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¿Filtraciones para hundir la Nave de la Diplomacia Mundial?

In Derecho a Replica, Exclusivos on 29 noviembre, 2010 at 8:37 PM

Por Guillermo Quijano

La diplomacia (si entendemos por ella las relaciones entre Estados) es un submundo particular en la política. Es un sistema fragmentado en dos partes: por encima los políticos, por abajo los diplomáticos de carrera. Los políticos son de la misma clase que se presenta en las elecciones o que son funcionarios de los ejecutivos en sus países.

Los diplomáticos en cambio, son una clase particular de funcionarios: en su mayoría están sumamente preparados, llegan a sus puestos después de pasar pruebas muy exigentes y tras muchas horas de estudio. Idealmente, los políticos toman decisiones que los diplomáticos ejecutan fielmente. En la práctica es un poco diferente.

Durante siglos, la lentitud de las comunicaciones hacía que los diplomáticos en lugares clave acumulasen mucho poder y formaran las alternativas de decisión y agendas de sus países de origen para con sus países de destino. Muchas veces el talento y preparación de los diplomáticos evitaron guerras o fueron capaces de causarlas.

Hoy la diplomacia parece estar pasando un mal momento. En primer lugar, el mejoramiento de las comunicaciones permite que los políticos en los países de origen puedan mantenerse al tanto de las realidades de los países de destino como sus diplomáticos in situ.

Al mismo tiempo, pueden interactuar con los políticos de esos países de  manera inmediata. Así, un Tweet de un funcionario del país A mencionando a otro del país B puede causarle problemas a los embajadores en el país B, o en un país C o D.

Por otra parte, con las fronteras entre los países más permeables a causa de la globalización, la diplomacia ya no siempre tiene la iniciativa para las relaciones entre naciones. Más bien, tienen la responsabilidad política de gestionar y satisfacer demandas en escenarios de creciente complejidad. Los empresarios ya no necesitan de las embajadas para iniciar relaciones con pares de otros países. Pero les piden que intervengan mucho más.

En ese contexto, ocurren las filtraciones de Wikileaks.

¿Se trata de un “11 de Septiembre de la Diplomacia”?

Tal vez. En realidad habría que preguntarse que implica eso. Pero rápidamente se puede que concluir que muy probablemente estos sucesos marcaran un hito en la historia de la diplomacia.
¿Qué pasará con las relaciones internacionales?

Es difícil saber. A corto plazo, afecta la imagen de EEUU en las opiniones públicas del resto del mundo. Es un problema de soft power, y se enfrenta con estrategias de comunicación política o marketing.
¿Pero alterará las relaciones entre Estados? No podríamos concluir eso. Si seguimos creyendo que los políticos toman las decisiones y los diplomáticos las ejecutan, tenemos que admitir que es improbable que vayan a verse muy alteradas

¿Cuántos políticos van a sentirse afectados? En cualquier lugar del mundo, cualquier político con suficiente trayectoria como para ser elegido a ocupar un escaño en un consejo deliberante, sabe que entre sus mismos aliados se hacen evaluaciones semejantes sobre él. En cualquier pasillo de edificio público se cruzan palabras en términos muchos mas duros que los que se pueden leer en los documentos filtrados.

Todos los políticos lo saben, sin embargo siguen cooperando. Es que en el microcosmos de los políticos las acciones no se determinan tanto por las percepciones cruzadas entre pares. En su lugar se tratan de expectativas sobre intereses estabilizados por el sistema mismo. Ningún político pretende que sus aliados los quieran, solo que les sirvan. Sus aliados piensan igual, y ellos saben que piensan así. Wikileaks ha sacado los trapos al sol, pero trapos que todo el mundo sabía que existían.

Donde si se puede esperar algún efecto es en la clase de los diplomáticos profesionales, hacia adentro de las oficinas de los servicios exteriores. Obviamente es un golpe duro. Porque han quedado expuestos ante la opinión pública, pero también porque deberán reajustar sus formas. La lógica de organización burocrática (vertical, formal y basada en comunicaciones escritas) más el secretismo hasta ahora los había protegido. Pero se ha mostrado como arma de doble filo una vez que el velo se corrió.

Ha sido tocado un mito, de seriedad y profesionalismo que cubría su trabajo y con el que se paraban ante políticos (locales y extranjeros) y ante la opinión pública. Algunos papeles seguramente deberán ser revisados. Pero las relaciones internacionales no se van a terminar, tampoco la necesidad de que haya diplomáticos de carrera. Tenemos la sospecha de que, de aquí en adelante, se trata de un problema de sociología de las organizaciones.

Cobrar al pueblo la crisis de los banqueros

In Malas Viejas on 10 julio, 2010 at 12:55 PM

Enfrentados por los efectos de una crisis creada por los estratos más acaudalados, los del G-20 decidieron pasarles la factura a los más pobres y vulnerables.

Durante la cumbre del grupo de los 20 países más desarrollados (G-20), celebrada en Toronto, mi ciudad se sintió como el escenario de un crimen. Y los criminales se están fundiendo con la noche, huyendo de la escena.

No, no estoy hablando de los chicos de negro que rompieron ventanas e incendiaron patrullas policiales. Estoy hablando de los jefes de Estado que destruyeron las redes sociales de seguridad social y quemaron buenos empleos en medio de una recesión.

Enfrentados por los efectos de una crisis creada por los estratos más acaudalados y privilegiados, decidieron pasarles la factura a los habitantes más pobres y vulnerables de sus países.

De qué otra forma podemos interpretar el comunicado final del G-20, que no incluye siquiera un mísero impuesto sobre los bancos o las transacciones financieras, pero dice a los gobiernos que recorten sus déficits a la mitad para 2013.

Ajustes y más ajustes.

Se trata de un recorte enorme e impactante y debemos ser muy claros en cuanto a quién pagará el precio: estudiantes que verán un deterioro adicional en su educación pública, mientras sus cuotas de los colegios aumentan; jubilados que perderán sus beneficios duramente ganados; trabajadores del sector público cuyos empleos serán eliminados. Y la lista continúa.

Ese tipo de recortes ya empezaron en muchos países del G-20, y están a punto de empeorar. Reducir a la mitad, por ejemplo, el déficit proyectado de Estados Unidos -de no imponerse un aumento impositivo sustancial- significaría un ajuste fenomenal de unos 780 mil millones de dólares.

Los recortes están ocurriendo por una sencilla razón. Cuando el G-20 se reunió en Londres en 2009, en el peor momento de la crisis financiera, los líderes no lograron unirse para regular el sector financiero con el fin de que este tipo de crisis no vuelva a ocurrir.

Todo lo que recibimos fue una retórica vacía y un acuerdo de poner miles de millones de dólares de recursos públicos sobre la mesa para reforzar a los bancos. En tanto, el gobierno estadounidense hizo poco para que la gente pudiera conservar sus empleos y viviendas, así que además de causar una hemorragia de dinero público para rescatar a los bancos, la base fiscal se colapsó y creó una crisis totalmente previsible de deuda y déficit.

El primer ministro de Canadá, Stephen Harper, convenció a sus colegas de que simplemente no sería justo castigar a las entidades financieras que se portaron bien y no crearon la crisis, pese al hecho de que los bancos de Canadá, muy bien protegidos, son rentables y podrían absorber con facilidad un impuesto.

Sin embargo, esos líderes no tuvieron tales preocupaciones acerca de la justicia cuando decidieron castigar a individuos inocentes por una crisis provocada por los operadores bursátiles de derivados, y los reguladores ausentes.

Cómo nació el G-20.

La semana pasada, The Globe and Mail, de Toronto, publicó un artículo fascinante acerca de los orígenes del G-20. La idea fue concebida durante una reunión en 1999 del ministro de Finanzas de Canadá, Paul Martin, y su colega de Estados Unidos, Laurence Summers.

Los dos hombres deseaban expandir el Grupo de los 7 (G-7), pero sólo a países considerados estratégicos y seguros. Necesitaban hacer una lista y, al parecer, no tenían papel a la mano. Así que, relatan los periodistas John Ibbitson y Tara Perkins, los dos hombres “tomaron un sobre de papel manila, lo colocaron sobre la mesa, entre ellos, y empezaron a trazar el marco de un nuevo orden mundial”. Así fue como nació el G-20.

La anécdota es un buen recordatorio de que la historia se hace por decisiones humanas, no por leyes naturales. Summers y Martin cambiaron el mundo con las decisiones que escribieron en el reverso de ese sobre. Pero no hay nada que diga que los ciudadanos de los países del G-20 deben acatar las órdenes de este club de miembros así seleccionados.

Hoy, trabajadores, jubilados y estudiantes han salido a las calles para protestar contra las medidas de austeridad en Italia, Alemania, Francia y Grecia, marchando frecuentemente con el lema “No pagaremos por su crisis”. Y tienen abundantes sugerencias acerca de cómo obtener recursos para enfrentar sus respectivos déficits.

Muchos piden un impuesto sobre transacciones financieras que frene un poco el dinero “caliente” y recaude fondos nuevos para programas sociales y a favor del cambio climático. Otros están demandando fuertes impuestos sobre los que contaminan el medio ambiente, que servirían para financiar el costo de enfrentar los efectos del cambio climático y dejar de lado los combustibles fósiles. Y poner fin a las guerras, que siempre es una buena forma de ahorrar costos.

El G-20 es una institución ad hoc carente en absoluto de la legitimidad de las Naciones Unidas. Dado que acaba de tratar de dejarnos con una enorme factura por una crisis en la que la mayoría de nosotros nada tuvo que ver, yo propongo que imitemos el ejemplo de Summers y Martin. Démosle vuelta al sobre y escribamos en el reverso: “Regresar al remitente”.

Por Naomi Klein

Fuente: The New York Times Syndicate y La Voz del Interior