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El furor de las ideas

In Pasiones on 10 abril, 2010 at 3:30 PM

Por Soledad Vallejos


“Pocas veces tenemos la oportunidad de desconectarnos, de tomarnos un día franco en la vida para esto. ¿Cuánto tiempo dedicamos a las ideas?”, preguntó el matemático Adrián Paenza, convertido en maestro de ceremonias, casi pensando en voz alta. Desde entonces, en La Rural pasaron cosas. Como en trance, mil cuatrocientas personas levantaban la mano para indicar si veían o no un juego óptico. Un rato después, sin despegarse de sus asientos y por no dejar al orador zarandearse solo, oscilaban de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, remedando un baile simpaticón, pero eso sí: en silencio. Si algo reinó durante los bloques de charlas que, durante doce horas, tomaron por asalto el auditorio que quedó chico, fue la atención intensa y exclusiva hacia quien estuviera de pie en el escenario. Vale decir que, de alguna manera, los diez organizadores del encuentro TEDxBuenos Aires dispusieron que esa suerte de franco que mentaba Paenza fuera ayer, pero en un orden que el matemático expuso con claridad temprano a la mañana: un primer eje en torno de “la frontera del conocimiento actual, lo que se sabe y lo que no”; un segundo, acerca de cómo “crear el futuro”; un tercero, dedicado a “la construcción de un mundo más solidario para todos”, y un cuarto, y final, que de cierta forma devolviera la pelota a los asistentes: “¿Dónde encajo yo en todo esto?, ¿qué parte de esto me toca?” Entre uno y otro, además del transcurrir del día, podía entrar el mundo y toda la gama de emociones imaginables, y hasta inesperadas. La combinación de oradores, 20 en total, era tan inusual que sólo se le podía comparar la concurrencia, y a su diversidad sólo se la podía explicar por el interés del evento –de culto en algunos ámbitos especialmente cercanos a las dinámicas de Internet– que se realizaba por primera vez en la Argentina. Por algo a las 7 de la mañana ya había una fila de personas esperando que se abrieran las puertas del lugar; a las 8 se empezó a llenar el auditorio, y media hora después quedaban pocos asientos libres. De hecho, a las 9, cuando Paenza subió al escenario, el lugar había sido desbordado, y al público que seguía la transmisión por Internet y desde Ciudad Universitaria se sumó un anexo de sillones fuera del auditorio, que ante sendas pantallas remedaban pequeñas plateas, algo surrealista por el paisaje tras los vidrios: un desfile desganado, pero continuo, de caballos y jinetes protagonistas de una obra musical gauchesca que alberga La Rural cada noche. Parque de diversiones La sala estaba casi al límite de su capacidad y todavía faltaban unos cuantos minutos para comenzar, pero una peregrinación de adolescentes, señores, señoras, treintañeros, famosos y no tanto, parecía decidida a no terminar. Adentro, el tiempo se mataba entre tés, cafés y algunas medialunas, mientras algunos de los diez organizadores se dejaban ver apretando el paso de una punta a otra del lugar. “¿Nervioso? No, los que tienen que estar nerviosos son ustedes ahora”, desafiaba uno de ellos a uno de los oradores, y entonces, con un pequeño apagón de luces como indicador de que era la hora, todo comenzó. Dieciocho minutos continuos de ver y escuchar, en medio de una organización impecable, a una persona poco habituada a los escenarios, créase o no, pueden pasar a una velocidad pasmosa. Quizá por eso lo que debía ser una seguidilla de charlas se convirtió, en realidad, en una suerte de paseo por un parque de diversiones, en el que, contra los prejuicios rancios que insisten en pintarlas como aburridas, las ciencias duras se llevaron los aplausos más apasionados. Mariano Sigman, el doctor en neurociencias especializado en Ciencias Cognitivas que abrió el evento con una clase intensiva sobre las investigaciones sobre conciencia y lenguaje (ver aparte), superó ampliamente el desafío de terminar de despertar a un auditorio ansioso. Inmediatamente después, el músico y escritor Luis Pescetti, de rigurosa remera negra con pececito blanco, guitarra en mano y la acidez absolutamente simpática que convirtió en su marca registrada, no sólo mantuvo el aire efervescente, sino que fue un poco más allá: demostró que sirve reflexionar sobre los modos de poner(se) en escena y cómo eso repercute en los vínculos humanos. Enlazando en cierta manera con el cierre de Sigman, Pescetti insistió en que “los niños son espectadores muy entrenados”, que “pasan la primera parte de su vida sólo observando”, único acceso posible a su aprendizaje. De allí a la expectativa –planteaba haciendo cantar estribillos a la concurrencia, e invitándola a menearse de un lado al otro sin moverse de la silla–, y a pensar en voz alta sobre la relación que él mismo mantiene con el público de padres, madres e infantes, medió poco más que arte escénico (“yo cuando actúo me quito poder, pero conservo mi lugar de autoridad” por preservar la responsabilidad de llevar adelante el show). Esa dinámica de tira y afloja, de buscar lo inesperado, condición necesaria del humor, es posible entre otras cosas porque “los niños son inmigrantes en el tiempo”, que deben aprender a vivir entre sus necesidades y deseos y las resistencias del lugar al que llegan. “Cada sociedad tiene una imagen de niño, de infancia, de lo que es la crianza, lo que es la educación. Si esa imagen se basa en un ideal, es muy difícil. Pero si es algo real es más fácil, nos vamos a sentir reconocidos, vamos a sentir gratitud y alivio.” (seguír leyendo) Lee el resto de esta entrada »