nuestra tesis, en el libro, es que Google está en una posición en la que puede aportar una información comercial con la cobertura de la pertinencia –los internautas tienen una confianza ciega– para orientar al internauta hacia preferencias de consumo. En el plano político también hay muchos interrogantes. Cuando contamos con una herramienta útil como Google, que es capaz de prever la evolución de la gripe A en función de las consultas de los internautas al motor de búsqueda, igualmente podemos pensar que Google es capaz de anticipar las tendencias de la opinión, las tendencias electorales. Por consiguiente, Google puede regular el flujo de la información según las ideas o las opiniones.

–¿Cuál es el secreto mayor de Google?

–Su primer secreto es haber sido capaz de montar un sistema económico que vende algo que no se corresponde con lo que los clientes compran. El segundo, y gracias a una extrema inteligencia, consiste en fabricarse una imagen de extrema pertinencia. Los internautas utilizan Google cuando en realidad no hay mucha pertinencia en ese sistema. El secreto es la imagen que borra toda la realidad y las incoherencias de su sistema económico.

Fuente: Página/12

 

El ‘trash’ envuelve a la Argentina mediática

In Paladar mostaza on 7 enero, 2011 at 8:11 AM

El escritor y periodista, Alejandro Seselovsky, sostiene que hoy sirve de poco describir sólo lo que pasa en las pantallas. dice que la tele basura se está superponiendo con lo real, y para demostrarlo ofrece postales de personajes como Ricardo Fort, Luli Salazar y el Facha Martel, entre otros.

Esta nota está siendo escrita en un bar. Eso no tendría importancia si no fuera porque en un rincón hay dos viejitos que polemizan sobre la última temporada de Bailando por un sueño. Encima, el mozo se les acerca y pide permiso para expresar su opinión. La escena parece compuesta para darle la razón a Alejandro Seselovsky, que acaba de publicar Trash: retratos de la Argentina mediática (Norma). El escritor y periodista cree que hoy sirve de poco describir sólo lo que pasa en las pantallas: la tele basura –o trash– se está superponiendo con lo real, y entenderla mejor es fabricarse una brújula para andar por el presente o, por lo menos, para comprender qué cuernos está pasando por la mente de los que discuten a los gritos en la mesa de al lado.

En su rol de ciruja, Seselovsky extrajo del magma farandulero diez crónicas/entrevistas que no tienen desperdicio. Textos salvajes –“mostráme las tetas”, le pidió a Luli Salazar–; vertiginosos relatos donde la palanca del prejuicio siempre está en off. Y ésta es la parte donde suenan las sirenas de la policía progre. Porque los oficiales de la bienpensancia dicen que elegir a ciertos personajes como tema de un libro es un acto ilegítimo. A lo sumo, se autorizará a algún barthesiano de Palermo para que aplique uno que otro concepto mientras toma un helado de los más caros. Pero pensar con osadía, eso sí que no. Por eso ésta es una obra irreverente. Lo aclara Jorge Dorio en el prólogo, cuando afirma que uno de los méritos del autor está en “insinuar desvíos atractivos para alentar la deriva reflexiva del que lee”. “En este mismo sentido –agrega–, vale la pena destacar la prudencia del que escribe a la hora de usar los adjetivos.”

Trash-endencia

En el kiosquito que propone Trash se ofrecen postales con gran poder de síntesis. Una: Ricardo Fort mirando la TV, obsesionado con los datos del rating que le pasa minuto a minuto un tipo por celular. Otra: una noche con el Facha Martel, consultándole acerca de las mejores técnicas para levantar y aprendiendo que cuando uno es un galán no puede arriesgarse a que lo reboten. Por el mismo precio, el lector se lleva dudosos arrepentimientos de Chiche Gelblung a propósito de su pasado periodístico, la confesión de una vedette abusada por su novio y, por supuesto, una descripción de la rutina oculta que tienen las tetas y los culos más deseados de este bendito país. Entre esa jungla de vanidades, Seselovsky es un Philip Marlowe que anda por ahí sin casos para resolver, investigando por pura curiosidad.

–¿Por qué se metió con la basura televisiva? ¿Se aburrió del cine iraní y el teatro independiente?

–Me aburrí. Hoy se pueden averiguar más cosas de la sociedad argentina mirando a Fort que indagando en esos espacios donde existe el mandato de ir a buscar respuestas. Hay una intelligentzia con una mirada que es excesivamente…

–¿Masturbatoria?

–Iba a decir perezosa, pero a lo mejor su palabra es mejor. Al evaluar el entretenimiento popular, el discurso progresista se adelanta, tropieza consigo mismo y condena de antemano. En ese apresuramiento hay vagancia. Uno puede quedarse en que Bailando por un sueño es una mierda, ok. Pero yo no puedo irme a dormir sin explicarme por qué existe el fenómeno Fort, y en qué medida se sintoniza con pedazos de la Argentina. Nos guste o no, millones están pendientes de su inclinación sexual, sus novias o sus autos. El, a cambio, nos trae Miami al living de casa. Es cierto que esto no es lo que muchos estaban esperando. Sin embargo, la tragedia, en todo caso, somos nosotros como sociedad. Es demasiado fácil depositar en un solo individuo –o en un grupo de diez personas– la responsabilidad por la tilinguería colectiva.

Puesto a clasificar a los “mediáticos”, Seselovsky reconoce diferentes especies (“aunque para mí, cuanto más grasa mejor”, admite). Johnny Allon no es lo mismo que Fort, y Fort no es lo mismo que Salazar. “Fort es un chiste, una deformación de la realidad. Nadie es así. De última, detrás hay un muchacho que en su escasez me da una gran pena. Pero Luli se reivindica como canon de belleza y vara de la realidad. Es más jodida, porque aunque ella es igual a un comic, implícitamente te está diciendo que los deformes son los otros.”

El análisis deriva en una cartografía oral de los pechos salazarianos ¿Cómo fue que la conversación desembocó ahí? O mejor, ¿en qué descuido fue que la frivolidad terminó salpicando al noventa por ciento de las charlas cotidianas? El periodismo “de mediáticos” se gestó como subgénero de la prensa de espectáculos. En un proceso inverso al que mostraba The Truman Show (Peter Weir, 1998), no fue el sujeto hipermediatizado el que quiso asomarse a la verdad cual cavernícola platónico. Por el contrario, fueron los programas de TV los que se largaron a colonizar lo real. “La galaxia mediática –reformula Seselovsky– se ha vuelto un tumor de la industria y se ha lanzado a una metástasis imparable (…). El escándalo es la gramática con la que se escribe el trash televisado.”

–No hay escape, entonces.

–Cuando Pampita se agarra de las mechas con otra mina en la puerta de una disco, no está eligiendo si entra o no a este universo: ya la metieron. Tampoco no- sotros podemos elegir si Fort va a ser parte o no de nuestro temario. Nos lo vamos a encontrar en la radio, en un comentario de la vecina, en una vidriera. Hemos perdido la libertad de elegir si queríamos verlo o no. Es un big bang: el trash se está derramando sobre el resto de las parcelas de la realidad.

–Si se sigue el razonamiento, entender el trash sería una forma de entender el presente.

–A ver: hoy, luego de una larga batalla, nuestra sociedad se ha dado la ley de matrimonio igualitario. ¿Usted cree que en eso no influyó la figura de Gastón Trezeguet, a principios de la década? Gracias a él, el debate sobre las minorías llegó a millones que no tienen acceso a Página/12 o a Perfil. ¿Cómo les explica a las clases medias empobrecidas y mataputos del conurbano que cada uno tiene que ser libre de vivir como quiera? ¿Sabe cómo? Con Gastón Trezeguet ganando Gran Hermano. Si condena de entrada a lo mediático, se pierde esa posibilidad.

–¿Hay un trash progre?

–¿Un bolche trash, digamos? Seguro. Por momentos, 6, 7, 8 roza eso. No es el caso de todas sus voces, pero a veces siento que el programa es una falta de respeto a los que votamos y vamos a volver a votar K. Cuando te ponen en un zócalo “Macri es malo”, siento que me tratan de pelotudo. ¡Como si yo no supiera que Macri es un forro! Ojo, reconozco que a lo mejor la coyuntura política está necesitando de un 6, 7, 8, pero por favor ¡no me pidan que lo mire!

–Esa impronta de “lo mediático” se verifica en una gran variedad de contextos. Muchos escritores argentinos, a su manera, también “bailan por un sueño”, se pelean para la tribuna y responden a un jurado que puntúa a los demás desde un espacio de Verdad…

–Seguro que sí. Habría que ver quién hace el papel de Graciela Alfano, Nazarena Vélez, Aníbal Pachano… Es interesante mirarlos desde ahí, aunque algunos escriben muy bien.

–¿Y qué hay detrás de todos estos sujetos trash?

–Plebeyos angustiados. Gente que tiene ese tris de estar ante una cámara y la necesita como un cocainómano necesita de la merca.

–Trash de derecha, trash de izquierda, trash de brutos y de intelectuales… ¿Es ideológicamente indefinido el trash?

–No es casualidad que la gran mayoría de los famosos resbalen groseramente cuando hablan de política. Incluso Moria Casán, que es la más inteligente, se manda cualquiera. Ni hablemos de Cacho Castaña o Rocío Marengo. Transpiran lugares comunes del fascismo.

–Pero los progres también suelen recurrir a sus lugares comunes. A lo mejor no son tan nocivos, pero vaya si los usan.

–Claro. El progresismo tiene sus tópicos. Me hacen acordar a esos SMS predeterminados que vienen en el celular. Son mensajes típicos, aunque no tienen nada que ver con la forma de hablar que tenemos no-sotros. “Hola cariño”, “estoy retrasado, discúlpame”, esas boludeces. Bueno: es como si la izquierda utilizara esas plantillas. Quiero decir que esos moldes prefabricados conducen a un lugar falso. Uno nunca saludaría con un “hola, cariño”. De hecho, creo que la condena inmediata a las figuras que incluí acá no es más que eso, una plantilla predeterminada. Si condenás de antemano, te perdés lo mejor.

Y lo que viene es más basura. “No sé adónde irá a parar este cohete –duda Seselovsky–. Quizá siga una trayectoria elíptica, y veamos un regreso a lógicas anteriores. O tal vez ya sea demasiado tarde para volver atrás. Por ahora el sentido del vector es evidente: el trash nos está envolviendo.”

Por Facundo García para Página/12 – Foto: eBlog

Es más peligroso un pibe que piensa que un pibe que roba

In Jóvenes Sueños on 2 noviembre, 2010 at 2:12 PM

César González se puso Camilo en homenaje a Cienfuegos y Blajaquis por el militante peronista de ¿Quién mató a Rosendo? Bajo esos nombres y a los 21 años, después de haber estado preso desde los 16 hasta los 20, publicó La venganza del cordero atado, su primer libro de poemas. “Aparte de excluirte económicamente, te excluyen cultural y simbólicamente”, subraya.

Escupió su dolor, su verdad, su poesía y renació dentro de una cárcel. “¡Letras, máscara de mi herida! / Aliéntame esta tarde / que si no escribo soy piedra / y vuelvo a ser tan sólo un expediente/”, se lee en su primer libro, de título ricotero, La venganza del cordero atado (Ediciones Continente), con ilustración de Rocambole y prólogo de Luis Mattini.

Salió de la cárcel el febrero pasado, proyecta otro libro de poemas, piensa en el crecimiento de la revista ¿Todo piola? que edita y  cursa la carrera de letras en la UBA.

Su barrio es la villa Carlos Gardel, “panorama de vida que siempre tiene olor a celda, a plomo, a trabajo en negro o en gris o a traje de encargado de limpieza”, dice en el poema dedicado a ese lugar en el mundo donde nació –hace 21 años– y creció a los porrazos. Donde vive y da talleres literarios para rescatar a los pibes de un “infierno anunciado”.

“No es que me levanté un día o manejé en mi cabeza, en algún momento, la idea de escribir un libro –cuenta César–. La venganza del cordero atado es un rejunte de los poemas que escribí, tan simple como eso.” Lo que no es tan simple es dónde los escribió, en institutos de menores, en la cárcel, bajo el seudónimo de Camilo Blajaquis: Camilo en homenaje al comandante Cienfuegos –uno de los líderes de la Revolución Cubana–, Blajaquis por el militante peronista asesinado en la pizzería La Real, relatado por Rodolfo Walsh en ¿Quién mató a Rosendo?

“Mi cabeza empezó a cambiar, a incorporar cosas nuevas; todo un mundo que no conocía hasta antes de caer preso, cuando me di cuenta de todo lo que se le oculta a un joven que le toca nacer en un barrio de clase baja, en una condición pobre y humilde como en la que nací. Aparte de excluirte económicamente, te excluyen cultural y simbólicamente. Te excluyen porque sos el negro de una villa, el negro de mierda, vas a ser chorro, obrero y nada más. El sistema te excluye y es mucho más cruel de lo que uno cree –repasa su aprendizaje–. Lo que juega es una exclusión simbólica: el de la villa es un ignorante, es un posible delincuente.”

César subraya que empezó a usar la cabeza para algo que le diese vida,  “y digo vida porque estaba muerto en vida: 16 años, seis balazos de la policía, me quedaban cinco años de cárcel; ingresé a un instituto con los clavos en las piernas, en muletas, pesando 50 kilos. Realmente estaba muerto”.

“¿Hubiese terminado en una celda si no hubiese nacido en una villa? Si nueve de cada diez de los que estábamos en la cárcel éramos de una villa. ¿Qué hubiese pasado si hubiese nacido en otro contexto? Realmente no sé, pero considero que en la cárcel no hubiese terminado con 16 años, baleado, adicto a las drogas como era. Se cayó la venda de mis ojos con mucha rabia. No quería darle el gusto al sistema, a la sociedad, que quiere que terminemos en la cárcel. Y fue una ruptura.”

Y la rabia lo llevó a la lectura…

“Sí, a leer, a informarme, a llenarme de argumentos. Fue un renacimiento; el concepto de renacimiento en la historia de la humanidad es salir de la oscuridad de la Edad Media, de las tinieblas del oscurantismo. De repente aparecen Galileo, Da Vinci, Copérnico, otra corriente de filosofía con Descartes, los inventores, los pintores. Mi renacimiento fue gracias a la cultura. ¿Sabés por qué hablo de rabia?”

No.

“Porque no es lo mismo que alguien de clase media piense a que lo haga un pibe de clase baja. Si el de clase baja tiene conciencia de clase, la potencia que tiene ese pensamiento es mucho más explosiva que la de la clase media, en el sentido de rebelarte. Fue lo que me pasó a mí: tener conciencia de clase, pero no haciendo una separación porque yo soy de abajo, pero no quiero que se muera el de arriba. No. Yo pensaba todo esto, pero seguía dentro de una celda. No sabía que el día de mañana iba a publicar un libro, a hacer una revista…”

Tocó fondo: o se hundía del todo o flotaba y salía a la superficie, que es lo que hizo.

“Exactamente, pero una vez que llegué a flotar, había que remar porque estaba en el medio del mar y no había remos. Había que remar y no había balsa, había que remar y no había isla para naufragar. Me pegaron en la cárcel por leer, por escribir, por pensar, paradójicamente. La sociedad dice que en la cárcel estamos mejor, que los derechos humanos son sólo para los chorros… y uno escucha todo ese discurso de que nos gusta esa vida en la cárcel, que no hacemos nada. A mí no me gustaba esa vida y decidí hacer otra cosa: leer, terminar el secundario, recibirme. Pero no recibí un abrazo de la sociedad; recibí piñas, me quebraron los tobillos, me rompieron un diente; sufrí miles de requisas por leer y escribir. Me di cuenta de que la sociedad prefiere que los pibes roben, que se droguen antes que accionen y piensen. Es más peligroso un pibe que piensa que un pibe que roba. Cuando un pibe en este país pensó y accionó, lo torturaron, lo masacraron y no apareció más”

En un poema se lee que una psicóloga dijo que no podía ser escritor. ¿Fue así?

“Y esa piña duele más que la del guardia”… puse en ese poema. Siempre recuerdo el día que escribí mi primer poema y se lo llevé a una psicóloga que tenía en el Instituto Belgrano. Lo había escrito la noche anterior después de leer una crónica de Arlt en Aguafuertes porteñas que me había gustado mucho. Seguramente estaría lleno de limitaciones; al principio escribía con rima, no podía escaparle a eso (risas). Había sentido un vómito que me daba libertad. Algo se había desatado, el candado se había quebrado cuando escribí ese poema. No es una figura menor el psicólogo dentro de la cárcel; es el juez cotidiano de tu vida. Yo le llevaba un poema que me había hecho sentir persona… Yo me odié mucho tiempo, pero llegó un momento en que ese odio lo transformaba en violencia o en poesía. La psicóloga dejó el papel a un costado y me dijo: “Muy lindo esto, pero cuando salgas tenés que trabajar. Vos cometiste un delito, tenés que resarcir a la sociedad y la única forma es que te rompas el lomo trabajando. Con esto –por el poema– no resarcís el daño. Esto puede ser muy lindo, un pasatiempo, pero tenés que trabajar. A ver si se te mete en la cabeza…”. Y no fue una mala experiencia como argumentan algunos psicólogos para que me quede tranquilo. ¡Las pelotas fue una mala experiencia! Tuve doce psicólogos diferentes y todos me dijeron lo mismo. Ninguno me leyó un poema. Yo necesitaba que alguien lo leyera, que me dijera: “Está feo, pero vas bien”. Era un acontecimiento para mí, pero me lo negaban, lo reprimían. Cuando se lo di a Patricio, me dijo: “¿Es la primera ves que escribís? Seguí, probá, no está nada mal”. Y me trajo libros de poesía. ¿Te das cuenta la función de uno y otro? Uno estaba para ayudar, los psicólogos para reprimir”.

¿Por qué dice en un poema que “aunque no parezca soy poeta, soy un optimista”?

“Ese poema es una trompada tras otra, pero lo escribí en otro momento. Eso fue hace tres años, cuando pensaba que la política eran los políticos, pero ahora sé que es una herramienta. Si los políticos en nombre de la política hicieron desastres, la palabra no tiene la culpa. Hay optimismo en el escenario político argentino y hasta noto cierta alegría. La naturaleza de los barrios bajos es el peronismo obrero. No puedo desconocer eso; y con más facilidad me doy cuenta de que este gobierno se corresponde con esa naturaleza, que este gobierno está relacionado directamente con los intereses populares y me siento identificado. Yo viví en una casa de material y chapa toda la vida. Hoy tenemos una casa digna con calefón, cocina y agua caliente. Pero tampoco me encierro en una etiqueta ideológica. Soy peronista, pero lo que menos me gusta del peronismo es Perón. Para mí el peronismo es una esencia colectiva; por eso me siento identificado con esa subjetividad colectiva que resistió 18 años. Soy eso, pero también marxista y me gusta la filosofía, el rock y el reggae. Decir “soy esto” es autolimitarse, autoexcluirse. Yo quiero seguir creciendo y seguir siendo cada vez más cosas”.

¿Qué pasó con su lenguaje cuando salió de la cárcel? ¿Cambió?

“Sí, empecé la facultad, estoy en nuevos ambientes con gente que habla diferente. Pero el lenguaje es muy amplio; en mi barrio si tengo que hablar con los pibes, hablo así también. Soy así siempre, pero tampoco en exceso porque si me hago el académico me van a decir: “¿Qué estás hablando, gil?” (risas). Pero no me gusta el estereotipo y simular que soy villero y tener que comerme las eses y decir: “Ey, guacho”. Ya venía incorporando nuevas palabras a mi vocabulario desde la lectura. ¿Vos te pensás que hablaba así cuando caí en cana? Usaba la misma cantidad de palabras para hablar siempre de lo mismo: a quién le choreamos, cuánto hiciste, cuánta merca compramos, anda la yuta… No salía de ahí. Ahora no tengo odio, y eso que me sobraban los argumentos para odiar, para salir de la cárcel con ganas de matar. Sigo escribiendo poesía, estoy preparando mi segundo libro. Necesito escribir como el adicto necesita de su dosis. Mi dosis es escribir porque me corre la poesía por las venas. Y que por mis venas corra poesía es lo que me hace también experimentar una sobredosis de esperanza”.

+ Descarga el libro “La venganza del cordero atado” (PDF)

> Conoce Revista ¿Todo Piola?

Fuente: Página/12

“Cuando sea grande, quiero ser…”

In Exclusivos, Lastiri, Paladar mostaza on 6 octubre, 2010 at 9:52 AM

Por Nelson Lastiri

Fue automático. Apenas leí mentes con visión de futuro volví a pensar en aquellas cosas que arriesgaba a contestar cuando de niño algún tío me preguntaba: “Y vos, ¿qué querés ser cuando seas grande?”.

Luego de esa primer hojeada, el desarrollo del libro me hizo recordar que afortunadamente tuve una familia que no sólo se ocupó por alimentar mis huesos con calcio sino que constantemente fomentaba el desarrollo de mi intelecto. De eso, aunque parezca haber una distancia abismal y sin intenciones de comparaciones simplistas, se trata el libro Funky Business.

Es una radiografía simbólica del cerebro humano que -como obra- se constituye en un llamado de atención sobre los tiempos que corren y las nuevas tendencias del marketing, una guía de consejos intensa y para nada egoísta, el fusilamiento de la mediocridad y un cimbrón a las estructuras.

Además es un producto que cumple con el estilo productivo que plantea: palabras arriesgadas y certeras, muchas frases cortas casi slogans, estilo sencillo y atrevido, ataca a las emociones y nos sacude la cabeza.

Durante todos los párrafos eleva un manifiesto donde el cerebro y su funcionamiento sin riendas estrictas es el capital más valioso y su motor, el vientre de una revolución, la fuente inagotable.

Se trata de una publicación optimista, contestataria, sensacionalista, soñadora y con un protagonista alabado pone a todos los seres humanos en condición de iguales. El aporte motivacional es inagotable, el contenido teórico sobre negocios y nuevas formas de creatividad y competencia es sumamente interesante.

Pese a tener una vinculación publicitaria directa, creo que sus postulados se aplican perfectamente a la jurisdicción periodística: se observa que  actualmente hay una tendencia mundial hacia el periodismo ciudadano y los profesionales de la comunicación están saliendo a las calles, volviendo a ser soldados rasos para conocer las emociones y sentimientos de la gente.

Ya no basta con manejar una noción sobre cómo opera la racionalidad del hombre. De la misma forma en que algunos mercados se han especificado, el periodismo ya no puede hacer embutidos enlatados para conquistar la masificación.

La ciencia de la comunicación se ha estancado como tal, por cooptación ya que talento no falta, y está repleta de respuestas predecibles y prefabricadas para cada acontecimiento. No hay rotación de enfoques ni multiperspectivismo. Es así que en consecuencia nadie busca diferenciarse por temor a perder, postura facilista y mediocre si las hay, un “si perdemos, perdemos todos” que ni siquiera persigue una reformulación visual que explore nuevos cambios.

De todos modos, aunque no se puede detener esta tendencia, es lamentable que su origen haya estado vinculado al agotamiento de un paradigma y no a la intención de construir pilares de experimentación junto a los de normalidad que ya existen.

El legado clave de este libro es claro; la punta de la lanza lleva grabada a fuego la palabra “ideas”, y promete traspasar todos los límites. La sensación final es que no importa la ideología, el lugar geográfico de residencia ni la situación socio-económica: la idea germinará si es funky: única, rebelde y genial. No importa qué quieras ser cuando seas grande, toda respuesta es potencialmente factible de concretarse.

En esa parte del texto me detuve. Algunos minutos pensando con la mirada al techo y continué. Mi posición había cambiado radicalmente. En honor a la verdad debo remarcar los aportes y aspectos positivos que extraje de la lectura del libro y -aunque en un tomo no se puede incluir la totalidad de las aristas- darle luz a esos rincones oscuros que a mi entender quedaron sin iluminarse.

No dejé de ver a Funky Business como un excelente libro sobre creatividad, innovación, emprendimiento, identidad y otras virtudes. Traté de separar el ámbito de referencia del libro de la temática que abarcaba y reservé algunas salvedades para mi reflexión personal.

Este manual atrevido y fundamentado le da lugar e importancia a la trasparencia, al reconocimiento de los trabajadores como portadores de la herramienta por la cual se activó, activa y activará absolutamente todo lo que acontece en el mundo, y habla de equiparar el terreno de juego, de una igualdad.

Y se refiere a una igualdad de potencialidades e igual de derechos que no puedo criticar porque consideró que es así, tal cual. Los manifiestos iniciales de la Antropología Cultural que juraban ante el Rey que había diferencias naturales entre la inteligencia de los hombres quedaron sin efecto.

De todos modos, considero pertinente ser un poco aguafiestas y decir que no es tan sencillo ¡ser funky! en la vida real. Pese a la capacidad indiscutible que todos y cada uno poseen en este planeta, la diferencia pragmática entre la potencialidad y la realidad es tal que -entre casa- uno empieza a decir que no todos tienen los mismos derechos y oportunidades. Afirmación negada absolutamente desde la legalidad, pero que cotidianamente se ratifica por el hecho de que:

  • En esta generation logo, tal como la define el cantautor Kevin Johansen, quien no alcanza a crear una marca que oficie de escudo para sus actividades, tiene serias chances de ser un subordinado.
  • Los trabajadores siempre han sido dueños de la herramienta intelectual, y la pulseada entre cerebros y brazos económicos permanece desde siempre y es una lucha de coerciones para nada justa. Actualmente, los trabajadores gozan de mayores derechos desde la conformación del Estado Social de Derecho, pero aun así la situación está lejos de alcanzar un equilibrio.
  • En la aldea Funky las clases no se eliminan sino que se perpetúa el esquema de aquellos que reinan y aquellos que sobreviven.

En conclusión, agradezco como lector la iniciativa de cada párrafo, pero considero advertir que el mundo necesita decisiones más que emociones. Es como construir una casa sobre la roca o la arena. Muchas veces hay discursos emotivos pero no estructurales: “todo lo puedes, puedes ser lo que quieras en esta vida,…”

Pese a considerarme un soñador y no tener dudas de que el mundo puede cambiar, creo que este libro tiene un fuerte rasgo elitista porque desconoce u omite que hay profesiones que no son funky, y en las que no hay lugar para serlo.

Por caso, hoy está tan sobrevaluada la fama y el reconocimiento mediático que –me pregunto, seré curioso- ¿qué persona que se le dé a elegir entre ser un famoso escritor, periodista, publicista, director de empresa o peón de albañil, recogedor de basura, guardia cárcel y electricista elegiría alguna de las segundas profesiones?

Hoy sólo entregan premios a personas cultas, dotadas de conocimiento específico y posgrados. Antes de predicar que todos podemos ser lo que queramos ser o lo que se nos venga en gana, debemos reconocer lo imprescindible de otros trabajos, felicitarlos, remunerarlos como corresponde y aceptar que la causa está en una desigualdad histórica que alteró los valores de capital, educación y expectativa a favor de unos y en contra de otros.

De lo contrario, caemos en la estupidez de imaginar una sociedad sin albañiles, ni enfermeros, ni maestras, ni colectores de basura. Y el problema no está en las profesiones, sino en la desigualdad y la devaluación. Hay oficios que no me suenan funky, ¿qué hacemos con ellos?

“Como periodista, al menos, Verbitsky, ha recibido la bendición de una incapacidad casi absoluta para ver el lado bueno de cualquier situación”
Alma Guillermopietro; The New Yorker, 15 de julio de 1991.

+ Comprar Funky Bussiness

Este autor es Columnista permanente de este Blog

200 años de organismos de control público

In Paladar mostaza on 8 septiembre, 2010 at 9:27 AM

“Para que el pueblo pueda saber de qué se trata, 1810/1816-2010/2016, 200 años de organismos de control público”, es un trabajo que recopila la trayectoria de los entes de fiscalización desde los primeros esbozos, durante la época colonial, hasta la actualidad, tras 17 años de vigencia de la Ley de Administración Financiera.

El libro se presentó en Córdoba y está en el stand de APOC

El libro se muestra como un texto breve, ágil, pero profundo, que narra las distintas situaciones que atravesó el control público durante los 200 años de historia argentina.

Está dividido en tres partes. La primera, a cargo de Daniel Dellavalle, repasa el contexto en que surgió el primer esbozo de control en la época colonial. Fue en 1661, cuando se creó la Audiencia de Buenos Aires, como un intento de la corona española de controlar el contrabando y proteger sus cuentas.

El capítulo devela un dato curioso: en el cabildo abierto del 22 de mayo de 1810, los titulares del entonces Tribunal Mayor de Cuentas de Buenos Aires, votaron a favor de la continuidad del virrey en su cargo:

“No es difícil imaginar la función de un organismo de control cuando no comparte objetivos comunes del poder de turno”, dice el autor, en referencia a una etapa en la que, además de esta situación, “las disensiones intestinas y el desgaste de los caudillos del Litoral”, hicieron que los recursos públicos estuvieran diezmados “e imposibilitaran cualquier diagnóstico objetivo de la situación”, lo que derivó en un proceso de reforma liberal que culminó con la división del Tribunal de Cuentas en tres oficinas administrativas, prácticamente sin margen de acción.

Otra perla. Durante el primer peronismo se dieron discusiones sobre las características que debía tener el control público. En un debate en el Congreso, y a partir de entender al control como garantía de una buena marcha de la administración, y no como fiscalización, los diputados oficialistas llegaron a decir:“No nos interesa la creación de un Tribunal de Cuentas”. Imperdible.

La segunda parte, realizada por Norberto Bruno, relata la historia reciente del control público, desde la autodenominada Revolución Libertadora, pasando por el “desgajamiento” de la fiscalización, con la creación en 1974 de la Corporación de Empresas Nacionales (CEN), una dependencia que desplazó a un Tribunal de Cuentas que objetaba reiteradamente los estados contables de las empresas estatales, hasta la sanción de la Ley 24.156 de Administración Financiera en 1993, que rige en la actualidad.

Se detalla el impacto de la modificación en todo el sistema de control, las características de la Auditoría General de la Nación (AGN), la Sindicatura General de la Nación (SIGEN), las Unidades de Auditoría Interna (UAI) y la figura del Defensor del Pueblo de la Nación; y la participación de los organismos en las privatizaciones de la década del ’90, resaltando “tal vez el caso más infame”, de Aerolíneas Argentinas.

El último apartado corresponde a Hugo Quintana y Federico Recagno. Allí se resalta la importancia de los espacios de participación ciudadana y el rol los medios de comunicación en su tarea de acercar al “gran público” el resultado de los informes de los organismos de control.

En el libro también se proponen cambios en el actual funcionamiento de los entes, como por ejemplo: “Dotar a la AGN de facultades de control preventivo (no necesariamente previo), para evitar hechos que, una vez producidos, son irreparables en sus consecuencias para la población o la economía”.

Apoyados en la historia y con una mirada hacia un futuro en la que se convoca a una mayor participación para un mejor control, los autores culminan la obra parafraseando a la Gazeta de Buenos Aires, el diario revolucionario de 1810: “Cuando el pueblo quiere saber de qué se trata, nace el control público”

El texto es una nueva entrega de la Colección Educar al Soberano, una iniciativa de la Asociación del Personal de Organismos de Control (APOC), y fue escrito por:

  • Daniel Dellavalle (historiador, ex miembro del Tribual de Cuentas de la Nación)
  • Norberto Bruno (ex Auditor General de la Nación, actual auditor interno de la Cámara de Diputados)
  • Federico Recagno (secretario adjunto de APOC, director ejecutivo de elauditor.info)
  • Hugo Quintana (secretario general de APOC y ULATOC -Unión Latinoamericana de Trabajadores de Organismos de Control–, y director general de elauditor.info)

Fuente: ElAuditor.Info

“Eramos unos niños” las memorias de Patti Smith con Robert Mapplethorpe

In Paladar mostaza on 12 julio, 2010 at 8:22 AM

Patti Smith and Robert Mapplethorpe, New York City 1969

Patti Smith sí que sabe de buenos comienzos. “Jesús murió por los pecados de alguien, pero no por los míos”: así empezaba su poema “Oath”. Esto viene a cuento porque la cantante, poeta y artista plástica publicó hace poco unas memorias de sus días junto al fotógrafo Robert Mapplethorpe, cuya traducción acaba de ser editada bajo el título Eramos unos niños.

Smith vuelve a sacar de su frondosa imaginación uno de esos inicios demoledores, imposibles de borrar de la memoria: “Yo estaba durmiendo cuando él murió”, escribe en el prólogo.

Portada de "Eramos unos niños"

El prólogo ocupa apenas una página y media de las casi trescientas de Eramos unos niños, pero marca el tono que la siempre poética Smith le imprime a todo el libro. Esta es la historia de dos seres unidos por su amor por el arte, que fueron capaces de sobreponerse a situaciones complejas (ella, un embarazo temprano; él, la homosexualidad que reprimía) y canalizar a través de poemas, pinturas, fotografías y canciones todo eso que latía dentro de ellos.

Patti y Robert, cuando eran unos niños, confluyeron en Nueva York, que en los inicios de los ’70 era la meca del arte pop, con Andy Warhol como Midas que operaba desde su Factory de paredes plateadas. En esa ciudad que nunca dormía –porque parecía estar siempre creando, transpirando sexo o drogándose–, estos dos descastados se conocieron cuando ella entró a la habitación de Brooklyn en la que, se suponía, vivían unos amigos.

En cambio, ahí estaba él, dormido en una cama de hierro. “Era pálido y delgado, con una oscura mata de pelo rizado. Tenía el torso desnudo y collares de cuentas alrededor del cuello. Me quedé quieta. El abrió los ojos y sonrió.” Ella se fue con la dirección donde buscar a sus amigos. Más tarde, él entró a comprar un collar persa –al que ella le había echado el ojo– a la sucursal de la librería Brentano’s en el que Smith era cajera. “No se lo regales a ninguna chica que no sea yo”, le dijo ella. “Descuida”, contestó él con una sonrisa.

El tercer encuentro fue más “aventurero”. Ella no tenía ni siquiera dónde dormir, por eso solía escabullirse en la librería sin que se dieran cuenta los encargados de bajar la persiana, y su dieta distaba mucho de ser la adecuada. Un supervisor de Brentano’s le había presentado un escritor de ciencia ficción que la invitó a comer.

“Pese a tener veinte años, la advertencia de mi madre de que no fuera a ninguna parte con un desconocido resonó en mi conciencia –recuerda Smith–. Pero la perspectiva de cenar hizo que flaqueara y acepté.” Después de comer pez espada, el hombre le sugirió que subieran a tomar una copa a su departamento.

“Miraba frenéticamente a mi alrededor, incapaz de responderle, cuando advertí que se acercaba un joven. Fue como si se abriera una puertecita del futuro y de ella saliera el muchacho de Brooklyn que había elegido el collar persa, como una respuesta da la plegaria de una adolescente”, relata Smith, quien le pidió al chico que se hiciera pasar por un novio celoso antes de salir corriendo con él, lo más lejos posible del escritor despechado. Esa noche en que “Bob” la invitó con un egg cream se selló una amistad indisoluble.

Patti Smith ha sido acusada de acomodar la realidad a su medida, cuando no de mitomanía. Puede ser que “embellezca” las situaciones para adecuarlas a su mirada poética, en la que la mugre está ahí porque también estaba en las películas que la hicieron llorar. Como sea, en Eramos unos niños hace gala de su habilidad para narrar, y traslada al lector hasta el centro de esa relación que arrancó sexual y terminó en una profunda amistad, pero que siempre fue de un amor compartido por las artes, de apoyarse mutuamente, de trabajar (o de prostituirse, en el caso de Mapplethorpe) para poder pagarse los elementos con los que crear.

Patti Smith and Robert Mapplethorpe, New York City 1969

Con sus frases certeras, Smith también hace un recorrido por la Nueva York de inicios de los ’70. Lleva de la mano por las librerías en las que trabajó, la incipiente escena rockera que desembocaría en el punk, el Max Kansas City en el que Warhol reinaba desde una mesa redonda en el VIP o el célebre hotel Chelsea –donde ella y Mapplethorpe vivieron un tiempo– repleto de freaks y celebridades.

Y también instala al lector en los estudios Electric Lady, adonde conoció a Jimi Hendrix durante la fiesta de inauguración –él se había escapado del bullicio, ella no se animaba a inmiscuirse–, justo antes de la muerte del guitarrista, y donde unos años después grabaría Horses con John Cale como productor.

Eramos unos niños es, además, la crónica del despertar de Mapplethorpe como gay y como fotógrafo. “Yo sólo lo miré, sin comprender. No había nada en nuestra relación que me hubiera preparado para semejante revelación”, confiesa Smith, quien siguió siendo amante de su amigo Bob durante un tiempo, mientras él dejaba salir su sexualidad reprimida.

Y era ella quien le insistía para que le prestara atención a la fotografía, cuyo proceso le resultaba demasiado molesto al ansioso Mapplethorpe. El libro refleja, también, el ascenso de ambos como artistas, cuando ella comenzó a cantar en recitales de poesía y luego formó su banda de rock. Y durante, sus encuentros como Janis Joplin, Sam Shepard, Jim Carroll, Allen Ginsberg…

A Mapplethorpe le costó más “llegar”, porque recién cuando le regalaron una Polaroid que también tenía negativo pasó a centrarse en la fotografía. “Yo no había anticipado la absoluta entrega de Robert a los poderes de la fotografía –narra Smith–. Lo había animado a hacer fotografías para que las integrara en sus collages e instalaciones, con la esperanza de que tomara el relevo a Duchamp.

Pero Robert había cambiado su centro de atención. La fotografía no era un medio para alcanzar un fin, sino el fin mismo.” Cuando Smith publicó su primer poemario, y más tarde su primer álbum, las fotos de tapa fueron de Mapplethorpe. La historia detrás de la imagen andrógina de Horses es bastante más sencilla que el impacto que provoca todavía hoy, pero más todavía es la revelación de la cantante acerca de esa foto famosísima: “Cuando ahora la miro, no me veo nunca a mí. Nos veo a los dos”.

Mapplethorpe, mientras tanto, había comenzado a desarrollar sus imágenes sadomasoquistas, ésas que impactan a muchos de los visitantes a la retrospectiva Eros and Order, que actualmente puede verse en el Malba. “Robert no era un mirón –-asegura la cantante en Eramos unos niños–. Siempre decía que tenía que participar de una forma auténtica en las obras que surgían de su interés por el sadomasoquismo, que no había fotografías por sensacionalismo ni se atribuía la misión de contribuir a la aceptación social del sadomasoquismo. No creía que debiera aceptarse y nunca pensó que su mundo clandestino fuera para todos.”

Smith admite que le costaba “compaginar” al nuevo Robert con el muchacho que había conocido. “Y, no obstante, cuando miro la obra de Robert, sus modelos no dicen ‘Lo siento, estoy enseñando el pene’. El no lo siente ni quiere que nadie lo haga. Quería que sus modelos estuvieran satisfechos con sus fotografías, se tratara de un sadomasoquista que se metía clavos en el pene o de un glamoroso famosillo. Quería que todos sus modelos estuvieran seguros de su relación con él.”

Mientras él cobraba fama por su trabajo, ella tenía su hit “Because the Night”, compuesto a medias con Bruce Springsteen. “Robert estaba claramente orgulloso de mi éxito. Lo que quería para sí, lo quería para los dos. Exhaló un hilo de humo perfecto y habló en un tono que sólo utilizaba conmigo; un tono de reproche mezclado con perplejidad, una admiración sin envidia, nuestro lenguaje de hermanos. ‘Patti –dijo, arrastrando la voz–, te has hecho famosa antes que yo’.”

Después de ese momento crucial, en apenas unas líneas, la cantante narra su alejamiento del mundo del rock para vivir junto a su marido Fred Sonic Smith (guitarrista de los MC5) en Detroit. Y después, el capítulo final de Eramos unos niños, con otro de esos comienzos que golpean:

Robert supo que tenía sida al mismo tiempo que yo descubrí que estaba encinta de mi segundo hijo”. “Era 1986, finales de setiembre, y los perales estaban cargados de fruta”, recuerda ella. En ese momento, junto a su esposo trabajaban en el disco Dream of Life, y él sugirió que llamara a Mapplethorpe para que hiciera la foto de portada.

Cuando recibió la noticia de que su amigo estaba internado, Patti quedó “aturdida”. “Me puse la mano en la barriga de forma instintiva y empecé a llorar.” Sus últimos encuentros, las últimas polaroids, la certeza de que él iba a morir, la última imagen de él, tan parecida a la primera (“un joven dormido bañado de luz, que abrió los ojos y sonrió con complicidad a una persona que jamás había sido una desconocida”): hasta el lector más duro se quiebra con las palabras de Smith.

Si hasta se puede imaginarla llorando mientras tipiaba en su máquina de escribir estas palabras que suenan a autorreproche: “¿Por qué no puedo escribir algo que resucite a los muertos? Ese es mi afán más hondo”.

+ No dejen de visitar en el Museo MALBA la muestra Eros and Order (Figueroa Alcorta 3415, hasta el 2 de agosto)

Fuente: Diario Página/12