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Para todos los Padres, un día feliz

In Exclusivos, Prosas Propias on 19 junio, 2011 at 10:54 AM

Este día se conmemora y enaltece un sentimiento cotidiano de recíproco amor entre compañeros y amigos. Hijos y padres hoy se pueden abrazar sin dar mas explicaciones. “Todos los días son el día del Padre”, y desde el primer llanto será el día del hijo.

Muchas veces se ha dicho que la vida te cambia con la llegada de un hijo, pero pocas veces nos detenemos a pensar en cada uno de los momentos en los que festejamos “ser hijos”.

Llevar adelante la relación con un padre no es fácil. Ellos intentan evitarnos dolores y nosotros liberarnos, nos intentan acompañar y nosotros independizarnos.

Estando, o no, a nuestro lado los padres nos han enseñado que la vida no es sencilla con un hijo. Han dado a entender además que la vida con un padre es compleja. Pero siempre habrá un abrazo y una nueva oportunidad.

En un abrazo, un beso, una mirada. Vos guardas para este día una alegría o un dolor. Una visita o un olvido. En la puerta de una escuela al salir, en una cena familiar, en una noche de compañía, en un viaje inolvidable, charlando de manera inolvidable o simplemente en una frase. Vos serás siempre hijo y él Papá.

Porque llevas la marca de tu padre y la condena de su amor. Un día feliz merecido por haber hecho de vos, lo que SOS.

Para los que enseñan con su mirada sabia, para los que protegen con su compañía, para los que ayudan con su esfuerzo, para los que ejemplifican con sus errores,

Para los que agigantan nuestros pequeños logros y minimizan nuestros tropiezos. Para los que regalan otra oportunidad. Para los que toleran y comprenden. Para los que escuchan y enseñan a discutir.

Para los que posan su mano de orgullo en nuestro hombro. Para los que abrazan al caminar. Para los que lloran al despedir. Para los que ríen al recibirnos.

Para los que dejaron su legado en nosotros. Para los que ya no están, los que se fueron y hasta para los ausentes. Porque su distancia fortalece, por la ausencia que endurece y el recuerdo que amamos.

En su día. Para todos y para siempre. Por siempre gracias.
Te quiero Papá.

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Aquellos viejos rincones donde también cortaban el pelo

In Prosas Propias on 23 mayo, 2011 at 11:52 AM

Entonces me vi. Sentado, con una bata de una tela extraña pero muy perfumada de color naranja, con una mujer que masca chicle y conversa cada dos tijeretazos. A los gritos en la sala por la música que hace retumbar los espejos y saltar los secadores. ¿En que tiempo se convirtieron en esto las peluquerías?

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El sábado había amanecido tibio, con sol primaveral y desde temprano buscaba algo para entretenerme. Entonces aparecía Papá diciendo que me aliste “para ir a la peluquería”. En el fondo yo sabía que eso era todo una clave, porque ir a la peluquería un sábado a la mañana, no era solo eso. La salida era diferente. No era acompañarlo a hacer diligencias como alguna vez durante la mañana, ni al ritmo cansino de los domingos.

Salir a pasear el sábado a la mañana era caminar por el centro y cruzar las calles entre los gritos de algunos vendedores que todavía se anuncian en las esquinas. Era llegar a lo del Pepino para cortarse el pelo. Con sus paredes color caqui y ese efecto tan extraño de su vidriera que daba la sensación de un polarizado natural para los que intentaban espiar desde afuera, y gran visión de la esquina para los que estábamos adentro.

Las tiras de plástico que se amoldaban a tu silueta al pasar y la rápida mirada sobre su hombro derecho del hombre de chaquetilla. Las revistas cansadas sobre la mesa y un par de visitantes que no demoraban también en hacerte un guiño o palmada sobre el hombro al pasar y despedirse. La rutina era sabida por ambos. Mi viejo pasaba antes, por una especie de acuerdo tácito que teníamos.

Él tenía que demostrarme que ese hombre con elementos punzantes en la mano no iba a lastimarme. Heroicamente entonces se hacía cortar su peinado para atrás mientras me miraba por el espejo y me salvaba de la batería de preguntas que suelen atacar a los niños a esa edad: ¿Y como te va en el colegio a vos? ¿Ya estás de novio? ¿Estás jugando al fútbol? Entonces con las patillas ya alineadas salía al cruce cerrando los ojos por el rocío de agua; Ohh este es divino, le va bárbaro en la escuela..

La señal para que largue las Condorito era cuando llegaban a su bigote. Ahí la cosa se ponía con tono cirujano. El bigote no era joda, es insignia. Pepino se encorvaba e iba encontrando los ángulos justos para encontrar ese rebelde pelo que había esquivado su tijera brillante. Entonces como una víbora que rodea a su presa llegaba a su cometido y hacía reflejar el sol en su arma logrando encandilarme.

“Vení nomás entonces” y ahí iba yo. Me levantaba despacio de esos sillones petisos de tono tabaco, caminando hacia el espejo. Creo que durante años tuve que soportar la humillación de que alguien me ayude a subir a esos enormes asientos de metal y cuero. Aunque si la memoria no me falla después de un tiempo apareció un cajoncito para subir y también no tener los pies colgando durante el corte.

Yo confirmaba que el viejo no haya faltado al pacto y para cuando agarraba El Gráfico yo ya le había apuntado la mirada y sin perder la charla, él me hacía seña que me cuidaba la retaguardia.

¿Cómo le cortamos? – preguntaba el hombre de lentes mientras frotaba su arma en la chaqueta y las gotas caían exageradamente en mi cara. Acá es donde el tiempo salta un par de escalones hacia los costados, porque con los años los tiempos fueron cambiando. Pero la rutina continuó teniendo la magia del sábado.

Hubo épocas que el nefasto carcelero llamado raya al costado me despojaba de lo divertido y me condenaba a una vida de peine y gel. Después vino la época rebelde del corte comando que nos permitió endurecer la mirada a todos los rivales del recreo y parecernos más a los hombres de casacas de las figuritas que coleccionábamos. Cuando hubo síntomas de espejitis fue cuando tropecé con el peinado para atrás que después del segundo recreo se convertía en una especie de toldo o alerón que me nacía en la cabeza.

Esas épocas íbamos a peluquerías de verdad. Clásicas, con un programa de radio durante la semana a media tarde, algo de música suave y de época los fines de semana. La dupla de padre – hijo haciendo su rutina. Las conversaciones de rigor reflejaban la condición política del país, el estado de nuestros equipos en cada campeonato y los planes. El domingo vendría con asado y cancha, pero el sábado nos tenía reservada una banqueta en la barra de la Pizzería Belgrano para degustar esa porción cortada en dos mitades acompañada por una Crush de Naranja.

Habiendo hecho esa especie de vermú, solo quedaba caminar a casa saludando a los amigos que tomaban café en las mesitas de la peatonal y al llegar, controlar que ninguna miga nos delate, mostrar mucho el corte y en silenciosa complicidad comer poco de lo que haya para cuidarse.

Ir a la peluquería, era paseo, amigos y compartir. Lejos de la mujer silenciosa o la otra que a los gritos amenaza tragarse el chicle. Jamás se aprenderán un nombre o sabrán de que equipo sos. Si te buscás una de varones lo más probable es que caigas en esos antros colorinches con mucho plush y tecno al palo. Nada tienen que ver estos nuevos locales fashions donde sobra Babasónicos y jamás sonará un tango.

Excesos de floreros y hasta un poster de Madonna mientras el interés del estilista es al menos dudoso, no se comparan con ese espejo que tenía pegadas fotos históricas y el recorte de cuando le hicieron una nota por el aniversario en el diario de la ciudad.

No quiero que el tiempo se congele, solo busco una peluquería clásica. Que conserve los valores que convertían esa actividad en una escena amistosa. Hoy pido cortito y desmechado sin drama, aunque siempre despierto los sábados pensando que quizás se anuncie un paseo.

Fotos de Jose Bahamonde

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Mi Mundial 7: el juego de mis raíces

In Exclusivos, Rudy on 1 julio, 2010 at 8:41 PM

Por Pamela Rudy

Desde Puerto Rico

Continuación de Mi MundialVol. 2Vol. 3, Vol. 4Vol.5, Vol. 6

Mi padre nacio en Entre Rios hace más de sesenta años. Es el menor de 14 hermanos, la mayoria de los cuales ya no están en este mundo. Mi papá es hijo de Alemanes pero su agitada infancia hizo que de alguna forma, revolver su pasado sea, cual daga, lastimoso y carente de sentido para él.

Huérfano a los dos años de padre y madre, fue criado por sus hermanos en los hermosos campos de Concepción del Uruguay. Debia recorrer mas de 10 kilometros diarios para ir a la escuela, a veces a caballo, a veces a pie. Vagos recuerdos le hacen suponer que durante algun tiempo habló alemán en su casa. Cuando escucha el idioma casi por instinto lo entiende y puede hablarlo, milagro que acaba a los pocos segundos cuando decide enterrar los difusos recuerdos y callar.

Asistió al colegio hasta cuarto grado, edad en la que tuvo que cambiar sus libros por herramientas de trabajo. Le decían “el negro” por entre sus hermanos colorados de ojos verdes, el era el mas oscuro de piel, aunque aun asi rubio ceniza con ojos de mar.

La situacion económica de la familia no era (y jamás fue) la mejor. Lo que se producía en el campo escasamente cubría lo necesario para vivir. Mi padre cual hombre maduro, decidió con tan solo 14 años, viajar a buscar su propia vida en Córdoba junto a mejor amigo. El resto de sus hermanos también se dividió. Algunos marcharon hacia Buenos Aires, otros para el sur de Brasil, Misiones o Paraná.

Quién sabe la magnitud del impulso de  mi padre para emprender un nuevo camino a los 14. Comprendo perfectamente cuando se queja de “la juventud de ahora” que a esa edad parece solo pensar en vanalidades de la estetica, la television, internet, si ser flogger o emmo. No soy de las que creen que la juventud está perdida en lo absoluto… sólo digo que entiendo a mi padre y tomo sus quejas.

Él es de los que piensan que en la vida, uno es dueño y señor… y que salir de la pobreza es una cuestion de actitud (un tema demasiado amplio que nos ha hecho discutir a gritos mas de una vez).

Volviendo a la historia, la perlita: viajaron en moto hasta la capital de La Docta, Roberto y Gustavo, dos aventureros con mucho por vivir y contar. Cuando llegaron consiguieron trabajo en una gomería y vivían en una pension en Barrio Talleres, nombre también del equipo de fútbol que adoptaría como propio.

El trabajaba doce horas por día para poder pagar su humilde habitación y aun así, solo le alcanzaba para comer una vez al día. Como no admirarlo. Por cierto, en mi casa la comida jamás se tira: “Eso es desconocer el hambre”. Por aquellos tiempos mi padre era flaco, alto y por demás guapo. Tengo en la cabeza una foto suya al lado de su moto, con una campera de cuero negra y un cielo limpio y estremecedor de fondo.

A la vuelta de aquella pensión vivía una muchacha de pelo negro, delgada, con ojos color chocolate y piel de caramelo. Su padre trabajaba en el ferrocarril y su madre era ama de casa, lo que significó un problema importante a la hora de poder visitar a la joven. El tenía 23 años y ella solo 14. El tiempo haría lo suyo. Mis padres tienen aun mucho que contarme y espero algun día dejen su pudor de lado para deleitar mis oídos y mi corazón.

Gustavo y Roberto recorrieron en país entero con su moto. Iban hasta Brasil a comprar electrodomésticos baratos en la doble frontera o bajaban hasta el sur a visitar la gran pasión del negro: los glaciares. En uno de esos viajes, se dieron cuenta de que la vida en el sur era mejor que en el centro del país: les hacia falta mano de obra para trabajos de oficio y la paga era considerablemente mayor.

Los dos viajeros se despidieron de sus novias y entre llantos viajaron rumbo a Rio Negro. Mi papá siempre se ríe cuando lo comenta:

“Llegamos y nos dimos cuenta que ganabamos más pero alquilar una pensión nos salía tres veces más de lo que cobrabamos asi que trabajamos cagandonos de frio por la ciudad  y volvimos. Si vieras la cara de tu madre cuando me vio venir por la calle al mes de haberme ido!”.

Los hermanos de mi padre fueron muriendo de a poco. Las fotos de mis abuelos se perdieron quién sabe por dónde, tan sólo nadie las tiene. Los rumores dicen que mis abuelos escaparon a comienzos de la Segunda Guerra Mundial y que luego de haber vivido en Rusia por unos años, decidieron ir a las tierras latinoamericanas que prometían sueños y trabajo.

A mi me encanta imaginarme esa historia. Armo y desarmo el guión de mis abuelos, cómo viajaron, cómo vivieron, cómo llegaron a sentirse en tierras tan lejanas a su Alemania natal. Sólo conozco de ellos su valentía, su honra y sus ganas de luchar vida. Sus caras son mi gran intriga.

Es por eso que siento a éste, el partido de mis raíces. Argentina versus Alemania es el crudo enfrentamiento de quien soy contra la parte de mi que aun desconozco. Es la pelea del castellano educado de mi padre contra su más profundo dialecto perdido. La pasión de mi vida contra la frialdad de los recuerdos.

Mezcla de alemanes, gauchos e italianos, ARGENTINA al fin. Y que gane el cielo con el sol asomando a la historia que hoy deslumbro entre mis dedos.

Mi Mundial 6: la pasión es contagiosa

In Exclusivos, Rudy on 28 junio, 2010 at 9:29 AM

Por Pamela Rudy

Desde Puerto Rico

Continuación de Mi MundialVol. 2Vol. 3, Vol. 4 y Vol.5

El partido de Argentina contra México tenía algo especial: al parecer los boricuas no querían ver festejar a los aztecas porque “eso sería algo insoportable” (el comentario general) quizás debido a la cantidad de mexicanos que viven aquí.

El viernes en el gimnasio me di cuenta de que el mundial realmente está comenzando ahora. Gente que jamás fue fanática del fútbol se encontraba sin querer discutiendo si Alemania le ganaría a Inglaterra o si el equipo de Ghana daría el zapataso al equipo americano.

Los atletas estaban a favor de Argentina… todos excepto el haitiano hincha de Brasil que se sigue riendo de mi y comenta cada tanto, sin ningún tipo de respaldo ni justificación, que mi equipo está jugando mal y que Messi es un nadie. Yo lo dejo que hable… pobre.

Este partido fue diferente. Por empezar, no lo vi sola ni en un bar. El sábado por la noche mi compañera de trabajo y amiga, Daniela, me invitó a ver el partido con su grupo de amigos, invitación que no dejé pasar. Nos reunimos en nuestro lugar de trabajo el domingo a las 2 y volando compramos una cervezas y salimos disparando a la casa de Gabriel que por suerte vive bien cerca.

Llegamos al lugar, yo con mi camiseta puesta por supuesto, y al entrar a la casa sentí una emoción enorme y creo que los allí presentes lo notaron porque no pronunciaba palabra y mi timidez momentánea no me dejó siquiera sentarme. Fue una mezcla de nostalgia, emoción y alegría. Dios sabe cuánto yo deseaba compartir ese partido con gente tan hermosa. Al fin estaba con mis nuevos amigos disfrutando de un momento único para mi.

Daniela, una mujer mágica y cálida; Ian, un amigo mitad uruguayo pero gracioso simpatizante argentino; Gabriel, con quien compartí poco pero reí mucho; Valerie, ganadora oficial de billar y mujer con un estilo envidiable; Ileana, una chica tan simple como llena de energía; Eduardo y su mujer argentina con su pequeña hija Abril, que con su vocecita divina y sus pasitos me recordó a mis sobrinas hasta que se me acurrucó el corazón; también estaba el papá de Juan, un hombre rosarino que en esta ocasión me recordó a mi padre, y la mamá de Gabriel, una mujer simpática que se fue temprano para ir a misa (como mamá).

Estábamos todos allí, juntos, compartiendo una pasión contagiosa por la albiceleste. Me senté en el piso frente al televisor y me dediqué a sonreir. Estaba feliz. Creo que lo mencioné antes pero Dios sabe cuánto yo deseaba compartir ese partido con gente tan hermosa.

Cervezas de por medio, los primeros 15 minutos del partido se vieron difíciles y la tensión se vivía entre nosotros. Para colmo de males, los relatores de turno en Univisión eran mejicanos. El primer golaso (adelantado pero “lola” que lo validaron igual) lo gritamos con fuerzas.

Argentina, Tevez y el festejo

Grande Carlitos Tevez, confieso que “el apache” es mi jugador preferido. Segundo de Higuaín, golaso indiscutible. Estabamos todos contentos, más relajados y acompañados de pop corn salado. De todos modos Ian juraba que ganaríamos por cuatro a cero así que vamos Argentina que falta mucho por hacer.

En el estretiempo Eduardo tuvo una brillante idea: gracias a la tecnología, conectó su Iphone con el televisor y fue glorioso: no se de dónde la voz de Macaya Marquez comentaba el entretienpo del partido y todos, respetuosos y en silencio, escuchando atentos cual alumnos frente a u profesor de lección ineludible.

Fui al baño (confieso que hasta eso me da miedo a veces en términos de cábala cuando vamos ganando) y volví a sentarme al mismo lugar que antes para seguir gozando. El tremendo golazo de Tévez nos agarró de inésperado y ahora si Carlitos, qué haríamos sin vos.

El gol de méxico (gracias a la notable inacción de Romero que levantó su manecita como para atajar una pelotita de ping pong) no preocupó a nadie. Sólo sirvió para alimentar la esperanza del pobre relator que no se cansaba de decir que aun estaban a tiempo de cambiar el rumbo del partido. Pero los minutos pasaron y abrazamos la victoria que alimenta el sueño de los argentinos.

Terminó el juego y me llamó mi papá. Salí afuera a hablar con él porque las lágrimas se me caían y por alguna razón no quería que me vean tan emocionada. “Claro que te voy a llamar hija, si ya es nuestra cábala!”. No puedo adorarlo tanto, es algo cruel. Mi familia estaba entre mates post asado en la casa de mi hermano Jorge. Yo estaba feliz de sentirlos cerca en mi corazón y de al fin, no estar tan sola para festejar.

Nos quedamos en casa de Gabriel comentando el partido, jugando al dominó y pasando una tarde cálida y hermosa. Al rato volvimos a agruparnos frente al televisor para escucharlo al Diego en la  conferencia de prensa. Y es verdad, déjennos disfrutar de las victorias una por una.

El mundial se pone salado, los sueños tiernos y el cielo cada vez más celeste. Sábado, espero que me hagas regocijar de alegría como lo hizo tu hermano el domingo. Sigamos humildes argentinos, el oro o el barro estan a la vuelta de la esquina.

La figura y mi jugador favorito

Culpables

In Baca, Exclusivos on 25 junio, 2010 at 5:35 PM

Por Flavia Baca

Él luce pálido, pero no con esa blancura inmaculada que caracterizaba su tersa piel, sino con el manto mortecino que presenta un cuerpo que ya no respira. Él está callado, pero no con sus silencios habituales que se dejaban pasar por ser prudente y maduro. Él mantiene los ojos cerrados, y las orbes marrones tan intensas ya no volverán a ver nunca más. Él ya no respira… él ya no siente, él ya no vive. Él está muerto.

Cuando la muerte llega a un miembro de la familia, todos buscan refugio en las personas, en la religión… en lo que se pueda; pero más que nada, se buscan explicaciones y razones. Cuando un accidente es responsable de la desgracia, no hay mucho que se pueda hacer. Cuando es la enfermedad la que reclama la vida, quizás se responsabilice a los médicos, pero en el fondo y traspasando el enojo todos saben que tampoco estaba en manos de nadie revertir la situación. Sin embargo, cuando la muerte llega por mano propia… las preguntas surgen con más bronca que nunca.

Él está muerto, pero algo podría haberse hecho para que no sucediera.

No dejó nota de despedida, no hubo ninguna carta de suicidio que explicara por qué se marchó… por qué dejó a su familia, a sus amigos… por qué dejó el mundo teniendo veintidós años recién cumplidos. Y así todos opinan y buscan una razón para hundirse más en la depresión de no haber podido evitar la tragedia cuando tuvieron oportunidad.

La gente es ciega porque quiere serlo; y sólo ella, su madre, está llorando abrazada al féretro… destrozada, pidiendo perdón y deshaciéndose en sollozos que resuenan en la sala velatoria.

Ella sabe por qué sucedió esto, ella sabe que debió hacer algo, ella sabe bien quiénes son los responsables de la muerte de su hijo… pero más que nada, sabe que ella es más culpable que nadie por no haber estado para él.

Él tuvo el valor, la predisposición y el amor hacia su familia como para plantarse a mi lado, tomados de la mano, y decirles que me amaba, que esa era su elección y que era muy feliz con ello… tuvo el valor de decirlo, de abrir el corazón y ser tolerante para responder preguntas. Él dejó en claro que era feliz a mi lado y que deseaba compartir esa felicidad con su familia.

Ellos fueron crueles, ellos fueron ciegos, ellos fueron ignorantes. Sentados en la comodidad de su odio e ignorancia, le rechazaron, le dijeron que era un enfermo, lo trataron de anormal y movieron contactos para enviarlo a un pastor, a un sicólogo y demás personas que -según ellos- podían ayudarlo.

Él sufrió.

Él era feliz hasta entonces, podía ignorar el odio ciego de la sociedad en tanto yo estuviera a su lado y su familia le apoyara. Pero cuando su familia dejó de sonreírle y empezó a despreciarle sin ninguna razón válida… el peso del mundo le cayó encima, la sociedad se volvió demasiado real, las palabras fueron hirientes, las cruces se alzaron en su contra y los espacios se redujeron hasta que no hubo lugar para los dos. Hasta que no me quiso más a su lado porque no deseaba hacerme mal… hasta que no hubo ni espacio para él.

Entonces desapareció por una semana.

Entonces lo encontraron en un motel, colgando de una bufanda trabada en la puerta del baño.

Entonces estaba muerto.

Entonces algunos entendieron… pero ya era demasiado tarde.

Él luce tan pálido… está muerto y siento que yo estoy muriendo por dentro. Me sostiene el instinto de permanecer de pie. Él está muerto porque su familia y la sociedad lo arrinconaron, porque lo empujaron a dejar de vivir… porque no podía dejar de ser quien era, no estaba en su poder semejante cambio. Y ahora yo quiero seguirlo, quiero colgarme de una puerta con lo primero que encuentre… pero no puedo, porque debo luchar por lo que teníamos, porque tengo que hacer justicia.

Me acerco al cajón que está abierto, acaricio sus cabellos perfectamente peinados para la ocasión y me inclino a besarle en los fríos labios amoratados. No es un “adiós”, porque nos veremos pronto, nos veremos siempre…

Su madre alza la mirada y con ojos enrojecidos me mira, o al menos eso intenta.

–¿Sos… el novio… de…?

–Si.

–Lo si-si-siento tanto…

–Un poco tarde.

Soy frío y no me importa, la persona que amo está muerta por el desprecio de su propia familia, porque no fueron capaces de aceptar que él amara a alguien del mismo sexo… él era normal, tan normal como cualquiera de ellos, ¡no!

Él era mejor, porque nunca pensó en odiar a nadie por elegir con quién compartir la almohada.

Aprieto las manos y lo miro nuevamente. Lo amo, lo amo y lo extraño tanto… odio a todos por habérmelo robado, detesto al mundo que alimenta con oxígeno a todas esas personas que nos odian sin que les hayamos hecho algo.

Pero entonces, mientras le veo, recuerdo cuánto nos amábamos, cuánto le amo… y por ello no puedo permitir que la ignorancia de los demás me quite lo que viví y lo que podría llegar a seguir viviendo. Por él. Por él tengo que hacer una diferencia.

Así  que me giro a ver a su destrozada madre, me inclino frente a ella para verla a la cara y le aprieto un hombro con confianza.

–Yo también lo siento –le digo.

Es un comienzo. Es la madre de él, su culpabilidad puede purgarse creando un cambio… creando conciencia en otros padres que no tienen excusas para hacerle ESO a sus hijos. Porque en este tema, un tema tan simple que ni siquiera debería discutirse, o somos todos culpables o somos todos cómplices.

–¿Quiere que le cuente de él… para que lo conozca de verdad?

–Por favor…

Yo no seré culpable.

Ojos cerrados de Eduardo Alvarado

Este autor es Columnista permanente de este Blog

Mi Mundial 4: abrazo paterno

In AguaSuaves, Rudy on 17 junio, 2010 at 6:03 PM

Por Pamela Rudy

Desde Puerto Rico
Continuación de Mi MundialVol 2 y Vol3

Trabajo, sopita y a la cama

Siete de la mañana del jueves 17 de junio

El despertador suena; la celeste y blanca quiere vestirse de mi otra vez

Con mis austero maquillaje para disimular las ojeras del sueño y unos míseros dos dólares en el bolsillo (este mes la paga se atrasó), bajo rápidamente al bar que, por cábala, ya no podré cambiar.

Mi estómago ruge pero no precisamente de hambre. Ahí están mis nenes, hermosos con sus camisetas, llenándome de orgullo y patriotismo. Se me eriza la piel, la sonrisa se me escapa.

Comienza el partido y mi amiga mesera viene a tomarme la orden. Me muero de la vergüenza, pero esta vez el presupuesto no está de mi lado. Le pido sólo un vaso de jugo de naranja y le pido disculpas. Ella sonriente me pide que disfrute del partido y a eso, dalo por hecho.

Y los milagros llegan cuando tienen que llegar. GOOOOOOOL!!!!! Quien lo hizo? Fue Heinze? Coreano feo metiste la pata? Que me importa! Fue gol y me llena de tranquilidad y antagónica adrenalina. Y como si fuera poco, el caballero de la mesa a mi izquierda (un boricua de unos sesenta largos años, vestido de traje y corbata, quizás abogado o  uno de los tantos puertorriqueños de la zona que gozan de un buen café local a tempranas horas de la mañana) me envía un café con tostadas y revoltillo de huevo y vegetales.  Lo miro y se me acerca. Me da un beso en la mano y me dice: “que lo disfrute señorita, es un placer”.  El placer es mío y ahora mi estómago disfruta al compás de mi corazón.

La bola claramente esta dominada por mi equipo. “Los coreanos deberían jugar con nuestra selección nacional”  bromea otro Don Julio. Los presentes nos reímos con disimulo, más por ternura que por otra cosa. Higuaín cabecea al piso y anota el segundo. Golaso y Don Julio Repite su broma: “es que los coreanos deberían venir a jugar con nuestra selección nacional”. Claro Don Julio, usted tiene toda la razón.

A los abrazos

Lamentable fue el gol de Corea, sobre el final del primer tiempo y regalado gracias a un error argentino. Hecho de pura suerte o no, gol al fin, shockeante e inesperado.

En el entretiempo me acerco a la mesa de “los pibes” que gentilmente comparten el partido conmigo y quienes además me están alimentando a la voz de “come niña que tienes que ponerte fuerte para gritar esos goles”.  Lo verdaderamente extraño para mí es que en esa humilde mesa de café, la que esta habilitada a hablar de fútbol soy yo y prestan especial atención a mis comentarios, algo impensable si trasladamos este momento Nescafé a mi amado país.  Ellos se confiesan fanáticos del baseball y del basketball. De hecho mencionan al fútbol como “soccer” o “balón pie” a lo que les digo que llamen al deporte simplemente fútbol si es que verdaderamente están del lado argentino.

Está por comenzar el segundo tiempo y llega un amigo Panameño llamado Roque, uno de los tantos que logré argentinizar en estos últimos tiempos. Se sienta en mi mesa y ansiosos esperamos que la magia continúe. Los comentaristas de ESPN (señal de Estados Unidos) están bien negativos con el equipo argentino: alegan que estamos descuidados, que Corea se rearmó y que van por la victoria pero… que bien quedó Messi en combinación con Higuaín para taparles la boca! Después de eso, los comentarios se volvieron color de rosa y ni hablar después del cuarto gol tras una jugada impecable de la Selección. Creo que si en la última jugada Agüero le hubiese dado el pase a Messi, hacíamos el quinto, pero ya con cuatro estoy más que conforme y el bar entero festeja conmigo.

Suena el teléfono. Número desconocido. Dudé en contestar pero al fin atendí. Mi papá desde su trabajo me llama y no lo esperaba. “Hija mía, viste el partidazo? Hasta la copa no paramos!”. Mi papá me está llamando emocionado cual niño y yo a miles de kilómetros de distancia, daría el mundo por abrazarlo y poder festejar con él.

Saludo a los pibes, a Roque, a las meseras y me voy a trabajar. Qué hermoso que es ganar, se siente bien lindo. Espero que sigamos humildes, peleando partido por partido. Sin expectativas no hay desilusión. Todo puede pasar: lo peor y lo mejor, la gloria y el fracaso, el oro y el barro, todo está al alcance de nuestras manos. Hay veces que ganar se siente como un abrazo paterno a la distancia.

> Esta autora es Columnista permanente de este Blog

Carta a un hijo periodista

In Pasiones on 7 junio, 2010 at 8:40 PM

Querido hijo:

Hay cosas que no se dicen con las palabras porque se sienten en el corazón y se transmiten en la vida, pero el día del periodista es una ocasión especial para hablarle a mi hijo periodista.

Un día aprenderás que el orgullo más pleno para un hombre, es el que te proporciona la paternidad, porque se trata del don con el que Dios nos permite prolongarnos a través del inapreciable fruto de una nueva vida.


La profesión que has elegido es una espada, y como sucede con cualquier espada, todo depende de quien la empuñe. Por eso para hacerlo, tienes que tener una mirada limpia, un corazón honesto y un discernimiento claro.

Vivimos en el tiempo de la instantaneidad. Todo tiene que tener una resolución inmediata y el principal afán es el llegar primero a cualquier precio. En esa carrera desenfrenada vemos a diario, cuantos han vendido sus espadas y se han convertido en mercenarios que las empuñan opacas y oscuras porque han perdido el resplandor que les da la verdad.

Tu profesión es mas que una vocación y un medio de subsistencia; es una misión en tu vida. Se trata de aportar luz y verdad a una realidad que con frecuencia se deforma, se oscurece, se nubla y se amolda a intereses diversos.

La modernidad ha sacado patente de verdad absoluta y nos ha invadido avasallando todos los espacios, trayendo avances sin dudas, pero también, desterrando lo permanente lo que cambia, lo esencial y lo trascendente buscando desestabilizar los principios y valores mas sólidos de la sociedad.

Por eso es que quiero decirte, que el ritmo de la vida, no tiene que confundirte. Siempre tienes que tener el espacio y la oportunidad para detenerte a reflexionar, para volver siempre a mirarte en el espejo y reconocer a aquel que eligió esta profesión porque su corazón quería, como el Quijote, luchar contra los molinos de viento, blandiendo la espada de la verdad.

Hay cosas que podrás lograr de las que te propusiste en tus ideales de jovencito y habrá otras que no, pero lo mas importante es que nunca dejes de intentarlo y que jamás pierdas el entusiasmo.

Lo mejor que puedo desearte es que tu pluma sea vehículo de verdad, instrumento de libertad  medio de realización personal.

Quisiera remover los obstáculos de tu camino y que nunca los tuvieras, pero como eso es imposible, me conformo con que sepas que siempre estoy a tu lado para disfrutar de los tiempos de mar calmo y para enfrentarlo cuando esté embravecido por las tormentas.

Feliz día hijo.

BT.