maximo tell

Posts Tagged ‘marxismo’

El Marxismo ha muerto, el Socialismo ha renacido

In Derecho a Replica on 20 octubre, 2010 at 9:07 AM

Por Luigi Keynes

Las palabras de Fidel Castro que recorrieron el mundo en un claro aval para que se inicien profundas reformas en Cuba y se de por terminado así un régimen brutal e ineficiente cada vez mas anacrónico, a mi criterio marcan el hito de la caída del último bastión histórico del marxismo en el mundo.

Alguien podría decir que VenezuelaBolivia vendrán a cubrir ese espacio. Pues yo disiento con esa idea, pues ni Chavez ni Morales tienen la relevancia mundial de Castro; ni creo que esos regímenes sean sustentable en el tiempo; además ambos si bien usan discursos y algunas herramientas marxistas no son mas que gobiernos populistas mas similares a una forma peronista e indefinida de perpetrar nombres en el poder que formas marxistas de administrar un país.

Y es que el marxismo en sus bases no era mas que un sistema deshumanizado, determinista, fundamentalista y extremadamente ineficiente. La base científica del marxismo es pobre, débil y se basa en demasiadas suposiciones y en un análisis histórico que si bien es interesante (y sólo interesante) para estudiar el pasado pero que a la hora de crear políticas proactivas y hacia el futuro es absolutamente inservible. Y lo peor de que el marxismo tenga fundamentos científicos tan vagos es que es fácilmente manipulable.

Si el marxismo se ha impuesto en algunas épocas y partes del mundo es porque obligaban a las personas a hacerlo a punta de pistola o es porque esas sociedades no conocían otra cosa. Y alguien dirá, entonces con el fin del marxismo, estamos frente al triunfo del fundamentalismo de mercado? (también mal llamado “neoliberalismo”)

Mi respuesta a esta pregunta es que el fundamentalismo de mercado también ha fracasado aunque de una forma menos estrepitosa pero igualmente destructiva que el marxismo. El fundamentalismo de mercado no es mas que una versión simplista, manipulada y degenerada del liberalismo.

Muchos pueden estar en desacuerdo con esta idea, pero creo que el marxismo y el fundamentalismo de mercado son muy parecidos: ambos son deterministas, manipulados, antidemocráticos y terminan en sociedades donde pocos controlan la mayor parte de los recursos mientras las mayorías quedan marginadas en el reparto de la riqueza y el ingreso.

Estamos en un mundo nuevo donde la gente quiere participar cada vez mas de las cosas que le afectan directamente, desde los bienes y servicios que consumen hasta las políticas que influyen a su entorno social; y ahí es primer gran punto donde ni el marxismo ni el fundamentalismo de mercado pueden dar respuestas, porque ambos esconden un profundo elitismo (ya sea económico o político).

Estas nuevas demandas de los individuos no sólo ponen en crisis las bases de estos sistemas, sino de toda la democracia representativa, la cual estoy convencido ha iniciado su proceso de decadencia y será reemplazada de una forma gradual por una democracia directa, pero este tema lo dejo acá nomás y lo trato en otro post futuro.

Volviendo a la idea del fin del marxismo, la pregunta que queda hacerse, es si esto representa el fin del socialismo?

Pues acá tengo una visión que en principio puede parecer paradógica. Estoy convencido que el fin del Marxismo va a representar el renacimiento del Socialismo de una forma seria y constructiva alejándose de los vicios del reciente difunto.

El año pasado hice una pequeña clasificación del socialismo que creo útil citar y complementar antes de seguir:

  1. El viejo y populista marxista liderado por Castro y Chavéz (aunque este último usa esta retórica y algunas herramientas marxistas, pero en realidad creo que es una forma de oportunismo análogo al peronismo argentino).
  2. La socialdemocracia, moderada y muy inspirada en la izquierda europea, a la cual adhieren casi todos los partidos progresistas y socialdemócratas del continente.
  3. El nuevo socialismo, el cual puede decirse está inspirado en la izquierda estadounidense, aunque sus bases mas bien son globales; a la cual personalmente me siento mas cercano.

Sobre el marxismo ya hice mi crítica.

La socialdemocracia si bien es preferible al primero, presenta varios problemas. En primer lugar suele estar representada por individuos titubeantes con serios problemas de liderazgo, esta gente está tan empecinada en consensuar todo que suele naufragar en la indecisión. En segundo lugar, muchos de sus seguidores aún están contaminados por algunas ideas marxistas y suelen mirar con cierto romanticismo la Unión Soviética y la Cuba comunista.

La gran virtud de la socialdemocracia es que suele tener las mas avanzadas y progresistas políticas sociales y representa la vanguardia en todo lo referido a derechos civiles.

Su gran problema es que no tiene políticas económicas autóctonas y en tiempos de prosperidad el peor de los casos recurre al marxismo y en el mejor al keynesianismo; y en tiempos de crisis suele quedar arrinconada por los sectores conservadores y termina aplicando destructivas políticas de ajuste delfundamentalismo de mercado.

Y como les decía, el marxismo y el fundamentalismo de mercado son atroces, siempre llevan a mal puerto; pero el keynesianismo si bien es preferible a estos, ya resulta anacrónico, pero lo peor de todo es que abusan tanto de él (recordemos que por definición estas políticas sirven para tiempos de crisis) que lo aplican en tiempos de prosperidad profundizando las presiones inflacionarias o la especulación, que son el germen de futuras crisis.

La socialdemocracia es contradictoria, indefinida y titubeante; lo que la hace fácilmente absorvible por el nuevo socialismo.

Yo pongo mis fichas en el nuevo socialismo y creo que con el fin del marxismo se verá beneficiado pues habrá menos alternativas dentro de la izquierda y los socialdemócratas tendrán menos cosas para confundirse. Creo que la socialdemocracia evolucionará hacia este nuevo socialismo global, digital y con una importancia decreciente del estado.

El nuevo socialismo es extremadamente abierto, práctico y sus bases son liberales, es como que retrocede hasta los padres del liberalismo, humaniza su análisis, se saltea a Marx y sus amigos (aunque le “roba” algunas herramientas), aprende de J. M. Keynes pero no lo sigue ciegamente y luego abre sus puertas hacia todas las formas alternativas de ciencia económica, y no sólo el liberalismo y las ideas de raíces europeas.

El marxismo era reaccionario. La socialdemocracia es adaptativa. El nuevo socialismo es innovador y desprejuiciado, su compromiso no es con alguna u otra ideología, su compromiso es con el objetivo de una sociedad dinámica, productiva y humanizada.

El gran desafío que tiene por delante el nuevo socialismo es crear políticas económicas autóctonas y de una manera urgente, para no caer en los mismos vicios que la socialdemocracia, y en este plano seguramente es muy importante todas las raíces científicas de la economía que no son liberales, creo que allí están las fuentes de políticas propias.

Murió el Marxismo! y como ya no estará confundiendo a la gente, el Socialismo está renaciendo en una forma mas viable!

+ El Blog de Luigi Keynes

Anuncios

Alma Rusa

In Paladar mostaza, Pasiones on 23 abril, 2010 at 1:48 PM

Periodista y escritor, marxista y judío, socialista convencido, Vasili Grossman (1905-1964) rehusó afiliarse al PC. Vigilado por los servicios stalinistas, se alistó como corresponsal del Ejército Rojo y cubrió la epopeya de Stalingrado. Siempre en el frente, fue de los primeros en entrar en el campo de concentración de Treblinka. Poco antes de morir ponía punto final a su segunda novela y testamento literario después de la monumental Vida y destino, hace poco rescatada en castellano. Todo fluye (de próxima aparición en Argentina) se constituyó en un documento imprescindible no sólo para comprender la delación y la tortura, la humillación y el exterminio. A través de este ejercicio de comprensión, Grossman buscó descifrar el “alma rusa” y su tormentoso destino de sometimiento.

Los trenes no son decorativos en la literatura rusa: Ana Karenina se suicida tirándose bajo uno; el príncipe Mishkin llega a San Petersburgo en otro. Grossman retoma la tradición de los grandes principios de estos grandes relatos y también empieza las suyos con un tren insinuando que la novela no es otra cosa que un viaje. Vida y destino comienza con un tren de condenados terminando su recorrido en Treblinka. Todo fluye se inicia con un tren que llega a Moscú procedente de Siberia, el sepulcro de los vivos, en el que viene Iván Grigorievich, recién liberado de un campo de concentración después de treinta años de cautiverio. Un dato biográfico que no puede pasarse por alto: Grossman, como corresponsal de guerra, fue de los primeros en entrar en Treblinka, estudiar su funcionamiento, documentarlo minuciosamente. Su rigor fue tal que sus crónicas fueron más tarde empleadas como testimonio en los juicios a los genocidas. Al respecto hay que destacar que el análisis de la metodología nazi le fue útil a Grossman como término comparativo y analógico para analizar el exterminio diseñado por el aparato soviético.

El tren ya no es símbolo del progreso industrial o vehículo de un drama personal, sino engranaje de una tragedia colectiva: el convoy siniestro que carga seres hacinados hacia los lagers o los gulags. Para Grossman es el detonante inspirador del título de su novela: “Sí, todo fluye, todo muta, nadie entra dos veces en el mismo convoy”. Y se pregunta: “Pero, ¿quién describirá la desesperación de ese movimiento que aleja a esos hombres de sus mujeres, aquellas confesiones nocturnas entre el sonido metálico de las ruedas y el chirrido de los vagones, la sumisión, la confianza, el hundimiento en el abismo de los campos; las cartas tiradas desde las tinieblas de los vagones a las tinieblas del inmenso buzón de la estepa?”. La pregunta contiene su respuesta: Grossman será quien cuente esta tragedia y ésta le dará el sentido a su escritura.

Una digresión y no tanto: el tren pareciera ser el único medio que permite atravesar una geografía inabarcable, geografía que es a un tiempo occidental y asiática, lo que implica asumir una ancestral discusión identitaria, geografía que, a pesar de sus diferentes paisajes y costumbres, sus escritores supieron llamar “madrecita”, “madrecita Rusia”. Pero esta madrecita, tierra de la melodramática madre gorkiana, es también el escenario en el que, bajo la sombra de Stalin, durante la hambruna campesina decretada como asesinato en masa, madres kalmucas muertas de hambre se comieron a sus hijos. A estos episodios de canibalismo Grossman había ya hecho referencia en Vida y destino, pero ahora los profundiza: “A los caníbales los fusilaron, pero no eran éstos, los caníbales, los culpables: eran los que llevaron a una madre hasta el extremo de comerse a sus hijos”. Este es uno de los tantos temas siniestros que, tácita o directamente, constituyen el proyecto narrativo de Grossman, quien con sólo dos novelas se presenta como el último narrador ruso clásico y, a la vez, como un artista que no teme que la puesta en escena de ideas pueda empantanarle la trama porque su discusión es precisamente parte indisoluble de la tensión novelística.

Mientras escribo esta reseña, dos mujeres chechenas, de diecisiete y veinte años, cargadas con explosivos, se inmolan volando en dos estaciones céntricas del tren subterráneo moscovita. Una de las estaciones es Lubianka, nombre célebre desde tiempos de la Revolución porque ahí se encontraba el cuartel general de la policía secreta donde se interrogaba y torturaba a los “conspiradores”, que más tarde serían liquidados o deportados a los campos siberianos. No es la primera vez que mujeres participan en atentados. Desde un concierto de rock al ataque de una escuela en la que murieron decenas de chicos, las mujeres se integran cada vez más a la guerrilla chechena. Una explicación simplista que dio un sociólogo es que ellas son más temperamentales e impulsivas. Una más realista: no hay mujer chechena que no tenga un hombre, un hermano, un hijo, un ser querido víctima de las fuerzas militares rusas. Desde los tiempos de Stalin, el pueblo checheno ha sido, como los kulacos o los judíos, un objetivo fóbico del Estado soviético. ¿Puede desconectarse esta tragedia de una historia cuyas raíces laten en Todo fluye?

Puede parecer descolgado traer este dato a una reseña sobre una pieza literaria, pero ¿hay temas ajenos a la literatura cuando se la interpreta como búsqueda de comprensión? Grossman se esfuerza en una dificultosa imparcialidad al narrar de modo analítico al Lenin ideólogo frenético del proyecto de ingeniería humana y al Stalin, zorro y brutal, su ejecutor, responsable del terror. También, como paradoja, su muerte llorada por multitudes, una congoja popular que contrasta con el infierno de los gulags. Lenin y Stalin, señala Grossman, establecieron como primera verdad de la doctrina revolucionaria la primacía de la economía sobre la política. “No les preocupaba que los principales obstáculos que se oponían a la construcción de aquel mundo nuevo se encontraran en el mismo pueblo, en los obreros, en los campesinos, en los intelectuales.” Entonces “el Estado se convirtió en el amo”. Y esta parte, la de análisis social que realiza Grossman, donde despliega su vena periodística, además de ilustrar las causas del horror, es la que busca explicarse el fracaso de los ideales que motivaron la Revolución de 1917.

Es cierto que forma y contenido no pueden separarse, pero también que en este caso, mediante el oficio de Grossman, lo formal pasa a un segundo plano y lo que cuenta es la búsqueda de comprensión. Esta es la historia de Iván Grigorievich, que recupera su libertad después de treinta años de campo de concentración. Su personaje regresa a Rusia envejecido y desolado, comprueba que “la vida, sin él, había continuado, había seguido su curso”. Apenas baja del tren procedente de Siberia visita a sus primos. Nikolai, científico del Estado soviético, y María, su mujer, disfrutan de una buena posición. Si bien no ha sido un delator, sólo Nikolai sabe cuántas agachadas tuvo que aguantar para mantener su status. Los primeros acercamientos de Iván a la realidad detectan la complicidad civil, la genuflexión, la vileza y los efectos del terror. “Le parecía que las alambradas ni siquiera eran necesarias y que, fuera o dentro de ellas, la vida, en esencia, era la misma.” Pero a la vez, al ir enfrentando este afuera signado por la delación y el miedo, lo asalta una extrañeza: “Iván Grigorievich no comprendía que no sólo la ciudad había cambiado, también había cambiado él. Iván Grigorievich se había convertido en otro”.

Iván no juzga. Porque como alter ego de Grossman, la función de la literatura, nos sugiere, no es tanto acusar como comprender. Con respecto a los alcahuetes y verdugos, por ejemplo, Grossman escribe: “Quién es culpable, quién responderá por ello. Hay que reflexionar, no hay que darse prisa en contestar (…). Qué terrible es condenar también a un hombre terrible”. Adoptando el punto de vista de informantes y delatores, Grossman ahonda: “¿Por qué quieren inculparnos precisamente a nosotros, los más débiles? Empiecen por el Estado, júzguenlo a él. Después de todo, nuestro pecado es el suyo, júzguenlo a él. Sin miedo, en voz alta. (…) Ustedes, como nosotros, fueron copartícipes de la época de Stalin. ¿Por qué ustedes, copartícipes, tienen que juzgarnos a nosotros, copartícipes, y determinar nuestra culpa? ¿Comprende dónde está la complejidad? Tal vez nosotros seamos culpables, pero no hay juez que tenga derecho moral a plantear la cuestión de nuestra culpabilidad. Acuérdense de lo que decía Lev Nikolaievich Tolstoi: no hay culpables en el mundo. En nuestro Estado existe una fórmula nueva: todos en el mundo son culpables, no existe en el mundo ni un inocente”. La culpa es más que un tópico de la literatura rusa y, en particular, la dostoievskiana. Al escribir culpa, se escribe Dios. La noción de Dios libra de responsabilidad. Grossman lo tiene en cuenta. Por eso la complejidad a la que alude reside en la conciencia.
(Seguir leyendo la nota)

Lee el resto de esta entrada »