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Una versión brutal del Catolicismo

In Derecho a Replica on 13 abril, 2010 at 12:49 PM

Por Sinead O´Connor

Acompaña; “La Iglesia me da Asco” de Maxi Tell


DUBLIN.- Cuando era niña, Irlanda era una teocracia católica. Si se acercaba un obispo por la calle, la gente se apartaba para dejarle paso. Si asistía a un acontecimiento deportivo, el equipo se aproximaba a arrodillarse y besarle el anillo. Si alguien cometía un error, en vez de decir “nadie es perfecto”, decíamos: “Podría pasarle hasta a un obispo”.

Esta última frase era más certera de lo que imaginábamos. Hace unos días, el papa Benedicto XVI escribió una carta personal en la que pedía perdón -por decir algo- a Irlanda por los decenios de abusos sexuales a menores que cometieron unos sacerdotes en los que se suponía que debían confiar esos niños. Para muchos irlandeses, esa carta del Papa es un insulto no sólo a nuestra inteligencia, sino a nuestra fe y a nuestro país. Para entender por qué, hay que tener en cuenta que los irlandeses hemos sufrido una variante brutal del catolicismo, basada en la humillación de los niños.

Yo lo viví en persona. Cuando era niña, mi madre -una madre maltratadora y todo lo contrario de lo que debe ser una buena madre- me animaba a que robara en las tiendas. En una ocasión me atraparon y pasé 18 meses en el Centro de Formación An Grianan, una institución para niñas con problemas de conducta en Dublín, por recomendación de una trabajadora social. An Grianan era una de las hoy tristemente famosas “lavanderías de las Magdalenas”, patrocinadas por la Iglesia, que albergaban a adolescentes embarazadas y a jóvenes poco dóciles. Trabajábamos en el sótano, lavando la ropa de los curas en fregaderos con agua fría y pastillas de jabón. Estudiábamos matemáticas y mecanografía. Teníamos poco contacto con nuestras familias. No cobrábamos ningún sueldo. En mi caso, por lo menos, una de las monjas fue buena conmigo y me regaló mi primera guitarra.

An Grianan era un producto de la relación del gobierno irlandés con el Vaticano; la Iglesia gozó de una posición especial, reconocida en nuestra Constitución hasta 1972. Todavía en 2007, el 98% de los colegios irlandeses estaba en manos de la Iglesia Católica. Pero los colegios para niños difíciles han estado siempre plagados de castigos corporales salvajes, maltratos psicológicos y abusos sexuales. En octubre de 2005, un informe encargado por el Gobierno identificó más de cien acusaciones de abusos sexuales cometidos por sacerdotes entre 1962 y 2002 en Ferns, un pueblo a unos cien kilómetros al sur de Dublín. La policía no investigó a los sacerdotes acusados; se dijo que padecían un “problema moral”. En 2009, un informe similar involucró a los arzobispos de Dublín en la ocultación de varios escándalos de abusos sexuales entre 1975 y 2004.

¿Por qué se toleraba esa conducta criminal? Según el informe de 2009, el “importantísimo papel que ha desempeñado la Iglesia en la vida irlandesa es el motivo por el que se consintió que no se pusiera fin a los abusos cometidos por una minoría de sus miembros”.

A pesar de la larga relación de la Iglesia con el gobierno irlandés, la carta en la que el papa Benedicto pide, teóricamente, perdón no asume ninguna responsabilidad por las infracciones de los curas irlandeses. Dice que “antes, la Iglesia en Irlanda debe reconocer ante el Señor y ante los otros los graves pecados cometidos contra unos niños indefensos”. ¿Qué hay de la complicidad del Vaticano en esos pecados?

En su texto, Benedicto da la impresión de que se ha enterado hace poco de los abusos. Se presenta como una víctima más: “No tengo más remedio que compartir la desolación y la sensación de traición que habéis experimentado tantos de vosotros al saber de estos actos pecaminosos y criminales y de cómo se ocuparon de ellos las autoridades eclesiásticas en Irlanda”. Sin embargo, la carta de infausta memoria que envió Benedicto en 2001 a los obispos de todo el mundo les ordenaba guardar secreto sobre las acusaciones de abusos sexuales so pena de excomunión. Es decir: actualizaba una perniciosa política de la Iglesia, expresada en un documento de 1962, que establecía que tanto los sacerdotes acusados de delitos sexuales como sus víctimas debían “observar el más estricto secreto” y “atenerse a un silencio eterno”.

Benedicto, entonces Joseph Ratzinger, era cardenal cuando escribió esa carta. Hoy, cuando ocupa el sillón de San Pedro, ¿vamos a creer que su opinión ha cambiado? ¿Y vamos a conformarnos ante las recientes revelaciones de que en 1996 se negó a destituir a un sacerdote acusado de haber abusado de hasta 200 niños sordos en el Estado norteamericano de Wisconsin?

La carta de Benedicto afirma que su preocupación es “sobre todo, ayudar a sanar a las víctimas”. Sin embargo, les niega lo que podría sanarlas: una confesión inequívoca del Vaticano de que ocultó los abusos y de que ahora está tratando de ocultar el ocultamiento. Asombrosamente, el Papa invita a los católicos a “ofrecer vuestro ayuno, vuestras oraciones, vuestra lectura de las Escrituras y vuestras obras de misericordia para obtener la gracia de la curación y la renovación de la Iglesia de Irlanda”. Y sugiere, cosa aún más asombrosa, que las víctimas irlandesas pueden sanar acercándose más a la Iglesia, la misma Iglesia que exigía votos de silencio a los niños víctimas de los abusos, como ocurrió en 1975, en el caso del padre Brendan Smyth, un sacerdote irlandés que más tarde acabó en la cárcel por delitos sexuales repetidos. Muchos irlandeses, cuando se nos pasó la risa, nos dijimos que la idea de que necesitamos la Iglesia para aproximarnos a Jesús es una blasfemia.

Para los católicos irlandeses, lo que insinúa Benedicto -que los abusos sexuales en Irlanda son un problema irlandés- es arrogante y blasfemo. El Vaticano está actuando como si no creyera en un Dios que todo lo ve. Quienes dicen ser los guardianes del Espíritu Santo se dedican a aplastar todo lo que el Espíritu Santo representa. Benedicto es culpable de dar una imagen falsa del Dios al que adoramos. Todos sabemos, en el fondo de nuestro corazón, que el Espíritu Santo es la verdad. Por eso sabemos que Cristo no está con esos que lo invocan con tanta frecuencia.

Los católicos irlandeses tienen una relación disfuncional con una organización que comete abusos. El Papa debe hacerse responsable de las acciones de sus subordinados.

Si hay sacerdotes católicos que abusan de los niños, es Roma, y no Dublín, la que debe responder por ello, con una confesión inequívoca y sometiéndose a una investigación criminal. Mientras no lo haga, todos los buenos católicos -incluidas las ancianitas que van a misa todos los domingos, no sólo los cantantes de protesta como yo, a quienes el Vaticano puede ignorar sin problema- deberían dejar de acudir al templo. Ha llegado la hora de que en Irlanda separemos a nuestro Dios de nuestra religión y nuestra fe de sus supuestos dirigentes.

Hace casi 18 años, rompí una fotografía del papa Juan Pablo II en un episodio de Saturday Night Live . Muchos no entendieron la protesta. La semana siguiente, el presentador invitado del programa, el actor Joe Pesci, dijo que, si hubiera estado presente, me hubiera dado una bofetada. Yo sabía que mi acción iba a causar problemas, pero quería provocar un debate necesario; ése es uno de los ingredientes de ser artista. Lo único que lamenté fue que la gente pensara que no creía en Dios. No es verdad, en absoluto.

Soy católica de nacimiento y cultura, y sería la primera en presentarme a la puerta de la iglesia si el Vaticano ofreciera una reconciliación sincera.

Mientras Irlanda soporta la ofensiva carta con la que Roma pide perdón y un obispo irlandés dimite, pido a los estadounidenses que comprendan por qué una mujer católica irlandesa que sobrevivió a los malos tratos de niña pudo querer romper la foto del Papa. Y que piensen si a los católicos irlandeses, por no atrevernos a decir que nos merecemos algo mejor, se nos debe tratar como si mereciéramos algo peor.

© Sinead O´Connor y LA NACION

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El próximo muerto, el anterior, todos

In Malas Viejas on 29 marzo, 2010 at 10:43 AM

Por Pablo Alabarces

Hace dos años que publico estas contratapas en Crítica de la Argentina. Cuando comencé, propuse cubrir un abanico de temas: ampliamente, discutir la cultura argentina, con énfasis en la cultura popular y la cultura de masas. Lo que no quería era encasillarme en el deporte, el foco que me había ocupado diez años de trabajo y que ya me tenía bastante harto. Las razones del hartazgo eran el simple aburrimiento, el sopor que me producía el deporte contemporáneo, y que todo lo que habíamos discutido sobre la violencia y las barras y el aguante caía sistemáticamente en saco roto, desplazado por las consabidas invocaciones a los “animales”, las “bestias salvajes”, los “violentos”, esos sujetos malos de toda maldad cuya eliminación concluiría en un fútbol impoluto, llevado a la victoria por la mano firme de Don Julio. En fin: frente a esa maraña de zonceras, no estaba mal aceptar que nuestro trabajo había fracasado, que no habíamos convencido a nadie, y que todo podía seguir igual, sin nuestra investigación y sin nuestra intervención.

Pero a las dos semanas lo mataron a Emanuel Álvarez, (foto) hincha de Vélez, en una caravana rumbo a San Lorenzo, hace de esto dos años. Y entonces publiqué una columna sobre el tema, cosa que reiteré tres veces a lo largo de estos años: la obsesiva, insidiosa presencia de los muertos por la violencia futbolística es un acicate irresistible. Se supone que los cientistas sociales hacemos investigación para cambiar algo de nuestras sociedades –o todo, o lo más que se pueda–: la sola posibilidad de que nuestro trabajo pudiera salvar una sola vida es una tentación poderosa, aunque se revele, cada día, más imposible. Porque seguimos sin salvar a nadie, porque apenas nos queda la posibilidad de denunciar esas muertes, de alertar sobre las próximas. Que se van a producir, indefectible, minuciosa, perseverantemente.

En las últimas semanas las muertes han abandonado las cercanías de los estadios y las batallas por la ostentación del aguante ante las hinchadas contrarias o la policía. Incluso esta última ha privilegiado pegar antes que disparar –además, tiene la cuota cubierta luego del asesinato de Rubén Carballo, el chico al que mató la Federal a la salida del recital de Viejas Locas. Pero las muertes se suceden en los combates por la acumulación de poder en las hinchadas, el poder que habilite el control financiero de los recursos generados y por generar. Hay una crisis de liderazgo, en algunos casos por la salida de escena de líderes fuertes que mantenían un control omnímodo, en otros simplemente porque cualquiera se anima: la receta pasa por acumular aguante –como ya hemos demostrado, un capital simbólico que se verifica en la capacidad para pelearse– y apoyos políticos. Lo cierto es que por estas y otras causas (la cercanía del Mundial, la posible aparición de dineros complejos y seductores) los pibes se están matando de a poquito.

Y esto no preocupa demasiado a nadie, justamente porque se trata de un “entre ellos”; mientras no se les escape un tiro desviado y maten a un “espectador inocente”, a un “hincha verdadero”, el circo debe continuar y el fútbol para todos debe seguir su marcha triunfal rumbo al Mundial. No sea cosa de tener que interrumpir una fecha, suspender el fútbol, tener que pensar en serio qué hacer con todo esto. Por favor: que Grondona y Aníbal Fernández no lo permitan. Esta seguidilla de muertes revela a la vez, una vez más, como siempre hemos dicho, que no se trata de “violentos” sino de una trama absolutamente racional y para colmo legítima: vean, si no, el funeral “popular” de Pimpi Caminos, que exhibe como siempre la enorme legitimidad de la que gozan las hinchadas, encargadas de ejecutar un aguante del que se jacta el resto de los “hinchas verdaderos”. Las hinchadas son condenadas pero a la vez celebradas: porque, cómo dudarlo, el hincha argentino es el mejor del mundo, y ese narcisismo precisa de los muchachos para su exhibición.

Hace dos años mataron a Emanuel Álvarez: en ese momento, la AFA y el Ministerio del Interior salieron rápidamente a decir que se trataba de una muerte debida a la “inseguridad”, que no podía adjudicársele al fútbol. José Luis Meizner, mano derecha de Grondona y hombre de Aníbal Fernández, reclamó que no le tiraran cadáveres a la AFA –me lo dijo en la cara en un programa televisivo–. El jueves pasado un tribunal condenó al asesino de Emanuel: se trató de un hincha de San Lorenzo que disparó contra la caravana irritado por la mera presencia de hinchas adversarios. No lo digo yo, lo dijo un fallo judicial: no fue la “inseguridad”, fueron hinchas contra hinchas, fue una muerte causada por el fútbol; no fueron “barras”, “violentos”, “animales”, sino un hincha que reaccionó como la lógica del aguante se lo exigía: “No me pisen el territorio o el castigo será inolvidable”. Como nada se hizo, salvo negar lo obvio, desde entonces se han acumulado una decena de muertos más. Meizner, Fernández y compañía, mientras tanto, están muy ocupados escuchando a Marcelo Araujo. Enhorabuena.

FUENTE: Diario Critica de la Argentina

Pelota manchada

In Malas Viejas on 13 marzo, 2010 at 1:53 PM

La gente del fútbol somos todos. Todos los que de alguna manera trabajamos de él, en él o que disfrutamos con él. Cada fin de semana, la pelota rueda y la fiesta comienza. Soy de los que piensa que “es solamente un juego” y de los que apoya la tesis de que “hay que ir a ver tu equipo jugar y no solo ganar”, pero también soy de los que lloró una noche con un mal resultado. No se espera que el fútbol sea una ida al teatro inglés. Ni siquiera tal vez, que sea un evento show yanqui. Tan solo deseamos que sea seguro, limpio desde lo institucional y que el deporte esté por encima de las tragedias.

Cada tanto, cada vez más seguido, las “malas viejas” se vuelven a presentar. Poder, política y corrupción nos traen títulos lamentables y muertes. Mas muertes en el fútbol y las lamentamos todos, porque la pelota se mancha y el mundo del fútbol deja de ser lo que pretendemos.

In Malas Viejas on 13 marzo, 2010 at 1:53 PM