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Desmonumentar a Julio A. Roca

In Malas Viejas on 18 septiembre, 2010 at 9:24 AM

Repensarnos. Conocernos. Estudiarnos. Aprender.

El movimiento Desmonumentar a Roca, se llevó a cabo durante los días de Mayo 2010 en la ciudad bonaerense de Junín, con algunas delegaciones de todo el país de docentes, estudiantes, trabajadores, miembros de instituciones culturales, representantes de los pueblos originarios y público en general. En esos días Osvaldo Bayer escribía lo siguiente:

Una vez más sostenemos que en la Historia finalmente triunfa siempre la Etica. Aunque pasen siglos. Recuerdo cuando hace años comenzamos los jueves al anochecer, junto al monumento al general Julio Argentino Roca, demostrando que, documento tras documento, los argentinos honrábamos a un genocida, a un racista y a quien había restablecido la esclavitud en la Argentina, en 1879, esclavitud a la cual nuestra increíblemente progresista Asamblea del Año XIII había eliminado adelantándose en décadas a Estados Unidos y a Brasil.

Cuando comenzamos hace años aquella tarea en el monumento a Roca de la Diagonal Sur fuimos demostrando lo que sosteníamos. Sobre el calificativo de genocida, mostramos el propio discurso de Roca ante el Congreso de la Nación, al finalizar su “Campaña al Desierto”:

“La ola de bárbaros que ha inundado por espacio de siglos las fértiles llanuras ha sido por fin destruida… El éxito más brillante acaba de coronar esta expedición dejando así libres para siempre del dominio del indio esos vastísimos territorios que se presentan ahora llenos de deslumbradoras promesas al inmigrante y al capital extranjero”.

No puede haber mejor definición del concepto oficial de genocidio que estos conceptos del propio genocida. (Frase en la cual se nota su increíble racismo acusando a los seres humanos que habitaban desde hacía siglos esas regiones de haber “inundado las fértiles llanuras”. Cuando la verdad es que si alguien había inundado eran los descendientes de los conquistadores europeos que un buen día habían “descubierto América”.)

Respecto del racismo de Roca están todos sus discursos en los que siempre emplea los mismos términos calificándolos de “los salvajes, los bárbaros”, mientras San Martín varias décadas antes siempre hablaba de “nuestros paisanos los indios”. Una diferencia abismal.

Sobre el clima previo que preparó la matanza de Roca se pueden consultar los diarios de la época. Basta un ejemplo. El diario La Prensa del 16/10/78: “La conquista es santa; porque el conquistador es el Bien y el conquistado el Mal. Siendo Santa la conquista de la Pampa, carguémosle a ella los gastos que demanda, ejercitando el derecho legítimo del conquistador”. Racismo para obtener ganancias.

Respecto de que Roca restableció la esclavitud casi setenta años después de que ésta hubiera sido eliminada por la gloriosa Asamblea del año XII, lo demuestran los avisos publicados en los diarios de la época. Por ejemplo, el del diario El Nacional del 31-XII-78: “Entrega de indios”, como título. Y como texto: “Los miércoles y los viernes se efectuará la entrega de indios y chinas a las familias de esta ciudad, por medio de la Sociedad de Beneficencia”.

Con respecto a la crueldad empleada por Avellaneda, Roca y los miembros de ese gobierno, lo dice bien esta crónica del mismo diario porteño El Nacional de esa fecha:

“Llegan los indios prisioneros con sus familias. La desesperación, el llanto no cesa. Se les quita a las madres indias sus hijos para en su presencia regalarlos a pesar de los gritos, los alaridos y las súplicas que hincadas y con los brazos al cielo dirigen las mujeres indias. En aquel marco humano, unos indios se tapan la cara, otros miran resignadamente el suelo, la madre india aprieta contra el seno al hijo de sus entrañas, el padre indio se cruza por delante para defender a su familia de los avances de la civilización”.

Esto lo hicieron los argentinos, como los españoles antes del glorioso Mayo de 1810.

El mejor documento que nos habla de la traición de Roca y sus ayudantes del poder a esos principios de Mayo, por ejemplo, es si comparamos este estado de cosas con la declaración de Manuel Belgrano del 30 de diciembre de 1810, en su expedición al Paraguay, cuando proclamará la igualdad de derechos de los pueblos originarios, donde dice textualmente:

“A consecuencia de la proclama que expedí para hacer saber a los naturales de los pueblos de Misiones que venía a restituirlos a sus derechos de Libertad, propiedad y seguridad, que por tantas generaciones han estado privados, sirviendo únicamente a las rapiñas de los que han gobernado he venido a determinar los siguientes artículos, con que acredito que mis palabras no son las del engaño ni alucinamiento con que hasta ahora se ha tenido a los desgraciados naturales bajo el yugo de hierro: 1) Todos los naturales de Misiones son libres, gozarán de sus propiedades y podrán disponer de ellas como mejor les acomode. 2) Desde hoy les liberto del tributo”.

Y luego en los otros artículos los “habilita para todos los empleos civiles, políticos, militares y eclesiásticos” y les promete créditos para la compra de “instrumentos para la agricultura y para el fomento de las crías”. De la Igualdad y la Libertad a la esclavitud y la muerte. La absoluta traición a los principios de Mayo. Lo mismo hará ese extraordinario libertario que se llamó Juan José Castelli al llegar al Alto Perú, para no hablar de Mariano Moreno en su defensa valiente de la igualdad de los pueblos originarios de estas tierras americanas.

Pero, claro, con Roca comenzará el dominio del latifundio, luego de que después del exterminio de los pueblos del sur se repartan 41 millones de hectáreas a 1843 terratenientes. Al presidente de la Sociedad Rural –sí, la misma que sigue hoy representando a los estancieros– se le entregarán nada menos que 2.500.000 hectáreas.

¿Y quién era él? José María Martínez de Hoz, el bisabuelo directo del Martínez de Hoz que fue ministro de Economía de la última dictadura militar, la de la desaparición de personas. Cómo el verdadero poder siempre se mantuvo en las mismas manos en nuestra historia. Ya que jamás se llevó a cabo una reforma agraria.

A todos los miembros de la comisión directiva de esa Sociedad, Avellaneda-Roca les otorgó un mínimo de medio millón de hectáreas. Y ahí están los apellidos clásicos del Barrio Norte: los Pereyra Iraola, los Oromí, los Unzué, los Anchorena, Amadeo, Miguens, Real de Azúa, Leloir, Temperley, Llavallol, Arana, Casares, Señorans, Martín y Omar.

En el primer congreso de “Desmonumentando a Roca”:

  • Terminar con el endiosamiento del genocidio.
  • Propender a que se quiten los monumentos a la persona de Roca.
  • Que se reemplace su nombre a todas las calles que lo ostentan en nuestras ciudades.
  • Que la ciudad patagónica de General Roca pase a llevar el nombre que esa zona ostentaba antes del paso del genocida: Fiske Menuco.

Cuando propusimos a los representantes del pueblo de la Capital quitar el monumento a Roca y reemplazarlo por una obra escultórica que represente a la mujer originaria –ya que en su vientre se originó el criollo que fue el soldado de nuestros ejércitos de la Independencia–, ese proyecto fue rechazado por el macrismo, que señaló que en “historia hay que mirar hacia adelante”. Ante tal argumento señalé públicamente: “Entonces, con ese criterio, Alemania tendría que tener todos los monumentos a Hitler”.

Más todavía, que justamente el monumento a Roca es el más grande y céntrico de nuestra ciudad, apenas a metros del Cabildo, donde se declaró nuestra Libertad y se sostuvo la igualdad de todos como principio.

Además, ese monumento fue llevado a cabo por resolución de un gobierno no democrático, en la Década Infame durante el período del general Justo, elegido –como es sabido– por el llamado “fraude patriótico”, término argentino que debería avergonzarnos a todos. ¿Y quién era el vicepresidente del general Justo? Nada menos que el hijo de Roca, Julio Argentino Roca (hijo), quien fue el verdadero inspirador de ese monumento a su padre.

Ese monumento es aún más injusto porque el general Roca, siendo presidente, aprobó la ley más cruel de la legislación argentina, la 4144, la llamada “Ley de Residencia”, por la cual se expulsaba a todo extranjero que perturbara el orden público. Que se aplicó principalmente a obreros que promovieron el avance de la justicia social, luchando por las ocho horas de trabajo.

Pero la maldad de esta ley era que se expulsaba sólo al hombre y se dejaba aquí a su mujer y a sus hijos. Eso se hacía para que las esposas les aconsejaran a sus maridos no comprometerse en las luchas obreras porque corrían el peligro de ser expulsados y ellas quedaban aquí solas, con sus hijos, ¿y cómo podrían alimentarlos?

También Roca fue el primer presidente que reprimió con extrema violencia un acto obrero del 1º de marzo, en memoria de los mártires de Chicago. Fue el 1º de mayo de 1904 y allí fue muerto el marinero Juan Ocampo, de 18 años de edad. El primer mártir del movimiento obrero argentino. De él no hay ni una callejuela en un barrio obrero. Pero el represor, Roca, tiene calles hasta en el último rincón urbano del país.

Crónicas y estrategias del genocidio invisible.

La ilustración de esta nota pertenece al libro Pedagogía de la Desmemoria. Crónicas y estrategias del genocidio invisible, de Marcelo Valko. Y es una caricatura de Roca hecha por la publicación Don Quijote del 25/10/1891, en pleno auge político del genocida. Caricatura que demuestra toda la crueldad de su persona.

El reciente libro de Valko deja bien al desnudo la verdadera personalidad de Roca. Y demuestra que en el curso de la historia cómo se justificó lo injustificable que ha quedado siempre oculto por más de un siglo y medio y hoy recién comienza a debatirse. Además se traen las citas del lenguaje de los políticos notables de la época y su racismo insoportable, con expresiones como “Raza estéril”, “enjambre de hienas” o “gusanos” como se calificaba a los pueblos originarios para facilitar el genocidio.

Toda la línea de los pensadores “liberales positivistas” de la época. Se quería terminar con la nación mestiza para lograr la llamada “civilización europea”. Y también, otros aspectos, la posición dual de la Iglesia en esa época. No deja el autor de demostrar la corrupción oficial en la que se destaca las prebendas de los dos hermanos de Roca: Rudecindo y Ataliva. Sarmiento inventó el verbo “atalivar” que suplantaba al de “cobrar la coima”. En resumen, un libro fundamental para llegar a la verdad de ese pasado argentino. Y para interpretar el fracaso argentino posterior a ellos, que culminó con la dictadura de la desaparición de personas.

¿Qué nos pasó a los argentinos después de esos principios de Mayo, plenos de generosidad y de la búsqueda de la Igualdad por medio de la Libertad?

Los argentinos jamás hicieron congresos de historiadores para hacer una autocrítica de los crímenes oficiales que se cometieron contra los pueblos que durante siglos habitaron estas generosas tierras. Al contrario, glorificaron con los nombres de los asesinos oficiales lugares públicos.

Más allá de que Bayer y quienes acompañan este movimiento todavía no hayan logrado mas que quizás algunas críticas maliciosas en ciertos medios, me parece muy bueno que los historiadores recorran lugares propalando aquellas páginas sueltas que la historia ha dejado caer de los libros escolares y que atesoran verdades de las que vale aprender.


Fuente: Diario Página/12

Un monumento poco popular por Héctor Antonio Vázquez Brust//Creá tu propia Cápsula!!

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Córdoba y la Revolución de Mayo

In Derecho a Replica on 25 mayo, 2010 at 3:33 PM

La Revolución de Mayo fue hecha por Buenos Aires y para Buenos Aires, sin las provincias y contra las provincias. […] La Revolución de Mayo ha creado el Estado metrópoli, Buenos Aires, y el país vasallo. El uno goza del tesoro, el otro lo produce.”

Juan Bautista Alberdi Escritos Póstumos, tomo V

Cuando la noticia de los acontecimientos de mayo de 1810 llegó a Córdoba, el gobernador Juan Gutiérrez de la Concha resolvió convocar en su casa a una reunión de notables para decidir la actitud a adoptar. Si bien existían versiones de una posible conspiración en la capital del virreinato, la novedad causó sorpresa y asombro. El cabildo porteño, una institución de alcance meramente municipal, había depuesto al virrey y designado por sí nuevas autoridades, sin tan siquiera consultar a las demás ciudades.

Con la única excepción del deán de la Catedral, doctor Gregorio Funes, todos los asistentes a la reunión se manifestaron en favor del rechazo de las nuevas autoridades y de la restitución del virrey. Los argumentos del deán para defender a los revolucionarios no pudieron ser más endebles, por antijurídicos. “No son las leyes -dijo entonces- ni los derechos los que deben salvar esta república, sino las fuerzas reales”. Una apelación al derecho de la fuerza. Un año más tarde advertiría el célebre deán su error, cuando las autoridades porteñas lo destituyeron y encarcelaron.

Advertido del envío de un ejército desde Buenos Aires, el cabildo cordobés escribió a la Junta encareciéndole “se sirva suspender absolutamente su expedición porque su venida, como no necesaria, produciría el desorden y conmoción popular en gravísimo perjuicio del público sosiego”.

La Junta respondió con prepotencia, “previniendo que no se alegue ignorancia si se insiste en no reconocerle”, y ordenando suspender al gobernador en su cargo. El cuerpo rechazó tal imposición “por ser contraria a la de este gobierno”, y decidió aceptar la propuesta del virrey del Perú de reincorporarse a dicho virreinato, al que había pertenecido por espacio de 237 años, “en atención a que en la capital de Buenos Aires no existe legítimo representante de la autoridad del Excmo. Señor Virrey”.

Gutiérrez de la Concha y Liniers organizaron la resistencia, con la colaboración del ex gobernador Victorino Rodríguez; del comandante de armas, coronel Santiago Alejo de Allende; del tesorero de la Real Hacienda, Joaquín Moreno y del obispo Rodrigo Antonio de Orellana. El 31 de julio, ante la inminente llegada de 1.150 hombres al mando del coronel riojano Francisco Antonio Ortiz de Ocampo e impedidos de enfrentarlos, huyeron hacia el norte para unirse a las fuerzas que el mariscal Nieto preparaba en el Alto Perú.

Fueron apresados al norte de la provincia y conducidos a esta ciudad. Hipólito Vieytes, comerciante porteño que acompañaba al ejército como representante de la Junta, exhibió una orden secreta de ésta que disponía que fuesen arcabuceados “en el momento en que todos o cada uno de ellos sean pillados (…) sin dar lugar a minutos que proporcionaren ruegos y relaciones capaces de comprometer el cumplimiento de esta orden”. Está fechada el 28 de julio de 1810 y no revela los motivos de tamaña decisión. Tan sólo invoca “los sagrados derechos del Rey y de la Patria”, a la vez que aclara que “este escarmiento debe ser la base de la estabilidad del nuevo sistema”.

A sangre y fuego

Al conocerse la noticia en Córdoba, la reacción no se hizo esperar. Unánimemente, la población expresó su repudio y solicitó a Ortiz de Ocampo que no le diere cumplimiento. Hasta el mismo deán Funes dice en su autobiografía que “no pudo oír sin estremecerse una resolución tan cruel como impolítica, pues que a su juicio ella iba a dar a la Revolución un carácter de atrocidad y de impiedad”.

En un gesto que lo ennoblece, Ocampo se negó a cometer tamaño crimen y dispuso el traslado de los presos a Buenos Aires, pero enterado de ello el secretario Mariano Moreno se indignó de tal manera, que logró que fuese destituido y que se enviase al vocal Juan José Castelli a cumplir la orden. Es bien sabido que Castelli hizo fusilar por medio de un piquete de soldados ingleses a Gutiérrez de la Concha, Liniers, Allende, Moreno y Rodríguez. El obispo Orellana salvó su vida gracias a su investidura religiosa y fue enviado prisionero a Luján.

La mezcla de consternación y repulsa que tan cruel disposición causó en el ánimo de los cordobeses difícilmente pueda ser expresada. Al igual que en la Revolución Francesa, el terror comenzaba a prevalecer entre nosotros, cobrando sus primeras e inútiles víctimas en las personas de cinco ilustres y respetados ciudadanos, uno de ellos héroe de las Invasiones Inglesas.

Cuenta la tradición que en la corteza de un árbol aparecieron escritos los apellidos de los cinco ajusticiados y del obispo, formando con sus iniciales la palabra “Clamor” (Concha, Liniers, Allende, Moreno, Orellana y Rodríguez), expresión del sentimiento que despertó tamaña ferocidad.

La revolución se impuso pues en Córdoba a sangre y fuego, pero lejos de arraigar en el corazón de nuestros antepasados, generaba en su ánimo fundadas reservas. El ejército porteño, que ocupaba las instalaciones del Monserrat, procedió a destituir a los miembros del cabildo y el 15 de agosto hizo asumir como gobernador al coronel Juan Martín de Pueyrredón, designado por la Junta.

El desagrado cundió hasta entre los más entusiastas partidarios de la revolución. Ambrosio Funes, hermano del deán y junto a él los dos únicos cordobeses que la apoyaban, escribía a doña Margarita de Melo en estos términos: “¿Hasta cuándo quieren ser bulliciosos esos porteños? De modo que de guapos sólo se quieren pasar y ahora también se les pone venir a conquistar cordobeses…”.

Fuente: Diario La Voz del Interior